A los 16 años, mientras otros futbolistas de su generación peleaban por un lugar en las formativas de algún club, viajaban con selecciones juveniles o empezaban a aparecer en carpetas de representantes, Federico Viñas descargaba jamones de un camión en Montevideo. Había dejado el liceo, había dejado el fútbol y también había resignado cualquier posibilidad de convertirse en profesional.
De día trabajaba, de tarde jugaba a la pelota en el barrio. Esporádicamente al fútbol 5 y habitualmente en “el campito de la iglesia” con sus amigos de La Boyada, en el Cerro, en rectángulo de cemento que aún sobrevive frente a la casa donde creció. Ahí, entre vecinos, hermanos mayores y gurises de todas las edades, el fútbol nunca desapareció del todo. Solo parecía haberse corrido de lugar.
Nadie —ni siquiera él— podía imaginar que un puñado de años después uno de ellos iba a hacer goles en el Estadio Azteca o se preparara para pisar el césped del Santiago Bernabéu para jugar contra el Real Madrid (este jueves 16:00 horas por la fecha 36 de LaLiga de España). En otras palabras, ninguno de aquellos pibes pensó llegar a la élite del fútbol mundial, ni ponerse la camiseta de la Celeste y ser dirigido por Marcelo Bielsa, ni mucho menos tener cualquier remota posibilidad de jugar un Mundial con la selección uruguaya.
La historia de Fede Viñas no se parece a la de casi ningún futbolista. No hubo academia privada ni recorrido completo de divisiones juveniles. No hubo selección sub 15, sub 17 ni sub 20. No hubo una escalera ordenada. Hubo barrio, trabajo y un paréntesis. Pero lo principal es que hubo una segunda oportunidad.
La infancia en La Boyada
Federico Viñas nació el 30 de junio de 1998 en Montevideo, en una familia numerosa en el barrio La Paloma, cerca del Cerro. Su madre, Fabiana Barboza, lo resumió fácil: “Son siete hermanos en total. Él se crió acá, en La Boyada, con todos los vecinos”. Y también sostuvo, en diálogo con Ovación, que la pelota apareció en simultáneo a los primeros recuerdos. “Le hacíamos pelotitas de papel y me rompía toda la casa. Después se iba a jugar enfrente, en la iglesia. Siempre con una pelota y siempre entre los más grandes”, recordó.
Físicamente siempre fue distinto. Más fuerte, más grande que la mayoría de los de su edad. También más atrevido. “Yo tengo hijos de categorías 91 y 93, y él, siendo mucho más chico (98), siempre estaba metido ahí”, contó la mamá.
El fútbol organizado llegó temprano. Primero en baby fútbol en un cuadro de barrio llamado La Alianza, y después en Nuevo Juventud de La Teja. Más adelante tuvo un paso por la Séptima de Liverpool. Tuvo la base y las condiciones para seguir intentando, pero entonces simplemente no lo eligió.
Cuando el fútbol dejó de ser prioridad
Cuando el fútbol dejó de ser prioridad, Viñas todavía era apenas un adolescente. Y con tiempo libre porque también había dejado de estudiar, quiso tener sus cosas y en consecuencia su plata, y se puso a trabajar.
En aquella etapa el que más estuvo a su lado fue Fabián Morales: primero su vecino, después su cuñado y después su amigo, casi un hermano mayor.
“Cuando yo me fui a vivir con ellos, porque estaba en pareja con su hermana, Fede ya no jugaba más. Había dejado el fútbol y estaba con esa idea fija de trabajar. Me decía todo el tiempo que quería trabajar, que quería trabajar. A mi viejo no le convencía mucho porque todavía era muy gurí y el nuestro era un trabajo bastante físico. Pero tanto insistió que arrancó”, relató Fabián. Tenían un reparto de chacinados: salían temprano, cargaban mercadería, recorrían comercios, descargaban jamones.
