Luis Salinas recuerda una pregunta que su hija Rita le hizo cuando tenía seis años. Lo vio tocar la guitarra y quiso saber: “Papá, tocar la guitarra es como cantar con las manos, ¿no?”. El argentino, que tocó con B.B. King y Paco de Lucía, todavía se emociona con la ocurrencia. Años después, cuando Rita se animó a cantar, las manos de su padre la acompañaron en el estudio.
“Siempre digo que la música es una energía espiritual, más allá de las notas. Si no, serían notas nada más: las aprendés y las tocás”, reflexiona en diálogo con El País. “La gente no tiene por qué entender armonía, melodía o ritmo, pero enseguida se da cuenta cuando el artista es sincero”.
La excusa es el concierto que ofrecerá este miércoles 28, a las 20.30, en Sala Camacuá, con Javier Lozano en teclados, Martín Ibarburu en batería e invitados sorpresa. Entradas en RedTickets por 1400 pesos. Basta mencionar a Uruguay para que Salinas empiece a hablar de sus amigos. “Adoro Uruguay por muchas cosas. Estoy muy feliz de volver, encontrarme con mis amigos, con la gente y tocar. Siempre es una alegría”, dice.
La lista empieza en el boliche porteño El Papagayo, donde conoció al bajista Juan Gularte, hijo de Marta Gularte. “Fue uno de mis maestros. Me enseñó a tocar candombe, salsa y toda la música negra”, recuerda. También frecuentaba su casa, donde un niño de unos cuatro años se le acercaba con un pedido: “Vamos a tocar”. Era Jonathan Suárez Gularte, hoy Jona, el cantante de La Nueva Escuela, el grupo de plena que llenó el Antel Arena en agosto. “¡Y resulta que hoy es una figura!”, celebra.
También recuerda sus giras con Hugo y Osvaldo Fattoruso, al pianista José Reinoso y a los hermanos Ibarburu. “Siempre digo: ¿para qué me llevan a mí con los músicos que tienen ahí?”, bromea.
Buena parte de esos afectos está en “A Uruguay”, una pieza de su disco Hay que seguir en la que participa su hijo Juan. Salinas cuenta que en la melodía también hay algo de Ruben Rada, uno de sus grandes amigos. Su muerte, el 26 de agosto, todavía le duele.
“Cuando me enteré, estuve todo el día tocando arriba de cosas que hice con él y otras de sus canciones. No quería dejarlo ir”, relata. Días después, Martín Ibarburu lo acompañó en el Café Berlín de Buenos Aires para homenajearlo. Interpretaron “Adiós a la rama” y el momento fue tan intenso que Salinas decidió terminar así el recital. “De alguna forma viví el duelo desde acá”, explica. Y agrega: “Cuando lo extraño, lo escucho. Y toco con él”.
Hay recuerdos que también lo hacen reír. Fueron vecinos en Buenos Aires, apenas separados por una pared. Salinas ponía discos y Rada, que a veces escuchaba desde el baño, se sumaba cantando. Una tarde sonó una grabación de Ella Fitzgerald haciendo scat con un baterista. La cantante partió de un registro grave y llegó a un agudo formidable. Rada intentó seguirla desde el baño, pero tuvo que darse por vencido. “¡Paralo, que no llego!”, gritó del otro lado. Salinas se ríe al contarlo. “Era uno de los artistas más grandes que conocí. Lo ponías en un escenario y podía entretenerte todo el tiempo que quisiera”.
Hay otras ausencias detrás de Hay que seguir, su álbum de 46 canciones dividido en cinco capítulos: “Solo guitarra”, “Música argentina”, “Latin I”, “Latin II” y “Los Salinas”. Después de nueve años sin grabar, un periodista le habló del estudio Casa de la Música, en San Luis. Preguntó si podía grabar allí y lo invitaron enseguida. “Empecé a grabar como por magia, como si tuviera que ser en ese momento”, recuerda.
El repertorio reúne tangos como “Gricel”, una versión de “Someday My Prince Will Come” dedicada a Joe Pass, folclore, jazz latino, candombe y composiciones propias. Son músicas que escuchaba de chico en Monte Grande, al sur de Buenos Aires. También se anima a cantar “La añera”, “Zamba en mí” y “Chacarera de un triste”. Su forma de sostener las palabras y sumergirse en una frase recuerda a la hondura con que Dolina interpreta tangos en La venganza será terrible. Esa misma cadencia, entre íntima y teatral, vuelve tangible el peso de cada historia.
En “Los Salinas”, el capítulo final, toca Juan y canta Rita. “Es el disco más importante de mi vida porque están ellos”, asegura sobre sus hijos. La pieza que le da título está dedicada a Silvia Alegre, madre de Juan, fallecida años atrás. La compuso una semana después de su muerte, todavía sin título. Al grabarla, todos sintieron que Silvia estaba presente en el estudio. “No podíamos parar de tocar para que no se fuera”, relata. La música siguió durante casi 11 minutos. Fue entonces cuando apareció el título: “Hay que seguir”.
Rita llegó al estudio a su manera. Salinas llevaba años animándola a cantar, pero ella siempre respondía: “Voy a cantar cuando yo lo sienta”. La noche anterior a una sesión pidió sumarse y Salinas tuvo que preparar tres canciones. Entre ellas estaba “Alfonsina y el mar”, que terminó grabando acompañada por su padre y su hermano. “Antes de acostarse me dijo: ‘Papá, me parece que me metí en un problema’. Después terminó cantándola. Imaginate mi emoción”, dice.
A ella también le dedicó “Mirando a Rita”, nacida en un apartamento de Mar del Plata. Su hija caminaba de un lado a otro y Salinas, guitarra en mano, dejó que apareciera una melodía. Al terminar, le preguntó si le gustaba el final. “Yo no me pongo a componer. Las cosas salen o no salen, y ya está”, explica. Varias piezas del álbum se grabaron casi sin ensayos. “Una cosa es tomar el control de todo y otra es dejarse llevar por la música. A veces te lleva a lugares a los que, si vos pensás, no llegás”.
Su padre, músico desde niño, le había dicho algo parecido: el verdadero artista es quien consigue sacar afuera lo que lleva dentro. Salinas conserva también esa enseñanza. Una vez explicaba su libertad artística cuando el bandoneonista Rubén Juárez pasó y lo interrumpió: “No expliques tanto, ¡tocá!”.
De B.B. King conserva otro consejo. Cuando tocaron juntos, Salinas le advirtió: “Maestro, mire que yo no vengo del blues”. King lo escuchó, destacó la sinceridad de su interpretación y lo animó a seguir por ese camino. Incluso le dijo que su sonido debía ser tan personal que Dios pudiera reconocerlo al escucharlo y exclamar: “Oh, Luis”. Salinas todavía se emociona con aquella enseñanza, que ahora transmite a Juan junto a una advertencia: “El ego mata al genio y te aleja de la verdad, de la música y del amor en todas sus formas”. Tocar también implica escuchar y darle lugar al otro.
En Sala Camacuá empezará solo, seguirá con Javier Lozano, se sumará Martín Ibarburu y habrá invitados. “Hay un plan A. Después me dejo llevar mucho por lo que pasa en el escenario”, adelanta. En Perú, donde acaba de tocar, le pidieron candombe, pero prefirió reservárselo para Uruguay. Antes de cortar, repite una expresión que adoptó de sus amigos de este lado del río: “Vamo’ arriba”. El miércoles, en Camacuá, llegará el momento de compartir ese candombe con los músicos uruguayos que tanto admira.
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