EL AVANCE DE LA PANDEMIA

Festejos y relajación en el trabajo explican el aumento de casos de COVID-19

Pese a la suba “sostenida de casos”, en especial en la capital donde hubo 60 positivos nuevos de coronavirus, las autoridades sanitarias entienden que, por ahora, la situación “es de control”.

Gente en la calle usando tapabocas. Foto: Estefanía Leal
Gente en la calle usando tapabocas. Foto: Estefanía Leal

El avance de los contagios del COVID-19 en Uruguay fue dibujando, en una gráfica, una penillanura “levemente ondulada”. Cada tanto surgía un pico, a veces a modo de colina y otras en forma de montaña, que se explicaban por un brote. Pasó con un casamiento, con un residencial de adultos mayores, con la transmisión en el departamento de Treinta y Tres, con los prestadores de salud. Pero desde hace dos meses -y con más énfasis en el última quincena- la gráfica empezó a asemejarse a una cordillera. “Bajo control”, dicen las autoridades, pero con récord de positivos ayer (95) y de personas cursando la enfermedad (629).

¿Por qué? Un brote aislado ya no explica el aumento de casos. Mucho menos en Montevideo, donde ayer hubo 60 positivos nuevos y se sumaron cuatro brotes vinculados a instituciones deportivas y a un grupo de danza. La capital del país fue transformándose -en buena medida por aumento de la movilidad en la zona de mayor concentración de población- en un cúmulo simultáneo de varios focos y brotes. Tanto es así que, según la matemática María Inés Fariello, “Montevideo es lo que más preocupa… ante la pérdida del hilo epidemiológico sería más difícil «apagar el incendio»”.

En números eso tiene una traducción: hace 18 días que en Montevideo se registran más de 20 positivos nuevos cada día (sin tomar en consideración el 2 de noviembre que, feriado mediante, hubo una caída de testeos). Y se traduce, además, en que al comienzo de la pandemia se generaban entre cuatro y diez contactos por cada infectado; y en las últimas semanas ascienden a entre 15 y 40.

A la hora de ponerles nombres, los epidemiólogos hablan de un goteo “de los colegios privados”, de “clubes deportivos”, de “fiestas”, de “reuniones laborales”. Pero, más allá de etiquetas, los técnicos identifican dos contextos prioritarios: festejos en espacios cerrados y lugares de trabajo.

El cóctel entre diplomáticos, el brote en un supermercado anunciado el sábado, el caso del INAU y el foco en el Poder Judicial -por solo mencionar ejemplos del último mes- responden a la misma lógica: trabajadores que bajaron la guardia.

“Hay una relajación en todos los ámbitos. Se perdió el miedo cuando, en este tipo de escenarios, el miedo opera como resguardo. Eso se ve mucho en reuniones, a veces de siete o diez personas, y se nota en el trabajo: aires acondicionados encendidos, ventanas cerradas, oficinistas juntos sin tapabocas”. Así lo entiende Susana Cabrera, profesora agregada de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas, quien hace seguimiento diario, telefónico, a contagiados del COVID-19.

Con letras resaltadas en negrita, el Sistema Nacional de Emergencias comunicó ayer: “Las autoridades sanitarias hacen un especial pedido a la población a reducir los círculos de contacto social, el tiempo de las reuniones, al uso permanente de los tapabocas, distanciamiento físico, ventilación e higiene”.

En el ambiente médico bromean con que “más que nueva normalidad, lo que hay es una normalidad con tapabocas cada tanto”. A veces una prueba de la temperatura, algo de alcohol en gel y punto.

Y el teletrabajo viene cayendo de manera sostenida: en abril, según el Instituto Nacional de Estadísticas, había teletrabajado el 19,3% de los ocupados que efectivamente trabajaron la última semana. En setiembre, ese porcentaje ya estaba situado en el 7,5%.

“Esto y las fiestas redundan en que la mayoría de casos que estamos viendo en la clínica son de población económicamente activa, la mayoría sin comorbilidades, que evoluciona con pocos síntomas y que no impacta tan directamente en las camas de CTI”, explicó el infectólogo Henry Albornoz.

