Cazzu vuelve a Montevideo con su show más convocante: "Siempre pensé que 'Latinaje' iba a ser mi error"

La argentina llega este sábado al Antel Arena con un espectáculo que cruza música y teatro. Antes, habló con El País sobre su transformación artística, el libro "Perreo" y el vínculo con sus seguidores.

Cazzu.
Cazzu.
Foto: Sergio Parra.

Aquella noche tibia de octubre de 2025, a Cazzu le costó seguir cantando. Interpretaba “Inti”, la canción que le dedicó a su hija, cuando entre el público que había agotado el Teatro de Verano empezaron a aparecer globos amarillos. El gesto la tomó por sorpresa. También cantó “Quién va a cantar”, de Ruben Rada, en un recital que la mostró en uno de sus mejores momentos.

Ya lo había demostrado con Latinaje, un disco revelador. Tras consolidarse como figura del trap argentino, Cazzu dejó de lado las fórmulas que la hicieron conocida para sumergirse en un recorrido por la música latinoamericana. En sus canciones conviven cumbias, boleros, tangos, chacareras y corridos; los arreglos de cuerdas y vientos ganan terreno y su voz queda más expuesta, con menos autotune y más canto. Hasta se animó a versionar “Pobrecito mi patrón”, de Facundo Cabral.

El cambio fue mucho más que musical: le permitió mostrar una vulnerabilidad que durante años había quedado detrás del personaje de la Jefa del Trap.

Esa búsqueda llegó al escenario con músicos en vivo, bailarines y una puesta casi teatral que cuenta una historia. Este sábado, Cazzu presentará Latinaje en el Antel Arena, su show más grande en Montevideo. Entradas en Tickantel, de 1.900 a 4.900 pesos. En 2022 presentó Nena Trampa en Montevideo Music Box; tres años después agotó el Teatro de Verano y ahora dará un nuevo salto.

En paralelo, publicó Perreo, una revolución, un impecable libro personal y político sobre el reggaetón, el feminismo, el deseo y el lugar de las mujeres en la música urbana. Revisa sus propias canciones, cuestiona prejuicios y conversa con colegas como Villano Antillano, Tokischa y Elena Rose. También está en Spotify como audiolibro narrado por ella.

A eso se suma Latinaje, la novela, una ficción policial ambientada en los años setenta que publicó por entregas en su web. Entre diarios y expedientes, amplía el universo del espectáculo: María, una mujer que pasa a llamarse Julieta, encuentra un refugio en el bar porteño Latinaje mientras su historia se cruza con el lujo, los secretos y las amenazas.

De esos proyectos, del vínculo con el público y del miedo a que su disco más libre terminara siendo un error habló con El País.

—De Montevideo Music Box pasaste al Teatro de Verano y ahora al Antel Arena. ¿Qué significa volver con un espectáculo que, además de música, cuenta una historia?

—Es una sorpresa muy bonita y significa mucho cariño de la gente. Pasar a un recinto más grande quiere decir que hay mucha gente que nos quiere ver. Estoy superilusionada. Uruguay fue la primera fecha de la gira. Fue especial porque no sabíamos cómo adaptar el show a escenarios distintos. Lo recordamos con mucho cariño. También me acuerdo de cuando fui con el disco Nena Trampa. Siento que en Uruguay hay gente que te espera desde hace mucho, y no importa cuántos sean. En el último show vi a un montón de personas que habían estado en aquella presentación. Son fans con tatuajes que llevan este proyecto muy a pecho.

—En Latinaje, la novela, María adopta el nombre de Julieta y, después de vivir rodeada de lujos con su esposo, vuelve a una pequeña habitación del bar Latinaje. Allí se siente acompañada y encuentra algo parecido a un hogar. ¿Qué significa ese lugar para vos?

—Para mí, Latinaje es un aprendizaje constante sobre la gente. A veces siento que conozco muy bien al público y sé lo que le gusta. Construís el show con esas certezas, pero te subís al escenario y empiezan a disiparse. Hay gente nueva o que no te había visto así. Latinaje me enseñó que todos los prejuicios que tenía conmigo misma eran más fuertes que los de la gente. Yo esperaba que me criticaran por haber cambiado y siento que fue lo que menos me pasó. Eso es muy de la gente que te quiere de verdad: te hace sentir que estás en familia, en eso pequeño que no necesita ser más de lo que es. Entonces, fue una gran sorpresa descubrir a cuánta gente le gustó.

—A Rolling Stone le dijiste que Latinaje te obligó a hacerte muchas preguntas, pero terminó siendo el disco más fácil de tu vida. ¿Qué ves ahora en aquella Julieta que se replanteaba el camino?

—Veo una renuncia muy grande. Una renuncia a intentar sostener estructuras que una creyó que tenía la responsabilidad de sostener. Yo pensaba que debía seguir nutriendo un género que quizás ya no me representaba. Me pasaban cosas a mi alrededor que me hacían sentir desconectada de todo eso. Vos mencionabas al personaje de María, que abandona una vida y se convierte en quien quiere ser. Es un poco esta cosa del arte: me gusta no olvidarme de que puedo ser quien yo quiera, jugar a ser quien yo quiera. Es como abrir un universo y llevar a esa fantasía a quienes vienen a verte. Para mí la magia del show en vivo está en que alguien que estuvo todo el día resolviendo sus problemas se transporte, por un rato, a otro lugar.

—¿Cuál era tu mayor miedo?

— Cuando miro hacia atrás, siento que siempre pensé que Latinaje iba a ser mi error. Era como: “Voy a cometer el error de tener este sincericidio, de mostrarle a la gente cosas y géneros que me gustan. Le voy a mostrar que me gusta mucho cantar, que me esfuerzo por ser una cantante digna. Me voy a arrepentir de todo esto que estoy haciendo”. También pienso que Latinaje fue mi única oportunidad de hacerlo. Cuando hacés algo por primera vez, no existe otra primera vez. No se puede aplicar la misma fórmula nunca más, aunque haya sido lo más efectivo comercialmente. Latinaje es uno solo, va a seguir estando para siempre. No se lo puede reciclar ni alargar más de lo que ya lo ha dado todo.

—En Perreo, una revolución repasás tu carrera, tus canciones y tu mirada sobre el feminismo. ¿Con qué te encontraste al escribir sobre tu propio recorrido?

—El libro nace de la necesidad de criticar y poner sobre la mesa discusiones que, pese a los años que pasaron desde que lo escribí, siguen siendo poco habladas. Son cosas que siguen sucediendo. Para mí es una necesidad colectiva más que personal. Es mi parte más social y más política. Hice un proceso muy grande para sacarme los prejuicios de no ser una persona brillante, supercadémica, pero entender que podía decirle algo a alguien que le sirviera o la advirtiera. Ahí radica el poder de ser valiente y publicar un libro: en sentir que es constructivo. Ese es mi deseo con lo que hago fuera de la música. Se enfoca en la construcción colectiva y en lo que todavía debemos discutir.

—En Perreo dialogás con otras artistas, y la idea de identificación también atraviesa Latinaje. ¿Sos consciente de que tu obra puede ser un lugar donde el público se encuentre a sí mismo?

—Para mí eso significa la cultura. Está hecha para eso: para sentirse identificado de maneras que a veces ni siquiera son tan lógicas. A veces nos identifican cosas que no nos atreveríamos a hacer, ni a pensar, ni siquiera a imaginar. Entonces, que mi música sea un espacio de contención y representación me hace sentir que estoy cumpliendo ese cometido. Y eso es invaluable. No pienso que la música pueda llegar a ser exitosa o duradera si no tenés un público que se siente identificado.

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