Lubbock, en el noroeste de Texas, no es una ciudad muy conocida en Estados Unidos salvo por un par de detalles pintorescos: allí nació Buddy Holly, pionero del rock and roll, y está en el corazón de la zona de mayor producción algodonera del país. En Lubbock viven más de 250.000 personas. Gabriel Isaac Sueiro Iglesias y Sandra Elizabeth Silva Cantera eran dos de sus habitantes hasta hace unos seis meses y para ellos es “como un pueblo”. Eran los uruguayos de Lubbock.
Martes, unos minutos después de las 11.30 de la mañana. Con una mochila en el hombro, Sueiro y Silva —que son pareja— llegan a la redacción de El País. Caminan tomados de la mano, ambos con camperones para el frío. Caravanas en ambas orejas, él ríe amable. Ella, rostro serio y mirada algo perdida, apenas atina a saludar. Como si no quisiera estar donde está. Pero sí: leyeron un informe anterior sobre el tema publicado en esta misma sección y quieren contar su historia. Esa que empezó con la ilusión de una nueva vida en Estados Unidos y, según relatan, terminó de la peor forma: expulsados del país, se supone que por estar indocumentados y después de dos meses en diferentes cárceles de Texas que describen como “aterradores”, por los malos tratos y abusos a los que dicen haber sido sometidos.
Lo que sigue es su versión de los hechos. El País consultó a la Oficina de Asuntos Públicos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por su sigla en inglés) de Estados Unidos, que envió por correo electrónico una declaración que detallaremos más adelante.
De Montevideo a Texas
Sueiro (39 años) nació en Paraguay pero su familia es uruguaya; antes de emigrar a Estados Unidos, vivió en ese país, en Brasil y en Uruguay. Acá tenía una herrería. Silva (53 años) tenía almacén en Nuevo París (“dos veces me pusieron un revolver en la cabeza, no era feliz acá”) y dice que decidió emigrar por una situación violenta vinculada a una expareja. “Queríamos vivir en paz”, cuenta. Cinco años después y de regreso en Uruguay, espera la hora con psicólogo para el 2 de octubre en el Maciel: se siente mal por pasar “de tener todo a no tener nada”.
Ellos se fueron en enero de 2021; vivieron en Miami, después en Nueva Jersey y al final se instalaron definitivamente en Texas. ¿Por qué Lubbock? “Porque era barato y tranquilo”, dicen juntos.
—¿Vivían bien allá?
—Claro que sí. En 2021 él consiguió trabajo, después se hizo su herrería —dice Silva—. Yo empecé limpiando casas, hasta que me contacté con los chinos por la aplicación Alibaba, puse mi joyería, con cosas que traía de China. Vendía con plataformas online. Ahí compramos la casa, las camionetas.
En el invierno él también hacía de delivery con su auto, porque bajaba el trabajo en el oficio.
El 9 de enero de 2026 fue el día fatal.
Todavía indocumentados, Sueiro y Silva se encontraban en trámite para conseguir la residencia.
—En realidad entre estar ilegal y legal en Estados Unidos la principal diferencia es que uno no puede salir del país y el otro sí —simplifica Sueiro—. Después te podés comprar auto, tenés libreta de conducir, crédito, número de identificación social, pagás impuestos, podés tener accesos a beneficios sociales.
Él se ríe cuando cuenta lo que pasó. Ella sigue con la mirada perdida.
—Ese día yo agarré las cajas y le dije a ella: ¿me preparás el mate?
Silva no quería ir.
—“No jodas, venite conmigo, va a ser rápido”, le insistí. Eran 20 entregas para Amazon y todo cerquita.
Ella le dijo que no, que estaba esperando un material. Pero al final cedió:
—Me entré a bañar y cuando salí le dije: “Vamos que te acompaño”.
Salieron y unos minutos después los paró la policía, por un farol que supuestamente no había funcionado al doblar.
—Me pareció raro. Claro que era mentira. Yo tenía tanta tranquilidad que prendí los señaleros y salí a mirarlos. Luego volví, tranqué la puerta con la ventana entreabierta. Ella me dijo que había algo raro. Cuando queremos ver...
—Estábamos rodeados.
—Llegaron un par de autos particulares, se bajaron todos con arma en mano. Altamente agresivos. Como si fuéramos terroristas. Les mostramos los pasaportes, que los llevábamos arriba.
