¿Puede realmente Argentina recuperar las Malvinas? De la chispa de un gol a la ONU, la pregunta crece día a día

Un gol en un partido del mundial encendió la inesperada chispa que llegó a la ONU, donde Milei anunció que “Malvinas es una causa nacional”. Esta crónica busca responder si Argentina puede recuperar las islas, en un debate que incluye el negocio de la pesca y la estrategia regional.

Veteranos combatientes y familiares regresaron a las Malvinas, 44 años después
Veteranos combatientes y familiares regresaron a las Malvinas, 44 años después.
Foto: EFE.

En Buenos Aires
No estaba en los planes de nadie, de nadie, que Enzo Fernández, a los 85, la pusiera contra el palo derecho de Pickford después de tres disparos fallidos. Ni que el centro de Messi, a los 92, se encontrara con la cabeza de Lautaro Martínez para darle vuelta a Inglaterra una semifinal por Copa del Mundo. No estaba en los planes de nadie, de nadie, que unos pibes se llevaran la sábana del hotel y a golpe de fibrón la escribieran, la soltaran al campo de juego y la agarraran Lo Celso y Lisandro Martínez para abrirla frente a las tribunas —y frente las cámaras de televisión.

No estaba en los planes de ningún cuerpo diplomático, de ninguno, que en ese momento hubiera 24 millones de ingleses mirando la pantalla de la BBC y leyendo lo que ese trapo decía. O que 31,8 millones de argentinos estuvieran frente a la de Telefé. Y unos 28,3 millones viendo lo mismo mediante la Fox, en los Estados Unidos. Y otros 10 millones frente a la pantalla de La1, la televisión abierta de España. Y que el resto de Europa, de Asia, de África, de América, según la estimación del informe técnico de audiencias de la FIFA, apoyado en los datos de su división FIFA Media, sumaran unas 1200 millones de personas de todo el mundo viendo en ese momento un partido de fútbol donde al final aparece un trapo que dice: las Malvinas son argentinas.

Mil. Doscientas. Millones. De. Personas.

No estaba en los planes de nadie, de nadie, que el efecto de ese partido y esa bandera desplegada sobre el tejido del cuerpo social argentino hiciera caer, en el Congreso de la Nación, le ley de venta de tierras a empresas o personas físicas extranjeras, que el gobierno tenía casi abrochada. Ni que por primera vez en la historia de la sucesión democrática, un presidente tuviera que brindar una cadena nacional exclusivamente referida a la cuestión de Malvinas. Mucho menos que un presidente de los Estados Unidos le dijera al mundo que podría revisar, eventualmente, la posición histórica de su país con respecto al conflicto que Argentina y Gran Bretaña mantienen en el Atlántico Sur. Ni que el gobierno de Londres respondiera que está listo para defender militarmente sus intereses en las islas. Todo incendio arranca con una chispa. Lo impredecible es la chispa.
En la sensibilidad pequeñita, microbiana, de las calles y de los barrios, de golpe alguien imprime una pequeña cantidad de remeras y las vende por Instagram. Dicen lo mismo que decía la sábana convertida en bandera. Y de golpe la cantidad deja de ser pequeña. Y de golpe hay medias, tazas de café, cartucheras para los chicos de las escuelas que llevan el mismo impreso. Alguien diseña una nueva tipografía con las letras rústicas del fibrón y la sube a Internet, con descarga gratis. En la suma del goteo se arma la lluvia que se hace vendaval. Y entonces, la condensación de esa nueva conciencia termina con un presidente subiendo la causa Malvinas al primer lugar de su agenda y diciendo en la 81° Asamblea General de la ONU: “Malvinas es para nosotros una causa nacional. Repito: Malvinas es para nosotros una causa nacional”. La iteración, la frase en espejo, el subrayado de la voz doble le da continuidad a un dominó de los acontecimientos que incluyó fricciones con Montevideo por unos permisos portuarios presuntos y un banner que —como cada año— no decía Malvinas, decía Falklands durante la Expo Prado 2026.

Algo que fue previamente presentado como solo-un-partido-de-fútbol, algo que finalmente no-fue-solo-un partido-de-fútbol, escala y obtiene trascendencia global. Y como nadie puede decir en dónde termina esto, entonces crece, en la napa del asunto, en el fondo de toda esta trama, una pregunta que es madre de todas las preguntas. ¿Puede la Argentina realmente recuperar sus islas?

Islas Malvinas o Falkland Islands
Islas Malvinas o Falkland Islands.

