La expedición Uruguay Sub200 terminó, pero para los científicos que participaron de ella el trabajo está lejos de haber finalizado. Por el contrario, buena parte de los resultados comenzará a tomar forma ahora, con el análisis de las muestras, la identificación de especies, el procesamiento de datos geofísicos y el estudio de los ambientes de aguas profundas que fueron observados durante la campaña.
Uno de los datos preliminares que surgieron a bordo es especialmente significativo: se contabilizaron al menos 20 potenciales nuevas especies para Uruguay. La cifra, sin embargo, está lejos de ser definitiva y podría aumentar cuando los especialistas revisen la totalidad del material recolectado. “Esas 20 pueden ser 50, pueden ser 100, no se sabe”, explicó a El País Jan Maximiliano Tapia, especialista en taxonomía y ecología de la fauna de aguas profundas de la Universidad Católica del Norte de Chile.
La magnitud de lo recolectado hace que la expedición sea, en cierto sentido, apenas el comienzo. Luiz Antonio Pereira de Souza, geólogo y geofísico brasileño que integró el equipo, estimó que solamente el análisis del material extraído del buque puede representar “más de 10 años de investigación”. A eso se suma la información geofísica obtenida durante la navegación, que también requiere procesamiento y capacidades técnicas específicas.
Un inventario de la vida que existe en las profundidades
Durante la expedición, los científicos se encontraron con una diversidad que superó las expectativas iniciales. Tapia explicó que todo lo registrado representó nuevos registros para Uruguay, mientras que algunos organismos podrían incluso ser especies desconocidas para la ciencia. Entre los resultados preliminares mencionó el primer registro para Uruguay de un pulpo cirrina, cuya distribución conocida se extendía ahora más al sur.
El investigador también destacó la existencia de ambientes que describió como prístinos y que nunca habían sido observados de esa manera. Entre ellos identificó arrecifes de grandes dimensiones que, según señaló, se encontraban intactos pese a la actividad pesquera, además de estructuras vinculadas a antiguas calderas de metano inactivas. “Llegamos con muchas preguntas y pensamos que íbamos a responderlas en su mayoría, pero salimos con más preguntas de las que nos planteamos al principio”, resumió.
La tarea ahora consiste en determinar exactamente qué hay en esas muestras. No se trata solamente de buscar especies nuevas: también es necesario identificar organismos ya conocidos y establecer si los nuevos registros amplían su distribución geográfica o batimétrica.
Ese es precisamente el trabajo que continuará Brenda Doti, bióloga, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y del Conicet, especializada en sistemática y biogeografía de isópodos. En el material que pudo observar durante la expedición identificó cuatro especies que podrían ser nuevas para la ciencia. En febrero podrá revisar las muestras correspondientes a la primera etapa de la campaña y determinar si aparecen más ejemplares o nuevas especies.
Para confirmar una especie nueva no alcanza con reconocerla a simple vista. Doti explicó que el primer paso consiste en observar los ejemplares con lupa y, junto con la bibliografía especializada, determinar a qué especie corresponden. Cuando se trata de organismos potencialmente nuevos para la ciencia, comienza un trabajo taxonómico más detallado: se realizan disecciones de los apéndices, dibujos de las características morfológicas y, en algunos casos, fotografías mediante microscopía electrónica de barrido.
El objetivo no será solamente describir nuevas especies. También se busca identificar la totalidad de los isópodos encontrados para conocer mejor la diversidad de este grupo en las aguas profundas uruguayas y determinar si las especies registradas también aparecen en otras zonas, como Argentina, Brasil o incluso regiones subantárticas. Doti prevé además un trabajo más general que permita presentar la diversidad total de este grupo.
Febrero será una nueva etapa de la expedición
El próximo gran paso será en febrero de 2027, cuando especialistas de distintos países se reúnan en Montevideo para revisar el material recolectado. El workshop se realizará en el Museo Nacional de Historia Natural y contará con apoyo de Ocean Census, la Red Científica del Censo Oceánico.
Leticia Burone, oceanógrafa, profesora adjunta de la Facultad de Ciencias y una de las coordinadoras de Uruguay Sub200, explicó en En Clave País, streaming de El País, que la instancia estará enfocada en avanzar en la identificación taxonómica de los organismos. También se incorporarán estudios genéticos mediante una técnica conocida como “barcode”, que permite analizar un fragmento de ADN y compararlo con bases de datos para determinar si se trata de una especie ya registrada.
El análisis no quedará restringido a los organismos recolectados durante las inmersiones del ROV. También se estudiarán los pequeños organismos presentes en los sedimentos, que pueden aportar información sobre lo que ocurre tanto en el fondo como en la columna de agua.
Tapia adelantó que en esa instancia participarán más de 15 expertos y que el objetivo será establecer un número más preciso de las especies nuevas surgidas de la expedición. Para el investigador, la dimensión del material hace que la revisión sea un proceso necesariamente prolongado.
