A las 6.30 de la mañana, Eduardo "Colo" Gianarelli se levanta para ir a dar clases de Matemática. A las 7.40 ya está frente a sus alumnos del colegio Latino. La noche anterior probablemente se haya acostado cerca de las tres, después de pasar horas mirando el reality de Canal 10. Y no necesariamente una gala: puede quedarse observando a un participante que mira el cielo sin hacer nada en particular. "¿Pero qué estoy mirando?", se pregunta a veces. La respuesta es sencilla: Gran Hermano Uruguay se le metió en la cabeza.
El conductor, que fue entrevistado por Malena Castaldi y Nicolás Lauber en el programa En Clave País, atraviesa uno de los momentos de mayor exposición de su carrera. Después de trabajar en La mañana en casa, Polémica en el bar y MasterChef, entre otros programas, dejó de lado esos espacios para asumir el desafío de ponerse al frente de la primera edición uruguaya de Gran Hermano. El resultado superó sus expectativas: el reality se convirtió en un fenómeno de conversación que lo acompaña incluso cuando va a hacer las compras al Mercado Agrícola, cerca de su casa.
Pero Gianarelli no llegó a la televisión por casualidad. Empezó en los medios a los 12 años en Jugo de colores, pasó por Agitando una más y construyó una carrera que durante años convivió con su formación docente. De hecho, tiene claro cuál de sus dos vocaciones ocupa el primer lugar. "El profesor de Matemática me puede antes que todo", dice. También trabaja en Ceibal, donde forma maestros, y asegura que la docencia es el espacio que lo conecta con una realidad distinta a la exposición televisiva.
En esta charla con El País, habla del desafío de conducir Gran Hermano sin quedar atrapado en las comparaciones con el argentino Santiago del Moro, de la decisión de recuperar la convivencia como eje del formato, de los conflictos que marcaron las primeras semanas y de cómo se prepara para entrar a una casa cuyos habitantes olvidan, por momentos, que hay cámaras registrándolo todo. También repasa su vínculo con el carnaval, explica por qué decidió dejar de salir con Los Muchachos y adelanta qué posibilidades ve de una segunda temporada del reality.
El desafío de conducir Gran Hermano Uruguay
Gianarelli empezó a trabajar en televisión a los 12 años. Después llegaron los móviles y Agitando una más, el programa de Canal 4 en el que permaneció durante 12 años y al que le atribuye buena parte de su desarrollo profesional. No solo porque le permitió comprarse su primer auto, hacer la entrega para su casa y recibirse en el IPA, sino porque allí aprendió a tomarse en serio el oficio.
"Los Barreto, Unidad Publicitaria, me hicieron entender que el trabajo que estábamos haciendo tenía que hacerlo de manera responsable. Todos los martes me hacían mirarme, me corregían y me decían qué estaba bueno y qué no. También aprendí a convivir con el error, a reconocer cuando me equivocaba", recuerda.
Con el tiempo también identificó algunos aspectos de su trabajo que debía mejorar: los tics, las palabras que repetía, la mirada a cámara y, sobre todo, la escucha. "Soy muy ansioso, entonces tiendo a llenar todo el tiempo. Y a veces menos es más", reconoce. Una lección que volvió a aparecer durante su experiencia en MasterChef, cuando la producción le insistía en que hiciera las preguntas y esperara, especialmente en los momentos emotivos.
En Gran Hermano esa pausa tiene otra utilidad. Cuando entra a la casa, los participantes sienten que están 100% en vivo y que, por primera vez, tienen contacto con alguien del exterior. "A veces se meten para adentro y no hay un contacto con el exterior. En esos casos, el silencio ayuda a generar incomodidad", explica.
La decisión de aceptar la conducción del reality no le llevó demasiado tiempo. Cuando en febrero recibió el llamado de la productora Susana Estavillo para comunicarle que lo habían elegido, dijo que sí de inmediato. "Nunca sentí que me estaba jugando algo malo profesionalmente. Después pensé: “¡Wow, qué enorme que es el proyecto!”", cuenta.
Para concentrarse en el nuevo desafío, el canal decidió que dejara los otros programas en los que participaba. La intención era que llegara con una imagen fresca a un formato de exposición muy alta. Fueron aproximadamente cinco meses fuera de pantalla antes del estreno. "Todo lo que uno dice adentro tiene una doble exposición: para la gente que está mirando y para los participantes", señala.
