El publicista y escritor ha tenido una extensa trayectoria en la comunicación política, con participaciones claves en las campañas presidenciales de Tabaré Vázquez en 2014 y Daniel Martínez en 2019. En entrevista con El País, Invernizzi analizó la coyuntura política que enfrenta el oficialismo, el manejo de la comunicación por parte de Yamandú Orsi y su gobierno, y el presente del FA.
-Estuvo en las campañas presidenciales de Tabaré Vázquez en 2014 (que ganó) y de Daniel Martínez en 2019 (que perdió). ¿Cómo es hoy su vínculo con la comunicación política? ¿Lo mira desde afuera?
-Estoy alejado de esa actividad. En realidad, la comunicación política fueron momentos concretos de mi vida. Hubo situaciones que me acercaron a campañas, pero nunca lo hice desde la perspectiva de un asesor de marketing político, porque nunca lo fui. Fui un creativo publicitario que, por las circunstancias, terminó trabajando para campañas electorales.
-¿Cómo era ese entorno político al que se enfrentó en 2014 con Vázquez -en las elecciones en las que le ganó el balotaje a Luis Lacalle Pou-, con respecto al actual? ¿El Frente Amplio y la oposición de ahora son los mismos?
-No, hay cosas que han cambiado. No solamente en el mapa político, sino que la ciudadanía se ha modificado en relación con sus expectativas. El mundo y la comunicación han cambiado en este lapso de diez años. Hoy asistimos a un vértigo en varios aspectos; la urgencia y la ansiedad son patrones que nos determinan en muchas cosas, entre ellas la vida y las demandas políticas. Las expectativas siempre son urgentes, pero hoy el mundo favorece esa urgencia en la ciudadanía. En Uruguay, las bajas aprobaciones tanto del oficialismo como de la oposición son una señal a tener en cuenta. De todas maneras, no estamos ni cerca de los hechos que suceden en otras partes del mundo, con una cultura democrática y una formación política menos consistente que la nuestra.
-Las encuestas están mostrando una caída grande de la aprobación de Yamandú Orsi y su gobierno. ¿Cómo ve al oficialismo manejando esas “ansiedades”?
-Naturalmente, uno mira las encuestas de aprobación del gobierno, pero no hay que dejar de atender la desaprobación de la oposición, porque el conjunto es lo que nos da el termómetro de la sociedad. No obstante, en lo que tiene que ver con el oficialismo yo lo que veo es, más que problemas de comunicación, que es de lo que se suele hablar, problemas de gestión.
-¿En qué sentido?
-La comunicación hoy es parte inherente de la gestión política, no algo separado. Cada gesto y pronunciamiento es un acto de comunicación. Pero se ha vuelto un latiguillo decir que todo es un “problema de comunicación” para resolver una postura a favor o en contra. Y muchas veces, diría que siempre, no es un problema de comunicación. En todo caso, insisto, es un problema de gestión. Responsabilizar a la comunicación es ahorrar pensamiento sobre la realidad. El gobierno lo que ha tenido son problemas en el ordenamiento y también en la comunicación, pero a nivel interinstitucional. Entonces, el tema es la gestión.
-¿Se refiere a la comunicación interna entre actores del gobierno?
-Exactamente. Cuando hablo de gestión, me refiero a la comunicación dentro de ella, no de la política en sí. Es sustancial cómo un gobiernos va contando sus avances, cómo alcanza los objetivos que se ha trazado y cómo disimula aquellos que no ha logrado. El gobierno no ha tenido la claridad necesaria para trasladar internamente lo que debería ir comunicando y han aparecido contradicciones, de las cuales todos somos testigos. Un proyecto de gobierno de izquierda se propone una serie de cosas que estos días están siendo expresadas a través de una Rendición de Cuentas, con especial preocupación por la pobreza, las infancias y la gente en situación de calle. Son hechos que para la izquierda son la razón de su existencia. Sin embargo, los números de aprobación son estos. ¿Qué pasa, entonces? Ahí empiezan otros temas de la vida política dentro del gobierno, de la Torre Ejecutiva.
-Sin embargo, no es difícil ver problemas a nivel de comunicación al exterior del gobierno, además de situaciones polémicas que no fueron bien explicadas, como ser lo concerniente a la camioneta de Orsi.
-Hay un tema fundamental: estamos en un país que ha tenido presidentes que fueron grandes comunicadores. Desde la vuelta a la democracia, no hay un solo presidente, cada uno en su estilo y perfil, que no haya tenido un mecanismo de conexión fuerte con la ciudadanía. Hoy llegamos con Yamandú Orsi, quien obliga a aprender su mecanismo de comunicación, que yo creo que lo tiene. Él naturalmente se mueve infinitamente mejor cara a cara que a través de los medios. Él es así, funciona de esa manera; así fue electo presidente y no es otro después de haberlo sido. Hubo que aprenderlo en campaña como candidato y ahora hay que aprenderlo -en un sentido comunicacional- como presidente. El perfil de Lacalle Pou, del Pepe Mujica, de Vázquez... eran perfiles distintos. Distintos a nosotros, a los que andamos por la calle. El de Orsi es el perfil de un igual, alguien que te encontrás vos cuando andás por la calle. Es un vecino que tenemos de presidente y eso implica una forma de vínculo distinta.
-Evidentemente este perfil de Orsi, de “igual” o “vecino”, quizás no está llegando a la ciudadanía. ¿No se requiere, ante esto, que el gobernante cambie de actitud?
-Probablemente al presidente se le puedan reclamar posiciones públicas más definitivas, más terminantes, más verticales. Pero no hay mago que cambie a quien es. Todos somos lo que somos y podemos transformar matices. Podemos potenciar perfiles, pero no cambiarlos. Si algo le faltara a Orsi, es potenciar lo que él es, no ser otro. También el entorno debe ayudar a encontrar los mecanismos para que esto realmente funcione y que, en perspectiva de gobierno, mejore la evaluación de la gestión. Entre lo que se viene haciendo y la aprobación, hay un quiebre, un desentendimiento.
