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Washington 'Turco' Abdala

columna cabeza de turco Washington Abdala Nos importa a todos lo de la reputación. Quien más, quien menos tiene que cuidar algo de lo que se dice de nosotros. La mirada de los demás nos define, es muy freudiano esto, pero es la verdad. El indigente es indigente por indicadores de pobreza, pero es también la dura distancia del otro -hacia él- la que lo “pone” en ese lugar. El ídolo, supuestamente alejado de la plebe, también decodifica en la distancia su relación con la masa. La mayoría de nosotros, simples mortales, sabemos que pasaremos por la vida y que lo único que importa es el día a día. Lo que somos es lo que nos define y todo lo que hacemos para ser lo que somos (los que tienen fe entiendo viven una trascendencia que algunos no poseemos, lo intuyo.) Por eso, en algún sentido, la reputación tiene relevancia: no es lo mismo si somos buena gente o si solo somos un lúgubre paquete intrascendente que nadie valorará por egoístas. Todo eso se decanta y se termina sabiendo. A la gente jodida, al final, hasta sus supuestos fieles amigos los venden. La aldea es muy de etiquetar, se permite esa licencia de manera automática pero el pasaje del tiempo habilita a reconsiderar visiones, credos, ideas y hasta cambiar de opinión en muchos aspectos. Eso es madurar, crecer, abrirnos las cabezas y entender mejor al otro. El necio no puede con esto. Por eso la reputación es un asunto serio. En Uruguay el tema no termina de ser considerado con relevancia. No se puede sostener lo que no es verdad de las personas, no se puede injuriar y que eso sea un acto irresponsable -supuestamente- asociado a la libertad de expresión. No, no es así. Y la libertad de expresión nació como consigna para expresar lo que sentimos, no para hundir el buen nombre de nadie. Ya sé que estamos en un tiempo cloacal en materia de redes sociales, y aún no se conocen los límites exactos de las mismas, pero la propia justicia viene afinando la punta del lápiz en estos asuntos, y la verdad es que una ofensa, un agravio, una mentira y una difamación puede tener un efecto devastador en algunas personas. Y muchos se van de mambo en las redes sociales porque, de alguna manera, aprender a caminar allí dentro ha sido todo un aprendizaje. Muchos aún no entienden que es más potente un tuit que un comentario en un programa radial que nadie oye. Las redes pulverizan, idolatran, canibalizan, aniquilan y nos asesinan de manera descarnada. ¿Me van a decir que no lo saben? ¡Vamos! Si de un carnicero se dijera que vende carne podrida en la esquina del barrio sería igual de dañino que cuando decimos de un político que es chorro en las redes sociales. Son todos ejemplos de reputaciones que se pulverizan (¿en lugares distintos?) si esos son los mensajes que andan por la vida. Por eso hay que medir las palabras cuando se habla del otro. Límites. Las democracias requieren límites, los límites no nos ahogan, al revés: fortifican al Estado de Derecho. El Uruguay aldeano tenía un límite en algunos asuntos atinentes a la vida privada que era infranqueable, hoy ya no es así. Acá se dice cualquier cosa de cualquiera, se lanzan diatribas, se cuentan historias que nadie prueba y así estamos en una decadencia bananeril que nos viene hundiendo de forma prostibular. ¿O me equivoco? No vamos a poder vivir así. Acá, ahora, cualquiera le hunde el buen nombre a quien sea y ese es un asunto serio que no tengo la menor idea de cómo lo vamos a frenar si no nos damos un nuevo contrato social. El mundo puede poco aún contra estas tropelías. Me imagino que la próxima campaña electoral será sucia y que veremos de todo. Lo lamento por nosotros, la democracia debería mejorar su calidad, no envilecerse al ritmo de la tecnología mal aplicada. Tengo profundo miedo de estar en la puerta del infierno. Ojalá me equivoque.
