Las estrictas reglas de una directora en la Colonia Berro: prohíbe marcas de ropa deportiva, capuchas y gorras

La Colonia Berro reúne distintos centros y modelos de trabajo. En el Centro Granja, la directora Norma Fernández impone reglas propias, como no permitir algunas marcas de ropa ni usar capucha o gorra con visera. Un recorrido por un espacio histórico de privación de libertad

Celdas del Centro Ituzaingó I en la Colonia Berro.
Celdas del Centro Ituzaingó I en la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

Las celdas del Centro Granja de Colonia Berro tienen cuatro colchones bien cuidados, con sábanas limpias y correctamente tendidas, embutidas en dos cuchetas de material. No cualquiera se acuesta en cualquier cama: hay normas; la mejor cama queda para el que lleva más tiempo en la “pieza”, es una regla del centro que los adolescentes están obligados a respetar. Al fondo, una ventana con barrotes gruesos y del otro lado una puerta de rejas macizas. El piso está impecable: el trapo sale blanco, lo limpian dos veces al día con jabón, lavandina y perfume para el toque final. En un rincón escondido hay un pequeño baño de material, con un wáter y una palangana para lavarse que los jóvenes usan poco, de noche o de madrugada, cuando no pueden salir a los lugares comunes.

“Este centro tiene muchísimos no, que habilitan muchos sí. Los no, no se pueden cambiar; son no”, dice Norma Fernández, directora del centro en la Colonia Berro, en una zona rural de Canelones a medio camino entre Suárez y Pando, que funciona bajo la órbita del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa).

El centro tiene dos alas o pabellones, aunque pequeños: el lugar es solo para 25 personas. Hoy hay jóvenes de entre 15 y 20 años (hay mayores de edad que ingresaron siendo menores). Pero, a diferencia de cualquier cárcel de adultos, acá hay color, por fuera y por dentro. En los bancos y en las paredes. Hasta en las mesas y sillones que sacan al sol de una primavera que aparece de a puchitos.

Norma Fernández, directora del Centro Granja en la Colonia Berro.
Norma Fernández, directora del Centro Granja en la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

Fernández tiene una larga lista de prohibiciones que no existen en otros centros. “Nike, Puma, Adidas: esas marcas yo nunca las autoricé”, dice. La decisión, explica, responde a dos motivos: evitar que la vestimenta funcione como una identificación vinculada al mundo delictivo y no imponer a las familias la exigencia económica de comprar prendas costosas.
Tampoco pueden usar capucha y la gorra con visera está permitida solo cuando están al sol, durante alguna actividad: jugando al fútbol, levantando pesas o trabajando en la huerta.

El Centro Granja es uno de los cinco establecimientos que funcionan en la Berro, un predio de unas 200 hectáreas con dos accesos y distintos niveles de apertura. En la mayoría, los jóvenes pasan buena parte del día fuera de las celdas, en espacios comunes y al aire libre; también estudian y, en algunos casos, trabajan. La colonia cuenta con una escuela. Cuando deben salir por motivos laborales, de salud u otras razones, lo hacen con custodia, grilletes en los tobillos y esposas en las muñecas.

Los centros Hornero, Ituzaingó I y II, Granja y Sarandí se distribuyen a los lados de un camino principal. Es como un pequeño paraje rural, con árboles frondosos, muchos de ellos plantados hace décadas. Son edificios antiguos, con remodelaciones de diferentes épocas y distintos tipos de cerramiento. El Centro Sarandí atraviesa mayores dificultades de convivencia, por lo que los jóvenes tienen menos horas de patio compartido.

Uno de los edificios más antiguos de la Colonia Berro.
Uno de los edificios más antiguos de la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

Uno de los ingresos conserva las huellas de los primeros tiempos de esta institución. Allí se levantan dos edificios casi gemelos, hoy abandonados pero que se usaron hasta hace no tanto tiempo, sin puertas ni ventanas y con riesgo de derrumbe. Imponentes, sorprenden en medio de una zona rural. Además son las construcciones más altas de todo el predio y se distinguen por su arquitectura de inspiración europea, con muros robustos, franjas de ladrillo rojizo, detalles de piedra labrada y ventanas en arco. Los techos altos y el amplio balcón del segundo piso les dan una apariencia que evoca antiguos asilos u orfanatos. En las paredes descascaradas todavía sobreviven viejos grafitis, como uno que muestra a un mono aferrado a unos barrotes y lleva la inscripción: “Berro: dejen salir, che”. En otra pared puede leerse una frase: “Es fácil estar feliz y contento cuando la vida suave se desliza”.

