—Levanten la mano los que leyeron el texto para hoy. Estamos en situación de caos —dice un docente con un tono que mezcla ironía y autoridad—. Bajen las manos. Ahora los que no leyeron el texto obligatorio levanten la mano....
La voz sale por micrófono y rebota en dos salones a la vez. El docente de Introducción a la Epistemología, de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, intenta ordenar a un grupo que ya desborda el espacio: no hay pasillo alguno en ese salón, hay sillas y más sillas, los estudiantes están sentados a modo de tetris, tomando mate y agua. Es el cuarto piso de la Facultad de Información y Comunicación (FIC), pero la clase no entra en un aula: se reparte, se retransmite, se multiplica.
La escena no es rara. Es parte de una rutina que se repite en varias facultades de la Universidad de la República (Udelar) desde hace varias décadas, donde la población estudiantil activa ya supera los 160.000 estudiantes. Y la proyección institucional apunta a superar los 172.000 estudiantes en 2029. Cada año ingresan más, a contrapelo de lo que pasa en Primaria, donde debido a la baja natalidad este año empezó con unos 15.000 niños menos inscriptos.
Es muy común, sobre todo en los primeros años de carrera, ver estudiantes sentados en el piso, apoyados contra las paredes o siguiendo la clase desde afuera, con la puerta abierta. Teóricos y prácticos saturados. Salones pensados para 200 personas tienen más de 1.000 inscriptos. Los docentes tienen que resolver problemas de sonido, espacio y organización en tiempo real.
El rector de la Udelar, Héctor Cancela, dice a El País que la sobrepoblación estudiantil y los problemas de espacio “no son nuevos” y que persisten porque el crecimiento de la matrícula ha sido mayor que el de la infraestructura. En ese contexto, señala que cada facultad viene tomando medidas para atender estos emergentes “y no afectar la calidad educativa”. Al mismo tiempo, plantea que la Udelar busca “no perder a ningún estudiante” y destaca herramientas de apoyo como el programa Progresa, las tutorías y los espacios de orientación. También menciona el uso de tecnologías y plataformas virtuales.
Cancela admite que la numerosidad y la escasez de recursos “generan desafíos y tensionan el funcionamiento institucional”, pero sostiene que el balance es positivo: “El país gana”.
En paralelo, hay discusiones históricas —como la posibilidad de una prueba de ingreso para “filtrar” o sistemas de pago según ingresos— que, según los consultados, no forman parte hoy de la agenda institucional. El foco, insisten, está en otro lado: cómo sostener el acceso sin resignar condiciones. La defensa de la Udelar no implica romantizar las dificultades. Estudiar en estas condiciones —con sobrepoblación, recursos ajustados y trayectorias que se enlentecen— está lejos de ser ideal.
“Sabemos que la universidad forma a gente que muchas veces no tendría otra oportunidad: estudiantes que viven de becas del Fondo de Solidaridad, que no podrían pagar una privada. Y tienen derecho a acceder a una educación de calidad”, plantea una docente. Y agrega, marcando esa tensión entre compromiso y límite: “La facultad es un solo corazón. Nos pagan poco, trabajamos con lo que hay, y aun así nosotros y los gurises hacemos lo que podemos, porque sabemos lo que significa la Udelar para muchos”.
En 2026 la Udelar volvió a marcar un récord de ingresos: al 11 de marzo se registraban 21.832 inscriptos —sin contar servicios que aún mantenían sus inscripciones abiertas—, lo que dejaría este año con cerca de 22.000 nuevos estudiantes, porque también están en condicional los que aún no aprobaron materias del último año liceal. En 2025 habían sido 21.527. Las carreras más demandadas —con entre 3.000 y 5.000 nuevos ingresos— se concentran en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Derecho, Medicina, Psicología, Ingeniería y Arquitectura. En ese universo creciente, las mujeres son mayoría: representan el 61% de las nuevas inscripciones.