La magnitud del fenómeno terminó sorprendiéndolo. Gianarelli esperaba que el programa generara interés, pero no imaginaba hasta qué punto se convertiría en tema de conversación. «No hay lugar al que vaya donde no me nombren a los participantes, donde no me hablen de alguien que odian o que aman, o de alguna situación de la casa», dice. Incluso cuando va al Mercado Agrícola a comprar fruta, cerca de su casa, nota la repercusión. "Es tremendo lo que genera".
En estas primeras semanas también encontró situaciones que, a su entender, reflejan comportamientos de la sociedad. Desde el episodio entre Jazmín y Acevedo hasta las discusiones por actitudes violentas a raíz de una leche, considera que muchas cosas que ocurren afuera también se reproducen dentro de la casa.
Las peleas, el aislamiento y las comparaciones con Del Moro
Antes del estreno, Gianarelli había planteado que uno de los objetivos era recuperar la convivencia como centro del programa. Una postura que implica diferenciarse de las últimas temporadas argentinas, en las que los conflictos y las estrategias tuvieron un protagonismo cada vez mayor.
Para él, Gran Hermano atravesó tres grandes etapas: una primera centrada en los valores, con un espíritu más ingenuo; otra marcada por la estrategia, con figuras como Cristian U y Marianela Mirra; y una tercera en la que los conflictos pasaron a ocupar el centro de la escena.
"Obviamente, al momento de contar y narrar lo que pasa, podés elegir darle más espacio a los conflictos que a una situación cotidiana. Pero nosotros queremos reflejar todo lo que sucede en la casa, no hacer hincapié solamente en una cosa", explica.
La salida de Matías Catán, uno de los participantes que más repercusión generó, puso a prueba esa idea. Antes de su eliminación, muchos se preguntaban qué iba a pasar cuando se fuera uno de los personajes más fuertes. Sin embargo, para Gianarelli, la casa demostró que tiene capacidad para reconfigurarse. "No va a aparecer otro Matías Catán, pero eso no significa que no haya otras historias"
El conductor también destaca algunas decisiones que buscaron recuperar el espíritu original del formato: las placas negativas, la ausencia de repechaje y el aislamiento completo. "Los fanáticos de Gran Hermano festejaban mucho esto de volver a los orígenes", señala.
A eso se sumó una directiva de la gerencia y de Susana Estavillo: que los participantes salieran sanos y cuidados de la experiencia y que el programa tuviera un perfil familiar. Aunque reconoce que hubo escenas de sexo que debieron mostrarse porque formaban parte de la historia de una relación, sostiene que se buscó no convertirlas en el centro de la narración.
Uno de los episodios más delicados de la temporada fue el que involucró a Jazmín y Acevedo durante una prueba por el presupuesto semanal. Después de que él se tirara encima de ella en una cama, Jazmín reaccionó con incomodidad, se activó el protocolo y fue al confesionario. La situación generó discusiones dentro de la casa y un fuerte debate afuera.
"Uno no puede ir contra lo que sintió Jazmín. Eso nadie puede ponerlo en tela de juicio", afirma Gianarelli. También recuerda que Acevedo tuvo que explicar su comportamiento y su orientación sexual, aunque aclara que eso no quita lo desafortunado del episodio ni el malestar que experimentó su compañera.
La producción cuenta, según explica, con psicólogos disponibles las 24 horas para los participantes, además de asistencia médica. El acompañamiento continúa después de la salida: una psicóloga los recibe y permanece con ellos durante los primeros días, antes de que recuperen el celular y se enfrenten a toda la información acumulada durante el aislamiento.
Con tantas horas de convivencia observadas, el propio conductor reconoce que su relación con el programa se volvió casi obsesiva. "Miro el 24 horas todo el día. Mi esposa me apaga la televisión. Estoy en un loop complicado porque soy responsable y me gusta conocerlos mucho", cuenta. A veces se queda despierto hasta las tres de la mañana mirando situaciones tan cotidianas como un participante que contempla el cielo.
Esa dedicación también tiene que ver con la dificultad de mantener la imparcialidad. Cuando entra a la casa sabe muchas cosas que los participantes contaron en otros momentos, pero no puede utilizarlas para confrontarlos porque eso implicaría hacerles sentir que están siendo observados. "Estoy convencido de que se olvidan de las cámaras. Y también están jugando mucho estratégicamente. En los vivos pretenden ocultar algunas cosas de su juego. Está bien que pase", explica.
Otro de sus desafíos fue despegarse de la figura de Santiago del Moro, conductor de las ediciones argentinas. Gianarelli admite que tuvo miedo a las comparaciones y que siente un enorme respeto por su colega. "Me parece un crack. Me preguntaba: “¿Voy a poder estar a la altura de lo que para mí es él?”".