El negocio de la pesca en Malvinas

Laureano Barrera tiene 46 años, nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, y en 2025 ganó la Beca Pulitzer del Pulitzer Center cuya casa matriz, en Washington DC, financia investigaciones periodísticas independientes en todo el planeta. Barrera enfocó su trabajo en la trama que subyace a los reclamos de soberanía, los tratadistas internacionales y la historia: la pesca en las 200 millas náuticas que rodean las Malvinas, el verdadero tesoro en disputa. Barrera viajó a Malvinas en abril de este año.

—¿Qué descubriste?

—Que el gran negocio no es el petróleo. El gran negocio es la pesca.

—¿Cómo funciona?

—Desde hace dos décadas en Argentina hay empresas que violan la ley federal de pesca porque tienen vínculos societarios con empresas que pescan en Malvinas, cosa que está prohibida por la ley 26.386, del año 1998, que tiene un artículo agregado, el 27 bis, que prohíbe los vínculos directos o indirectos societarios, jurídicos, económicos y de beneficios entre empresas con permiso para pescar en Argentina y empresas que pescan con permisos en las aguas de Malvinas.

—¿Son permisos británicos?

—No directamente. Son permisos entregados por los isleños. El gobierno de las Falklands entrega esos permisos.

—¿A quiénes?

—En el caso del calamar Loligo, que solo crece, se desarrolla y muere en las aguas de las islas, a empresas españolas que crean nuevas compañías para operar en Malvinas. Después crean otra empresa con la que compran barcos argentinos. Terminan pescando en aguas argentinas y de las islas, burlando la ley.

Laureano Barrera
Periodista Laureano Barrera.

Cuarenta y cinco euros puede salir un plato de calamar Loligo en un restaurante europeo. La importancia de esta variedad es gastronómica, pero también científica. Por sus características (posee fibras nerviosas hasta mil veces más grandes que las de los mamíferos) ha sido crucial para la investigación en neurobiología. Los científicos Alan Hodgkin y Andrew Huxley usaron al calamar Loligo para explicar cómo viajan los impulsos nerviosos en las neuronas. Ganaron el Premio Nobel de 1963 por este descubrimiento. Le pregunto a Barrera:

—¿Quién se lleva las ganancias por la comercialización del Loligo?

—Queda en la economía isleña. El 60 por ciento del presupuesto isleño viene de estas licencias. Con eso pagan educación gratuita, salud pública, seguridad. El Reino Unido solo paga Defensa, la base militar, unos 1500 soldados del ejército inglés.

—¿Para una población de?

—Unos tres mil habitantes.

—Un soldado cada dos isleños. ¿Hay argentinos viviendo en Malvinas?

—Entre diez y quince. La mayoría vienen de una misma familia. La familia Reid. Alex Reid es dueño de una de las pesqueras más grandes de la isla: Seafish. También es el primer bebé argentino nacido en las Malvinas e inscripto en Argentina después de la ocupación británica de 1833.

Margaret Thatcher en Islas Malvinas
Margaret Thatcher en Islas Malvinas.

—¿Qué sentiste cuando pisaste el suelo de Malvinas?

—Un estremecimiento muy grande, algo en el cuerpo que no podría explicar. Fui como periodista a trabajar en una investigación, pero no por eso dejo de ser argentino.

—No es el foco de tu trabajo, pero ¿creés que la Argentina puede recuperar sus islas?

—No me aventuraría a decir que estamos en un momento próximo a recuperarlas. Pero nadie esperaba que un partido de fútbol produjera lo que produjo. Nadie esperaba tampoco que algo se encendiera, y la verdad es que algo se encendió. ¿Cuánto crece ese fuego? ¿En qué momento estalla? Nadie, absolutamente nadie, cinco meses atrás, hubiera dicho que Estados Unidos podía revisar el reclamo argentino por la recuperación de Malvinas. Y ya ves.

Dos cartas en el museo de Malvinas

Son las tres de la tarde de un día de semana y, aquí de pie, en la puerta, antes de ingresar, puedo ver que al panel de la entrada que dice Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur le falta la L de Malvinas y la L de Atlántico. Okay, me doy por bienvenido.

No hay forma de haber nacido y crecido en este país mío, de haber enterrado a mis padres en este país, de haber visto nacer a mis hijos en este país, y no sentir el estremecimiento del que habla Laureano Barrera cuando entro al museo sobre la calle Calzadilla, en un borde norte de la ciudad de Buenos Aires. Quedo frente a la curaduría de las islas Malvinas y su historia.

El museo abrió sus puertas el 10 de junio de 2014, fecha que recuerda la de 1829, cuando quedó inaugurada la comandancia argentina, segundo organismo político y militar que tuvo el control del archipiélago. El anterior había sido el heredado de la corona española. Lo confirma un oficio firmado por Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, fechado el 30 de mayo de 1810, apenas cinco días después de la caída del virreinato. Saavedra pide allí pagar el suelo a la comandancia de Malvinas.

