De enemigos de sangre a socios de gobierno: blancos y colorados definen su futuro a 190 años de su origen en Carpintería

El Partido Colorado y el Partido Nacional conmemoran los 190 años de la primera vez que se enfrentaron las divisas, mientras discuten, desde un presente muy distinto, qué tan separados o juntos deben seguir en el futuro inmediato, cuál es el peso de su identidad, y qué es ser blanco y colorado hoy.

Hace 190 años, un campo en Durazno fue el escenario de un emblemático enfrentamiento entre dos bandos de una patria ya independiente pero aún en estado fermental. Unos llevaban el distintivo blanco que había identificado a los artiguistas, con la frase “Defensores de las Leyes”. Los otros, según una vieja versión, habían elegido el celeste de la escarapela nacional, pero el sol y la lluvia lo desteñía hasta confundirlo con el color adversario. En un enfrentamiento a muerte, eso era algo que no se podía permitir. Así que los sublevados arrancaron el forro colorado de sus ponchos patrios y lo tomaron como insignia.

Sin saberlo, ambos bandos estaban plantando la semilla de los dos partidos políticos más viejos del país, los más añejos de América Latina y de los más antiguos de todo el mundo. Mucho pasó desde entonces: los enfrentamientos con las armas dieron paso a negociaciones políticas y disputas en las urnas; luego la competencia convivió con acuerdos cada vez más profundos, hasta que la cooperación llegó también, más recientemente, al terreno electoral. Blancos y colorados, las dos identidades que edificaron la historia política del Uruguay, conmemoran hoy sábado 19 de setiembre los 190 años de la batalla que los enfrentó por primera vez, mientras discuten, desde un presente muy distinto, qué tan separados o juntos deben seguir en el futuro inmediato.

La discusión, que tiene un plano de compleja ingeniería electoral, también ha reconectado a dirigentes, militantes y simpatizantes con los debates sobre la identidad de sus respectivos partidos, y les ha advertido que esa centenaria pregunta sobre cómo evitar que los colores se destiñan sigue ahí, ahora no para reconocer al enemigo, sino también como una forma de reconocerse a sí mismos.

De ayer a hoy

El nacionalista Luis Alberto Lacalle Herrera y el colorado Julio María Sanguinetti son, entre muchas otras cosas, los últimos presidentes uruguayos electos bajo la antigua ley de lemas, el sistema electoral de una sola vuelta, en el que cada partido podía presentar más de un candidato presidencial al mismo tiempo. Lacalle (85 años) fue el último blanco electo mediante ese sistema y Sanguinetti (90) el último de los colorados. Los dos representan un viejo tiempo en que blancos y colorados se disputaban el poder y se dejaban heridas que hasta hoy están marcadas. Pero son también actores protagónicos de la historia que llevó a las dos divisas históricamente enfrentadas a pasar a una etapa de cooperación que se acentuaría a partir de la instalación del balotaje.

Así que si uno quiere saber qué es ser blanco y colorado, y cuánto han cambiado esas identidades en casi dos siglos de historia, una conversación con los dos expresidentes es un buen lugar para comenzar.

Bandera blanca y colorada
Bandera blanca y colorada.
Foto: Leonardo Mainé.

Lacalle Herrera nos recibe una mañana en la Sala de los Presidentes de la Casa del Partido Nacional, frente a la Plaza Matriz. En la pared hay seis retratos, uno por cada mandatario de la divisa blanca. Arriba del todo: Manuel Oribe, el fundador. En el medio, Juan Francisco Giró, Bernardo Berro y Atanasio Cruz Aguirre, todos ellos del siglo XIX. Abajo están las únicas dos fotografías: Lacalle Herrera, en 1990, y su hijo Luis Lacalle Pou, en 2020. “Es una curiosidad universal. Ningún partido ha vivido de esa manera”, dirá Lacalle, sobre la supervivencia del Partido Nacional a pesar de los largos años fuera del sillón presidencial.