—Por tu bien salí, me dijeron —relata él—. Uno metió la mano en el hueco de la ventana, apagó la camioneta, me sacó la llave. Esposas y para adentro del coche policial.
Solo Sueiro hablaba inglés.
—A mí no me gusta hablar inglés —dice Silva.
—Yo les pedí hablarle a mi esposa para que se bajara en una buena y no se pusiera nerviosa. Vi cómo la forcejeaban.
—A mí me sacaron de los pelos, me tiraron contra la camioneta sin explicación alguna. Me abrieron la cartera, revisaron y sacaron todo. Me agarraron el celular y me pidieron que lo desbloqueara.
La primera parada fue en un centro de detención que no era exclusivo para inmigrantes, el Lubbock County Sheriff’s Office.
—Me pusieron en una celda donde estaba otra persona que también habían agarrado de inmigración y una persona que había acabado de matar a alguien —cuenta el hombre.
—¿Qué pensabas?
—Lo primero que pensás es “bueno, en una de esas ya me mandan rápido a mí país”. Yo pedí para hacer una llamada a un conocido que trabaja con abogados y me dijeron que no tenía derecho.
Ella estaba en el mismo centro de detención pero en otra parte.
—Era una cárcel. Yo estaba entre rejas. No había hecho nada, solo era una inmigrante que estaba esperando los papeles.
—¿Les hablabas en español?
—Sí, en español. Y me entendían, claro. Me llevaron a una pieza con cámaras y el aire a todo dar… Aire frío.
Sandra Silva no puede seguir, se quiebra y llora fuerte.
Él no la contiene ni la abraza pero saca de la mochila una botella con agua.
Hay casi un minuto de silencio. Después a ella le sale una voz finita. Habla como puede, entre llantos:
—Había policías mujeres y hombres. Me sacaron las esposas, me hicieron poner mirando la pared, me sacaron toda la ropa, me sacaron la ropa interior. Me manosearon. Les dije por qué me hacían eso y me dijeron que me callara la boca. Ahí estuve 24 horas encerrada yo sola. Tenía mucho frío y yo sufro de asma. Estaba tirada en un rincón.
Lo que dice Silva no es algo tan extraño. Hace unos meses, 19 mujeres presentaron una demanda ante la ciudad de San Francisco tras ser detenidas y ser obligadas a desnudarse en la cárcel durante un registro corporal, en el cual los oficiales las habrían agredido y grabado.
Sueiro no se quiebra.
Dice:
—Para ella fueron las horas más aterradoras de su vida. Y yo en menos de 48 horas sufrí ocho cateos. Buscaban droga, cosas que no tienen lógica.
Entonces dicen que les prometieron: “Si ustedes firman (una salida voluntaria) en dos semanas están en casa”. Pero pasarían casi dos meses.
Preso "en la heladera"
A Silva y Sueiro les tomaron fotos y les hicieron fichas que luego fueron posteadas el 10 de enero en el Facebook e Instagram de una página que publica fotografías policiales (mugshots) y registros de arrestos de personas en el condado de Lubbock. Allí están sus datos personales y dice que fueron arrestados por ICE.
Antes de ser transportados a un centro de detención, se vieron de lejos.
—Ella estaba esposada, con las manos para atrás, toda llorosa.
—Me habían puesto una cadena gruesa atada a la cintura y unos grilletes en los pies.
—¿Por qué?
—En todos los traslados te lo hacen y te lo sacan al llegar.
—Cuando caminás vas paso al paso —cuenta él—. Para subir al coche te ponen una escalerita y te van subiendo. Si te caíste, te tropezaste o no podés, lo siento.
—Es humillante.
En Estados Unidos el traslado de presos entre cárceles está diseñado bajo un estricto protocolo de máxima seguridad que busca anular casi por completo la movilidad del recluso para evitar fugas o agresiones.
La siguiente escala sería el centro de detención de Bluebonnet, una cárcel privada para inmigrantes ubicada en Anson, Texas. Un centro que tuvo notoriedad pública en 2025 porque un grupo de 31 migrantes venezolanos se colocaron en el patio para deletrear con sus cuerpos un mensaje de “SOS”, que fue captado por un dron de la agencia Reuters. Los detenidos temían el envío a una prisión de máxima seguridad de El Salvador.
Al principio en Bluebonnet Sueiro quedó en lo que llama “una zona de triaje”, una transición antes del destino final.