-Pero hay algo que va más allá de la capacidad de decir, ha habido episodios como la salida de Cecilia Cairo del ministerio de Vivienda, o la compra a un precio menor de la camioneta.
-Nadie está libre de torpezas y errores. Orsi, teniendo un perfil honesto, cometió un error -que desconozco a fondo como para opinar-, pero sí puedo decir que hubo un fallo en la forma en que fue comunicado. Y creo que habrá otros. El tema, además, es que también pasaron otros problemas durante este período de gobierno. Se cometieron equivocaciones y, en el fondo, hay un lugar que los gobiernos, principalmente de izquierda, tienen que cuidar por sobre todas las cosas: las cuestiones éticas. La izquierda ha hecho de eso una razón de ser y de mirar el mundo. Hay cosas que no pueden suceder. En la izquierda no hay lugar para el perdón respecto a esto, al haber nacido y crecido en la lucha política con una demanda tan específica como es el comportamiento de sus gobernantes. Entrar en ese juego, además de estar mal, es muy peligroso. Y no lo digo por el auto de Orsi, sino en general, porque fueron varias las cosas que ocurrieron.
-También existen aspectos que valora la ciudadanía y hasta ahora el gobierno no ha logrado una solución, como la seguridad. Y mucha de la desaprobación viene desde adentro del FA. ¿Moverse tanto hacia el centro no desencanta un poco?
-Sí, está bien, pero vamos a empezar por el principio. En la izquierda hay un ejercicio crítico permanente. La contraposición interna ha sido obra de su crecimiento porque, en la historia del país, es lo que permite abrir el abanico y, en este caso, ganar elecciones. La izquierda crece en función de sus propias diferencias y contradicciones. Es crítica con la realidad, exigente y cada vez más ansiosa. De pronto, se enfrenta con algunas cosas que pueden haber resultado sobreprometedoras durante la campaña. Creo que hubo más disconformidad con la “cosmética” general del gobierno que con la realidad. Lo más importante hoy es la Rendición de Cuentas, porque es lo que indica para dónde se está yendo y cuáles son las preocupaciones reales del gobierno. Por supuesto que la izquierda también presiona a sus gobernantes y es muy proclive al desencanto, y está bien que así sea. Seguramente, en todo este proceso, se esperaba un reflejo mucho más rápido. Además, si vas a tocar símbolos y no lo haces adecuadamente, vas a tener reacción.
-¿Cuáles son los símbolos?
-Si vas a decir que vas a sacar camionetas del Ejército a patrullar, habrá una cantidad de gente que dirá que está bien, pero otra muchísima cantidad que dirá: “¿Qué estás haciendo?”.
-En esos símbolos incluye la camioneta, lo de Cairo... ¿Todas esas cosas tocaron el corazón de la izquierda?
-Sí. Algunos fueron problemas reales, otros problemas en la manera en que fueron comunicados. Por ejemplo, si se hubiera medido la sensibilidad promedio de la propia izquierda, jamás lo del patrullaje con vehículos del Ejército hubiera tomado estado público como lo hizo. Nunca podría haber sucedido así. No hubo una correcta valoración de esa sensibilidad; el impacto hubiera sido infinitamente menor.
-Volviendo a la figura de Orsi, ha tenido contacto con él. Particularmente, en junio mantuvo una reunión con el presidente. ¿Qué hablaron? ¿Planteó alguna duda?
-Fue un encuentro entre gente amiga, distendido. No fue con espíritu de asesoramiento. A él lo vi bien plantado. No trasladó en ese ámbito inseguridades mayores, aunque reconoció algunos errores que se habían cometido, particularmente en cómo se han ido diciendo las cosas. El desafío grande es de qué manera se potencia lo que Orsi es, no transformarlo en otra cosa que corresponda a las ensoñaciones que todos tenemos de lo que debe ser un presidente, sino demostrar que se puede ser presidente de la manera en que Orsi lo está haciendo.
-¿Qué le parece que tiene para corregir Orsi, manteniendo su esencia y su manera de ser?
-¿Tienen tiempo? (risas). Lo más importante para corregir es la comunicación interna del gobierno, así como el cuidado que el gobierno debe tener en su conjunto sobre la institución presidencial y sobre el presidente, particularmente. La comunicación interna y el orden resultante -que se traslada a la sociedad- ya son por sí mismos un marco de contención clave para la figura del presidente. Un gobierno no tiene diez voceros. Un gobierno tiene un vocero, que puede ser el presidente, o tiene un único mensaje. Las contradicciones y las superposiciones de declaraciones no son un método para ningún gobierno. Son la expresión de una voluntad suicida.
-Los partidos parecen ordenarse a partir de liderazgos y ahora Orsi no parece ser un líder partidario. El último en el FA fue Mujica. ¿Cómo puede afectar eso al futuro de la fuerza política?
-Está claro que los liderazgos inciden y determinan a los partidos políticos. El FA, desde su gestación en el 71 como un frente popular, ha ido convirtiéndose en algo diferente. Pasó a ser en sí mismo un partido político, pero con características muy peculiares. El FA podría evolucionar políticamente, a través de distintas instancias y la receptividad de su militancia, sin liderazgos claros. Siempre los ha tenido, pero las últimas elecciones fueron ganadas con un Mujica que estaba fuera de la vida política. Los líderes pierden contra los partidos si estos son lo suficientemente cohesionados para demostrar su potencial. Aunque, dicho todo esto, al FA le haría muy bien tener líderes claros.
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