Sobre el origen de todo eso a sus espaldas, el expresidente dice que “Carpintería siembra la semilla de lo que iba a ser un sistema político muy longevo y muy eficaz” pero que no se le puede “achacar” a Manuel Oribe o a Fructuoso Rivera “el juicio de que fundaron partidos”. “Primero, porque la palabra partido en esa época tenía muy mala prensa. Era partir, era romper, era enconar una parte contra otra. Tomaron partido, pero no el concepto de partido que tenemos ahora que se desarrolló mucho después en la historia de Occidente. Pero allí están las semillas. ¿Que iba a ser una planta muy vigorosa? ¿Que iban a ser institucionalmente, yo diría que casi únicos en la historia? No lo sabían. Pero ahí está el inicio”.

El expresidente Luis Alberto Lacalle
El expresidente Luis Alberto Lacalle.
Darwin Borrelli

Sanguinetti, corbata colorada y sombrero a la usanza de los viejos doctores, se mueve como pez en el agua en la sede de su Partido Colorado mientras nos hace de guía a través de las salas y pasillos donde se multiplican los rostros de José Batlle y Ordóñez. “La divisa es simplemente un elemento distintivo que cuando comienza a usarse es porque ya está representando corrientes de opinión que preexistían como colectividades. Cuando se enfrentan dos ejércitos es porque ya había dos partidos y dos modos de concebir la política detrás de dos caudillos muy distintos”, dice el dos veces presidente.

La Batalla de Carpintería no fue un hecho aislado, sino un producto de los años convulsos que siguieron al nacimiento del estado uruguayo, entre rencillas caudillescas y fuertes presiones extranjeras. En 1836 gobernaba Manuel Oribe, que había asumido como segundo presidente constitucional un año antes, una vez terminada la presidencia de Fructuoso Rivera. Las rispideces se profundizaron cuando Oribe ordenó una auditoría de la gestión anterior —a la que acusaban de haber sido una especie de “desidia y poco apego” en modo siglo XIX—, más aún cuando suprimió la Comandancia General de la Campaña, cargo que le había conferido a Rivera, y mucho más cuando la volvió a crear de inmediato confiándosela a su hermano Ignacio Oribe.

El expresidente Julio María Sanguinetti
El expresidente Julio María Sanguinetti
Darwin Borrelli

Con un panorama político regional inestable como telón de fondo, Rivera se alzó en armas en julio de 1836 y el 10 de agosto el gobierno de Oribe firmó un decreto que marcaba el uso obligatorio de una divisa blanca con la leyenda «Defensores de las Leyes» para todos los militares, policías y empleados públicos. El primer gran choque se produjo a orillas del arroyo Carpintería el 19 de setiembre. Las tropas del gobierno, con la divisa blanca, fueron comandadas por Ignacio Oribe y Juan Antonio Lavalleja. El ejército de los sublevados estaba comandado por Rivera y contaba en sus filas con el general unitario porteño Juan Lavalle. La batalla se saldó con una victoria del bando oribista y Rivera se refugió en Brasil, pero volvería a la carga de forma decisiva en el 37 y el 38, con la escuadra francesa bloqueando el puerto y con el apoyo de los riograndenses, con quienes firmó un acuerdo que lo obligaba a “hacerse elegir” presidente.

Fue un preludio de la Guerra Grande, que se extendió durante 13 años incluyendo nueve de sitio a Montevideo, un período en el que se consolidaron dos gobiernos paralelos (la Defensa y el Cerrito) y, con ello, dos identidades políticas marcadamente distintas. El partido de Oribe, que había nacido asociado a la ciudad, se “ruralizó”, mientras que el de Rivera, el caudillo más representativo de la campaña, se abroqueló en la Defensa de Montevideo, y se convirtió en símbolo de las ideas republicanas y cosmopolitas, incluso renegando en varios momentos del propio don Frutos.

aniversario

Conmemoración en Durazno y cadena nacional colorada

El Partido Colorado y el Partido Nacional conmemorarán este sábado el 190° de la Batalla de Carpintería, con el apoyo de la Intendencia de Durazno, que inaugurará la “Estación de Interpretación de la Batalla de Carpintería”. A las 13 horas se reunirá el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) colorado y a las 15 habrá una mesa redonda de historiadores con María Julia Burgueño (Partido Nacional) y Luis Hierro López (Partido Colorado). A las 16 está planeado un desfile y cruce por el sitio de la batalla, y luego habrá un cierre con discursos de referentes de ambos partidos y el intendente Felipe Algorta. El Partido Colorado tendrá una cadena nacional a partir de las 19 horas, tal como la tuvieron los blancos el pasado 10 de agosto. El Directorio del Partido Nacional sesionará en Durazno el lunes 21.