Amí Messi, sí Leo Messi, me parece un ser humano raro. Nunca entiendo bien lo que habla. Algo sucede que tiene algún asunto con la dicción, que todo lo que manifiesta me suena a murmullo. Desde lo que dice sobre "la solidaridad" con los niños a su enojo por un partido mal jugado, todo lo dice igual en el mismo tono y sin expresividad alguna. Ni cuando se calienta le creo, ni cuando festeja, siempre me parece que está diciendo y expresando lo mismo. Solo me gana el alma cuando lo veo correr, pasar rivales, hacerlos tripa y ser el más genial en la cancha. Pero hablando nada (no entiendo cómo el Barcelona no le paga unas clases de "dicción" con alguien que lo ayude; les debe dar vergüenza decirle que tiene esa dificultad). Agrego más, a Messi no lo puedo ver cómo lo mira casi todo el planeta: como un ídolo. Es más, no me gustan sus publicidades. Son absurdas. Y siempre es el mismo problema, el tono, el registro vocal, la inexpresividad y eso de repetir como un autómata todo lo que dice sin sentirlo. La verdad, me da risa y cuando logro retener la marca que auspicia, pienso: error, dinero gastado al santo Pepe, no querría jamás ese producto vacío de contenido emocional. Entiendo que las marcas, las multinacionales o los organismos internacionales, van tras su búsqueda porque es una forma de garantizarse audiencia inmediata. Pero se equivocan, no solo no logran convencer a nadie, sino que distraen la atención y deprimen a sus simpatizantes cuando habla Messi en nombre de ellos. Suena a joda. Causa pena, además, siento que no es necesario hacerlo pasar a él por eso y a nosotros —testigos cómplices— de semejantes mamarrachos comunicacionales (nadie le canta la justa). Porque la guita será hermosa pero no a cualquier precio. Leo no tiene necesidad de que lo vistan como James Bond, todo de negro, con un estilo patovica de boliche de Miami y poner cara de Sócrates (sabemos que la familia Messi vive toda de garrón de él por lo que no será extraño verlo vestido de Papá Noel vendiendo helados Pilusita). Sí, ya sé, la mosca mueve mucho pero Leo Messi no es actor, lo que sí le permitiría "engañar" —de eso se ocupan los actores— haciéndonos creer que es sexy, galán, matador y seductor. ¡No es George Clooney chicos, no lo paren más así! ¿Y el teñido del pelo? ¿No tiene un amigo que le haga la tinta más suave y no eso que está todo amarillo y parece un Pokemón sacado a la calle con agua oxigenada? Para mí que los jugadores de ese nivel tienen tanto alcahuete a su lado —con miedo a perder sus sueldos— que nadie les dice lo obvio. No me sale otra explicación (Síííí, con Suárez hubo que laburar un montón para que no mordiera. Y acá todos lo negaban como si no fuera un problemita serio... lo sé, lo sé). Alguno me va a decir que soy gay por lo que diré. ¿Cristiano Ronaldo tiene otro margen estético, comunicacional y seductor diverso a Leo Messi? Por supuesto que sí, a Cristiano se le acepta el culto al físico, la chotez humana y el juego con su cuerpo tipo Adonis porque él cultiva esa historia. Cristiano sintoniza con todo eso porque "es" eso. Messi no. Punto. A Cristiano lo vemos con las mejores modelos, con los mejores autos y con la mejor imbecilidad planetaria. Messi no y no habría que meterlo allí porque es joderlo. No entiendo cómo no se capta que lo que emite semióticamente uno, el otro jamás lo podrá hacer. Sin embargo, con tal de vender vemos ridiculeces de Messi que serán imborrables por el ruido que nos producen. El ejemplo de asimetría comunicacional sirve siempre. No funciona la publicidad o la comunicación comercial (o de todo tipo) si el emisor del mensaje no es compatible con el relato que produce y con la estética del mismo. Esto también pasa en política. Mucho político uruguayo solo es creíble dentro de su entorno empático, puede estirar un poco la brecha pero no hasta lugares imposibles porque en esas zonas todo es motivo de afectación del mercado fidelizado. Inaugurar otras iglesias siempre es desafiante si la que se tiene anda al pelo. De lo contrario, guambia, la pista es resbaladiza y nunca se corre bien allí. CABEZA DE TURCO

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