Opinión de Thomas L. Friedman: cómo los países pequeños pueden frenar a las potencias en una guerra moderna

La guerra con Irán expone una nueva ecuación del poder militar que desafía a las superpotencias. Esta nueva física de la guerra también se ve en los conflictos como el de Ucrania y Rusia o Hezbolá e Israel.

El USS Gerald R. Ford se dirige a Oriente Medio
Portaaviones de Estados Unidos, USS Gerald R. Ford.
Foto: EFE

Si yo estuviera escribiendo un libro sobre la guerra de Estados Unidos con Irán, sé exactamente cuál sería el título. Sería una publicación en redes sociales del presidente Donald Trump, del 5 de abril de 2026, dirigida a los líderes iraníes: “¡Abran el maldito Estrecho de Ormuz, locos de remate, o van a vivir en el infierno. ¡YA VAN A VER!”.

Las guerras suelen ser un crisol que expone cambios en la física del poder que rige el mundo: quién tiene poder, quién no lo tiene y cómo se ejerce. Nada captura mejor la nueva ecuación de poder surgida de esta guerra que el exabrupto descontrolado y obsceno de Trump contra el liderazgo iraní por no haberse rendido ante sus bombas.

Esta nueva física de la guerra también está presente en los conflictos entre Ucrania y Rusia, Hezbolá e Israel, Hamás e Israel y los hutíes contra todos los demás.

Mi resumen de esta dinámica es que los actores pequeños ahora pueden actuar a gran escala, con precisión y a bajo costo. Y aunque las grandes potencias también pueden actuar de manera quirúrgica y precisa, hacerlo les resulta mucho más caro porque cargan con enormes sistemas de armamento heredados.

Benjamin Netanyahu, Donald Trump y JD Vance en la casa Blanca el 28 de julio de 2026.
Benjamin Netanyahu, Donald Trump y JD Vance en la casa Blanca el 28 de julio de 2026.
Foto: @IsraeliPM

La ventaja neta, por ahora, parece estar del lado de los pequeños. Y eso debería quitarnos el sueño cuando pensamos que la revolución de la inteligencia artificial potenciará todavía más esta tendencia, permitiendo que actores reducidos se vuelvan aún más poderosos, eficaces y baratos.

No sorprende que Trump esté frustrado. El 11 de marzo, menos de dos semanas después de iniciar junto con Israel esta nueva fase de la guerra con Irán mediante una campaña masiva de bombardeos, declaró: “Ganamos. Déjenme decirles que ganamos. Nunca hay que decir demasiado pronto que se ganó. Ganamos. En la primera hora ya estaba todo terminado”.

Tenía razón en una sola cosa: nunca hay que declarar la victoria demasiado temprano.

Trump no entendió que el gobierno iraní también tenía algo que decir sobre cuándo se gana o se pierde una guerra. Y, más importante aún, a diferencia de Trump, Teherán tenía un Plan B para el día después: utilizar su nueva capacidad de actuar en grande, con precisión y bajo costo para tomar el control del estrecho de Ormuz, aunque sus fuerzas armadas fueran apenas una fracción de las estadounidenses y hubieran sido duramente golpeadas.

Me gustaría poder disfrutar viendo cómo la realidad humilla a nuestro presidente pomposo, narcisista y fanfarrón. Pero no puedo, porque esto se está volviendo aterrador. Y va a empeorar. Los iraníes han causado daños reales a Estados Unidos, tanto en el campo de batalla como en la economía, en una escala que Trump y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, han intentado ocultar.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con los medios mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, observa a bordo del Air Force One
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla con los medios mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Foto: AFP

Irán ha estado sometido a sanciones económicas, de manera intermitente, desde 1979. Sin embargo, logró desarrollar un arsenal de misiles y drones sofisticados y relativamente baratos que le permitió enfrentar a Israel y a Estados Unidos hasta alcanzar algo parecido a un empate, además de infligir daños significativos a activos militares estadounidenses en la región.

