Tal vez tenga que ver con que somos un país muy envejecido, o que vive en una nostalgia tanguera añorando tiempos que supone mejores. Pero no deja de llamar la atención el poder que tiene la historia para generar reacciones pasionales en Uruguay.
La semana pasada en este espacio dedicamos media columna a una crónica sobre el evento anual de recuerdo a Aparicio Saravia en Masoller. Allí hicimos alguna valoración crítica y nada original sobre el batllismo, muy en línea con cosas que antes han dicho desde Pedro Figari a Real de Azúa, pasando por Pivel Devoto o Reyes Abadie. Pero la misma generó un torrente críticas. Algunas elegantes como la del ex presidente Sanguinetti, otras más airadas como el ex legislador Ope Pasquet... E incluso algunas insidiosas, como la del buen amigo Alfredo García, que nos acusó de hacer un relato “bucólico y edulcorado”, y nos instó a callarnos la boca. Cosa que una persona tan locuaz como Alfredo sabe que es imposible. Al final del día, esta boca es mía, como dicen por ahí.
Un segundo episodio, más complejo y revelador, fue el de la entrevista a una historiadora hecha por otro amigo, Jorge Balmelli. Allí, volviendo sobre un tema que le genera una pasión digna de mejor causa (cada vez que hemos ido a alguno de sus programas, pregunta lo mismo), Balmelli le consulta a la señora si El País había sido el diario de la dictadura. A lo cual ésta responde que sí, “porque su redactor responsable fue consejero de estado”.
Se trata de un tema tan trillado como ridículo. Parte, de la obsesión rencorosa de un grupo de gente por asociar siempre a un medio que tiene 108 años de vida con una década en particular, donde hay muy pocos que puedan sacar pecho por su principismo. Mucho menos quienes se suelen vestir de jueces. La respuesta, además, genera la sensación de que el diario se benefició de ser un portavoz orgánico del régimen, cosa que es falsa.
Como también es falso que el único accionista del diario que fue consejero de estado haya sido redactor responsable. Y, aunque lo hubiera sido, eso significaba absolutamente nada en la estructura de poder del diario en aquellos tiempos. De hecho, en los diarios de los años 70 era un cargo que ni siquiera aparecía en el “colofón” de las autoridades de la empresa.
Por supuesto que esto es muy fácil de saber para un investigador que consume suculentos fondos del erario público. Como también es simple de saber que en esos tiempos, en un diario había muchos centros de poder, que no solo no había posiciones alineadas, sino que era común que hubiera peleas, contradicciones, y hasta triquiñuelas como cambios de textos en las últimas horas antes de la impresión final.
El problema es que para un número demasiado importante de investigadores de nuestra historia “reciente”, el fin no es entender la realidad de lo que pasó, con sus matices y complejidades. Sino consolidar un relato donde en Uruguay hubo una especie de batalla permanente entre un progresismo bueno y generoso, primero representado por Batlle y luego por la izquierda, contra los mega-ultra-villanos-conservadores, donde estaría el sector agropecuario, el herrerismo, los medios de comunicación, los empresarios.
Es tan caricaturesca esta visión que pone en el mismo bolso a El País con el herrerismo, dejando de lado la pelea que enfrentó a estas visiones durante años. O que se omita que la figura políticamente más relevante del diario El País, que era Washington Beltrán (a quien no dudarían en pintar como conservador de manual), escribió hasta que se cansó en contra del golpe.
Esto no quita que El País haya publicado en un siglo de vida textos que leídos hoy dan pudor. De hecho, revisando estos días un ejemplar de 1976, vimos un panegírico de Aparicio Méndez que a los ojos actuales es un bochorno.
Ahora, la labor del historiador, como del periodista, es ayudar a la gente a entender lo que pasa, o lo que pasó. Y eso no se logra sin una ambición mínima de entender el contexto. Por ejemplo, cuánto del apoyo de algunos directivos de El País de entonces a la dictadura vino del miedo a la alternativa (cuyos resultados hoy sabemos trágicos). O cuánto era respuesta personal a los atentados y violencia que sufrieron algunos de sus jerarcas en los 60 y 70.
Más allá de eso, no es difícil reconstruir que en ningún momento del siglo largo del diario hubo posturas monolíticas. Siempre hubo choques entre generaciones y entre personalidades. Que en momentos se impusieron unos, y luego otros. Pero hay un dato que no tiene contraste. Y es que El País salió de la dictadura casi fundido, pero siendo el diario preferido de los uruguayos.
Ahora, como eso no pega con el relato al mejor estilo de película de Disney que se busca imponer, quedará convenientemente por fuera del análisis de algunos. Que pese a recibir plata de todos, son activistas y no investigadores.