Canciones de sangre

Todo eso puede sonar hoy a historia remota. Que blancos y colorados no son lo mismo parece una obviedad, pero también es cierto que en la discusión política de estos días muchas veces hay que esforzarse para encontrar diferencias sustanciales.

Pero hay formas de encontrarlas. Por ejemplo, trasladarse a una gélida noche de luna menguante en el Valle del Lunarejo, calentada solo por un centenar de fogones y el alcohol, en la que una joven que rasguea una milonga en su guitarra habla del “partido más viejo del mundo” y canta con furia y emoción sobre un “tiránico gobierno” de “la divisa de siempre”. Es sábado 5 de setiembre y algunos de los que cantan frente al fuego llevan dos días marchando a caballo desde la ciudad de Rivera. Otros vinieron por medios alternativos, más modernos, para acampar y continuar al otro día hacia Masoller, el mayor de los santuarios blancos, en conmemoración del día en que Aparicio Saravia fue herido de muerte durante la revolución de 1904 contra el gobierno de Batlle y Ordóñez.

“El Partido Nacional y el Partido Colorado hoy en día consideran que hacer una coalición de gobierno es algo oportuno desde el punto de vista programático y político. Pero no dejan de ser dos partidos que tienen sus propias raíces”, dice Aparicio Saravia Padern, un joven dirigente blanco que carga con toda esa historia hasta en el nombre. “Cuando nosotros cantamos el cántico nacionalista, rememoramos toda nuestra historia. De alguna manera es una forma de reivindicar nuestro pensamiento político, que es un pensamiento político nacionalista, que es muy distinto a lo que viene a ser la derecha o la izquierda. El nacionalismo es un pensamiento político que nace de la historia del propio pueblo”.

Marcha a Masoller 2026
Caballadas llegan a Masoller el domingo 6 de setiembre de 2026 para conmemorar la caída del caudillo blanco Aparicio Saravia
Mateo Vázquez

Wilson Ferreira Sfeir, nieto del histórico líder blanco Wilson Ferreira Aldunate, acaba de hacer el trayecto a caballo por primera vez. A la mañana siguiente le tocará a él leer en Masoller la proclama de los marcheros frente a la cúpula del partido y la militancia. Hablará entonces de un “hilo invisible” que recorre la historia de los blancos, de enfrentar durante años a “la codicia extranjera” apoyada “por la traición interna”, de “oscuros tiempos de tiranía y persecuciones”, de 93 años de “llanura alejados del poder” en los que “se afincó el unitarismo y un Estado de prioridades urbanas”, de una lucha por la libertad en la dictadura y de “un pacto infame” que les “arrebató la posibilidad de competir libremente en las elecciones”. Dirá que “siempre existieron dos formas de ver al Uruguay, la nacional y la estatal”, y que no se puede “desprestigiar” o “poner en peligro” toda esa historia e identidad por “simples intereses electorales de cinco años”. “¿Qué puede importarle los cargos a una comunidad que ha derramado sangre y entregado miles de vidas a lo largo de su historia? Fundir el lema Partido Nacional genera un riesgo que nuestra historia no merece sufrir”, exclamará ante los aplausos de la militancia. Algunos jinetes lo escucharán con lágrimas en los ojos.