La razón por la que el principal portaaviones estadounidense en el Golfo Pérsico, el USS Abraham Lincoln, ha sufrido escasez de suministros para sostener a sus casi 5700 tripulantes es que, después del primer día de guerra, misiles y drones iraníes destruyeron gran parte de la base logística estadounidense en Baréin.

Según informó The New York Times, con ese incendio desapareció también un centro logístico del que la Marina dependía desde hacía décadas. Eso obligó a Trump y a Hegseth a depender mucho más de la base de Diego García, a unos 4.300 kilómetros de distancia. La pregunta inevitable es cómo esa base en Baréin estaba tan desprotegida frente a misiles iraníes desde el primer día del conflicto.

Otro ejemplo apareció en la revista Defence Security Asia, que citó un informe de CNN según el cual un misil iraní destruyó un radar valorado en 500 millones de dólares, esencial para operar un sistema antimisiles THAAD en Jordania. El ataque fue considerado un momento potencialmente transformador en la competencia estratégica entre Irán, Estados Unidos e Israel.

Un alto funcionario jordano aseguró haber quedado atónito al descubrir que los iraníes habían logrado maniobrar el misil en pleno vuelo para atacar el radar desde un flanco y evitar su detección e interceptación. Todo ello contra uno de los sistemas defensivos más avanzados del arsenal estadounidense.

lanzamiento de un misil desde una ubicación no revelada hacia objetivos estadounidenses en Baréin y Kuwait.
Lanzamiento de un misil desde una ubicación no revelada hacia objetivos estadounidenses en Baréin y Kuwait.
Foto: AFP

El profesor John Arquilla, especialista en análisis de defensa de la Escuela Naval de Posgrado de Estados Unidos, sostiene que la guerra con misiles ya no consiste en lanzar una ojiva siguiendo una trayectoria predecible. Rusia ha invertido enormes recursos en desarrollar misiles con maniobrabilidad en vuelo, mejor información en tiempo real, velocidades hipersónicas y capacidad para atacar desde ángulos inesperados. Los misiles iraníes Fattah tendrían capacidades similares.

“Esto está convirtiendo al misil en el arma dominante del siglo XXI”, afirma Arquilla, porque tiene el potencial de alterar la disuasión y la estabilidad en numerosos escenarios de conflicto.

Según Arquilla, durante generaciones las guerras se ganaban mediante masa y energía. Cuanto más lejos se disparaba un proyectil, menos preciso era. Hoy ya no. “Ahora las guerras se ganan con información”, sostiene. Y hasta los actores más pequeños tienen acceso a ella. Basta observar cómo Hezbolá ha dañado a Israel, cómo Ucrania ha desgastado a Rusia o cómo Irán logró llevar a Estados Unidos e Israel a una situación de estancamiento. Las armas de precisión de bajo costo, construibles incluso en talleres improvisados con componentes disponibles comercialmente, han roto el antiguo vínculo entre alcance y precisión.

La guerra en Ucrania ofrece otro ejemplo. Según Arquilla, el país se convirtió en una potencia naval sin marina tradicional, utilizando drones marítimos y motos acuáticas armadas para obligar a la flota rusa del mar Negro a alejarse de la costa ucraniana. Estas nuevas tecnologías permiten que “los muchos y los pequeños” -iraníes, hutíes, Hezbolá o Hamás- esquiven los golpes de rivales mucho más poderosos porque permanecen ocultos y pueden responder con ataques precisos. Mientras tanto, Estados Unidos sigue dependiendo de sus enormes divisiones y grupos de portaaviones.

Por eso, concluye Arquilla, los defensores tienen hoy una ventaja real sobre los atacantes. Trump y Hegseth intentaron escalar la guerra aumentando el ritmo y el tonelaje de los ataques, mientras que Irán se concentró en dispersarla: ocultó pequeñas unidades con misiles de precisión en múltiples ubicaciones y atacó bases estadounidenses e instalaciones petroleras árabes en todo el Golfo.

