Daniel K presenta hoy y mañana las últimas funciones de Academia de Magia: Egresa2 en el Undermovie. El ilusionista asume el papel de un profesor en una clase con humor, nuevos trucos y participación del público. Cuenta cómo descubrió su vocación: quiere que los chicos se animen a seguir aquello que les apasiona, aunque parezca tan improbable como ser mago en Uruguay.
"Salió como jugando", recordó sobre sus comienzos en una entrevista con Malena Castaldi y Faustina Bartaburu, conductoras de En Clave País, el streaming de El País. Habló de su llegada al Castillo Mágico de Hollywood y del trabajo detrás de cada ilusión. También contó qué aprende de los niños, a quienes considera su público más difícil.
Aunque trabaja principalmente para adultos, prueba con los chicos muchos de los trucos que después llevará a esas funciones. Adapta el lenguaje y observa la respuesta. "Son los más sinceros, en realidad. En un show de adultos, si la gente me ve el truco, no me lo dice", explicó. Un niño, por otra parte, se lo señala de frente y tampoco disimula si se aburre.
Así ajusta los tiempos y decide qué juegos mantener. "Si no funcionan, no pasan la prueba, no los meto", dijo. Puede incorporar una rutina al comienzo de una temporada y retirarla después. Por eso, entre risas, recomendó ir a las últimas funciones, cuando el espectáculo está más armado.
Egresa2 está recomendado para espectadores de seis a 99 años. Según relató, busca compartir el entusiasmo que lo llevó a hacer de un pasatiempo su trabajo, sin esperar que todos se conviertan en magos.
Lo suyo empezó en casa. Su padre era aficionado y le enseñó algunos trucos; él los practicaba con la familia. Los regalos de cumpleaños empezaron a ser libros y juegos de magia. A los 10 u 11 años ya actuaba en las fiestas de los hermanos menores de sus amigos. "Iba por la porción de torta", recordó.
Después pegó fotocopias en el barrio, empezó a recibir llamadas y a cobrar por sus actuaciones. Su padre lo llevaba a las funciones. Lo hacía por gusto, no por necesidad, aclaró.
En 1994 registró 12 funciones; al siguiente año, 24. En el tercero fueron unas 60 y en el cuarto, unas 120. A los 16 ya trabajaba como mago. Al terminar secundaria, sus padres le ofrecieron dos caminos: estudiar otra cosa o dedicarse a la magia y formarse para hacerlo.
"Me encantó que mis padres me apoyaran", dijo. Cree que habría seguido otra carrera si se lo hubieran exigido. Con ese respaldo, estudió teatro, comunicación televisiva y perfeccionó su inglés. Aprendió magia de manera autodidacta y luego viajó a congresos y conferencias. "Siempre sentí que necesitaba no solo aprender de magia, aprender de otras cosas".
El inglés resultó fundamental para una oportunidad que llegó en 2004. Unos amigos iban a actuar en una semana de magia argentina en el Castillo Mágico de Hollywood y él pensaba acompañarlos como espectador. Pero recibió un correo que decía que estaba contratado. Llamó a uno de ellos: entendía que iba como invitado. Le confirmaron que lo esperaban para trabajar.
Así llegó al club privado donde socios e invitados pueden recorrer distintas salas y ver espectáculos de magos de todo el mundo. La experiencia empieza en la entrada: hay que decir unas palabras mágicas para que se abra una biblioteca y permita el acceso. El público debe asistir con vestimenta formal.
En la entrevista con En Clave País contó que ya había ido 11 veces y celebró que este año lo convocaran dos veces. Allí actuó ante maestros que conocía por sus libros e hizo trucos con sus creadores entre el público. Que después se acercaran a elogiar un detalle de su versión le resultaba difícil de asimilar.
“Ahora me doy cuenta que estoy en un lindo nivel y que puedo compartir con ellos cosas”, señaló. Cree que parte de lo que valoran es una forma de hacer magia que aprendió de argentinos y españoles, con más contacto con la gente, humor e historias. “Va a la emoción y no tanto al intelecto”, resumió.
Además defiende la originalidad de las presentaciones. Puede crear un juego, combinar dos que ya existen o adaptar una idea que encuentra en un libro antiguo. Hay un mercado donde se compran trucos, planos y aparatos, explicó, pero tenerlos no alcanza: hay que saber presentarlos. A veces una rutina sorprende desde el principio, aunque necesita tiempo para encontrar en ella algo propio.
Ese trabajo, aclaró, tiene dos dificultades. Una es resolver la técnica: que el truco salga y resulte convincente. Puede pasar uno o dos años buscando una solución. La otra aparece cuando todo funciona como esperaba, pero el público no se interesa. Tiene juegos que le encantan y vuelve a probar cada tanto, con la esperanza de encontrarles la vuelta. Si no generan una respuesta, los descarta.
De chico podía tener 20 minutos buenos y completar una hora de espectáculo con relleno. Ahora elige juegos que disfrute hacer y que también le gusten al público. Y abandonó otra idea de sus comienzos: presentar la magia como una competencia con el espectador para demostrarle que no puede descubrir el secreto.
“Cuando la gente siente que es un desafío, no disfruta, porque trata de descubrir el secreto”, explicó. Su intención es proponer un juego en el que ambos acepten un papel: él será el mago y el público se permitirá el asombro. Le gusta detectar cuándo un adulto deja de estar pendiente de encontrar la explicación y empieza a disfrutar.
Al elegir un hito de su carrera, recordó los sábados frente al televisor con su bisabuela, mirando a Don Francisco. Grababa a los magos en una videocasetera y después intentaba descubrir los trucos. En 2006 lo contactaron de Don Francisco Presenta, luego de que ganara un premio en Colombia. Viajó a Miami y terminó haciéndole magia al conductor. “Para mí fue como algo de que se puede”, dijo.
También cambió su forma de mirar a los colegas. Aunque reconoce técnicas, prefiere atender a la presentación, las pausas o la elección de un espectador. Después podrá analizar lo que vio con otros magos. Durante el show, quiere disfrutar. "Después entendí que el secreto no es lo importante".
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