Crónica del homenaje a Totem en el Auditorio del Sodre: un abrazo mutuo para celebrar a un clásico uruguayo

Los hijos de Ruben Rada, Lobito Lagarde y una banda formidable celebraron el repertorio de Totem en una noche de libertad musical, emoción contenida y un final para el recuerdo en el Sodre. Repiten hoy.

Julieta, Lucila y Matías Rada en el homenaje a Totem, en el Auditorio Nacional del Sodre.
Julieta, Lucila y Matías Rada en el homenaje a Totem, en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Leonardo Mainé.

"Que sea un abrazo mutuo", le dijo Lucila Rada a El País cuando, días atrás, se le preguntó qué esperaba de los conciertos de homenaje a Totem en el Auditorio Nacional del Sodre. Y la frase terminó definiendo bastante bien lo que ocurrió el sábado, durante el primero de los dos shows, en una sala Eduardo Fabini cargada de historia para la familia.

Allí Ruben Rada celebró sus 80 años en 2023 y, dos años después, estrenó Terapia de murga junto a Agarrate Catalina. Esta vez, el escenario recibió otro capítulo importante de su historia musical: uno que había empezado a preparar y ensayar, pero que no llegó a ver terminado. El espectáculo se repite esta noche y quedan las últimas entradas en Tickantel.

Como sus hijos Lucila, Julieta y Matías habían aclarado en los días previos, este no era un homenaje a la figura de Rada. Era un concierto dedicado a Totem, a sus músicos y a un repertorio fundamental para entender buena parte de la música uruguaya que vino después. Y eso quedó claro desde el inicio, apenas se levantó el telón y empezó a sonar "Dedos", aquel rock demoledor que en 1971 inauguró el disco debut del grupo.

Mientras avanzaban las canciones, los visuales recuperaban fotografías de Enrique Rey, Eduardo Useta, Mario "Chichito" Cabral, Roberto Galletti, Daniel "Lobito" Lagarde y Rada. El piso, convertido en un gran tablero de ajedrez, remitía a la tapa de Descarga (1972). Sobre él se desplegó la banda armada para estos conciertos, con Lagarde —único miembro vivo de aquella formación original— como pieza clave.

Totem nació de una idea que su nombre resumía: Todos Tenemos Música. Y esa idea capturó la esencia del show. Fue, ante todo, un espectáculo colectivo, y quizá ahí estuvo una de las claves para atravesar la ausencia más difícil de la noche. Hubo momentos en que, emocionalmente, la falta de Rada se volvió imposible de esquivar, pero el concierto nunca quedó atrapado únicamente en eso: la música se repartió entre muchas manos, muchas voces y una historia que nunca había sido exclusivamente suya.

Días antes, Julieta había hablado con El País de la "libertad setentosa" que descubrió al volver sobre estas canciones. En vivo, la definición cobró sentido. Totem mezcló rock, candombe, jazz y percusión afrolatina en canciones populares construidas sobre estructuras bastante menos simples de lo que parecen: temas que exigen máxima concentración para ser tocados y que, al mismo tiempo, invitan a ser cantados por un teatro entero.

El show de homenaje a Totem en el Auditorio Nacional del Sodre.
El show de homenaje a Totem en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Leonardo Mainé.

El espectáculo entendió a la perfección ese espíritu. No trató de reproducir los discos de manera arqueológica: respetó sus formas, claro, pero se permitió intervenirlas. Gustavo Montemurro aportó desde los teclados un sonido de órgano Hammond que se integró con naturalidad a "Dedos" y "Heloísa", mientras la cuerda de tambores liderada por Lobo Núñez acentuó el pulso candombero de las joyas "La lluvia cae para todos igual" y "Todos". En esta última, Lobito se levantó de su silla y terminó bailando con Julieta y Lucila.

Las voces principales se repartieron entre los tres hermanos. Lucila pasó al frente para una conmovedora "La lluvia cae para todos igual", Julieta se hizo cargo de la bellísima "Orejas" y Matías asumió uno de los desafíos emocionales más evidentes en "De este cielo santo", la canción que Ruben escribió tras la muerte de su padre.

