El regreso de La Trampa: nueve años después, el poeta vuelve a decir la verdad y el público vuelve a hacerla suya

A punto de agotar cuatro Antel Arena, la banda vuelve a demostrar que su lugar en el rock uruguayo sigue intacto, que sus canciones sobreviven al tiempo y que los fanáticos se mantienen estoicos.

La Trampa en el Teatro de Verano.
La Trampa en el Teatro de Verano.
Foto: Mezzotoni.

No es necesario tener un fanatismo absoluto por La Trampa para entender la importancia que tienen para el rock uruguayo. Es por eso que el anuncio de su regreso luego de nueve años se volvió uno de los grandes acontecimientos de 2026: su retorno a los escenarios, Canciones al viento, está a punto de agotar una cuarta fecha en el Antel Arena.

En la década del 2000, cuando La Trampa se instaló en el universo de la música uruguaya, el rock se encontraba en un momento en el que bandas como La Vela Puerca, No Te Va Gustar o Cuarteto de Nos daban sus primeros coletazos internacionales, pero aún eran fundamentalmente nuestras.

Para muchos de los niños que crecieron en ese momento —como quien escribe— era una cuestión identitaria: alguno de esos grupos se convertía en tu predilecto, aunque las canciones de varios más estuvieran descargadas en el MP3 y los CDs llegaran como regalo.
De cosas así dio evidencia, por ejemplo, cuando en su presentación en el Cosquín Rock 2023, la diva tropical Luana Persíncula, que tiene 25 años, cantó una versión de “El poeta dice la verdad”, de La Trampa. Así, se metió al público en el bolsillo. La volvió a interpretar el mismo año en el Montevideo Late con el mismo efecto.

Es que, entre las canciones que conforman la banda sonora uruguaya de los 2000, como “El viejo” o “Fuera de control”, debe estar incluida esa versión de La Trampa del poema de Federico García Lorca.
Se cantaba al igual que un himno en la infancia, sin saber bien qué decía. Por inercia se repetía “quiero llorar mi pena y te lo digo” al ritmo de las guitarras y se coreaba el explosivo estribillo.

Reencuentro musical

Esta vuelta de La Trampa surge a raíz de la reconciliación entre Alejandro Spuntone y Garo Arakelian, distanciados desde el regreso en 2016 cuando festejaronn sus 25 años de historia. Nada de eso importa: más allá de las idas y vueltas y los años de inactividad, el público sigue esperándolos y eligiéndolos. ¿Cómo y por qué, con más de 30 años de historia, una banda cuyo último álbum de estudio data de 2008 sigue generando esto?

De acuerdo con el mismo Arakelian en el libro La trampa. Sin miedo a la oscuridad, de Ignacio Martínez, eso es porque no hay banda que haya ocupado el espacio que ellos dejaron.

Esto lo dijo cuando aquel regreso en 2016; 10 años después, por lo visto, sigue sin aparecer este sucesor.

Ya no se puede pensar el rock nacional en esos términos. Solo quedan vestigios de lo que representó en las décadas de 1980, 1990 y 2000. Hoy, géneros como el urbano son el canal de expresión de las nuevas generaciones. ¿Qué banda nueva hace esa clase de rock —directo, combativo, identitario— a esa escala, en Uruguay?

“El poeta dice la verdad” forma parte de Laberinto, lanzado en 2005, que además de incluir otras grandes canciones como “Las décimas”, tiene en su portada una parte de huella dactilar. Esa imagen fue un equivalente de rock nacional que se imprimía a demanda en camisetas.

Laberinto en sí no es prueba ni respuesta suficiente para resumir la vigencia de La Trampa, que editó cinco álbumes de estudio más, entre ellos Caída Libre, publicado en 2002 y considerado su disco clásico.
El periodista y escritor Ramiro Sanchiz publicó un libro de ensayos sobre Caída libre para la colección Discos de la editorial HUM. La primera oración del libro dice: “Había una vez un país que no era un país”.
Así, Caída libre es un retrato del momento histórico de Uruguay, sin filtros ni metáforas, ya dejándolo claro desde la primera canción, “Santa Rosa”:“Te vas, no aguantás este lugar. Te vas, no aguantás el Uruguay que no cambia más.. Te vas, hasta cuando no sabés. Probás y cualquier cosa te volvés con una mano atrás”.

Las otras 11 canciones oscilan entre el inconformismo y la resignación. Como escribe Sanchiz, el detonante es la crisis de 2002, pero el problema se arrastra desde mucho antes. “Quizás, entonces, haya que pensar a Caída libre en una tradición de crítica al establecimiento de Uruguay como Estado Nación: un proyecto fallido desde el comienzo, espurio”.
El rock anterior, en muchos casos, se dedicó a describir el gris resultante de sus acontecimientos históricos. Por ejemplo, Montevideo agoniza, de Traidores, una banda de la que los integrantes de La Trampa fueron público antes de iniciarse como proyecto. El rock uruguayo tuvo esa capacidad de convertir el malestar en una experiencia compartida. La Trampa ofreció un lenguaje para procesarlo.

Sin embargo, en el libro de Martínez, Arakelian también defiende la idea de que el clásico no puede ser algo impertérrito; debe hablar de los tiempos que corren, buscar estar detrás de lo nuevo. Eso, en su momento, fue la razón por la que lanzaron música nueva cuando festejaron sus 25 años: “Hoy vengo a ver” y “El retador”.

Arakelian dice allí que nunca hizo nada pensando en el “qué dirán” y que, a pesar de que se lo dijeron en más de una ocasión, La Trampa jamás se “vendió”. “Al contrario, siempre nos complicamos la vida”, dijo. Han dado prueba de ellos.

Esa actitud es la bandera que hace que La Trampa esté a punto de llenar cuatro Antel Arena. El hijo rebelde del rock de su tiempo que, a diferencia de sus hermanos, no tuvo una proyección ni siquiera regional. Una unión creativa que no dudó en separarse, que no se mantuvo a lo largo del tiempo por el mero fin de mantener el éxito.

No se tiene claro con qué fin van a volver, si será a largo plazo o un gusto tanto para los seguidores o para los hijos de quienes estuvieron desde el principio y se vieron identificados con su poesía y su fiereza en medio de un país en caída libre.

La Trampa sobrevivió a los cassetes, CDS y a la época en la que las bandas nacionales no podían llenar ni arenas ni ramblas. Las camisetas con una huella digital y las banderas se desgastaron, pero sus dueños siguen dispuestos a volvérselas a poner e izarlas por una razón mucho más válida que cualquier especulación teórica: la del amor a esos poetas que siempre andan con la verdad a cuestas.

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