Recorrida por uno de los edificios más antiguos de la Colonia Berro.
Recorrida por uno de los edificios más antiguos de la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

Colonia Berro fue creada en 1912, en un contexto en el que las autoridades buscaban separar a los niños y adolescentes que infringían la ley de los adultos delincuentes. La institución, conocida entonces como Colonia Educacional de Varones o Reformatorio de Suárez, respondía a la idea de ofrecerles un tratamiento educativo que evitara, al menos en el discurso, los castigos. La preocupación por los niños y adolescentes que vivían en las calles de Montevideo había impulsado políticas orientadas a apartarlos de ese entorno y someterlos a la tutela de instituciones estatales y privadas.

Más de un siglo después, Colonia Berro conserva la impronta de una época en la que las grandes instituciones de represión, alejadas de la ciudad, buscaban aislar a quienes eran considerados problemáticos para la sociedad. Una lógica que también marcó a las colonias psiquiátricas de San José.

Una rutina compartida para garantizar la seguridad

A las siete de la mañana empieza el día en el Centro Granja de la Colonia Berro. El turno nocturno entrega el centro al equipo diurno, se hace el conteo, se revisan las habitaciones y se transmite lo ocurrido durante la noche. A las ocho se abren las puertas de las celdas y los jóvenes empiezan a levantarse. Desayunan en el comedor —hay cocoa o café con pan y dulce, aunque algunos prefieren prepararse un mate— y después se ocupan de la limpieza. Cada grupo ordena su habitación y, mediante un cronograma rotativo, se distribuyen las tareas en otros sectores, como los baños y los espacios multiuso.

Patio de uno de los centros de la Colonia Berro.
Patio de uno de los centros de la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

Las reglas abarcan desde la asistencia a clase hasta las formas de relacionarse: no se permiten peleas ni insultos y se exige mantener el orden y cumplir los horarios. Quien a las 9.20 todavía no se levantó puede recibir una sanción, desde una tarea adicional hasta la restricción de la televisión o la radio en su habitación. Fernández dice que, aunque la rutina tiene límites claros, el equipo procura contemplar los distintos ritmos de los jóvenes: algunos se levantan enseguida y otros necesitan más tiempo.

El centro tiene seis celdas, en las que se alojan cuatro jóvenes por cuarto, salvo una que actualmente tiene cinco. En cada una hay una televisión con canales de aire. Cuando terminan las tareas, pueden salir al exterior.

La rutina continúa con las actividades educativas y talleres. La educación formal es obligatoria y las clases se desarrollan dentro de la colonia, de 14 a 17 horas. La mayoría cursa secundaria; solo uno no terminó la escuela.

“Para sostener un centro de mucha convivencia, necesariamente tenés que lograr una rutina totalmente estructurada”, dice Fernández, directora del centro desde hace casi doce años. Trabaja en el Inisa desde hace 19: comenzó como educadora, pasó por la coordinación y la subdirección, hasta llegar a la dirección del Centro Granja.

La convivencia se sostiene en una rutina de limpieza, orden y cumplimiento de horarios que se repite todos los días, incluidos los fines de semana, dice la directora. Para mantenerla, los seis equipos de educadores -tres diurnos y tres nocturnos- trabajan en turnos de 12 horas y deben aplicar las mismas normas, independientemente de quién esté a cargo. “Tenés que trabajar mucho, porque esto es un único centro y no son seis turnos”, dice Fernández.

Aunque es un régimen semiabierto, Granja sigue siendo un centro de privación de libertad. Para ingresar no importa el delito por el que los jóvenes fueron procesados ni la duración de la condena, sino que tengan “buena conducta”. Durante buena parte del día pueden circular por los espacios comunes, pero hay rejas, candados y puertas que se cierran en determinados momentos, además de un perímetro vigilado, una guardia exterior de la Policía y los conteos que realiza el personal.