“No teníamos ni horario fijo. Mi viejo iba hasta San José, cargaba el camión y después pasaba a buscarnos por acá y salíamos a recorrer Montevideo. Básicamente descargábamos todo en diferentes locales, sobre todo por el Centro, y nos dejaba de vuelta en casa. Pasábamos rato arriba del camión, todo el día tomando mate, conversando, cagándonos de risa. Así pasamos casi dos años”, recordó. Le encantaba jugar al fútbol y “andaba volando”, pero había elegido otro estilo de vida.
Fabián todavía sonríe cuando recuerda aquella época, porque incluso físicamente Federico estaba lejos de parecer un futbolista profesional: “Fede era medio gordito. Estaba pesado. Tampoco era mucho de salir, en ese sentido era muy tranquilo. Éramos nosotros. El núcleo era la hermana, Fede y yo. A todos lados iba conmigo. Si íbamos a la cancha, iba conmigo. Si había un campeonato, iba conmigo. Donde yo iba, estaba Fede”.
Aunque en esos años el fútbol seguía presente, no bajo estructuras profesionales. Pero la pregunta retumbaba cada vez que le tocaba a Federico jugar: “¿Cómo puede ser que no juegue?”. Según recordó Fabián, con poco marcaba la diferencia en cualquier torneo barrial, campeonato de fútbol 5 o en "la canchita de la iglesia".
“Jugábamos muchísimo ahí enfrente y todo el mundo hablaba de sus condiciones. Y yo por supuesto que muchas veces lo hablaba con él: ‘Fede, vos tenés que jugar al fútbol’. Y él siempre me contestaba lo mismo: ‘No, yo quiero trabajar’. Y seguíamos en la misma.
Durante un buen tiempo esa fue su realidad: camión, reparto, barrio, picados y mate. Nada más. O al menos era lo que parecía, porque aunque Viñas había dejado el fútbol, el fútbol todavía no lo había dejado a él.
"Desde el primer día vi algo diferente"
El punto de quiebre en la historia de Fede Viñas fue durante el verano de 2017, en una tarde larga y ordinaria tomando mate en el barrio, que con el paso de los años terminaría por explicar gran parte de una carrera improbable.
La pregunta de volver a jugar al fútbol ya era repetitiva, y aquella tarde la respuesta del joven fue diferente. “Ese día estábamos sentados afuera de casa, como tantas veces, y le digo: ‘Fede, vos tenés que jugar al fútbol’. Mediante un conocido que trabajaba en el cuerpo técnico, me había enterado de una posibilidad para hacer una prueba en Mar de Fondo”, que entonces jugaba en la Primera División Amateur.
Aunque Viñas no dijo que sí de inmediato, puso una condición y dejó la puerta entreabierta: “Me miró y me dijo: ‘Yo voy si vos vas’. Y yo le dije: ‘Pero yo ya no estoy para jugar, ya tengo mis hijos, estoy trabajando…’. Y él me insistió: ‘No, si vos no vas, yo no voy’. Y bueno… no me quedó otra que acompañarlo”.
El día de la prueba llegaron juntos. Era un miércoles de noche y, según recuerda Fabián, había cerca de 40 jugadores buscando una oportunidad. Algunos llegaban de otros clubes, otros venían de ligas amateurs, todos peleando por un lugar. Para Viñas, que llevaba años lejos del fútbol federado, el contexto podía ser intimidante. Para Fabián, en cambio, era el momento de ponerlo frente a una realidad que él creía inevitable.
“Cuando entramos le dije: ‘Fede, vos jugás de nueve. Yo voy al otro cuadro y juego de zaguero’”. Lo que pasó después fue tan rápido como inesperado para casi todos, menos para quien lo había llevado hasta ahí.
“Jugamos 15 minutos… 15 minutos, nada más. Y Fede había hecho cuatro o cinco goles. Me pasaba como agua, tenía una zurda tremenda, una potencia… Los técnicos se miraban entre ellos. Lo primero que decían era: ‘Está medio pesadito, pero cómo juega este gurí’”, relató Fabián.