Días antes, Matías había confesado a El País que durante los ensayos necesitaba abstraerse para poder cantarla porque, si se conectaba demasiado con la letra, terminaba llorando. El sábado consiguió atravesarla y, cuando sus hermanas se sumaron para cantar "Y quiero que entiendas que te quiero mucho, padre", mientras en las pantallas aparecían imágenes de Rada en su niñez, la canción adquirió inevitablemente otro significado.

Daniel "Lobito" Lagarde en el show de homenaje a Totem.
Daniel "Lobito" Lagarde en el show de homenaje a Totem.
Foto: Leonardo Mainé.

Matías, habitualmente de bajo perfil, asumió además el rol de presentar las canciones y recuperar los nombres de quienes las habían creado: homenajear a Totem implicaba celebrar también a Useta, Rey, Cabral, Galletti y a ese jovencísimo Lagarde.

Lobito tuvo su momento al frente con "Chévere", otra de las postales del show, pero su protagonismo estuvo repartido durante toda la noche. Verlo en "Todo mal", rasgueando por momentos el bajo como si fuera una guitarra y sumergido totalmente en la música, ayudaba a entender la admiración de Matías por su forma de tocar. Durante los ensayos, Lagarde había funcionado además como embajador del sonido de Totem, atento a las llevadas, los arreglos y el concepto. Matías lo resumió días atrás a la perfección: "Es exigente y muy respetuoso del concepto y de las ideas; entonces, cuando ves que él está bien, sabés que está todo bien".

Totem tuvo una vida sorprendentemente breve —apenas un par de años— y, sin embargo, dejó una huella enorme. Joyas desempolvadas como "No me molestes", "Pacífico" o "Manos" sonaron con músculo y una vitalidad alejada de cualquier idea de rescate nostálgico. Seguramente, gran parte de los asistentes salieron del Auditorio Nacional del Sodre con ganas de volver a meterse en los discos de Totem.

Cuando la banda se soltó aparecieron algunos de los momentos más ovacionados. Montemurro encontró espacios para expandirse desde los teclados; "Todo mal" se inclinó hacia un terreno todavía más rockero gracias al trabajo de Dinamita Pereda y un solo furioso de Matías; y en "Días de esos" Coby Acosta se llevó un merecido aplauso con su potente solo de percusión. Lucila había definido buena parte del repertorio con una imagen bien clara, "aplanadora", y en vivo se volvió más palpable que nunca.

Homenaje a Totem.
Homenaje a Totem.
Foto: Leonardo Mainé.

Después estaban los clásicos inevitables. "Negro", "Biafra" y "Heloísa", canciones que Rada siguió cantando durante décadas, aparecieron con una energía más cercana al espíritu de aquellas grabaciones y levantaron a la sala de sus butacas. Uno de los grandes momentos fue "Descarga", casi al final. Así como en la versión original, la canción se estiró, dejó respirar a los instrumentos y llevó esa libertad hasta su expresión más física. A la cuerda integrada por Lobo y Noé Núñez y Sergio Martínez se sumaron Matías, Montemurro, Acosta y Tato Bolognini, que también se calzaron tambores y pasaron al frente para cerrar ese tramo a puro candombe. Una fila de músicos, el protagonismo moviéndose de uno a otro y aquella vieja idea detrás del nombre de Totem más viva que nunca.

Ya sobre el final, la emoción empezó a ocupar un lugar más visible, aunque los hermanos hicieron lo posible por dominarla. "Es muy difícil hacer esto, pero también es muy hermoso", dijo Lucila. Julieta agradeció el acompañamiento: "Sentimos mucho el cariño de la gente y se agradece mucho. Se valora mucho".

El bis sí se convirtió, ahora de manera explícita, en un homenaje a Rada. La banda volvió para interpretar "Quién va a cantar", una de esas canciones que, junto a "Mi país" y "Muriendo de plena", se transformó en uno de los himnos de la despedida masiva a Ruben. Con toda la sala de pie, Julieta pidió que la cantaran juntos y el Auditorio respondió a coro.

Entonces, en esa postal de canto colectivo, volvió aquella frase de Lucila de unos días antes. Después de una noche dedicada a Totem, a sus músicos y también a uno de los emblemas de la cultura uruguaya, el concierto terminó exactamente como ella había querido: convertido en un abrazo mutuo.

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