Horas antes, en los fogones, se acumulan las canciones en honor a Oribe y Saravia y hasta se forma un pequeño pogo a un costado al entonar “Mazurca de la Mazorca”, de los partidarios de Juan Manuel de Rosas, esa que habla del placer de degollar unitarios —“Bartolo” Mitre, a vos te hablan—, la furia mazorquera y la sangre color federal. Un joven peronista argentino, que vino a trabajar hace unos años a Uruguay, mira la escena con admiración. “Al principio me acerqué al Frente Amplio, pero después compartí unos asados con gente de la juventud blanca y me sentí mucho más cómodo. Compartimos muchas visiones del federalismo y se puede hablar de historia”, cuenta a El País. Diego, un riverense de 48 años que también llegó por primera vez hasta Masoller, declara que nunca tuvo un vínculo partidario aunque le gustaron los cinco años de gobierno de Luis Lacalle Pou. “Dije: voy a ir a ver qué onda. La verdad, a partir de hoy soy un blanco más”.

En una de las rondas se hace alusión a una bandera que anda en la vuelta, traída por la familia Ponce de León, que todavía conserva la sangre de Aparicio Saravia cuando cayó en combate. Pedimos si se puede ver y, tras unos movimientos en la oscuridad de la noche —entre las tablas de madera en las que se comparte la carne jugosa y el pan—, se despliega una extensa tela gastada por los años, con manchas visibles que, según sus portadores, se arrastran desde 1904.

El que cuenta su historia es Rodolfo Ponce de León: “Yo la parte que conozco es que un día en lo de mi abuela paterna, María Catalina Requena de Ponce de León, abrió el cajón de una cómoda y sacó la bandera, que era bastante deteriorada, con manchas de sangre y agujeros de balas. Eso fue hace más de 60 años y después no la vi más. Después murió mi abuela y la heredó un primo hermano mío, Conrado, que la conservó muy bien. Y ahora la tiene una hija de Conrado, que está acá con la bandera. Esa bandera la llevaba en el ejército de Aparicio mi abuelo Germán Ponce de León, que era el abanderado. Las malas lenguas dicen que la bala que mató a Aparicio en realidad iba dirigida a mi abuelo, no porque fuera una persona muy importante sino porque era el blanco más fácil, porque por llevar la bandera era más fácil pegarle a mi abuelo. Esa es la leyenda”.

Dos místicas distintas

Los colorados no tienen su Masoller, ni un extenso cancionero romántico, ni la cuidada mística de los blancos porque, dicen, a ellos les tocaba gobernar. “Es un partido que se acostumbró a gobernar durante muchísimos años, a diferencia del Partido Nacional, que forjó su carácter en la oposición”, afirma Sanguinetti. “El Partido Colorado, por su necesidad de gobierno, naturalmente, es un partido de la razón del Estado. El Partido Nacional, al estar tantos años en la oposición, se ha abroquelado en sus tradiciones y en la fuerza emotiva que tienen ellas para sobrevivir. La épica blanca es una épica de caudillos, mientras que la mística nuestra es una mística de hombres de Estado, como puede ser, en su tiempo, el propio Rivera, como puede ser Batlle y Ordóñez, como puede ser Baltasar Brum, como puede ser Feliciano Viera o José Serrato”.

“Nosotros, en el afán de construir muchas veces el apoyo blanco, fuimos apagando nuestras oposiciones. La mística del Partido Colorado, ¿dónde estaba fundamentalmente? En el gobierno de la Defensa. Montevideo sitiado durante nueve años, ¡más mística que esa, imposible! O en la matanza de los Mártires de Quinteros, o en Baltasar Brum, o el partido de la avanzada social. Los tiempos fueron cambiando y esas cosas se fueron apagando. Cuando yo era chico se hablaba del degollador Oribe; no se decía Manuel Oribe. Al punto que cuando en el Consejo Nacional de Gobierno se discute la erección del monumento a Oribe, don César Batlle Pacheco, que era consejero nacional, dice: ¿cómo lo van a hacer, con cabeza o sin cabeza?”

Lacalle Herrera dice que los 93 años seguidos con los blancos afuera del gobierno no siempre los encontró en las mismas circunstancias. “Hubo momentos en que aspirábamos al poder y no desesperábamos. Ahí empieza la etapa más definitoria de nuestro sistema que es la lucha por el voto, una etapa que dura hasta la Constitución del 17. Ahí, cuando los votos se cuentan en forma correcta, el partido empieza a fortalecerse. Con Luis Alberto Herrera perdimos elecciones por 3.000 y 1.500 votos. Después, cuando el Partido Nacional se divida ahí ya empieza a ser iluso la posibilidad de ganar. El Partido Nacional entonces queda con una épica muy española. ¡La muerte! ¡Saravia! ¡Somos pocos, no nos rendimos! Leandro Gómez... Una cosa muy hispánica, ¿no? Muy de la muerte, el sacrificio.

