El ataque hutí contra el aeropuerto Rey Jalid de Riad, el sábado pasado, causó 14 muertos y asestó un mazazo al gran sueño del príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán: presentar a su país como un oasis de paz para el turismo y las inversiones.
El bombardeo más letal en la península Arábiga desde el inicio de la guerra contra Irán no solo cava aún más la tumba de ese proyecto, sino que tampoco ha servido para que Estados Unidos venza su reticencia a implicarse junto a su aliado de décadas en la guerra ahora reactivada contra los insurgentes de Yemen.
Riad lleva semanas reclamándole apoyo, pero el domingo, tras una nueva conversación telefónica con Bin Salmán, Donald Trump se limitó a emitir un juicio moral: “Los hutíes se están portando muy mal”, dijo. Un nuevo desaire que abre una brecha en una relación estratégica y que ha llevado a Riad a buscar en sus alianzas regionales una alternativa a la indiferencia de Washington.
Casi un mes antes de los últimos ataques hutíes contra aeródromos saudíes, el heredero de la corona de los Saúd viajó a El Cairo hace justo un mes para reunirse con el presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi.
En su agenda figuraba la seguridad del mar Rojo, del canal de Suez —fuente crucial de ingresos para el país africano— y del estrecho de Bab el Mandeb, en el que los hutíes amenazaban a los petroleros saudíes tras apoderarse en las semanas anteriores de 160 kilómetros de costa yemení.
Aquel viaje, que no estaba previsto, obedeció —según el medio regional Amwaj— a un portazo de Trump, cinco días antes. El 10 de septiembre, Bin Salmán llamó dos veces al republicano pidiéndole que bombardeara posiciones hutíes, una milicia armada y financiada por Irán en Yemen. En vano.
Oficialmente, el mandatario saudí volvió de El Cairo con un comunicado que subrayaba el “compromiso compartido para garantizar la libertad y la seguridad de la navegación marítima” en el mar Rojo, por el que Riad ha estado sacando la mitad de su producción petrolera desde primavera. Esa ha sido la alternativa saudí a su principal vía exportadora habitual, el estrecho de Ormuz, bloqueado por Teherán desde el inicio de la guerra.
El general retirado Samir Farag, cercano a las autoridades egipcias, sostenía poco después en televisión que las autoridades de ambos países habían alcanzado acuerdos que se mantendrían en secreto a la espera de sumar a otros socios regionales. En la entrevista, el general también argumentaba que el “distanciamiento de las potencias extranjeras” hacía “inevitable la coordinación árabe”.
Una posibilidad es que Egipto esté sopesando sumarse al Pacto de La Meca, la alianza defensiva que Arabia Saudí cerró en agosto con Pakistán y Turquía, y que la semana pasada consiguió activar. Islamabad, una potencia nuclear, vio inicialmente ese acuerdo más como un compromiso “diplomático y de disuasión que puramente militar”, explica desde la capital pakistaní Eldar Mamedov, experto en Oriente Próximo del Consejo Pugwash de Ciencia y Asuntos Mundiales.
Sin embargo, la arremetida con misiles de los hutíes del sábado contra el aeropuerto de Riad, en la que murieron al menos dos paquistaníes, “seguramente hará” que ese país “se involucre más en la defensa” de su nuevo socio.
Por su parte, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aseguró este martes por teléfono al príncipe heredero saudí que Turquía continuará apoyando a Arabia Saudí en medio de los ataques de los hutíes.
En esa línea, horas después, Trump ha afirmado que se plantea pedir a Ankara que dé un paso al frente. “Igual lo hago. El presidente Erdogan es un gran amigo mío y le tengo mucho respeto”, ha dicho fiel a su estilo.
Aunque Mamedov advierte de que es “prematuro” definir esa alianza como una “OTAN islámica”, el pasado miércoles se anunció que Pakistán y Turquía han acordado enviar tropas y armas para proteger el territorio saudí, las ciudades sagradas para los musulmanes de La Meca y Medina y sus colosales infraestructuras energéticas, el flanco más expuesto a unos ataques de los rebeldes yemeníes.