Para poder transitar la Udelar, el acompañamiento entre estudiantes se vuelve clave. “Te vas a anotar a una materia y bedelía no te deja. A mí me pasó que tenía una sanción y era porque no había completado un formulario online”, cuenta un alumno. A la complejidad de los trámites se suma la cantidad de plataformas: las de bedelía, las de estudio, las de cada facultad, el sistema general de la Udelar y hasta la biblioteca. Todo eso convive con horarios de atención acotados —muchas veces cortados— que dificultan conseguir un turno presencial para resolver problemas burocráticos.
Una clase en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación
Volvemos al salón de la FIC, dónde los futuros comunicadores intentan aprender. El pasillo de golpe se llenó de funcionarios, hubo una alerta: una chica se desmayó por el calor. “Parece que le bajó la presión”, le comenta una funcionaria a otra.
La clase ya empezó.
—Levanten la mano ahora sí, de nuevo, quiénes dijeron la verdad y leyeron para hoy el texto obligatorio.
La pregunta del docente de epistemología queda flotando mientras algunas pocas manos se levantan.
La clase se reparte en dos salones pegados, conectados por una retransmisión con un segundo de delay. Una pantalla proyecta lo que pasa del otro lado. El docente para de dar clase, y se va a solucionar un problema técnico con la docente que está en otro salón donde él sale en vivo y directo.
—Estamos acá y en otro salón. Estamos en situación de colapso —dice el profesor, que se mueve entre lo que proyecta en una diapositiva y la cámara que lo filma—. Hoy vamos a cerrar la unidad introductoria. Saludo a la cámara del salón 405.
El docente sigue, “remando en dulce de leche”, como lo resume una estudiante de segundo año que sale de clase junto a una compañera. Dice que el profesor “le pone la mejor onda”, pero aclara que el problema no termina en primero: “Yo sigo viniendo una hora antes para conseguir lugar, porque ya no nos ponen en salones tan grandes”.
—También vamos a repasar el texto obligatorio que estaba claramente en EVA —dice ahora el profesor, respecto a la plataforma digital donde se suben todos los contenidos de la Udelar—. A los 83 que están en Zoom, los saludamos.
Habla hacia el salón, pero también hacia la cámara.
—La importancia de la Epistemología está en el… perdón, los del Zoom: no soliciten grabar ni poner subtítulos, porque me trancan todo.
La clase es, a la vez, presencial y remota, fragmentada y continua. Y, en el medio, los estudiantes tratan de seguir el hilo desde donde pueden.
Un estudiante levanta la mano y ensaya una respuesta para el docente sobre el texto que están comentando.
—No, no te escucho nada -le responde el docente—. ¿Cómo te llamás?
—Salvador.
—La próxima clase vení acá adelante porque tenés buenos aportes.
Sigue.
—¿Qué es lo que hace que algo sea ciencia? A eso le llamamos… ¡Por favor, a todos los del Zoom…!
Los futuros ingenieros
Joaquín y Lucas todavía están en ese momento inicial en el que todo es nuevo: los salones, los horarios, la lógica de la facultad. Tienen 18 años, vienen del mismo liceo público de Canelones y hace apenas unos días empezaron a transitar el enorme edificio de la Facultad de Ingeniería en Punta Carretas, con vistas a la rambla.
Lucas es de Las Piedras. Tiene dos ómnibus y varias horas de viaje, por eso intenta concentrar en tres días todos los prácticos y teóricos, aunque eso implique estar toda la mañana y la tarde en el edificio.
La facultad les propuso, antes de arrancar, una prueba de nivel en matemática. Ninguno la tenía del todo clara al principio, pero la lógica es simple: según el puntaje, te recomiendan —o te obligan— a cursar Matemática Inicial.
—Si sacabas menos de 60%, te recomendaban hacerla —dice Joaquín.
—Y si era muy bajo, creo que menos de 25%, te obligaban —completa Lucas.
—¿Y a ustedes cómo les fue?
—Yo 54% —dice Joaquín.
—Yo 60% —dice Lucas y sonríe—. Justo en el límite.
El primer impacto, sin embargo, no fue académico, sino físico: la cantidad de gente.
