Nahuel Pennisi, el inolvidable abrazo con Ruben Rada y su homenaje a Mercedes Sosa: "La entrega no se negocia"

El argentino vuelve a Montevideo para un recital solidario, cantará ante León XIV y recuerda una de las últimas actuaciones de Ruben Rada. Además, cuenta cómo Mercedes Sosa marcó su vida y su carrera.

Nahuel Pennisi.
Nahuel Pennisi.
Foto: Nicolás Pereyra.

Desde que Nahuel Pennisi conversó con El País, el 30 de setiembre, pasaron 27 días y llegaron varias novedades. El argentino anunció que el lunes 9 de noviembre, a las 18.30, ofrecerá un concierto en el Teatro Movie a beneficio de Fundación Jazmín, que impulsa espacios de juego inclusivos para niños con y sin discapacidad. Las entradas cuestan de 1.500 a 3.500 pesos y se venden en la web y boletería de Movie.

Al día siguiente tendrá una cita especial: cantará ante el papa León XIV durante un encuentro de jóvenes en el Monumento de los Españoles de Buenos Aires. También se estrenó Rada en FA, un video de 40 minutos con actuaciones de Ruben Rada en la fiesta de Mex Urtizberea. Allí puede verse “Adiós a la rama”, que Rada cantó con Pennisi el 13 de julio en Buenos Aires. Fue una de sus últimas actuaciones y terminó con un abrazo que emociona a Pennisi cada vez que lo recuerda.

En la redacción de El País, el argentino habló de Nahuel Pennisi canta a Mercedes Sosa, el disco que lo devuelve a la música popular de su infancia. La charla abordó ese repertorio, su evolución como cantante, la vida propia de las canciones y su amistad con Rada.

—Tu disco homenajea a Mercedes Sosa, pero también recorre la canción popular argentina con clásicos como “Promesas sobre el bidet”, “Los mareados” y “Cinco siglos igual”. ¿Lo pensaste así?

—Sí. Yo creo que uno de los deberes de los artistas es renovar el legado. Siento que la música es un pasamanos: nos vamos pasando la posta entre artistas. Así como Mercedes se la pasó a León Gieco, Víctor Heredia o Fito Páez, ahora nos toca a nosotros recibir esa magia y compartirla. Como Mercedes no componía, el desafío era mayor: tenía que releer las canciones y hacer convivir su impronta con la mía.

—En “Soy pan, soy paz, soy más”, de Piero, la versión empieza acústica y suma coros y pinceladas de vientos. ¿Cómo surgió el arreglo?

—Fue una de las que más trabajo nos dio. La versión de Mercedes termina suave, con esa idea de que adentro nazcan cosas nuevas. Quise celebrar eso. Por eso aparecen las trompetas y esas pinceladas. Tiene que ver con los ciclos de la vida: para que algo nuevo llegue, tenemos que soltar. La letra dice que hay que sacarlo todo afuera. No sé si era la idea original de Piero, pero yo lo interpreté como abrir una ventana y darle la bienvenida a lo que venga.

—Después del disco Momentos, donde exploraste el pop y los ritmos tropicales, ¿qué significó volver al lugar de intérprete?

—La música me ha permitido descubrirme y redescubrirme. Momentos tiene un sonido más de banda, más versátil. Pero este disco me llevó a mis comienzos, cuando encontré la voz de Mercedes buscando estaciones en la radio. Empecé como intérprete, porque aún no escribía. Quería volver a esa esencia. Además, en mis recitales hay lugar para “Todo cambia”, “Alfonsina y el mar”, “Zamba para no morir” o el candombe uruguayo. Quise homenajear a Mercedes, una heroína total para mí, y agradecerle cuanto me enseñó sin haberla conocido.

—En “Canción con todos”, que abre el álbum, incluís la voz de Mercedes presentando el tema. ¿Cómo surgió?