—Una épica de la derrota.

—Sí, sí, además de la derrota no te diría deseada pero poco menos.Entonces, toda la época de la canción partidaria es eso: se pierde la vocación de poder, hasta que en el año 1958 se da vuelta la suerte electoral y gana el Partido Nacional, con un gobierno colegiado.

Andrés Ojeda, senador y secretario general del Partido Colorado, dice que “es real” que los colorados son “más racionales y menos sanguíneos”. “Es un tema de identidad. Nosotros somos la ética de la responsabilidad, somos el pienso republicano del país, es lo que somos. Es más, yo creo que uno de los desafíos más grandes que tenemos es conectar más con lo sanguíneo y reivindicar más cosas de la mística, de narrativa épica, que la tenemos. Sobrada. Es el partido que ha gobernado por más tiempo el Uruguay, es el constructor de todo lo que ves”, dice a El País.

Divisas partidarias
Divisas partidarias en el Museo Casa de Rivera.
Mateo Vázquez

Ojeda representa una generación única de colorados: una que nació a la vida política por fuera del gobierno. Su primer acercamiento al partido fue en 2002, justo el año de la crisis, luego de asistir a un discurso de Sanguinetti que lo dejó deslumbrado. Su primera tarea militante fue en 2004, la peor elección en la historia del partido que “victoriosamente va”. El actual líder del partido de Rivera levantó polémica en la pasada campaña electoral, cuando caracterizó a Luis Lacalle Pou como “referente político” y se definió como “nativo coalicionista”. “Yo lo veo muy natural, quizá más natural que otros, porque nací a la política y esto ya existía. Eso ya hace que no sea un trauma. Yo nunca vi ganar una elección del Partido Colorado. O sea que ya éramos un poco socios del Partido Nacional. Para uno lo que ve para atrás lo lee, pero de repente no lo vivió. Sí, obviamente, conocemos las rencillas locales que hay en muchos departamentos del país, no somos ajenos a esas situaciones, pero yo vivo con mucha naturalidad porque aparte, si algo es esto, es dinámico. Y hoy el antagonismo está dado por quienes creemos en la libertad, en la república, en la democracia por arriba de todo, y otros que de repente creen en otras cosas. No digo que no crean en estas, pero que más que no la ponen a la misma altura que las ponemos nosotros”.

Coalición sí, pero cuánto

En Masoller, los caballos y sus jinetes desfilan en medio de una multitud que los aclama a ambos lados de la ruta, mientras se aproximan al monumento a Saravia. Sandra Godoy, 56 años, oriunda de Rivera pero residente en Canelones, está entre las que arenga con emoción. Es la primera vez que viene, pero nunca votó otra cosa que no sea el Partido Nacional. “Mi familia es toda colorada, algunos trabajaban con los colorados. Pero a mí siempre me gustaron los blancos. Jamás me pondría un poncho colorado”, dice a El País.

—¿Y qué opina de la posibilidad de juntarse?

—Ah, si es para estar en el gobierno, bienvenido sea. Mientras se vayan estos mentirosos…

Como dicen sus dirigentes y sus votantes, el Frente Amplio ha sido un factor fundamental para el acercamiento entre blancos y colorados. “El surgimiento del Frente en 1971 cambió la dinámica política, de un bipartidismo a un tripartidismo y luego a lo que podría ser un bibloquismo asimétrico, con dos bloques diferentes: uno integrado fundamentalmente por los partidos tradicionales y otros socios, y por otro lado el Frente Amplio como partido único”, dice Rafael Porzecanski, sociólogo y director de Opinión Pública de Opción Consultores.

