El 24 de diciembre de 2025, el rock uruguayo atestiguó su propio milagro de Navidad. Sin indicios de que algo estaba sucediendo por debajo de la superficie, Alejandro Spuntone y Garo Arakelian volvieron a mostrarse juntos. “Te dejamos esta postal con chirimbolo incluido para tu arbolito”, escribió Garo en su cuenta de Instagram. En la foto, los dos sonreían apenas, él con una bola negra de pool en la mano. Una santísima trinidad pagana que volvió a sacudir el espíritu de La Trampa.
En 2010, una de las bandas que protagonizó la última ebullición del rock nacional cerró su ciclo casi en silencio. Siete años después concretó su regreso al agotar cinco shows en el Teatro de Verano. Estrenó canciones, tocó en algunos puntos del país, se mostró pujante. Declaró, sobre su nueva era: “Tenemos el argumento de la energía, la convicción y la renovación para volver”.
Pero el domingo de Pascuas de 2018, tan lejos de la resurrección, La Trampa terminó definitivamente. El argumento humano que mantenía viva a la banda, dijeron a través de un comunicado, había perimido. Desde entonces, la brecha entre Arakelian, guitarrista y compositor del proyecto, y Spuntone, cantante e intérprete de todo el repertorio, se ensanchó tanto que pareció ubicarlos en un lugar sin retorno. Y sin embargo.
“Nosotros estábamos distanciados. Bien distanciados. Y cuando se reedita Caída libre en vinilo creo que los dos, a nuestra manera, la pasamos muy mal”, dice ahora Garo Arakelian. Es un martes de agosto de 2026, acaba de caer la noche sobre el bar Las Flores y está, como tantas veces, en la misma mesa que Alejandro Spuntone. “Esa reedición significó una especie de credencial de todo lo que estaba mal. De todo lo que estaba mal con respecto a cómo digerir el pasado, cómo poder cambiar lo que está a tu alcance”.
Así que cuando desde Bizarro Records surgió la idea de editar, en vinilo, el emblemático álbum Laberinto (2005) que acaba de llegar a disquerías, Garo supo que había que hacerlo diferente. “Le dije a Darío (Díaz, director del sello): me parece muy bien, pero hablá con Alejandro de parte mía. Decile que esto solamente lo hacemos si lo hacemos juntos”.
Para Spuntone, se abrieron dos opciones: dar por roto lo que ya estaba partido, o evaluar sus propias responsabilidades y apostar no solo por la recuperación de una amistad, sino por la revalorización de una obra. Entonces sonó el teléfono.
Sobre su alejamiento, dicen cosas. Que no se olvidaron de lo que pasó, pero que ya dejó de tener sentido. Que la música no tuvo nada que ver. Que volcaron en su vínculo asuntos “mal resueltos” de sus vidas personales. Que podrían haber seguido con la banda sin siquiera hablarse. Que, en el acierto o en el error, la prioridad fue nunca bastardear la obra. Que si hoy están aquí es porque cada uno siguió construyendo su propio camino. Que las heridas quedan, pero cicatrizan, y dejan resoluciones. Sirven de algo.
Reeditar Laberinto implicó rediseñar el álbum: se modificó el orden para adaptarlo a los lados del vinilo y se incluye un simple con los dos temas que no entraron en el LP.
El proyecto fue la excusa para llegar a este presente, a esta mesa de bar, a la primera entrevista que dan juntos en casi 10 años. Se acuerdan de cosas, repasan la vida juntos, se ríen como si el tiempo no hubiera pasado, y al mismo tiempo hay algo distinto. Restaurar un vínculo humano requiere paciencia y delicadeza. Lo tienen claro. Por eso no hablan de un regreso de La Trampa. Por ahora, aseguran, tocar no está en los planes. El único plan es reeditar en vinilo los seis discos de estudio del grupo, para conformar un box que permita hacerle justicia a lo que construyeron y asegurar —si es que es posible— que no se pierda. Después, dice Garo: “Todavía tenemos… Uf. Bastante trabajo de recomposición”. Y Spuntone: “Tenés que tener la valentía de empezar a mirar y a hurgar en cosas que fueron feas. Acá nadie la pasó bien”.