—Al terminarla pensé: “Me gustaría que Mercedes estuviera, pero no cantando”. Otros artistas ya usaron su voz, pero este era un regalo para ella. Era como decirle: “Ya cantaste toda tu vida, ahora relajate y escuchá”. Mercedes tenía un poder enorme para hablar. Los silencios que generaba cantando también los generaba con la palabra. Cuando propone imaginar un coro gigantesco diciendo “Todas las voces, todas”, te imaginás a América Latina unida por la música. Creo que encontré ese audio en una grabación suya, no sé si fue en Suiza, alrededor de 1980. Gracias a Agustín Matus, su nieto, también conocí a la Mercedes humana. Le pregunté si su abuela le cantaba y me contó que, cuando se iba a dormir, Mercedes le cantaba canciones de cuna. ¡Imaginate!

—En “Los mareados” y “Cinco siglos igual” hay una entrega vocal que parece llevarte a otro lugar. ¿Vos lo viviste así?

—Qué bueno que lo veas así. Fue un aprendizaje y una responsabilidad enormes. Mercedes me permitió conectar con algo mío que quizás tenía guardado. Cuando grabé “Cuando tenga la tierra” me emocioné hasta las lágrimas. En el estudio no está la adrenalina del público, pero lo que grabás queda como una foto que no cambia nunca más. Vos vas a ser más grande, más canoso, más viejito, y eso seguirá ahí. Como estas canciones ya están consagradas, pude soltar ese temor que a veces da mostrar una canción propia y cantar desde un lugar más libre. La entrega fue total porque sentía que Mercedes no merecía menos.

—Hablamos de renovar el cancionero. “Universo paralelo”, una canción tuya, ya circula en versiones muy populares a ambos lados del Río de la Plata. ¿Qué sentís cuando otros artistas la transforman?

—Fue una de las cosas más hermosas que viví en la música. Mi versión era una balada sobre un amor no correspondido, algo que uno guarda y no dice. Después escuché la versión en cuarteto de La K’onga y sentí que la canción tomaba otro vuelo, otro carácter. Que la gente la espere en los shows es el sueño de cualquier artista. Tengo mucho que agradecerle al público, porque la gente es nuestro motor. A veces siento que la palabra fan queda corta: la música va más allá de admirar a alguien, es involucrarse con una canción.

—Con Rada ya habías llevado “Universo paralelo” al candombe en el Luna Park. Y el 13 de julio cantaron “Adiós a la rama” en ¡FA!, una de sus últimas actuaciones. ¿Cómo recordás esa noche?

—Con una emoción muy profunda. Ya había cantado mis canciones cuando apareció Ruben. Nos abrazamos y me dijo: “Quiero cantar con vos”. Le contesté: “Pero mirá que yo ya canté. Ahora es tu momento, hermano”. Pero él insistió. Entonces fui a hablar con Mex y le dije: “El maestro me está invitando, ¿cómo le voy a decir que no?”. Mex nos dijo que hiciéramos lo que quisiéramos. Rubén me llamaba con ese grito tan suyo. Pero el recuerdo más hermoso fue el abrazo largo que nos dimos al terminar la canción. Nos quedamos hablando de corazón a corazón, como diciendo: “Loco, hablamos el mismo idioma, latimos igual”. Esa experiencia no me la voy a olvidar nunca. También recuerdo cuando nos invitaba a su casa y cocinaba ceviche. Le debo muchísimo al Negro y a su familia, especialmente a Patricia, su esposa, que siempre estuvo pendiente de nosotros.

—Te he visto varias veces en shows, y en el momento de cantar parecés entrar en otro estado apenas suena el primer acorde. ¿Qué sentís en ese instante?

—Más que nervioso, estoy ansioso. Tengo una necesidad de viajar con la música. Cuando suena el primer acorde siento que estoy volando. Sé que estoy en el escenario, pero la entrega es tan grande que uno no mide cuánto da: lo da todo. La música me transporta a un lugar que ni yo sé dónde estoy. Cuando termina la canción, vuelvo a lo terrenal. Hay días en que uno está más cansado, claro, pero la entrega no se negocia.

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