La aproximación no fue de un día para el otro. Porzecanski señala que aunque la historia tiene “muchos episodios de cooperación entre blancos y colorados”, particularmente entre facciones cruzadas de ambos partidos, la década de 1990 marcó “una nueva impronta de cooperación”, no sin dolores de cabeza, y luego la reforma electoral que instauró el balotaje acentuó el proceso con la elección de 1999 como hito, cuando el Partido Nacional llamó públicamente a votar en segunda vuelta por el candidato colorado, que como si fuera poco se apellidaba Batlle. Un siguiente hito fue 2019, con la conformación de una coalición liderada por Luis Lacalle Pou que gobernó todo el período sin romperse. Las tensiones estuvieron, pero no particularmente entre blancos y colorados.

Eso, en la jerga de los politólogos, es lo que ocurrió por el lado de la “oferta”. Por el lado de la “demanda”, los votantes también tuvieron transformaciones, adaptándose a la nueva realidad.

“Ese correlato es lo que podríamos llamar el crecimiento de un electorado implícitamente coalicionista, que no necesariamente se reconoce como tal. Puede decir 'yo soy más de los partidos fundacionales', o 'soy blanco pero no tendría problema en votar a un colorado', o 'soy colorado y no tendría problema en votar a un blanco', o 'no me gusta el Frente, voto lo que no sea el Frente Amplio’. Implícitamente coalicionista, porque la marca ‘coalición republicana’ todavía es una marca en construcción”, dice Porzekanski.

Los números lo dicen, también. En los últimos años, las distintas consultoras han identificado una caída del porcentaje de votantes que se autodefinen “blancos” o “colorados” de forma excluyente, pero observan al mismo tiempo la irrupción de votantes que se sienten cercanos a más de un partido. Opción incorporó recientemente una pregunta específica sobre autoidentificación. En el tercer trimestre de este año, 30% de los votantes se decían frenteamplistas, 18% blancos, 7% coalicionistas, 6% colorados y 39% no elegía ninguna de las categorías.

La pertenencia a alguno de los dos bloques políticos también se mide por la aversión al otro bloque, como el expresado por la militante blanca mientras miraba el desfile de Masoller. “En cualquier identidad ocurre que uno es en la medida en que no es otra cosa. Si sos de la coalición es porque no sos de algún otro grupo, y alguna gente empieza al revés: dice ‘yo voto lo que no sea Frente Amplio.’ No es blanco, no es colorado, migra sin ningún problema dentro de la coalición, pero sabe que no va a votar al Frente Amplio. Si medís por identificación partidaria negativa, ahí los dos bloques se emparejan mucho, son dos bloques muy parejos. Muchos electores frenteamplistas tienen las dos cosas juntas: el orgullo de ser frenteamplista y el fuerte rechazo a migrar hacia el otro bloque. En la coalición es diferente, porque la marca coalición está mucho menos instalada. El orgullo partidario es, en todo caso, por ser blanco o por ser colorado, pero no está fuerte aún la marca del bloque en su conjunto. Esa es la diferencia clave”, dice el director de Opción.

Ya en 2022, los datos de la consultora marcaban que 84% de los blancos y 82% de los colorados "puros" no votarían al Frente. Un 30% de los blancos decían que no votarían al Partido Colorado, y un 16% de los colorados decían que no votarían al Partido Nacional. Entre las explicaciones para la menor “resistencia” entre los colorados está el hecho de que el partido llamó a votar a un candidato blanco en las últimas elecciones, algo que no pasa en sentido contrario desde 1999.

Como sea, la tendencia es clara: los votantes blancos y colorados forman parte de un bloque en común; sus líderes políticos están llamados a ser socios. La pregunta es de qué forma. ¿Una coalición inorgánica como la del gobierno de Lacalle Pou? ¿Una unidad común más institucionalizada pero con independencia de partidos? ¿Un lema común?

Las dos viejas divisas se aproximan a su bicentenario con esas preguntas como telón de fondo. “Yo creo que es la decisión bisagra de nuestro tiempo. O sea, esta es la decisión de nuestra generación. A los que nos toca hoy estar en lugares de primera línea y de decisión, esta es quizá la decisión político-partidaria más importante que vamos a tener que tomar, para un lado o para el otro”, dice Ojeda. “Entonces, yo no quiero apresurarnos. Esto amerita una reflexión profunda, escuchar e intercambiar, pero es importante que la decisión no la tome el tiempo. Y sabiendo que nada está escrito en piedra”.

