Tamara Tenenbaum y la paradoja de una generación que sueña con ser millonaria: “Nadie quiere ser adulto”

La escritora argentina conversó con El País antes de presentar "Un millón de cuartos propios" en la Feria del Libro y reflexionó sobre las redes sociales y las fantasías que moldean el presente.

Tamara Tenenbaum. Foto: Ale Guyot

La capacidad de poder descifrar los fenómenos de la contemporaneidad y ligarlos con otros tiempos hicieron que Tamara Tenenbaum se convierta en una de las voces narrativas más pertinentes para leer. Primero, con El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI (2019), en el que analiza las maneras actuales de relacionamiento y cuyo éxito derivó en una serie adaptada en Prime Video y protagonizada por Lali Espósito.

Ahora, lo vuelve a hacer con Un millón de cuartos propios: Ensayo para un tiempo ajeno. Luego de encargarse de traducir Un cuarto propio, de Virginia Woolf, Tenenbaum comienza a hacerse preguntas sobre el dinero, la comida y la voz narrativa de las mujeres que llevan a que escriba este libro: ¿Qué hacemos con este presente? ¿Con el uso del tiempo, las redes sociales, el nuevo sueño de ser millonario sin trabajar?

Tenenbaum no solo se dedica al género del ensayo. Ha escrito novelas (Todas nuestras maldiciones se cumplieron, La última actriz), basadas en sus orígenes judios ortodoxos. También ha escrito obras teatrales: en 2021, debutó como dramaturga con Una casa llena de agua. Ahora está trabajando en Los malcasados, una comedia musical que, además de escribir, dirige.

Llegó a Montevideo para presentar Un millón de cuartos propios, ganador de la primera edición del Premio Paidós de ensayo de humanidades y ciencias sociales, en la Feria del Libro. El viernes a las 19.00 en la Sala Roja de la Intendencia, conversó junto a Azul Cordo. Antes de ello, a la mañana, conversó con El País sobre ficción, el Nobel de Literatura que ganó Anne Carson, el ideal de ser millonario sin trabajar, tradwives, surrogación de vientres y más.

Lali y Tamara Tenenbaum. Foto: Marcos Ludevid / Difusión
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—En Un millón de cuartos propios escribís sobre la voz narrativa de las mujeres. Hace unos días, Anne Carson ganó el Premio Nobel. ¿Qué importancia tiene esto?

—Un premio solo significa que un escritor gana un montón de plata, pero siempre es una buena noticia. Me gustó porque es una autora muy poco convencional. Escribe cosas rarísimas que mezclan poesía en prosa con crítica literaria y traducción. Es raro que se premie a esos autores. Es un premio a quienes siguen haciendo apuestas por el lenguaje que no tienen que ver ni con lo masivo, ni con lo comercial, ni con la adaptación, ni con lo que puede vender derechos o viajar o traducirse fácil.

—En un momento del libro escribís que la ficción por la ficción ya no le interesa a nadie. Me hizo pensar en el ocaso de las comedias románticas.

—Es difícil pensar cómo se actualizan las comedias románticas cuando cambian las parejas y las formas de conocerlas. Se pueden hacer buenas comedias románticas, pero todas las que conocemos hablan de un mundo que ya no existe más y es difícil adaptarlas al actual. Las comedias románticas tienen un pacto ficcional muy específico: tienen que sentirse un poco verosímiles porque funcionan con la identificación. Por otro lado, tiene que tener una fantasía. Ninguna de esas películas tampoco era realista en esa época. Pero juegan con algo de la realidad de ese entonces que funciona. Quizás lo que nos falta es pensar en cómo hacer una historia que se sienta mágica y verosímil en esta época.

Tamara Tenenbaum.
Tamara Tenenbaum.

—Hoy en día, las lecturas de la ficción son simplistas y moralizan personajes complejos.

—Cien por ciento. Pero creo que esas lecturas siempre existieron. Siempre hubo libros censurados o considerados inmorales. Lo que pienso es que, quizás, hubo un momento entre la década de 1960 y el 2000 en el que se pausó.

—¿Con la llegada de antihéroes como Tony Soprano?