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Binomio esencial en la historia del rock uruguayo, Spuntone y Arakelian pueden ver la línea de sus vidas reflejada en discos de La Trampa. Fundada a comienzos de los 90, la banda echó raíces en el hard rock, pero creció hacia lugares insospechados al matizarse con el folclore, el tango, la milonga. “Hay que imaginarse lo que era en el 94 una banda medio oscura, con temas que sonaban a un tango medio indefinido, con bandoneón. Como que no sabés de qué planeta venía. No era para cualquiera”, dice Garo. “Estábamos muy seguros como para sobrellevar eso. No fue fácil, pero es parte de nuestro orgullo”.
Sobre ese sentimiento apoyan esta misión de alumbrar la obra, de volver a ponerla sobre la mesa. ¿Pero para qué o, mejor dicho, para quién?
Mientras Garo resalta el hecho de haber generado una “demanda con originalidad” —es decir, de haber aportado un sonido por fuera de la música de género y que se arriesgó a mutar en cada disco—, Spuntone habla, también, de su propia memoria. De la importancia de no olvidar, uno mismo, el camino construido.
“Vos imaginate empezar a cantar en 2002, en plena crisis, las canciones de Caída libre: ‘Santa Rosa’, ‘El oro y la maldad’, todo lo que se generaba alrededor. Yo me había separado, tenía una nena chica, tenía un kiosco que había vendido en dólares, pero el dólar explotó y la tipa no me podía pagar. O sea, me quedé sin laburo. Mis amigos se iban del país. Entonces, imaginate lo que era para mí cantar ‘Santa Rosa’ y escuchar cuando el avión despegaba. Ese disco es la vida. Y La Trampa era tu modo de canalizar todo eso, que era dolorosísimo, en canciones. Y eso te daba ganas de ir a ensayar”, dice. “No tenía un propósito comercial, porque después la gente empieza a ir a ver a la banda, pero vaya uno a saber qué pasó en el medio. Pero yo me acuerdo de la sensación personal de estar grabando ese disco en el momento en que se estaba quemando todo, que despedías a tus amigos y veías que echaban gente de los trabajos. Y lo único que tenías, donde vos te expresabas y de donde nadie te iba a echar, era ese lugar. La banda era eso”.
Ahora, sentados uno al lado del otro, Garo y Spuntone prueban que la banda, en algún punto, sigue siendo lo mismo. Hablan de divorcios, de cuando hace 20 años frenaron su show en el Pilsen Rock para cortar a la gente que había comenzado a cantar que “los cumbieros son todos putos”, del día en que a Garo tuvieron que prestarle unas botas de goma en Paso de los Toros para que pudiera tocar, porque el micrófono le daba descargas eléctricas.
Y de Laberinto. De cuando en una mesa del Tasende, convencieron a Fernando Cabrera para que les produjera el álbum. De “Las décimas” y de cómo la melodía de “El poeta dice la verdad” estuvo pegada en la cabeza de Spuntone desde que Arakelian se la mostró, muchísimo antes de convertirla en canción. Del cierre de “Alta mar”, que para Garo es un diálogo con aquellas luces esbozadas en “Mar de fondo”. Del 24 de agosto de 2005 en el que cerraron la jornada de grabación en el estudio Elepé porque se venía —no lo sabían— un temporal histórico. De hacer en medio del caos.
Hoy, ahora, siguen haciendo. Arakelian lleva adelante su proyecto solista y Spuntone continúa su dúo con Guzmán Mendaro. En mayo, volvieron a coincidir sobre un escenario y versionaron “Si te vas”. Más que lo artístico, dicen, lo conmovedor fue el efecto.
“Había gente con lágrimas en los ojos”, dice Spuntone. “Y vos decís... ¿Cómo generás eso? Y ahí te das cuenta: las canciones que grabamos, para mucha gente, son mucho más importantes de lo que uno piensa”.
“Y hay algo de los misterios que encierra lo colectivo”, reflexiona Garo. “Hemos hecho cosas por separado, muy valiosas, nos va relativamente bien, pero La Trampa existía con nosotros. Es como una especie de resumen absoluto de lo que es la sociedad. Hay una construcción colectiva que tiene su propio misterio, y solo no se salva nadie”.