—El primer día llegué retemprano —cuenta Joaquín—. Tipo siete y media para una clase que empezaba a las nueve y media… y ya estaba repleto.
Joaquín ya encontró una estrategia: combinar facultad y casa. Ahí entra en juego OpenFING, la plataforma donde están los cursos grabados.
—Ahí tenés los teóricos -dice-. Podés arrancar con eso y después venir a los prácticos.
—¿Les rinde?
—No es lo mismo, pero con las horas de viaje… sí.
Las clases, cuentan, son grabaciones de años anteriores o, en algunos casos, registros más recientes. Se pueden pausar, volver atrás, adelantar. Para ellos esa flexibilidad compensa, en parte, la sobrepoblación de los salones.
A las nueve de la mañana el piso tres de la Facultad de Ingeniería está lleno. La mayoría son varones, muchos estudiantes con termo y mate, esperando entrar al teórico de Cálculo 1. Muchos logran entrar pero algunos quedan fuera de la enorme clase. Hay chiquilines con alpargatas, remeras de superhéroes, otros con camisa. Es un día fresco pero dentro del salón hace calor y en el aire hay una mezcla de olor a desodorante con intenso olor a transpiración.
Esta materia es una especie de rito de iniciación. “Los que no entran y se quedan en el pasillo, se van, no te podés quedar ahí, no se escucha nada”, dice Jairo, que entró con la idea de estudiar ingeniería mecánica, pero ahora no sabe si no se pasa a civil.
En Ingeniería el sistema se organiza en torno a parciales. No es solo estudiar: es rendir en momentos muy específicos que concentran todo. El día del parcial, dicen, “es un quilombo tremendo”. Llega todo el mundo. Se coordinan horarios, se dividen grupos, se reorganiza la facultad para absorber esa masa de estudiantes que ese día sí o sí tiene que estar.
En medio de esa exigencia aparece el contraste con el liceo. Jairo lo pone en palabras como puede: “El salto… es una paliza”. Él viene de la educación pública y, además, le tocó la pandemia. Pasar de esa experiencia a la facultad, con evaluaciones presenciales y otro nivel de exigencia, fue un golpe. “Acá estudiás solo”, dice. Después matiza: también con compañeros.
Si bien en los primeros años hay más estudiantes, el rector Cancela, quien fue decano de la Facultad de Ingeniería, dice que “el crecimiento abarca la universidad en su conjunto, no hay un único cuello de botella”. Y agrega: “Todas las facultades, centros universitarios regionales y otros servicios están atendiendo un nivel de demanda de estudios y generación de conocimiento que tensiona las posibilidades de atención”.
Para Cancela, el problema de la sobrepoblación no puede leerse de forma aislada, sino como parte de una discusión más amplia sobre recursos y prioridades. “La responsabilidad sobre el presupuesto es de toda la sociedad y de todos los partidos políticos, tanto en el gobierno como en el Parlamento”, señala.
En ese sentido, sostiene que un mayor financiamiento permitiría revertir parte de las dificultades actuales: “Avanzar hacia el 6%+1% del PBI para educación e investigación” implicaría más recursos humanos y materiales, mejores condiciones de enseñanza -como más horas docente por alumno- y una mayor presencia de la universidad en todo el país”.
La salud mental
La Facultad de Psicología es hoy, dentro de la Udelar, una de las que tiene más problemas por la sobrepoblación estudiantil. El docente Daniel Fagúndez, integrante de ADUR Psicología, estima que cerca de 1.000 estudiantes quedan sin cupo para cursar materias reglamentadas. La situación no es nueva pero se agudizó en los últimos años y obligó a tomar una medida poco habitual: limitar las inscripciones según la capacidad real de los salones.
“Antes en un salón para 250 personas se anotaban 700 o 1.000 estudiantes. Después, en la práctica, iban 400 o 500, y entraba quien podía”, explica. El cuerpo docente resolvió poner un freno y fijar topes: 200 estudiantes por curso, sea presencial o virtual. No híbrido. Para Fagúndez, esa modalidad es difícil de sostener y, además, “antipedagógica”, porque reduce la interacción entre estudiantes.