—Sí, y pienso eso de muchas cosas. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída de las Torres Gemelas hubo una época muy excepcional en la historia: abundancia, prosperidad, producción cultural, revoluciones sociales. Pensamos que eso era lo normal, que eso era la vida, y en realidad lo normal es el horror que vivimos ahora...

—Que vengan y nos digan que la Inteligencia Artificial nos va a matar a todos. ¿Con qué momento histórico nos podemos comparar ante eso?

—No sé bien qué pensar sobre esto de que la IA nos va a matar a todos, me cuesta creerlo. A la vez, hablo con amigos muy inteligentes que realmente lo creen. Entonces pienso que quizás tienen razón. Pero ya hemos vivido carreras nucleares también. Quizás un día se termina. A alguien le tocó que se le cayera el Imperio Romano, o la Segunda Guerra Mundial. Fueron 40 años excepcionales de paz y prosperidad en Occidente, con la excepción de las dictaduras en América Latina que nos dan un toque de realidad. La gente del primer mundo ahora quedó totalmente detonada.

—En el libro escribís que ahora nadie quiere trabajar o tener vocación. Quieren ser millonarios, algo paradójico cuando raramente podemos ser propietarios.

—Lo raro es querer ser millonario, no la distancia que eso nos va a suponer. Ni tus padres ni los míos podían hacer grandes cosas, pero no consumían lo que consumimos nosotros. La idea de ir a Europa todos los años ni se les hubiera ocurrido. Siempre estuvimos muy lejos de ser millonarios, la pregunta es cómo se volvió un ideal y la decepción que causa si no sucede. Hay un problema cuando los sueños y las fantasías dan vueltas en torno del dinero.

—¿De ahí la falta de vocación?
—-Lo importante es ganar plata y no existe la idea de un trabajo que te pueda gustar. Todos los trabajos son aburridos. Nadie quiere ser adulto. La idea es: “Quiero jugar videojuegos y que me paguen por eso”. No siempre fue así. Antes los niños querían ser grandes. Todos jugábamos, de hecho, a trabajar: jugabas a ser bombero, jugabas a ser médico. Y mucho fantaseábamos con la idea de: “Uy, Imaginate ser grande y que no te rompan las pelotas”.

—En el libro escribís que se generó una confusión de que el feminismo debe ser celebratorio y respetuoso de todas las decisiones individuales. Pienso en las tradwives.

—Las tradwives y la subrogación de vientres nos interesan porque son casos muy raros y específicos. En internet nos divertimos mucho con cosas que son de pocos porque nos llaman la atención. Es más divertido que hablar de cosas más comunes, como no pagar una cuota alimentaria. Es objetivamente mucho más importante preguntarnos cómo hacer para que efectivamente se paguen las cuotas alimentarias porque involucra a más gente. Pero es aburrido hablar de eso porque es un tema que tiene como 100 años y a nadie le importa. Con las tradwives pasa un poco lo mismo. No existen, nadie conoce una, son inventos de Internet. En cambio, existen chicas que piensan que pueden dejar de trabajar sin tener una riqueza independiente y después están atrapadas en un matrimonio que no pueden salir. No porque estén secuestradas, sino porque se caerían de la clase media.

—Un millón de cuartos propios está atravesado por el problema actual del consumo. Pienso en el Ozempic o en la subrogación de vientes, problemas que se discuten aunque nos queden lejos.

—Estamos muy engañados porque pasamos el día viendo la vida de los millonarios. Una amiga psicoanalista me decía: “La gente nunca estuvo tan pendiente de cómo vivían los ricos”. El otro día leía en un artículo que ahora es imposible no estirarse la cara. ¿Saliste a la calle? La gente de la tele tiene la cara estirada o en ciertos contextos de clase muy alta o de clase media altísima.

—¿No es raro que haya tanta distancia entre percepción y realidad?

—Por supuesto. Pensamos que todos viajan por el mundo, que todos tienen la cara estirada. La gente que yo conozco tiene deudas de tarjeta por pagar el supermercado. Las redes son un problema porque son un “Millonario TV”, estamos todo el día mirando gente que no se parece en nada a nosotros.

—Una programación que surge a través de un algoritmo que moldeamos.

—Los millonarios que ves son los millonarios que más te van a afectar. Internet sabe quiénes viven la vida que vos querés vivir.

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