—Ahí a los hombres nos metieron en una sala que los mismos guardias le decían “the fridge” o “la heladera”, porque en su propia expresión éramos “new meat”, un paquete de carne. Era una sala pequeña, de dos metros y algo por unos tres metros: en el grupo masculino éramos más de 30 personas en una celda que era para 20 personas máximo. Y había cuatro wáter sin pared ni nada. Estuve ahí dos días.
De allí pasó a un galpón con 210 camas, pero rápidamente iría a un peor lugar: una celda de castigo.
Dice que le preguntó a un guardia por su pareja, ya lo había hecho varias veces y le habían respondido que tendría derecho a un encuentro.
—Me dijeron que iban a hablar con un supervisor. A las horas lo vi al supervisor, le pregunté pero la respuesta fue que no tenía derechos. En inglés le dije: “Perdoname pero vos me estás hablando en español muy bien y yo te quiero demostrar que hablo bien inglés y sé que por ley puedo ver a mi pareja”. Me agarró de la mano, me torció y me mandó para la cama. Por acción y reacción le pegué. Entonces me agarraron entre cuatro, me esposaron y me metieron en una sala de castigo.
Sobre esa celda, dice que era una sala muy pequeña, sin ventana y con un baño. Solo había una rejilla en la puerta.
La Oficina de Asuntos Públicos de ICE respondió por correo electrónico a El País que los centros de detención de ICE están sujetos a “directrices rigurosas, aplicadas a nivel federal, que priorizan la seguridad, la atención médica y los derechos de los detenidos” (ver recuadro más abajo).
Antes del viaje de regreso a Montevideo, Sueiro pasó por el centro de detención de Eden (una prisión privada de mediana y baja seguridad que para él era “como un galpón abierto”) y por el de Prairieland en una celda solitaria junto a otro hombre con una hora al día de patio, según su versión.
—¿Y ustedes por qué no denunciaron todo esto a las autoridades?
—¿A quién? Hay gente que nos ha dicho que se podría hacer un juicio, pero lo más probable es que vas a perder.
—¿Nunca se les presentó alguien del consulado o de la embajada uruguaya?
—No. Quise entrar en contacto con la embajada uruguaya pero no pude. Yo le dije a los de ICE que quería que se comunicaran con mi embajada, no por mí, para saber de ella. Pero en la cárcel había una lista de países con teléfonos y ahí Uruguay no estaba.
La respuesta de ICE a El País: "Tomamos en serio las denuncias relativas al trato de las personas"
El País consultó a la Oficina de Asuntos Públicos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por su sigla en inglés), que respondió sin dar información concreta sobre la detención de Gabriel Sueiro y Sandra Silva pero sí con una declaración sobre el centro de Bluebonnet. Allí dicen que “ICE toma muy en serio las denuncias relativas al trato de las personas bajo su custodia”. Sin embargo, “las acusaciones de carácter general —que carecen de fechas, información sobre las unidades u otros datos que permitan a ICE identificar los incidentes descritos— resultan difíciles de corroborar o de investigar”.
También que “las instalaciones de ICE están sujetas a las Normas Nacionales de Detención y a las Normas Residenciales para Familias; se trata de directrices rigurosas, que priorizan la seguridad, la atención médica y los derechos de los detenidos”.
Informan que “garantizar la seguridad y el bienestar de las personas bajo custodia de ICE es una prioridad absoluta”. Y que “los centros de detención de ICE deben operar conforme a las normas establecidas que regulan la atención médica, el suministro de alimentos y agua, la recreación, la comunicación, el acceso a asistencia legal, las facilidades para prácticas religiosas”.
“ICE ha mantenido estándares de atención de alta calidad —que incluyen servicios médicos, de salud mental y odontológicos— para los extranjeros indocumentados. Para muchos de ellos, esta es la mejor atención médica que han recibido en toda su vida”, aseguran.
Además, “los detenidos tienen acceso a una lista gratuita de servicios legales y a una biblioteca jurídica, y pueden utilizar diversos medios para comunicarse con sus abogados, tales como visitas presenciales, llamadas telefónicas y videoconferencias”.
ICE “reafirma su compromiso de mantener condiciones de detención seguras y humanas, así como de garantizar que las personas bajo su custodia sean tratadas con dignidad y respeto”.
La vuelta a Montevideo
Silva fue liberada el 23 de febrero. Dos días después llegó a Carrasco.