El factor religioso pesa, añade este especialista. Entre los muertos y los heridos en el aeropuerto de Riad figuran peregrinos llegados a Arabia Saudí para la Umrah, una peregrinación menor a La Meca.
Brecha, no divorcio
La Arabia Saudí moderna es un país literalmente construido sobre el petróleo. Sin ese maná, ingente, que prácticamente garantiza que el último barril de crudo que salga de la tierra lo hará de sus pozos, sería imposible entender su poder económico y geopolítico en una región tan convulsa como fundamental para el mundo.
Todas las grandes decisiones tomadas allí en las últimas décadas pasan o han pasado por el sector fósil. Con la gallina de los huevos de oro acechada por Irán y por sus aliados hutíes, la economía manda. Aún más, cuando Estados Unidos, antaño primo de Zumosol de Riad, opta por ponerse de perfil.
Aunque Trump siempre ha considerado a Arabia Saudí un aliado fiel de Estados Unidos, las primeras señales de resquebrajamiento de las relaciones entre ambos países no datan de esta última ofensiva de los hutíes, a la que Riad ha respondido también aumentando su apoyo militar al Gobierno reconocido de Yemen.
Esas fuerzas terrestres aseguran haber logrado arrebatar a los hutíes el control del estrecho de Bab el Mandeb, en gran parte gracias al apoyo aéreo saudí.
Esa grieta en la alianza con Washington trabada hace más de 80 años se remonta a casi una década atrás. Fue a principios de diciembre de 2016, pocas semanas después de que el magnate del ladrillo y el juego ganase sus primeras elecciones presidenciales: con el precio del crudo en 50 dólares por barril, la mitad que ahora, la petromonarquía sentaba con la Rusia de Vladímir Putin las bases de la OPEP+, un supracartel petrolero encaminado a garantizarse una cotización beneficiosa para ambos.
Desde entonces, Trump no ha dejado de insistir a Riad en la necesidad de dejar atrás los recortes artificiales de oferta, de bombear más y más crudo para presionar a la baja el precio de la materia prima más consumida en el mundo. Con muy escaso éxito.
La siempre relativa y reversible frialdad entre los dos viejos aliados tuvo otros catalizadores. El primero fue el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul, a finales de 2018, que congeló de forma momentánea las relaciones bilaterales.
Una afrenta a ojos saudíes, a la que meses después se sumó otra: en septiembre de 2019, sendos ataques con drones y misiles reivindicados por los hutíes contra las instalaciones petroleras de Abqaiq y Khurais paralizaron aproximadamente la mitad de la producción de crudo saudí. Los hutíes reivindicaron los ataques, pero Washington cree que quien los ejecutó fue Irán.
En lo que fue un precedente de la actual gran decepción de los saudíes, no hubo respuesta militar por parte de Washington. Tampoco esta llegó cuando, tras el inicio de los bombardeos en su territorio en febrero, Irán replicó atacando a sus vecinos árabes del golfo Pérsico.
“Cuando las consecuencias de las que había alertado Arabia Saudí si EE UU atacaba a Irán se materializaron, la Casa Blanca se negó a ayudarles. El mensaje que mandaron fue que ni escuchan sus consejos ni les apoyan, pese a las consecuencias”, destaca Mamedov.
Arabia Saudí parece ahora consciente de que su seguridad es, cada vez más, cosa suya. No por ello ha roto los puentes con Washington.
El reino de los Saúd dedica miles de millones de dólares cada año a adquirir armamento, con el país norteamericano como gran proveedor: casi el 80% de sus compras proceden de sus fábricas, un negocio redondo para Washington.
Ni esos beneficios ni la promesa de Bin Salmán, en 2025, de invertir un billón de dólares (unos 893.000 millones de euros) en Estados Unidos, han logrado vencer las reticencias de Trump a implicarse en un nuevo frente en Oriente Próximo mientras la guerra con Irán sigue sin resolverse.
El recrudecimiento del conflicto en Yemen llega, además, a las puertas de las elecciones de mitad de mandato en EE UU, el próximo 3 de noviembre, que los republicanos afrontan con los sondeos en contra. En gran medida, por su hoja de servicios en Oriente Próximo. Trinidad Deiros Bronte, Ignacio Fariza / El País de Madrid