Dos momentos de la recorrida te estrujan el sistema nervioso. Una carta fechada en 1816 y que lleva la firma del general José de San Martín, que en ese momento estaba armando el ejército de los Andes para cruzar la cordillera. En la carta, que puede leerse bajo la protección de un cristal, le informa al gobernador de San Juan que libró un oficio pidiendo reclutar presos de Malvinas. Los necesita en sus tropas a cambio de concederles la libertad.

“Que todos los de alta clase que se hallen presos en esa jurisdicción de su mando sentenciados a los presidios de Patagones, Malvinas u otros sean remitidos a esta capital”. San Martín, de puño y letra, 14 de agosto de 1816.

Museo Malvinas en Buenos Aires
Museo Malvinas en Buenos Aires.
Foto: Alejandro Seselovsky.

Y, hacia un rincón especialmente iluminado del primer piso, la foto de Julio Rubén Cao, maestro del 3ro D. de una escuela de Laferrere, soldado voluntario que defendió su posición durante el asalto británico a Monte Longdon, el más duro y cruento enfrentamiento que conoció la guerra de Malvinas. Junto a su fotografía está la réplica de la carta que le envió a sus alumnos desde la trinchera: “No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas”. Cao murió al recibir el impacto de un proyectil el 10 de junio de 1982. Tenía 21 años.

En el centro del edificio, un muro en forma de espiral va contando la historia de las islas. Dentro, una pantalla proyecta en 360 un breve documental. La pantalla está lastimada en el centro, una porción de su ancho ha quedado a oscuras. Salgo, le pregunto a una persona que trabaja en el museo qué pasó con el cine. Me dice que no hay presupuesto para repararlo. Que echaron a cinco de los diez guías que tenía el museo, todos con más de 10 años de antigüedad. Este sitio depende de Museos Nacionales, organismo que depende a su vez de la Secretaría de Cultura de la Nación. Ajuste de las cuentas públicas o desfinanciamiento de la memoria, en cualquier caso la persona que me habla se aguanta las lágrimas mientras me habla, solo porque el personal no llora frente a los visitantes.

COMBATIENTES

El viaje de retorno a las islas, 44 años después

En pleno repunte de tensión en la disputa por las islas Malvinas, veteranos argentinos que combatieron allí en 1982 y familiares de caídos regresaron hace unos días a los escenarios de la guerra para confrontar una memoria más íntima: el hambre, el frío, los compañeros muertos y despedidas pendientes 44 años después.

En medio de un paisaje inhóspito, visitaron las 230 cruces blancas del cementerio argentino de Darwin. Allí dejaron cartas, banderas, rosarios. Uno de ellos, Ramón Robles, llevó algo más: las cenizas de un excombatiente fallecido hace un año y que pidió descansar junto a sus compañeros. Robles, que combatió a pocos kilómetros de donde sería luego emplazado el cementerio, considera que se trata de “un viaje humanitario, para cerrar etapas y librarse de fantasmas”. (EFE)

Malvinas y la región

Federico Lorenz fue director del museo Malvinas. Hace una década. Conoce bien el paño. En realidad, todo eso que llamamos “la causa Malvinas” es lo que conoce bien. Lorenz es licenciado en historia, doctor en Ciencias Sociales, jefe del departamento de historia del Colegio Nacional Buenos Aires e investigador del Conicet. Como autor, ha publicado —entre otros títulos— Las guerras por Malvinas (2022), un ensayo que indaga en la construcción de la causa Malvinas antes, durante y después del conflicto armado de 1982. También Malvinas, una guerra argentina (2026), un recorrido analítico sobre el impacto social, político y cultural de la guerra en la sociedad civil. Fantasmas de Malvinas (2008), un libro de crónicas de viaje y reflexiones personales tras visitar las islas. La llamada. Historia de un rumor de la posguerra de Malvinas (2017), una investigación sobre las tensiones, los traumas y las historias ocultas de los excombatientes tras el cese del fuego. Y Malvinas: Historia, conflictos, perspectivas (2022), una obra que revisa 40 años de relatos públicos, mitos y miradas sobre las islas. Lorenz es una de las autoridades más consolidadas en la materia que tiene hoy el campo académico argentino.

—¿Qué fue ese partido contra Inglaterra?

—El hecho diplomático más importante de los últimos 20 años.

Jugadores de Argentina tras ganarle a Inglaterra con una sábana que dice "Las Malvinas son argentinas".
Jugadores de Argentina, tras ganarle a Inglaterra, con una sábana que dice "Las Malvinas son argentinas".

