En diciembre de 2023, cuando Luana llenó el Teatro de Verano, le rindió honor a su recorrido. Hizo gala de su desfachatez, visitó sus orígenes musicales —el folclore, las canciones de adoración—, tomó riesgos, voló por los aires. No disimuló su asombro: con entrenamiento en grandes festivales, nunca había convocado a tanto público por cuenta propia. Esa noche tuvo la euforia del sueño cumplido, de demostrar que lo imposible era posible. La de este domingo, en el Antel Arena, fue distinta.
Para festejar sus 25 años y coronar su era de consolidación —la etapa Icónica, bautizada en honor a su primer disco, editado en 2025—, Luana se convirtió en la primera mujer uruguaya en llevar un espectáculo propio al Antel Arena, la sala cerrada más grande de todo el país. Como si fuera poco, con entradas agotadas con varios días de anticipación. La frutilla de la torta de un camino lleno de curvas, que transitó con una convicción de esas que no flaquean ni en las noches malas: que se puede triunfar en Uruguay.
Esa máxima fue la que surcó un show que se abrió sobre las 21.20 y se extendió durante dos horas, una superproducción que tuvo a la plena como corazón y a la música toda como norte.
Esto último ya había quedado claro en Icónica, un disco de canciones originales en el que el rock, la cumbia, la charanga, los ritmos brasileños, la zamba, la murga, la cultura de la frontera, la poesía, Alfredo Zitarrosa, Juana de Ibarbourou y la plena —siempre la plena— se entreveraban en un viaje personal, de ambiciones serias. En vivo, este domingo, eso tomó otra dimensión cuando Luana volvió a apostar a una suerte de patria grande en la que convivieron Agarrate Catalina, Cuatro Pesos de Propina, Matías Valdez, Jona Suárez, El Reja y Fata Delgado como expresiones de la identidad sonora de un territorio, más bien de un sentir popular.
Fue una forma de celebrar un cumpleaños con amigos, pero en cada uno de ellos, en la forma en que se dieron sus intervenciones, Luana estuvo invocando esa creencia de que aquí se puede lograrlo. Lo dijo temprano, a punto de cantar "Mi primer amor", mucho antes de que el desfile de invitados copara el escenario y llevara la fiesta a su máximo nivel de energía: "Y decían que en Uruguay no se puede. Gracias por apoyar el Uruguay. Somos todos Uruguay".
Volvió a esa idea en distintos momentos, de distintos modos. El más impactante ocurrió antes de hacer "Icónica" y sumergirse de lleno en el repertorio del álbum, que sonó de punta a punta. De repente, el Antel Arena se quedó a oscuras y la atención se fue a la pantalla, donde una batería de tuits y de voces se superponían en un murmullo atronador. Allí, críticas destructivas y comentarios de odio iban cayendo uno sobre otro en su cara hasta concentrarse en esta línea: "No vas a lograr nada acá en Uruguay".
A ese embate, Luana respondió con un gesto: trepó a lo más alto del Antel Arena, la engancharon a unos cables gruesos, esperó en el aire mientras el brillo metálico de su traje turquesa se camuflaba en lo oscuro, y cuando el lugar volvió a encenderse bajó desde el techo, un poco flotando, otro poco sonriendo. Pronta para cantar, pisar tierra, cantar más, ser levantada por su séquito de bailarines, seguir cantando, dar otra vuelta y al final masticar ese verso que dice: "No me pueden parar, y no me van a olvidar".
Esa línea del tema se ve en la cancha. Impulsada por la potencia de su voz, por una energía expansiva que este domingo se aseguró de que el Antel Arena no parara de bailar en las dos horas de concierto, pero también por un equipo comprometido por su causa y marcado por la sangre joven, Luana avanza. Acierta o falla: no importa. Busca. Va.
Eso diferencia aquel Teatro de Verano de este Antel Arena. Si aquella noche fue de una niña que comprobó que lo suyo era posible, esta fue la de una mujer que hace rato es una de las artistas profesionales más destacadas del país.
Ya no tiene que recordarle al resto cómo lo hizo, cuáles fueron los pasos que hubo que dar para llegar hasta aquí. Su materia está a la vista. En el tipo de producción que puede montar, al nivel de apuestas extranjeras que visitan este mismo escenario —banda versátil y sólida, plantel de bailarines, diseños de autor a la medida—, pero también en los detalles. En la remera de Justin Bieber con la que la sorprendió su novio, en la complicidad de cantar con su hijo Tao, en el mediotanque que en un momento se volvió parte de la escenografía, en los jingles que sonaron en uno de los visuales que usó de transición. En el emotivo homenaje a Ruben Rada, de quien cantó "No me queda más tiempo" con la compañía de un coro masivo. O cuando sobre el final le llevaron una torta inmensa y ella pidió, como deseo: "Que sigamos celebrando la música, que es la que nos trajo hasta acá. Y que el Antel sea para muchas más".
Este domingo, Luana hizo historia. Cumplió 25 años. Festejó como pocas personas pueden hacerlo. Le pidió al público que confíe en sus colegas uruguayas. Anunció la inminente salida de su disco Dos y uno, una apuesta puramente de cumbia. Se sacudió el presente de los hombros, y ahora ya escribe su propio futuro.