El viaje de regreso lo recuerda así:
—Esposada, con tremenda cadena en la cintura y grilletes en los pies, me hicieron caminar todo el aeropuerto y la gente me miraba. Me daba vergüenza. Entré sola al avión pero hasta que no despegó, no se fueron. Y después me dejaron tirada en San Pablo.
—¿Cómo?
—El pasaje que pagó Estados Unidos, con escala en Colombia, terminaba en Brasil. Ahí me hicieron esperar porque no estaba mi boleto a Montevideo. Reclamé y recién volví al otro día.
Sueiro Iglesias retornó a Montevideo con unos 10 kilos menos. Lo liberaron el 2 de marzo y llegó a Uruguay recién el 6. Porque había una última sorpresa.
—A ella la dejaron subir sin esposas al avión; a mí no me las sacaron hasta que me senté. Los oficiales me acompañaron hasta el asiento. Uno de ellos me dijo “buena suerte” y se dio media vuelta.
En Colombia se enteraría que el viaje final sería dos días después y a Asunción.
—Me mandaron a Paraguay porque nací ahí... Pero yo quería volver a Montevideo y así lo había pedido. Yo soy nacionalizado uruguayo —relata.
En Carrasco lo paró Interpol al pasar por inmigración, lo retuvieron un rato pero luego pudo entrar. Según confirmó El País, Sueiro fue condenado en 2012 por un delito en Uruguay pero ya extinguió la pena y no guarda relación con los hechos.
Hoy viven en un altillo en una pensión donde son los únicos uruguayos.
—¿No consiguen trabajo?
—Yo busqué hasta de limpieza —responde él—. Buscás trabajo, te piden antigüedad, le explicás que vos no vivías acá y te dicen que te van a llamar
—¿Y cómo viven entonces?
—Vendiendo en la calle plásticos, trapos de piso, escobas. Gracias a Dios todos estos meses comimos. Pero sobrevivimos. No hay un margen para ropa o para un gusto.
Ella quiere trabajar como cuidadora de enfermos; él poner un negocio.
Si bien la legislación estadounidense protege el derecho a la propiedad privada y una orden de deportación no anula de manera automática los derechos financieros de una persona, los fondos de los deportados pueden ser congelados y se suele sugerir que es bueno designar cotitulares “de confianza” en las cuentas bancarias.
Ellos aseguran que perdieron la casa y los autos que tenían en Estados Unidos, y casi todo el dinero.
—Tenía cuentas en el Bank of América y en el banco Well Fargo. Tenía plata —dice ella—. Pero las bloquearon.
—Yo tenía una tarjeta prepaga, Cash App, que fue el dinero que conseguí sacar y traer acá, unos 400 dólares.
—¿Y ustedes por qué querían que se conociera su historia?
—Leímos una nota anterior —dice Sueiro, en referencia al informe que se publicó el 6 de setiembre, con relatos de deportados que piden ayuda estatal— y vi los comentarios negativos de muchos en las redes sociales. Yo quiero que la gente sepa que uno no vino con toda la plata y que encima quiere vivir del Estado. Si yo hubiera vendido mi casa, las cosas, mi camioneta, el auto de ella, acá viviríamos como reyes. No estaríamos tirando manteca al techo, pero no estaríamos en una posición de vulnerabilidad.
—¿Qué puertas tocaron?
—Uno pide ayuda al Mides y te dicen que no te pueden dar nada porque no tenés niños. Y no tenés perfil para el refugio. Vas al centro de inmigrantes: no te corresponde, no sos inmigrante. Hablás con Cancillería y te dan un papel para acceder a una garantía para alquilar, que es un chiste, te piden una base de ingreso de 40.000 pesos. Acá nos hemos sentido rechazados por nuestro gobierno y hemos visto cómo a una pareja de extranjeros el Mides le paga la pensión. ¿Y yo no tengo ni un soporte emocional?
—Mirá que nosotros allá lo teníamos todo. Y lo perdimos.
-
“Es como volver a emigrar”: uruguayos deportados de EE.UU. reclaman por la falta de empleo y ayuda estatal
Diáspora de uruguayos alerta que decreto de Lacalle genera deportaciones en EE.UU.
En un año Estados Unidos deportó a 100 uruguayos: cifras récord en 2025 y cómo es empezar de cero en Uruguay
Uruguay busca mejor estrategia para resistir presión de EE.UU. sobre deportados: observa postura de Argentina