Crónica de Cazzu en el Antel Arena: la que puede, puede (o una noche de arrabal y una confesión sobre Rada)

Con "Latinaje", la argentina volvió a Montevideo para desplegar un espectáculo que mezcló tango, folclore, balada y trap. La honestidad, el mensaje para su público y una historia con Ruben Rada.

Cazzu
Cazzu durante el show de "Latinaje".
Foto: Instagram @cazzu

“Cuando quería ganar dinero porque no tenía un sope, escribí 'Chapiadora'. Cuando eso vino, hubo espacio para escribir otras cosas”. Con esa honestidad concisa, Cazzu resumió este sábado en el Antel Arena la premisa de su presente: una prueba de que la autenticidad no se trata de quedarse en el mismo lugar, sino de tomar las riendas de la metamorfosis. El suyo, dijo, es un viaje de cambios. Y qué sería de nosotros si no abrazáramos la transformación.

Julieta Cazzuchelli, Cazzu, cantante y rapera argentina, jefa del trap con prontuario en la cumbia y el reggaetón, cambió de piel cuando se preguntó qué pasaría si se arriesgaba a darse el gusto de hacer la música que siempre había escuchado. Entonces nació Latinaje, un disco y un espectáculo que, nutrido de distintos ritmos regionales latinoamericanos, la desligó de la atadura de los géneros y la posicionó como una de las voces rioplatenses más sinceras de la actualidad.

Editado en abril de 2025, el álbum le dio una nueva vitalidad a su proyecto artístico dentro y fuera de fronteras. Sin embargo, fue la traducción al vivo lo que terminó de asentar esta era.

Para girar con Latinaje, la artista decidió montar una suerte de musical arrabalero en el que todas sus ideas dialogan sobre una orquestación que tiende a lo tanguero, sin borrar los rastros originales de su obra. Es decir, el trap, el reggaetón, la cumbia, los corridos mexicanos, la chacarera, el merengue, la bachata y hasta el funk carioca están allí, sin disimular lo que son. Pero la intención con la que se interpreta cada pieza y el encare de una banda que tiene percusión, batería, guitarra, bajo, sección de vientos, teclas, pero también violoncello, violines, bandoneón, hacen que todo se salga de su tiempo histórico.

Puestas así, vestidas con estas ropas, esta noche "Nena trampa" y "Yo soy María", de la ópera-tango María de Buenos Aires, son vecinas de un mismo barrio, aunque las separen más de 50 años de lenguaje, estética y sonido.

Esa mixtura está pintada en el cuerpo de Cazzu. Tiene la intensidad dramática del tango, pero su piel está teñida de tatuajes de una imaginería urbana y pop: una Hello Kitty con metralleta, unas curitas y, en el abdomen, una cara de anime triste justo debajo de la palabra "frágil". Cuando sus piernas kilométricas pisan el escenario, esa vulnerabilidad se convierte en combustible.

Cazzu Latinaje
Cazzu, en vivo en Uruguay en 2025.
Foto: Marcos Mezzottoni

Hay algo de eso en la explicación de por qué Cazzu convoca a tantas mujeres, por qué conecta con todo este público predominantemente femenino. Su mensaje de empoderamiento no carga con la impostación difusa que atraviesa a mucha de la música "empoderada" actual. Está hecho de otro material: de la identidad del norte argentino, de los colores de su Jujuy natal, de su conocimiento de la discriminación, de su historia de madre soltera, de los obstáculos que tuvo que sortear para poder abrirse paso en la música, y de tantas otras cosas que a lo mejor solo ella sabe.

Es la misma complicidad que se filtra en la anécdota que cuenta cuando ya el recital trascendió su bloque central y es una fiesta distendida en la que Cazzu habla como si estuviera reunida con amigas. Dice que su dentista le contó sobre una paciente que acababa de separarse de su novio, quien le había dicho, más o menos: "Vos escuchás mucho a Cazzu. Por eso estás así". Le gusta esa fama. Su forma de hacerse poderosa —la que comunica en sus temas— no es a costa de pisar otras cabezas o menospreciar a otras personas: es recordando su valor, quizás con el deseo de que ese gesto se vuelva espejo.

La propuesta funciona. Se nota en cómo el público corea su nombre. En la acción que organizan las fanáticas y hace que todo se llene de corazones rojos cuando suena "La cueva". En los cuernitos también rojos que iluminan acá y allá el Antel Arena como un guiño a los diablos del carnaval del norte argentino e incluso después, cuando el recital termina y grupitos de mujeres se cruzan mientras cantan, improvisan coros más grandes, se parten la garganta entonando algunos de sus versos favoritos.

Cazzu las representa en su fiereza, pero también en su ternura; en un cuerpo real que no tiene nada que esconder. Se ve en versos como "Yo nunca pretendí ser / Premio que un varón presume / No me parezco una flor / No sueño con el amor / Ni todo lo que se asume" (de "Piénsame"), o en cada pedazo de "Mucha data". Aparece cuando levanta el voltaje con sus temas más eróticos, cuando hace llorar a varias con "Inti" —la canción que le dedica a su hija— o cuando abre el pecho para cantar una contundente versión de "El hombre que yo amo", de la chilena Myriam Hernández, confirmando sus cualidades para el melódico internacional.

Otra versión que marca la noche es la misma que ofrendó hace un año, cuando llenó el Teatro de Verano con este show e inició la gira de Latinaje: "¿Quién va a cantar?", de Ruben Rada. Esta vez, el tema tiene un peso distinto. Cazzu elogia su figura, habla de la importancia de cuidar su legado y confiesa que el Negro la había invitado a hacer algo juntos, lo que define como un "halago inmenso". Luego dice que él se hizo la pregunta, y que ella va a cantar. Va a seguir cantando.

Al final del día, esa insistencia es la que ha marcado su camino. El camino de una trabajadora de la canción que en el escenario habla sin tapujos sobre perder plata y ganar libertad, que expone sus heridas sin pedir permiso y que demuestra que el cambio no traiciona al origen, sino que le rinde honor. Como ella misma canta en "Perdón si no te llamé": "La que puede, puede. Y yo puedo".

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