Pero su etapa en Mar de Fondo terminó antes de empezar, porque apareció un actor de reparto que terminó siendo protagonista directo en la carrera del jugador: Daniel Gutiérrez, hasta hoy su representante.
“Todo empezó con un amigo con el que hacía más de 20 años que no hablaba: Aldo Larrosa”, recordó Gutiérrez. “Me dijo: ‘Dani, estoy en el cuerpo técnico de Mar de Fondo y vino un nueve muy bueno que me gustaría que vieras’. En realidad no era habitual para mí ir a ver jugadores juveniles, porque estaba enfocado en otra cosa, en intermediaciones y Primera División. Pero tuve ese presentimiento… esa sensación de que podía pasar algo”.
La curiosidad pudo más que la rutina y Gutiérrez armó un amistoso entre Mar de Fondo y Villa Española para tener una referencia más clara, y fue a ver un partido de fútbol que también a él le cambiaría la carrera de representante.
Viñas entró en el segundo tiempo. El contexto ya no era una práctica entre aspirantes, sino un amistoso formal frente a un rival con estructura profesional. E hizo lo que sabía hacer: “Hizo dos goles. Pero sinceramente no fueron los goles lo que más me llamó la atención, sino la forma de correr, la elegancia, la potencia, cómo atacaba los espacios… había algo distinto. No era normal”.
El dato que para el agente hacía todavía más llamativa la situación era que Viñas ya tenía 18 años, hacía tres que no jugaba al fútbol federado y estaba trabajando como repartidor. No tenía recorrido en juveniles ni procesos formativos completos. En los papeles, llegaba tarde a todo.
Pero Gutiérrez salió de aquella cancha con una certeza: había que hacer una apuesta teóricamente arriesgada, pero que valía la pena. “Desde el primer día vi algo diferente. Mucha gente podía pensar que ya era tarde, que sin hacer todas las formativas no se podía llegar. Yo nunca creí en eso. Lo vi y supe que había algo especial”.
A partir de esa noche, la historia de Federico Viñas dejó de pertenecer solamente al campito de la iglesia, a los torneos de barrio o a los viajes en camión. Por primera vez en años, el fútbol profesional volvía a abrirle una puerta.
La chance en Juventud de Las Piedras
La puerta que terminó de cambiarle la vida se abrió en invierno de 2017, cuando Federico Viñas dejó atrás la prueba en Mar de Fondo y fue hasta Las Piedras para probarse en Juventud. Habían pasado apenas unos meses desde aquel regreso improvisado al fútbol organizado, después de años de reparto, torneos de barrio y picados en La Boyada, pero para entonces Daniel Gutiérrez ya no tenía dudas de que estaba frente a algo fuera de lo común.
“Esto fue en julio de 2017. Durante un mes intentamos abrir algunas puertas que no se abrieron, hasta que Juventud nos dio la chance”, recuerda el representante. “A través de Julio Rabino, que era gerente deportivo, y de Álvaro Fuerte, que dirigía la Cuarta, les dije: ‘Hay un nueve con condiciones tremendas, casi sin formación, pero es diferente. Quiero que lo vean’”.
En Juventud lo recibieron a mitad de temporada, con la Sub 19 ya compitiendo y sin demasiado margen para apuestas. Álvaro Fuerte llevaba algunos años trabajando en formativas del club y estaba acostumbrado a detectar talento, pero también a entender cuándo un futbolista necesitaba algo más que condiciones.
“Si bien Federico había tenido un proceso de formativas hasta Sub 14, también un impasse de casi tres años”, remarcó Fuerte. “En un primer momento su condición física no era la adecuada, eso era evidente. Pero en los dos entrenamientos que lo vimos mostró ciertas cualidades y un potencial que entendimos que podían ser muy rentables para nuestro equipo a corto plazo”.