Estas armas también amplifican otra ventaja de los pequeños sobre los grandes: no necesitan ganar; solo necesitan no perder. Las grandes potencias, en cambio, deben ganar, terminar la guerra y volver a casa. Eso es cada vez más difícil.

El momento en que el barco Magic Seas fue atacado por combatientes afiliados a los hutíes en el mar.
El momento en que el barco Magic Seas fue atacado por combatientes afiliados a los hutíes en el mar.
Foto: AFP

No confiarse

Sin embargo, los actores pequeños tampoco deberían confiarse. La otra mitad de la ecuación es que los grandes también pueden actuar como pequeños. El primer día de la guerra, ataques aéreos israelíes guiados por inteligencia estadounidense eliminaron a más de 40 altos dirigentes iraníes reunidos en un mismo complejo en Teherán. Con información precisa, Israel destruyó buena parte de la élite de seguridad nacional iraní con un solo golpe.

Otro ejemplo fue el ataque israelí con beepers contra Hezbolá en septiembre de 2024. Israel hizo explotar miles de dispositivos electrónicos utilizados por miembros y simpatizantes del grupo, causando decenas de muertos y unos 3.000 heridos. Con una cantidad relativamente pequeña de explosivos y una enorme dosis de información, logró dejar fuera de combate a numerosos combatientes en pocas horas.

El ciberataque Stuxnet contra la instalación nuclear iraní de Natanz fue otra demostración de cómo los grandes pueden actuar en pequeño. En lugar de bombardear el complejo, Estados Unidos e Israel introdujeron un programa malicioso para inutilizar centrifugadoras iraníes. Fue una operación basada más en código informático que en fuerza bruta.

Lo verdaderamente alarmante hoy es lo fácil que se está volviendo para los pequeños actuar en grande. Y por “pequeños” no me refiero solo al tamaño, sino también a la edad. Un adolescente con una computadora portátil, una conexión de Starlink y un modelo abierto de IA puede alterar el funcionamiento de un sistema municipal de agua o energía identificando y explotando vulnerabilidades de software antiguas.

Así que no se sorprendan si algún día escuchan a un alcalde sonar como Trump: “Devuélvanme el agua, locos de remate...”. The New York Times

Una enorme valla publicitaria antiestadounidense e israelí, con la imagen del presidente estadounidense Trump y el primer ministro israelí Netanyahu, cuelga de un edificio en Teherán.
Valla publicitaria con la imagen del presidente Trump y el primer ministro israelí Netanyahu, en Teherán.
Foto: EFE

Economía dañada, pero no “colapsada”

Irán ha sobrevivido a las duras sanciones estadounidenses desde 1979. Apuesta a que podrá resistir aún más.

En los 47 años transcurridos desde la Revolución Islámica, Estados Unidos ha dado un paso tras otro para aislar al país, con tan solo un breve respiro tras el acuerdo nuclear con Irán de 2015, que Trump criticó duramente y abandonó en 2018. Prometió entonces “máxima presión” y ahora, con opciones militares limitadas, amenaza con medidas aún más drásticas. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, advirtió la semana pasada sobre medidas “sin precedentes”; quizás, según sugieren los analistas, sanciones secundarias a países como China que compran petróleo iraní, o mayores penalizaciones a las transacciones financieras.

Según analistas, es más probable que Irán intensifique sus ataques contra los aliados de EE.UU. en el golfo Pérsico a que ceda el control del estrecho de Ormuz. “La economía iraní atraviesa serios problemas, pero no está colapsando”, afirmó Danny Citrinowicz, experto israelí en Irán. La presión económica solo tendrá éxito si “nuestra capacidad de resistencia es mayor que la del régimen iraní, y no está claro que eso sea una buena apuesta”, afirmó Suzanne Maloney, experta en Irán y directora de política exterior de la Brookings Institution. “La economía de Irán se ha visto moldeada por la presión económica estadounidense”. The New York Times

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