También reconoce que intentó construir un estilo propio. "Él es como un robot: lo mirás y es la perfección andante. Creo que en cuatro años de Gran Hermano no metió un furcio. Yo metí 18.852", bromea. En Uruguay buscaron darle al programa una impronta más humana y humorística, especialmente en las presentaciones de los tapes. "Fue el mayor desafío profesional que tuve. Y una de las dificultades era separarme de lo que hacía Del Moro, porque a mí me gustaba mucho su trabajo".
El profesor, el carnavalero y la vida fuera de la televisión
En medio de las galas, los panelistas y las horas frente al 24 horas, Gianarelli mantiene su rutina docente. Se levanta a las 6.30 para dar clases a las 7.40 y, de una a cinco de la tarde, trabaja en Ceibal formando maestros. Tiene sexto de Economía, con alumnos de 17 años, que también encontraron en Gran Hermano un motivo para trasladar el reality al salón de clase: se nominan todos los viernes a través de un formulario de Google y los lunes esperan que el profesor les diga quién se va.
"Soy muy feliz dando clase. Si no disfrutara de eso, no lo haría", afirma. La agenda es exigente: llega a su casa cerca de la medianoche, cena con su esposa, mira un rato más el programa y se duerme de madrugada. La ausencia también empieza a sentirse en su familia. "No comparto ninguna noche, salvo los viernes con mis hijos. El más chico está un poquito más sensible y te vas dando cuenta".
Sin embargo, no piensa abandonar la docencia. "Sigo trabajando de lo que estudié. No es un peso, al contrario: es como volver a la realidad", dice.
Los números de audiencia también forman parte de su rutina. Se define como "un enfermo de los números" y hasta tiene un asistente en Claude que analiza los datos de rating y la conversación en Twitter. Todos los días recibe un informe sobre la cantidad de publicaciones antes, durante y después de las galas. La comparación con la primera edición de MasterChef le resulta especialmente llamativa, porque se trata de otro momento de la televisión y, aun así, el alcance de Gran Hermano fue incluso superior.
Pero el ritmo diario no permite detenerse demasiado en los resultados. "Te ponés contento porque marcaste bien, te vas a tu casa, dormís y al otro día tenés que hacer el mismo programa. Es una picadora de carne porque todo pasa muy rápido", resume.
Hay otra actividad que quedó relegada por esta agenda: el carnaval. Gianarelli fue director artístico de Los Muchachos hasta que decidió dejar esa tarea para tener enero libre y compartir las vacaciones con su esposa y sus hijos. Extraña el proceso creativo, que comienza muchos meses antes del desfile, pero disfruta de la posibilidad de viajar en familia. El año pasado se fueron unos 20 días de campamento.
Su pasión por el carnaval es tal que compara el nerviosismo del estreno de Gran Hermano con el que siente antes de salir al Teatro de Verano. "Me di cuenta de que soy tan carnavalero que ponía al mismo nivel de nerviosismo el estreno de Gran Hermano y el del carnaval. La diferencia era que en el primer programa me estaban viendo 700.000 personas y en el Teatro de Verano me ven 20.000", cuenta.
También imagina que el reality dejará algún personaje para la próxima temporada carnavalera. Si los conjuntos empezaran a salir mañana, asegura, Matías Catán sería un candidato indiscutido para una parodia. "Algo va a sobrevivir. El carnaval sigue siendo un lugar donde se puede decir cualquier cosa, donde se puede decir todo".
Sobre los límites del humor, considera que el carnaval atravesó un período de excesos y que después de Barones del Tango se produjo un punto de inflexión. "A veces, para cambiar las cosas, necesitás irte a los extremos. Los del medio, los tibios como yo, no cambian nada. Los cambios los hacen los extremos", reflexiona. A su entender, la murga y los conjuntos están encontrando de a poco un equilibrio entre la incorrección política que caracteriza al género y las sensibilidades actuales.
La posibilidad de una segunda temporada de Gran Hermano Uruguay, mientras tanto, sigue abierta. Gianarelli aclara que todavía no hay confirmaciones y que la decisión depende del canal y de los tiempos del formato, pero no esconde su deseo de volver. "Por cómo nos está yendo, creo que sería una buena idea".
Incluso imagina que el próximo casting podría duplicar la participación que tuvo esta primera edición. "Después de ver todo lo que pasó con Gran Hermano, mucha más gente se va a animar", dice. Por ahora, el conductor seguirá entre las galas, las clases de Matemática y las horas frente al 24 horas. Una combinación que, al menos por estos meses, parece tenerlo bastante entretenido.
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