Un joven ve como sus compañeros juegan al futbol.
Un joven ve como sus compañeros juegan al futbol.
Foto: Darwin Borrelli.

Esa combinación de límites y espacios compartidos se vuelve concreta en la experiencia de los adolescentes. Al sol de octubre, Facundo corre desde la cancha de fútbol hasta la sombra de un árbol. Tiene 17 años, es de Malvín Norte y lleva seis meses en el centro. Cuando se le pregunta qué es lo que más le gusta de estar allí, responde:

—Que podemos compartir todos juntos. Hay pila de espacio y de libertad. Estamos todos divirtiéndonos. Eso no pasa en todos lados.

Antes pasó por otros centros, donde tenía dos horas de patio por la mañana y dos por la tarde. En Granja, en cambio, puede pasar gran parte del día fuera de las habitaciones.

—¿Estás estudiando?

—Estoy haciendo liceo, en segundo. Ya había terminado la escuela, pero empecé el liceo acá.

La rutina también le permite organizar otras actividades, como las duchas, dentro de los horarios establecidos. Casi una obsesión, algunos las usan hasta tres veces al día.

—¿Cuánto tiempo más te queda acá?

—Tres años y medio o más, no sé.

Él recibe visitas de su madre y sus hermanas. También mantiene el vínculo con su novia, a quien conocía antes de ingresar y que lo visita una o dos veces al mes. Su familia le lleva galletitas y refrescos que, cuenta, comparte con compañeros. No está permitido el ingreso de otra comida. Sí pueden entrar tabaco o cigarros.

Aprender a convivir entre adolescentes

Acá hay desde gente encerrada por homicidios hasta otros que participaron en rapiñas. Algunos tienen familiares que estuvieron o están privados de libertad. También hay casos vinculados al narcotráfico, aunque la directora aclara que los jóvenes alojados allí no pertenecen, en este momento, a familias consideradas de peso dentro de ese mundo.

Vista del Centro Granja de la Colonia Berro.
Vista del Centro Granja de la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

La derivación a cada centro la resuelve el Inisa mediante un equipo especializado. En Granja suelen solicitar que los jóvenes tengan una disposición mínima para compartir espacios y algunas herramientas sociales. No siempre sucede así. Hay adolescentes que necesitan un período de adaptación y otros que, por sus dificultades para relacionarse con los demás, deben ser trasladados a otro centro. “Pueden venir con un mal comportamiento de afuera o una forma de hablar, que acá lo tienen que cambiar rápido”, dice la directora. “Imaginate 25 adolescentes conviviendo todo el día. Deben tener un mínimo de compromiso”.

Para uno de ellos, de 19 años, la diferencia con otros centros se nota, sobre todo, en la posibilidad de estar con los demás durante buena parte del día. Lleva cinco meses en Granja, después de haber pasado por otros establecimientos y de haber estado dos meses en libertad. Sí: volvió a ser detenido y condenado.

—¿Cómo te sentís acá?

—Está bien. Yo nunca pensé que iba a estar jugando al fútbol así, afuera, en el perímetro. Allá jugabas adentro -responde este muchacho que cursa primero de liceo y espera aprobar algunas materias antes de salir. También piensa en el futuro laboral: tiene un diploma de electricista. Le quedan dos meses en la Berro, calcula. Habla de la salida como una etapa cercana, para la que empieza a prepararse desde ahora.

Joven se ejercita con un educador.
Joven se ejercita con un educador.
Foto: Darwin Borrelli.

El consumo problemático también forma parte de la realidad cotidiana. Fernández menciona el uso de marihuana, cocaína y alcohol, y señala que hay jóvenes que reciben medicación para la ansiedad o para regular sus impulsos. En el centro trabajan dos psicólogos. Una educadora los acompaña en las videollamadas programadas que pueden tener con sus familiares.

La impulsividad es, según la directora, uno de los aspectos que más requieren trabajo. A veces, explica, se trata de cuestiones que pueden parecer menores desde afuera: las bromas pesadas, los apodos, los empujones o las malas palabras.

—¿Y la convivencia con los demás?

—Bien. Tenés otro vínculo. Acá los problemas se arreglan hablando. En otros centros pasás mucho tiempo encerrado en la pieza. Bajás una hora al patio y después volvés a subir.