—El discurso de Milei en cadena nacional se pareció bastante a lo que quisimos siempre escuchar de un presidente. Malvinas, causa irrenunciable.

—Para mí tiene la misma lógica que el anuncio de (Leopoldo) Galtieri: me salvo con Malvinas, Malvinas como salvataje político.

—Es cierto que la popularidad de Milei ha caído en todas las encuestas serias.

—Además, este no es el camino para recuperar las islas.

—¿Y cuál es?

—La cláusula transitoria ingresada en la Constitución Nacional cuando se hizo la reforma del año 94 establece, primero, que el objetivo de restaurar la soberanía es irrenunciable, pero que debe hacerse conforme al derecho internacional y respetando el modo de vida de los isleños. Lo dice la Carta Magna. Es decir, el único camino es la negociación.

—¿No es lo que está ocurriendo?

—No, estamos haciendo crecer una lógica binaria, de todo o nada, que siempre tuvimos pero ahora más. Y la verdad es que no podemos revolear lógicas tribuneras. Tribunear Malvinas instala un argentinómetro: según lo que digas sobre Malvinas sos más o menos argentino, más o menos traidor.

Federico Lorenz
Historiador Federico Lorenz.

—La idea de los isleños como población implantada ha ganado instalación.

—¿Y que sería una población originaria? Yo me llamo Lorenz, vos te llamás Seselovsky. Hay habitantes originarios de este suelo que nos podrían llamar población implantada a nosotros, y está clarísimo que somos argentinos.

—¿Vos decís que los isleños son clave?

—Yo digo que la guerra del 82 fue el bandazo de un gobierno que se quiso salvar con Malvinas. y que esto es lo mismo. Hasta la guerra había una gran vinculación con las islas y los isleños. En Malvinas había maestras bilingües que enseñaban castellano. Teníamos vuelos semanales desde Comodoro Rivadavia. Provisión de combustible por parte de YPF, presencia de Gas del Estado. Un isleño llegó a jugar en las inferiores de Boca. Todo eso fue dinamitado.

Británicos desembarcando en Malvinas
Británicos desembarcando en Malvinas.
Foto: AFP.

—¿Qué sería lo que estamos haciendo ahora para dinamitar las cosas?

—El alineamiento ultra con Estados Unidos dinamita las conversaciones hacia el interior de la región. Y no se puede pensar Malvinas sin pensar también en Chile, en Brasil, en Uruguay. Las políticas de control de océanos, la presencia de depredadoras, funcionan de una forma que afecta a nuestros vecinos. Entonces, ¿cuál es el camino? Convertir Malvinas en una causa regional.

—¿Cómo se hace eso?

—Demostrando que los recursos de Malvinas son recursos de la región. La soberanía no puede ser solamente territorial porque entonces terminás reduciendo el problema a lo que le ocurre a un Estado nacional y solo a uno.

—¿Creés que la Argentina realmente puede recuperar sus islas?

—Por este camino, no.

MALVINAS

Una historia que se remonta al siglo XIX en las islas

El 3 de enero de 1833 una fuerza naval británica al mando del capitán James Onslow desalojó por la fuerza a la guarnición argentina en Puerto Soledad. Frente a una superioridad militar evidente, el comando nacional, a cargo de José María Pinedo, bajó las banderas en protesta y se retiró de Malvinas. Los argumentos británicos desde entonces a la fecha son dos: el principio de autodeterminación, que dice que los isleños prefieren ser británicos. Y la posesión contínua e ininterrumpida que niega la validez de los títulos históricos heredados por la Argentina de España, luego de la caída del virreinato.

El 26 de agosto de aquel año se desató la primera revuelta. Liderados por el entrerriano Antonio “El Gaucho” Rivero, un grupo de ocho hombres (tres criollos y cinco indígenas charrúas y guaraníes) se sublevó a punta de facón y herramientas de trabajo. Tomaron por sorpresa la comandancia y en la revuelta murieron cinco personas de la administración colonial, entre ellos William Dickson, primer colono a cargo de izar el pabellón inglés.

Los rebeldes izaron la bandera argentina y mantuvieron el control de la población durante casi cinco meses. En enero de 1834, la fragata de guerra británica HMS Challenger llegó al archipiélago para recuperar el control. Rivero y sus hombres fueron apresados y llevados a Londres. Pero las leyes inglesas no eran aplicables, dado que el gobierno del Reino Unido no había formalizado la incorporación de las Malvinas a su soberanía colonial. Rivero y sus hombres fueron devueltos al Río de la Plata y liberados en Montevideo.

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