Para Doti, el workshop también será una instancia clave porque permitirá revisar las estaciones de la primera etapa de la campaña que no pudo analizar a bordo. La meta será llegar a una lista completa de las especies de isópodos, establecer cuántas podrían ser nuevas para la ciencia y determinar con cuántos ejemplares se cuenta para realizar las futuras descripciones taxonómicas.
El ROU Uruguay, hallado en la primera pasada
Uno de los momentos más impactantes de Uruguay Sub200 fue el hallazgo del destructor ROU Uruguay, localizado a 1.165 metros de profundidad. La búsqueda tuvo además un componente de expectativa especial: antes de llegar al punto de investigación, el buque Falkor había tenido que regresar a puerto por reparaciones en una de sus grúas y la expedición era seguida en vivo por miles de personas a través de las redes sociales y las transmisiones por YouTube.
Rodrigo Torres, arqueólogo subacuático, investigador del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República e integrante del equipo científico de la expedición, contó que cuando finalmente llegaron a la estación, alrededor de las 14:00, pusieron en marcha la estrategia de búsqueda que habían preparado. El resultado fue inmediato: encontraron una señal compatible con el naufragio en la primera pasada de la ecosonda.
A partir de esa información, los científicos y la tripulación organizaron el descenso del ROV Subastian. Cerca de las 17:00 horas lograron llegar hasta el sitio, a 1.165 metros de profundidad, y confirmar el hallazgo mientras decenas de miles de personas seguían las imágenes en vivo.
“Fue un momento muy emotivo y realizador para todos a bordo”, relató Torres. Era, además, la primera vez que el ROV Subastian estudiaba un sitio arqueológico de un naufragio. Incluso los técnicos y pilotos del vehículo se emocionaron ante el hallazgo.
Para los arqueólogos, el sitio tenía además una característica particular: el destructor estaba cubierto de vida. “Para el grupo de científicos involucrados fue como llegar a un parque de diversiones porque el buque estaba lleno de vida”, señaló Torres.
El hallazgo fue considerado por el investigador como un hito para la arqueología subacuática de Uruguay y de la región, ya que fue la primera vez que se estudió un sitio arqueológico en aguas profundas del Atlántico suroccidental. También tuvo una dimensión vinculada al patrimonio cultural del país. Mientras realizaban las inspecciones y las colectas, el equipo recibió mensajes de integrantes de la Armada que habían servido en el ROU Uruguay y de familiares de quienes estuvieron vinculados a la embarcación.
Una búsqueda que partió de coordenadas diferentes
Llegar hasta el naufragio requirió un trabajo previo de reconstrucción de información. Durante la planificación de la expedición, Alvar Carranza, científico líder del crucero y colega de Torres en el CURE, recibió unas coordenadas correspondientes al punto de hundimiento del ROU Uruguay. Como el lugar estaba próximo a otras estaciones previstas para la campaña, decidieron incorporarlo como uno de los objetivos.
Sin embargo, las entrevistas posteriores con integrantes de la Armada —tanto de la Aviación Naval como de la Marina— que habían participado en las maniobras del día del hundimiento aportaron otras dos coordenadas. El problema era que las tres ubicaciones no coincidían: presentaban diferencias de aproximadamente 1,5 kilómetros.
Torres explicó que el primer paso fue incorporar toda esa información a un sistema de cartografía digital. A partir de allí, el equipo diseñó una estrategia de búsqueda tomando en cuenta las características técnicas de las ecosondas del ROV Falkor(too).
También contaban con mapas batimétricos que permitieron conocer las características del área. El sector de búsqueda se encontraba entre los 1.150 y los 1.180 metros de profundidad, en una zona de fondo predominantemente arenoso y casi plano. Para el equipo, ese dato era alentador: encontrar el naufragio en una superficie relativamente plana facilitaba la búsqueda frente a la posibilidad de que se encontrara sobre alguno de los cañones submarinos.
Qué encontraron en el naufragio
Una vez localizado el ROU Uruguay, el equipo pudo avanzar en distintos tipos de estudios. Se extrajeron muestras de sedimento y agua en puntos clave para analizar el estado de preservación del sitio desde el punto de vista biogeoquímico y estudiar la posible presencia de contaminantes.
También se realizó un mapeo tridimensional de alta resolución en el punto de impacto de los proyectiles que provocaron el hundimiento y se obtuvieron horas de imágenes de inspección. Ese material permite estudiar qué ocurrió con la embarcación desde que dejó la superficie hasta que terminó depositada en el fondo marino, un proceso que en arqueología se conoce como formación del sitio.
Otro de los elementos de interés fueron los organismos que colonizaron el naufragio durante las décadas que lleva en el fondo. Se recolectaron muestras de esa fauna para estudiar las especies presentes y sus interacciones ecológicas en profundidad.