El trabajo incluye tareas básicas de autonomía. “A veces recibís un gurí y tenés que trabajar para que aprenda a lavarse los dientes, que aprenda a lavar su ropa, a hacer su cama”, cuenta Fernández. La responsabilización por el delito es una parte del proceso, trabajada principalmente con los psicólogos. Pero Fernández entiende que no puede separarse de la formación cotidiana de una persona. “Tenés que trabajar la responsabilización de un ser humano de 14 años, de 15 años”, plantea.

¿Es posible la reinserción de estos jóvenes?

La pregunta sobre qué sucede con los adolescentes cuando recuperan la libertad atraviesa buena parte del trabajo del Centro. Fernández responde desde lo que ha visto: algunos jóvenes logran reinsertarse y no vuelven a delinquir; otros sí reinciden. No ofrece una respuesta única, pero plantea que el resultado depende también de cómo se gestiona el encierro. Ella vincula parte de las dificultades de los adolescentes con la falta de referentes adultos y de límites claros, una situación que, sostiene, trasciende a quienes están privados de libertad. Cuestiona una sociedad que reclama empatía y responsabilidad a los jóvenes, pero que no siempre les enseña esas herramientas y se vuelve cada vez más individualista. “Al preso le exigimos todo lo que nunca se le pidió en sociedad”, dice.

Joven dentro de la Colonia Berro sale a jugar al fútbol.
Foto: Darwin Borrelli.

El centro tiene algunos jóvenes que salen a trabajar. Dos de ellos, ambos mayores de edad, tienen empleos en el Ministerio de Ganadería y en Antel. Llegaron a esa instancia después de un proceso de preparación y evaluación.

También se organizan salidas al teatro, al cine, a museos y otros paseos, en las que participan grupos de adolescentes acompañados por educadores. Esas experiencias forman parte del trabajo de preparación para la vida fuera del centro, dice la directora. Pero advierte que la privación de libertad, incluso cuando dura menos de un año, puede tener un peso importante en la vida de un adolescente. “Un año para un adolescente de 14 es mucho tiempo, puede ser determinante en su trayectoria de vida”, dice. Y después advierte: “Si no queremos más gente en las cárceles, entonces hay que cambiar la cárcel. Esa es la verdad”.

Recorrido

Así es un día en el Centro Ituzaingó I de la Colonia Berro

Al mediodía, una fila larga se forma para el almuerzo en el centro Ituzaingó I, dentro de la Colonia Berro. Los jóvenes esperan tranquilos, cada uno tiene un cuchillo y un tenedor, cuya entrega registra un educador. Para el director, Víctor Mango, que no haya problemas con los cubiertos demuestra la baja conflictividad: en ese momento podrían producirse peleas o utilizarse los utensilios para agredir. En el patio hay personal de seguridad en distintos puntos.

 Víctor Mango
Víctor Mango director de los Centros Ituzaingó I y II.
Foto: Darwin Borrelli.

Las paredes están decoradas con dibujos y colores. Mango lleva 16 años en el Inisa y desde hace seis meses dirige el proyecto que reúne a unos 80 jóvenes de entre 15 y 21 años. Sucedió a Jorge Muñoz, quien impulsó estos centros durante 25 años y falleció recientemente.

La jornada comienza a las ocho, con el aseo personal, el orden de las habitaciones y la limpieza. Después llegan las clases y los talleres de huerta, cocina, panadería, repostería, plástica y costura. También hay gimnasio, equinoterapia y cuidado de animales. La huerta produce alimentos para el propio centro.

El edificio tiene dos pisos. Mango explica que conocer la procedencia de cada joven es importante para prevenir enfrentamientos, porque los adolescentes se conocen entre sí y esa información ayuda a evitar muchas peleas.

Mientras recorre las instalaciones, el director saluda a los jóvenes, que lo reconocen. Las visitas familiares forman parte de la rutina: quienes viven en Montevideo reciben los sábados y domingos, mientras que los jóvenes del interior también tienen visitas los jueves.

Centro Ituzaingó de la Colonia Berro.
Centro Ituzaingó de la Colonia Berro.
Foto: Darwin Borrelli.

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