Emmanuel Carrère en el Solís: un Visitante Ilustre entre historias de familia y el arte de contar vidas ajenas

En su primera visita a Uruguay, Carrère habló con Gabriel Peveroni sobre Koljós, el duelo por sus padres y el arte de contar vidas ajenas. La crónica de una velada de libros y un homenaje en el Solís.

Emmanuel Carrère sostiene una traducción al francés de "El tigre y la nieve", de Fernando Buttazoni.
Emmanuel Carrère sostiene una traducción al francés de "El tigre y la nieve", de Fernando Buttazoni.
Foto: Ignacio Sánchez.

El viento de la última hora de la tarde delata que la primavera se toma su tiempo en llegar a Montevideo. Dentro del Teatro Solís, resguardados, los lectores esperan a Emmanuel Carrère. Es martes y el francés está a punto de presentar Koljós, su nuevo libro, y de ser declarado Visitante Ilustre de la capital.

Carrère, que llega por primera vez a Uruguay, es uno de los grandes nombres contemporáneos de la no ficción. Escribió sobre un hombre que sostuvo una doble vida hasta asesinar a su familia en El adversario, sobre un escritor ruso decidido a convertirse en héroe en Limónov y sobre los orígenes del cristianismo en El reino. En V13 siguió el juicio por los atentados de París de 2015; en Yoga y Una novela rusa contó sus propias crisis. Antes publicó ficciones y Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, dedicado a Philip K. Dick.

Ahora, con Koljós (edita Anagrama, 1100 pesos), reconstruye su historia familiar a partir de la muerte de sus padres.

Las primeras invitaciones se agotaron en menos de una hora y el lunes se habilitó un remanente. En el hall del Solís se entregan auriculares para escuchar la traducción simultánea del francés al español, aunque varios de los asistentes prescinden de ellos. En la sala principal, los lectores esperan con sus libros en mano; en la tertulia alta, un hombre mira todo con largavistas.

Sobre el escenario, dos bibliotecas exhiben el amarillo reconocible de las ediciones de Anagrama. Las poltronas, las mesas bajas, las lámparas y las alfombras arman un living minimalista. Allí se sientan Carrère y Gabriel Peveroni para conversar sobre Koljós, su historia familiar y los personajes de su obra literaria. Y, como plantea Peveroni, intentar conocer a quien está detrás de unas páginas en las que el lector confronta sus propios pudores, convicciones y temores.

¿No es esa la razón por la cual uno se sienta durante una hora a escuchar a alguien que solo se deja ver entre las páginas de los libros que lee?

Peveroni propone empezar la conversación por el lado la de qué sintió cuando terminó de escribir Koljós. Carrère cuenta que fue feliz escribiéndolo. Comenzó el proyecto junto a la cama de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse. Lo define como un libro de duelo, pero enseguida precisa el tono de esa experiencia: hubo una “tristeza muy dulce”. Terminarlo le produjo la alegría de haberlo hecho y, al mismo tiempo, la pena de dejarlo atrás.

Emmanuel Carrère en el Teatro Solís.
Emmanuel Carrère en el Teatro Solís.
Foto: Ignacio Sánchez.

Su madre inevitablemente es un espectro que ronda de manera constante en la conversación en el Solís. La muerte de los progenitores, explica, te deja en primera línea delante de la muerte.

Repite algo que ya escribió en Koljós: hoy se siente más atraído por sus predecesores que por los vínculos contemporáneos, como amores y amigos. La genealogía se convierte así en una manera de preguntarse por el lugar propio.
Este también se debate en el plano narrativo. Carrère no es un mero espectador de los hechos sobre los que escribe, también es juez y parte. Esto, cuenta, fue un debate que mantuvo con su madre hasta el final de sus días.

Ella creía en la objetividad y consideraba innecesario que quien narraba se implicara personalmente. Él encontró en la primera persona, a partir de El adversario, una forma de reconocer sus límites. Puede haber narcisismo en ese recurso, lo acepta, pero también humildad: esto es lo que vio, lo que entendió, lo que pudo comprender. “No pretendo que sea la verdad, pretendo que sea mi verdad”, dice.

Para explicarlo recuerda una escena: una madre le pide a su hija que aprenda a ponerse en el lugar de los demás, y la niña pregunta dónde irán esas personas si ella ocupa su sitio. La respuesta le sirve para pensar cómo escribe. “Creo que hay que aceptar su propio lugar, que hay que ocupar su propio lugar”.

Portada de "Koljós".
Portada de "Koljós".
Foto: Difusión.

Desde allí puede mirar a los otros. El adversario le exigió siete años de intentos, abandonos y fracasos, entre los crímenes de Jean-Claude Romand y la publicación del libro. La forma que encontró no fue la que había imaginado al comenzar.

“En los retratos hay zonas sombrías, no solamente luminosas”, explica, luego de afirmar que es probable que a ninguno de sus dos padres le hubiera gustado lo que expone en Koljós: una vida conyugal triste, que resultó en una de las tareas más delicadas de escribirlo. ¿Cómo se es fiel a una persona sin borrar aquello que incomoda de su historia? Esta pregunta es central para entender más al hombre detrás de la pluma.

Su madre permite entrar, además, en Rusia. Descendiente de emigrantes que dejaron el país después de la revolución, se convirtió en una especialista en la Unión Soviética y Rusia, y transmitió a su hijo la pasión por su literatura. Sin embargo, los viajes de ambos tuvieron destinos distintos. Ella se reunía con ministros y autoridades universitarias; él llegó a una pequeña ciudad para investigar la historia de un soldado que había pasado décadas en un hospital psiquiátrico.

Peveroni encuentra un punto en común entre Philip K. Dick, Limónov y la madre de Carrère: las infancias difíciles y la energía para abrirse camino. El francés no había pensado en esa conexión con Dick, pero la reconoce. Luego distingue lo que lo atrae de los dos escritores: del estadounidense, una visión del mundo con la que se siente afín; del ruso, la determinación de convertirse en un héroe de aventuras, incluso por encima de su ambición literaria.¿

Peveroni también acerca voces uruguayas. Le regala una edición en inglés de El hermano mayor, de Daniel Mella, cuya lectura le había recordado De vidas ajenas, otro libro de Carrère. También le transmite una pregunta de Mella sobre su alejamiento de la ficción.

El francés aclara que nunca tomó esa decisión: sigue leyendo novelas y recibiría con gusto una idea que se le impusiera. Lo que escribe utiliza los recursos del género, aunque los hechos sean reales. Son, dice, “novelas sin ficción”.
El otro regalo es una traducción al francés de El tigre y la nieve, de Fernando Butazzoni, acompañada por una pregunta del autor sobre la posibilidad de escribir sin ficción. Carrère diferencia el montaje de los hechos narrados y recurre a V13: puede imaginar qué piensa alguien, siempre que se lo advierta al lector. “No lo presento como una verdad”, dice.

Al terminar, la directora de Cultura de la Intendencia, Débora Quiring, le entrega el reconocimiento de Visitante Ilustre de Montevideo. Después, Carrère pasa al foyer para firmar libros de algunos afortunados.

Queda claro: uno se sienta durante una hora a escuchar a un escritor con las ansias de descifrar los engranajes de sus grandes historias y conocer más al que los maneja. El martes, muchos tuvieron el privilegio de lograr lo segundo.

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