El caso tiene una particularidad que permite establecer una referencia temporal precisa: el ROU Uruguay llegó al fondo el 27 de febrero de 1995. “Este punto específico nos permite pensar sobre la salud del océano a partir de lo que pasó durante los 30 años desde que llegó al fondo”, explicó Torres.
Un laboratorio para estudiar qué ocurre con un naufragio
El trabajo sobre el destructor no terminó con su localización. Julieta Frere, investigadora argentina y arqueóloga marítima especializada en estudios de cultura material histórica, continúa trabajando sobre el sitio y sobre la información obtenida durante la expedición.
Frere explicó que una de las líneas centrales consiste en estudiar los llamados procesos de formación del sitio: todo aquello que ocurre con una embarcación desde el momento en que se hunde. Esto incluye el deterioro de sus materiales, la formación de comunidades biológicas alrededor del pecio y los cambios que la presencia de la estructura produce en el ambiente.
En el caso del ROU Uruguay, la profundidad en la que se encuentra —1.165 metros— y las características del sitio permiten utilizarlo como un caso de estudio para analizar esos procesos. El trabajo también incluyó reconstruir parte de la historia de la embarcación, desde su construcción y llegada a la Armada uruguaya hasta su hundimiento.
Para Frere, la experiencia de Uruguay Sub200 también dejó una enseñanza sobre la relación entre ciencia y sociedad. La posibilidad de compartir la investigación con la comunidad permitió recuperar información sobre la historia del buque a partir del diálogo con personas que estuvieron involucradas en ella. Durante la exploración, además, investigadores recibieron mensajes de antiguos integrantes de la Armada y familiares de quienes estuvieron vinculados al ROU Uruguay.
El desafío: que Uruguay pueda procesar sus propios datos
Además de los resultados científicos, la expedición dejó planteado un desafío académico: desarrollar en Uruguay las capacidades necesarias para procesar toda la información obtenida.
Pereira de Souza participó específicamente en la interpretación de los datos geofísicos. Su experiencia con técnicas como el multibeam y otros perfiladores permitió colaborar, junto con Alvar Carranza y el equipo técnico del buque, en la selección de los lugares donde debía sumergirse el ROV. Según explicó, Uruguay no contaba en ese momento con un profesional con ese perfil específico.
Ahora, una parte del trabajo requiere equipamiento que la Universidad de la República no tiene actualmente, como computadores de alta capacidad y determinados programas especializados. Por eso, el investigador brasileño plantea que la etapa posterior a la expedición debería incluir la búsqueda de financiamiento para crear laboratorios y formar recursos humanos.
La propuesta apunta a que la cooperación internacional no consista únicamente en convocar especialistas extranjeros cuando se realicen nuevas campañas, sino también en formar investigadores uruguayos capaces de procesar e interpretar los datos obtenidos.
Pereira de Souza ya conversó sobre esa posibilidad con investigadores uruguayos y planteó la realización de cursos, entrenamientos, posgrados e intercambios con la Universidad de São Paulo. “Necesitamos formar uruguayos”, resumió. La idea es construir una masa crítica de especialistas que pueda sostener futuras investigaciones sobre el océano profundo desde Uruguay.
Una expedición que dejó más preguntas que respuestas
Uno de los resultados más relevantes de Uruguay Sub200 no aparece necesariamente en una cifra o en un hallazgo puntual. Es la cantidad de nuevas preguntas que quedaron planteadas.
La fauna encontrada, los arrecifes, los cañones submarinos, los sedimentos, las estructuras geológicas y el naufragio abrieron distintas líneas de investigación. También aparecieron interrogantes sobre los efectos de la pesca y de las líneas de pesca sobre los ambientes profundos y sobre cómo podrían cambiar esos ecosistemas en el futuro.
La expedición también dejó una red científica internacional que continuará trabajando sobre las muestras. Doti destacó que compartir una campaña oceanográfica con investigadores de distintas disciplinas y países permitió combinar capacidades y conocimientos, en un trabajo colectivo y continuo.
Frere, por su parte, señaló que la experiencia de Uruguay Sub200 y el paso por el Falkor(too) todavía tiene efectos sobre su trabajo. Para ella, la campaña confirmó la importancia de la comunicación de la ciencia y del intercambio entre investigadores, además de fortalecer la colaboración regional en arqueología marítima.
Para Tapia, la acumulación de preguntas es precisamente uno de los principales resultados de la campaña. La expedición permitió saber qué hay en determinados sectores del océano profundo uruguayo, pero también mostró cuánto falta por conocer.
Así, Uruguay Sub200 dejó de ser solamente una expedición de exploración. El barco volvió a puerto, pero las muestras, los datos y las imágenes abrieron una etapa mucho más extensa: identificar especies, reconstruir ecosistemas, estudiar un naufragio, procesar información geofísica y formar investigadores capaces de continuar mirando un territorio que, hasta ahora, permanecía en buena medida fuera del alcance de la ciencia uruguaya.
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