Peyote Asesino: la banda que convirtió sus canciones más complejas en un espectáculo todavía mejor en vivo

Fernando Santullo conversó con El País sobre los orígenes del grupo, el reencuentro tras décadas, su identidad entre Uruguay y México y los motivos detrás de su próximo recital en La Trastienda.

Peyote Asesino.
Peyote Asesino.
Foto: difusión.

"Al Peyote Asesino hay que ir a verlo en vivo”, suelen decir sus fanáticos, tanto los que están desde sus inicios en los años 90, como también los recién llegados. Es allí, explican, donde sus canciones suenan mejor. En esta tarde primaveral, sentado en un banco en el patio del Cabildo de Montevideo, Fernando Santullo, su vocalista, lo confirma.

De hecho, la excusa para charlar es Bien de vivo, el show que darán mañana en La Trastienda. El repertorio incorporará canciones de su primer álbum y que no tocan hace tiempo. Bajo ese mismo nombre, publicaron recientemente versiones en vivo de “Denso”, “Chupando la cuchara” y “Tierra derretida”. La artista invitada será Ino Guiridi y las entradas están a la venta por Passline a 1.100 pesos.

La banda compuesta por Santullo, Juan Campodónico, Carlos Casacuberta, Ignacio Correa Pacífico, Bruno Tortorella, Matías Rada y José “Pepe” Canedo nació en el Montevideo de los años 90, donde la ciudad seguía igual de gris que en la década anterior, pero el camino musical a tomar no estaba tan claro.

Con la influencia mexicana, producto del exilio de varios de los integrantes, tomaron el humor y la ironía para señalar lo que “estaba mal”, como dice Santullo. Así fue que nacieron sus dos primeros discos, El Peyote Asesino y Terraja. Este último fue producido por Gustavo Santaolalla en Los Ángeles, un salto cualitativo considerable. Luego, se separaron y, si bien volvieron a tocar en vivo, no lanzaron un nuevo disco hasta 2021, cuando publicaron Serial.

Luego de más dos décadas, Santullo —quien es sociólogo y columnista de Búsqueda— dice que lo que les inspiró fueron los mismos problemas que existían en los 90 y que ahora se profundizaron, como la violencia. “Peyote siempre fue un registro de las cosas que están mal. Señalamos lo que está mal, pero no desde un lugar de altanería, sino desde el de un ciudadano común”, sostiene.

De cara al futuro, están pensando en canciones nuevas, “tal vez clásicos de la música uruguaya versionados a nuestro estilo”. Este mes, lanzarán una colaboración junto a Bajofondo. Sobre el show, los orígenes de la banda y más, El País conversó con Santullo.

—¿Por qué decidieron publicar las versiones de ciertas canciones en vivo?

—El año pasado celebramos los 30 años del primer disco, entonces quisimos registrar canciones como “Chupando la cuchara”, que no la tocábamos hace años. No hay mucho registro en vivo de Peyote y creemos que lo mejor que hace la banda son los shows, es lo que te termina de convencer de que la banda vale la pena. Este show es el último que haremos con una cantidad importante de canciones del primer disco. Normalmente, tocamos más canciones de Terraja y Serial.

—¿Por qué creés que suenan mejor en vivo?

—Salvo yo, que no tenía experiencia musical previa, el resto había estado en otras bandas y todos tocaban bien, lo que habilitó a hacer una serie de cosas técnicas. Capaz que parece una boludez, pero cuando ves al grupo en vivo te das cuenta de que no lo es. Si vos te metés a hacer música con cierta complejidad, después tenés que defenderla en vivo. El disco te ofrece otras cosas: detallecitos, cositas de la mezcla. En vivo tenés que hacer que todo eso suene claro, contundente y que genere interés. Con el paso de los años, hemos logrado perfeccionar la fórmula. De hecho, tocamos y sonamos mucho mejor que hace 30 años.

—¿Hay alguna razón por la cual el disco debut no tiene tanto lugar en sus presentaciones?

—A veces hay canciones que quedan afuera porque tienen muchas referencias de la época o te pudriste de tocarlas. No es una cosa muy premeditada, el Peyote nunca tuvo un plan. De hecho, cuando nos pusimos a hacer planes nos fue mal porque eran más grandes que la propia vida diaria de la banda y eso nos terminó agotando.

—¿Qué los motivo a volver al estudio, después de tantos años, para grabar Serial?

—Habíamos vuelto antes el Pilsen Rock y un par de shows en el Teatro de Verano, pero en un momento decidimos darle vida, porque sino era una especie de banda de versiones de vos mismo. Tardamos muchos años entre un disco y otro, pero no fue que en ese tiempo estuvimos intentando hacer uno. Con Serial decidimos era hacer un álbum sin todas las presiones que nos pusimos antes y que nos gustara, con las canciones que nos surgían en ese momento.

—¿Cómo fue reencontrarse, luego de tantos años, en un estudio?

—Hubo una cuestión de hacer memoria y recordar cómo laburábamos. El Peyote siempre tuvo una forma de trabajar atípica de una banda de rock, no venía uno con las canciones y la guitarra para que los demás la aprendan. Era una cosa más del hip-hop: alguien programaba una batería, yo rapeaba algo arriba, después me juntaba con Carlos a desarrollar la letra y después Pepe reprogramaba el beat. Una vez que tenés el boceto, le tenés que poner sangre y carne. Eso es lo que hace que estas canciones funcionen en vivo.

—Volviendo al álbum debut, este año salió un libro de Pablo Izmirlian que cuenta la historia de cómo lo hicieron. ¿Lo leiste?

—Obviamente, y estuvo bueno ver algo que Pablo expuso y es que, a veces, la memoria es frágil. Hay hasta tres o cuatro versiones de un mismo hecho porque, cuando estás viviendo esas cosas, no estás guardando recuerdos para la posteridad, sino que simplemente son cosas que pasan. Cada quien va guardando los pedacitos que le interesan, entonces no hay una única versión. No es algo malo. De hecho, una de las características del Peyote son las personalidades fuertes. Eso es lo que hace que la música salga para tantos lados a la vez.

—A pesar de ser una banda uruguaya, ¿qué tanta influencia mexicana tuvieron?

—Nos fuimos todos exiliados. Yo hice parte de la escuela, la Secundaria y la preparatoria en México. No conozco casi nada de historia uruguaya. Entonces ya no es una cuestión de influencia, sino de identidad. Después volví, poco antes de empezar Peyote, durante año y medio y armé un puzzle de influencias musicales, y lo iba hablando con Juan Campodónico, con quien nos juntábamos a escuchar música y tomar mate desde pendejos. Y a Carlitos lo conocimos en México. Carlos era el que amenizaba los asados tocando canciones de los Beatles y de Silvio Rodríguez. El primer disco fue un resultado de esa herencia. Había escuchado un montón de bandas mexicanas que mostraban lo que traían en vez de ocultarlo. En nuestro caso, todo lo que trajimos fue toda la uruguayez, pero al mismo tiempo, todo lo mexicano aún estaba cerca: en el vocabulario, en los chistes. Peyote tiene chistes internos que nadie entiende y que quedaron en las letras.

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