Para ser una ceremonia tan autocelebratoria de la propia naturaleza del cine de Hollywood, estos últimos Oscar —los del domingo— dejaron clara una cosa: el peso creciente de las cinematografías nacionales.
Las grandes ganadoras de la noche fueron Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson (que se llevó seis Oscar, incluyendo la trifecta de mejor película, director y guion adaptado), y Pecadores, de Ryan Coogler, con cuatro. Son películas intrínsecamente americanas en su forma, contenido e ideología. Eso no mella sus valores: son importantes y pertinentes sobre asuntos relevantes en la agenda de su país.
Sin embargo, lo mejor, más allá de reconocimientos y aplausos, pasó por otro lado. A la espera de mejor opinión, lo más novedoso e interesante pasó por la brasileña El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, la española Sirat, de Oliver Laxe, la iraní Fue solo un accidente, de Jafar Panahi y la noruega Valor sentimental, de Joachim Trier. Demostraron una originalidad, potencia y profundidad que las ubican entre lo mejor de esta temporada de premios. Son obras de cuatro grandes cineastas.
La única premiada fue Valor sentimental, que no pertenece del todo a un formato de producción marginal, pero ninguna de lo es totalmente. Tenía nueve nominaciones y recibió ese consuelo de mejor película internacional.
Desde hace algunos años, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, afincada en Hollywood y que entrega los Oscar, amplió su membresía internacional como una forma de globalizar el premio. Es así que hoy votan más realizadores, técnicos y actores de fuera de Estados Unidos que hace una década.
Esa apertura —impulsada por polémicas por la falta de diversidad— cambió el mapa interno de la votación. Cosas como esa hicieron que Parásitos ganara el Oscar a mejor película en 2019.
Coincide, además, con un cambio en la circulación del cine: festivales, plataformas y nuevos sistemas de distribución permiten que películas de distintos países tengan una visibilidad global que antes era limitada. Hay un vínculo directo entre muestras como Venecia y Cannes y los Oscar, y las películas extranjeras que llegan a esas ligas tienen distribución global asegurada por empresas independientes y poderosas.
En ese contexto no sorprende que algunas de las películas más estimulantes de la temporada provengan de tradiciones cinematográficas muy distintas a la estadounidense.
Un caso claro es El agente secreto, que utiliza géneros tradicionales (el thriller político) para hablar de memoria, dictadura y relatos oficiales. Lo que empieza como una intriga termina siendo una reflexión sobre la historia y la forma en que se construyen las narrativas. Tuvo cuatro nominaciones.
Muy distinta, pero igual de potente, es Sirat (que tuvo dos). Lo que comienza como la búsqueda de una hija desaparecida en el circuito de las raves en el norte de África se transforma en una experiencia mística. El viaje importa menos como argumento que como proceso, y las referencias combinan El salario del miedo de Friedkin con El pasajero de Antonioni.
Fue solo un accidente (dos nominaciones) trabaja sobre una tradición del cine iraní en la que historias mínimas desencadenan dilemas morales cada vez más complejos. Es un drama, un policial y hasta una comedia trágica sobre los laberintos éticos que construye una autocracia.
Y está también Valor sentimental, quizá la más “occidental” del grupo, donde las relaciones familiares, la memoria y la creación artística se entrelazan a la sombra de Ingmar Bergman.
Las cuatro comparten una relación más libre con la forma al no estar obligadas a responder a las lógicas industriales y narrativas hegemónicas.
Hollywood sigue siendo el centro simbólico del sistema, pero buena parte de la vitalidad creativa del cine contemporáneo está ocurriendo fuera de él. Y los Oscar, aunque indirectamente, terminan reconociéndolo.
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