Los que impulsan el lema único con mayor fervor plantean que la elección de 2024, en la que los partidos de la coalición obtuvieron más votos que el Frente Amplio pero menos bancas, muestra la necesidad de unirse. Del otro lado, la advertencia es que un único candidato al mismo tiempo puede llegar a “hacer más angosta” la opción electoral. Los votos que la coalición perdió de octubre a noviembre, ¿hubieran votado a un lema único de la coalición? Son preguntas difíciles de contestar. Varios dirigentes coalicionistas dicen que los votantes “piden a gritos” una unión y que se “dejen de joder” con los "riesgos" hacia las identidades. Pero también reconocen que en ese reclamo tampoco hay un análisis fino y claro de cuál es la mejor opción.

“Lo que emerge del electorado de la coalición es bien claro en cuanto al mandato hacia la cooperación: que el objetivo es que vuelva la coalición al poder, con blancos y colorados. Ese es el mandato. El formato competitivo concreto es mucho menos claro. Esos cálculos son mucho más de los dirigentes que de los electores”, resume Rafael Porzecanski, de Opción.

Lacalle Herrera dice que hay “argumentos muy fuertes de los dos lados”, y que él mismo ha tenido una “evolución” en su pensamiento frente al tema, pero que hará “lo que diga Lacalle Pou”. “A mí me gusta decir que hay que tener más mañana que ayer. Si para eso hay que adecuar las herramientas políticas, se adecuarán”. Sanguinetti dice que “no se puede hacer futurología” y que lo importante son las “grandes coincidencias” entre los viejos partidos. Por lo pronto, el gran predicador colorado, ese al que Lacalle Herrera no tiene empacho de tildar de “antiblanco” en su concepción de la historia, dice que se sintió muy bien representado por las palabras de un expresidente nacionalista en la celebración de los 190 años del decreto de Oribe, el pasado 10 de agosto.

Las nuevas generaciones podrán conversar el resto.

opiniones

Qué es ser blanco y colorado hoy

Blancos y colorados suelen subrayar sus amplias coincidencias y destacan que la cercanía ideológica entre los dos partidos tradicionales es generalmente más estrecha que la que se pude encontrar entre polos opuestos dentro del Frente Amplio. ¿Pero cuáles son esas diferencias, según sus referentes?

Ser colorados, según Sanguinetti, es “primero un fuerte republicanismo laico que hace del Estado un partido de las libertades y de la tolerancia frente a los fenómenos religiosos o filosóficos”. “En segundo lugar, el sentido de un Estado equilibrador de las desigualdades sociales, con un fuerte acento en el fenómeno de la educación popular.”

Lacalle Herrera dice que el Partido Colorado “siempre fue más internacionalista, desde la Guerra Grande, y el Partido Nacional más defensor del americanismo”.

“Los blancos son mucho más nacionalistas que nosotros somos muy internacionalistas”, coincide Ojeda. “Y te pongo un ejemplo puntual: vino un portaaviones americano a parar acá. Los blancos no fueron, y yo fui. Y a nosotros no nos hace ningún ruido”.

Sobre el rol del Estado, el Partido Nacional “ha sido más pro iniciativa privada”, con un mayor descreimiento del aparato estatal. En el gobierno de Lacalle Pou, algunas de las mayores diferencias entre los partidos tradicionales estuvieron en el alcance de los cambios en empresas públicas.

Ojeda, tomando una distinción sobre la que ha insistido Sanguinetti tradicionalmente, señala que el Partido Colorado se vincula con “la ética de la responsabilidad” y el “asumir las consecuencias”, mientras que “los blancos son mucho más de la ética de la convicción, de hacer lo que la convicción les manda”.

Lacalle Herrera dice que descree de esa y otras definiciones, como los “modelos de izquierda-derecha o conservadores-progresistas”, porque ambos se desarrollaron como “cortes verticales”de la sociedad uruguaya, más allá de que tengan matices.

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