La victoria de Lula da Silva sobre Flávio Bolsonaro representa una resistencia a la consolidación de la derecha en la región, un continuismo acompañado por el gobierno de Uruguay, con el presidente Yamandú Orsi al frente.
También es de prever que la gobernabilidad en Brasil será complicada, por la mayoría del bolsonarismo en el Congreso y en muchos estados importantes.
Días pasados, el canciller Mario Lubetkin, en diálogo con El País, no mostró preocupación por las elecciones en el país vecino, considerando que tanto Brasil como Uruguay tienen fuerte institucionalidad y prevalecerán las relaciones bilaterales como hasta ahora, en términos generales, en buenos términos.
Asimismo, observó que en los debates televisados entre Lula y Bolsonaro, el asunto del Mercosur no fue mencionado, por lo que la Cancillería uruguaya no espera cambios en el bloque, a pesar de que Lula no es tan proclive a su flexibilización que, igual en los hechos, se está dando.
Desde lo interno de Brasil, es claro que Lula deberá cumplir con todas las promesas que hizo sobre todo en los días previos a las elecciones (que no son pocas, e incluyen subir el sueldo mínimo) y contar con la fortaleza, incluso física, que requiere gobernar por cuatro años más y con el bolsonarismo en contra.
Desde lo internacional, las tensiones podrían aumentar, dado que la reelección de Lula es un duro golpe para Trump, y “león herido” es peligroso, por lo que es esperable que administración estadounidense tome algún tipo de represalia contra Brasil, llámese aranceles, u otras formas. Lo cierto es que la reelección de Lula es un “parate” para Trump en su influencia en la región y generará reacciones.
Las elecciones de medio término en EE.UU., que se realizarán el 3 de noviembre y en las que los republicanos no tienen las de ganar según encuestas, podrían atenuar los impulsos de Trump, así como la influencia de otros líderes que se han animado a enfrentarlo, como sus homólogos Macron en Francia y el primer ministro de Canadá, Carney. Pero habrá que esperar porque, si algo caracteriza al republicano, es saltearse normas y presiones externas.
Es claro que con Lula, Brasil, tal como ahora, no se sumará al “Escudo de las Américas” que promueve Trump, pero la región y Uruguay sí necesitan reforzar su seguridad. Al respecto, Lubetkin afirmó a El País que una de las grandes prioridades de Uruguay es, precisamente, la seguridad y que, ante el narcoterrorismo que crece, “ningún país puede solo”. Esto indica que se generarán otros mecanismos, pero más regionales, contra el flagelo.
El director de Estudios Internacionales de la Universidad Católica (UCU), Ignacio Bartesaghi, opinó a El País que el gobierno uruguayo tendrá que ser “muy pragmático”, dado que está solo junto con el de Lula desde el punto de vista político-ideológico, en una región que ha virado a la derecha. Además, deberá cuidarse del complejo vínculo que Lula mantiene con el presidente Milei. “Esa relación va a generar más dificultades en una agenda regional que necesita de consensos mínimos”, lanzó Bartesaghi.
Las tensiones entre Lula y Trump -por su influencia en la región- también van a incrementarse. Según Bartesaghi, la política internacional de Lula estará más asociada a los países emergentes (aunque algunas de ellas generen polémica), alejándose en algo de la presión de EE.UU.”.
Analistas brasileños visualizan “previsibilidad” (continuismo) en las relaciones de Brasil con Uruguay, pero sin la apertura como tal vez podría haber ocurrido con Bolsonaro, más dado a la idea de flexibilizar el Mercosur.
También China, con Lula en el poder, tendrá el camino más facilitado en su relación e influencia con el sur de este continente. La potencia asiática es el principal socio comercial de Brasil, así como el principal destino de las exportaciones uruguayas.
- Quién es Janja Silva: la socióloga y primera dama de Brasil que busca transformar la agenda de Lula De Trump a Kirchner, las distintas reacciones sobre la victoria de Lula en las elecciones presidenciales de Brasil Yamandú Orsi felicitó a Lula tras las elecciones de Brasil y celebró el proceso como una “fiesta democrática”