Y agregó: “A comienzos de la pandemia teníamos, en cuidados intensivos, casi el doble de camas ocupadas que ahora. Eso da la pista de que, por ahora, los grupos de más riesgo están bastante a resguardo. Pero, si suben los casos…”.

Dos miradas científicas.

Entre los científicos que asesoran al gobierno hay, por lo bajo, dos miradas. La más apocalíptica advierte que el control epidemiológico “podría perderse” en cualquier momento. La epidemia no está estable ni decreciendo, al menos desde el 7 de noviembre en que el “R” está situado por encima del umbral de uno. El “R”, o número de reproducción de la epidemia, es, según el matemático Ernesto Mordecki, “la cantidad de casos secundarios producidos por un infectado primario en cada día de la epidemia”. Para que haya un control y caída, ese número debería estar situado por debajo de uno.

Fernando Paganini, Rafael Radi y Henry Cohen. Foto: Leonardo Mainé.
Fernando Paganini, Rafael Radi y Henry Cohen. Foto: Leonardo Mainé.

Los que tienen una visión más optimista, en cambio, se apoyan en la idea de que “no se ha perdido el hilo epidemiológico”. Pese al aumento de casos, no varió el porcentaje de pacientes sin un nexo de transmisión claro (sigue situado en el 14%, aunque no es lo mismo 14% de 100 casos que de 600).

Cabrera suma otro dato que da optimismo: “cuando buscamos posibles infectados previo a una cirugía, en personas sin síntomas, no hemos encontrado siquiera un positivo”.

Pero la misma Cabrera admite que “los números ya asustan un poco” y aunque “exista relativo control” se hace más necesario “extremar las medidas de prevención”.

Un tercio de transmisión en la familia

Los informes epidemiológicos detallados que cada día recibe el ministro de Salud, Daniel Salinas, muestran una misma tendencia: los contagios empiezan en un festejo, un club o en el trabajo y luego decantan a los hogares. En Montevideo había, hace dos días, 277 personas cursando la enfermedad. De ellas, un tercio se había contagiado dentro de la familia. En Rivera había 37 activos y un tercio eran transmisiones intrafamiliares. Un estudio realizado en 124 hogares de Pekín, en los que se había diagnosticado al menos un infectado del COVID-19, comprobó que las chances de contagio se reducen 79% si el familiar contagiado y el resto de convivientes usan tapabocas dentro de la casa. La investigación, publicada en el Centro Nacional para la Información Biotecnológica de Estados Unidos, revela además que “el mayor riesgo de transmisión se da antes del inicio de los síntomas”. Eso, dicen los investigadores, es lo que dificulta aún más la mitigación de los contagios a la interna de los hogares.

Crece la incidencia en jóvenes.

“Cómo se van a sentir estos chicos si el abuelo de algún amigo suyo o su abuelo muere por contagio de coronavirus”. La directora general de Coordinación del Ministerio de Salud, Karina Rando, había arremetido contra los jóvenes de Melo en una conferencia que dio el miércoles en Cerro Largo. Aunque el tono de su discurso despertó elogios y críticas duras, pareció basarse en una señal de alerta: los jóvenes de entre 20 y 29 años constituyen la edad en que, en comparación con el resto de la población, más está creciendo la incidencia de COVID-19. A comienzos de la pandemia, esas edades ya tenían niveles “altos” de contagio en relación a otras edades. Pero, por entonces, la mayoría eran casos importados que regresaban de viajes universitarios, intercambios o paseos. Ahora, en cambio, son transmisiones por contacto con otro COVID positivo; por compartir el mate, el vaso con cerveza o las juntadas con varios grupos. Eso, dicen los epidemiólogos, tiene un riesgo: perder la posibilidad de rastreo.

Movilidad.

La movilidad en los lugares de trabajo, en los supermercados y tiendas de Montevideo es casi idéntica a la registrada previo a la pandemia. El último informe de “movilidad en las comunidades” que elabora Google, en base a los datos de georreferenciación, evidencia que, salvo en las estaciones de transporte, la vida en la capital alcanzó la “normalidad”.

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