En Más allá del bien y del mal, Friedrich Nietzsche escribió: “Quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
La idea central de Tocar un monstruo está profundamente relacionada con esta frase, ya que aborda el origen de la violencia de manera transversal a las clases sociales y a partir de distintas masacres adolescentes en lugares como liceos, cooperativas de vivienda y hoteles.
La obra fue escrita por Gabriel Calderón, quien también tenía planes de dirigirla, hasta que tuvo que asumir como director de la Comedia Nacional en 2023. En su lugar, Gustavo Kreiman y Leandro Sosa tomaron las riendas.
Desde entonces, Tocar un monstruo se ha presentado en el Teatro Odeón y en la Sala Camacuá, además de embarcarse en una gira que pasó por Tacuarembó y San José, y que llegó a Córdoba. Hoy se reestrena en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre, con funciones hasta el domingo. Las entradas están a la venta por Tickantel a 750 pesos.
En diálogo con El País, Kreiman comenta que las obras crecen con el paso del tiempo y asegura que la complejidad técnica de esta hace que cada reestreno sea un desafío, pero que las facilidades de un escenario como el de la Sala Hugo Balzo potencian aspectos como la iluminación, que está a cargo de Lucía Tayler y Matías Vizcaíno.
“La obra tiene mucho de claroscuro y los cambios son sutiles, pero se van construyendo atmósferas que dialogan con la escenografía”, sostiene Kreiman.
Las actrices Dahiana Méndez y Carla Moscatelli asumen el desafío de interpretar a más de 12 personajes distintos. De acuerdo con el director, el hecho de que el texto esté “muy bien escrito” facilita esa transformación. “Propicia un comportamiento escénico diferente en cada escena. Son seis mundos ficcionales muy distintos, lo que permite verlas a ellas desde lugares muy distintos”, explica.
Cuando se unió a la obra, Méndez pidió que Moscatelli la acompañe, ya que mantenían previamente un vínculo de amistad. Eso, asegura, volvió al trabajo “algo más orgánico”.
Kreinman sostiene que el principal objetivo de una obra teatral es despertar “debates técnicos complejos”. Y Tocar un monstruo los genera. A su vez, dice que “el monstruo” puede vivir cerca, o incluso uno puede serlo sin saberlo. “No se puede hablar de la violencia como si fuera algo ajeno a nosotros porque no sabemos en qué medida estamos contribuyendo con pequeños actos u omisiones a esa monstruosidad”, concluye.
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