No hacía falta verlo mucho para detectar algunas cosas difíciles de enseñar. Su físico todavía estaba lejos del ideal, pero había movimientos naturales que llamaban la atención incluso antes de que tocara demasiado la pelota. “Uno observa detalles: cómo se posiciona, cómo ataca los espacios, cómo interpreta el juego”, explicó Fuerte. “En lo físico no lo ayudaba, pero por su porte defendía muy bien el balón, se lo veía muy seguro en el juego aéreo, muy firme en el roce. Cuando terminó el entrenamiento lo invité a quedarse unos minutos más y ahí me dio garantías de que, con acompañamiento y trabajo físico, nos podía aportar mucho”.
Le hablaron fuerte y claro: “‘No tenemos tiempo. Tenés que bajar varios kilos en pocos meses’, le dijimos. Y él hizo lo que tenía que hacer”.
Viñas, que hasta hacía semanas seguía subiéndose a un camión para repartir chacinados, entendió que aquella era probablemente la última oportunidad real de jugar al fútbol profesional. Bajó de peso, cambió hábitos, se instaló en la residencia de La Chacra y empezó a absorber todo. “Se comprometió”, recordó Gutiérrez, pero sobre todo destacó todo lo que ya tenía incorporado: “La técnica, la potencia, el remate, el salto, los controles… sinceramente, como llegó a Juventud para mí ya estaba para jugar en Primera”, confesó. La carrera en el pedrense fue de pasos agigantados: un semestre en Cuarta y al siguiente, en enero 2018, debut profesional en la B, porque el propio Fuerte había sido nombrado el entrenador de un equipo recién descendido.
Compartió ataque con Joaquín Zeballos e hicieron estragos. Juventud ascendió rápidamente y llegó el debut absoluto en Primera División, en la A. Jugó la Liga AUF Uruguaya 2019 desde enero hasta agosto: los 15 partidos de aquel Apertura y cinco del Intermedio, e hizo en total cinco goles. Pero su rendimiento bastó para llamar la atención de uno de los mercados más importantes del continente: el mexicano.
“Una de las primeras cosas que observamos fue su facilidad de adaptación al cambio. Era muy receptivo, muy respetuoso, de bajo perfil, siempre dispuesto a mejorar. Callado afuera de la cancha, pero adentro tenía una fortaleza física que lo hacía notar. Le gustaba el roce, la confrontación, ganaba la mayoría de los duelos”, aseguró Álvaro Fuerte sobre Viñas, y cree que son las virtudes que lo hicieron escalar tan rápido en el exterior. Jugó seis meses en Juventud y saltó al América de México. No jugó en Peñarol ni Nacional, ni otro club puente de Sudamérica.
“La noche antes de firmar, Fede me llama y me dice: ‘Guti, no quiero ir’”. El club que lo quería era nada menos que el América. “Le dije: ‘Fede, el fútbol es uno solo. En el barrio, en Uruguay o en el Bernabéu. Vas a estar a la altura’”. No tardó en demostrarlo. Veinte días después de aterrizar en México, Viñas debutó en el mítico Estadio Azteca, clásico contra Pumas ante más de 80.000 personas en las tribunas. Entró a los 76’ y a los 77’ tocó su primera pelota, que terminó en gol.
Federico Viñas (@fedevinas20), de Juventud a America. Debut soñado ante los Pumas de la UNAM. Ingresó y al minuto la mandó a guardar. pic.twitter.com/4Inn9Uoh7O
— Rodri Vázquez (@RodriVazquez95) September 15, 2019
Supo reinventarse cuando quedó relegado en el América, y les pagó siendo el goleador de la liga mexicana cuando pasó al Club León. Una lesión le privó un pase al Nápoli “prácticamente cerrado”, pero su ambición lo llevó a Europa con 26 años. Hoy hace goles para Real Oviedo en una de las ligas más prestigiosas del planeta y sueña con un Mundial. Su carrera empezó algo tarde, pero derriba objetivos como defensas en el área.
“Es un jugador tocado”, sostuvo Fuerte al recordar la anécdota. “No le pesó cambiar de país, estar lejos de su familia, ni una lesión, no le pesó nada. Tiene mentalidad de élite”. Por eso todos los que conocen su camino lo imaginan con la Celeste, haciendo goles en partidos importantes, como los de un Mundial.