La sobrecarga no termina en el aula. También impacta en las evaluaciones: equipos de cinco o seis docentes pueden llegar a tomar parciales a miles de estudiantes, con jornadas extensas de examen y días enteros de corrección. La relación entre docentes y matrícula es compleja: alrededor de 270 docentes para unos 16.000 estudiantes. A eso se suma el crecimiento sostenido del ingreso —más de 3.000 por generación— y un volumen importante de rezagados, que hace que los cursos iniciales superen ampliamente esa cifra.
Un miércoles a las 12:50 empieza Fundamentos de la Psicología, pero antes del mediodía ya hay una fila de estudiantes que esperan para asegurarse un lugar. La escena, en la puerta, anticipa lo que vendrá adentro.
Es la primera clase. Se presentan: son tres docentes. El formato es de plenario, de bienvenida, aunque el tono está atravesado por el mismo tema: los cupos.
En el salón hay una mezcla de generaciones. Predominan los de 2025, hay varios de 2024 y apenas unos pocos de 2026, los que deberían estar empezando ahora. Muchos no cursaron antes porque no había espacio y tienen que pasar un año trancados, con la mala noticia de que para ellos no hay lugar.
“La facultad la hacemos entre todos”, dice una docente. Y enseguida agrega, en referencia a la decisión de limitar inscripciones: “Si no poníamos esto, no tenían ni sillas. Se sentaban en el piso”.
La defensa de los cupos aparece enseguida: son, dice, una apuesta para garantizar educación de calidad.
En ese puñado de estudiantes —algunos que esperaron un año, otros que recién empiezan— persiste algo más que la dificultad: una voluntad de aprender que no se apaga en muchos de ellos aunque no haya dónde sentarse. Tal vez el viejo sueño de “m’hijo el dotor” no haya desaparecido del todo, aunque hoy se exprese de formas más frágiles. Está en la forma en que escuchan, en cómo preguntan, en ese intento por apropiarse de un conocimiento que también les abre mundo. Porque, al final, para muchos de ellos, la facultad no es solo una carrera: es la posibilidad concreta de otra vida, el acceso a un espacio —académico y social— al que, de otro modo, difícilmente hubieran llegado.
“No pude hacer la materia porque no tenía compu”
El primer impacto al entrar a la Facultad de Ciencias Económicas no es una materia ni un programa: es la cantidad de gente. Salones llenos, pasillos ocupados, estudiantes sentados en el piso. Para quienes recién empiezan, ese escenario pasa a ser parte del aprendizaje.
Rosina tiene 19 años, es de Montevideo y cursa la Licenciatura en Economía. Está en tercer semestre, pero el inicio todavía le pesa. “Todo se llena. Teórico y práctico, todo”, dice. Las materias iniciales concentran a estudiantes de varias carreras y la masividad se hace visible desde el primer día.
La estrategia empieza antes de la clase. “Entraba a las ocho, pero salía de mi casa a las cinco de la mañana para llegar cuando abría la facultad y agarrar lugar”. Aun así, no siempre alcanza.
Esa lógica se repite en los parciales, que se dividen por turnos porque no entran todos al mismo tiempo.
La carrera avanza, pero no siempre de forma lineal. En su caso, hubo un cambio de orientación y también obstáculos más concretos.
Uno de ellos fue no poder cursar una materia clave por falta de computadora. “Se trabajaba con Excel y no tenía. Tampoco había equipos disponibles”, cuenta. Decidió postergarla, aunque eso implicara atrasarse. “Es previa de otras, así que me trancó toda la carrera”, relata.
Recién ahora, con acceso a un equipo, planea retomarla. Mientras tanto, sigue cursando lo que puede, en un esquema donde los cupos y los recursos también definen el ritmo.
La experiencia universitaria implica adaptarse: llegar antes, esperar. Y, sobre todo, sostener el avance en un sistema que, para muchos, ya empieza saturado
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