En la mayoría de las parejas se conversa sobre dónde vivir, cuántos hijos tener, adónde ir de vacaciones y hasta qué serie mirar el domingo, pero pocas veces se habla con el mismo detalle de cómo se administra el dinero que hace posibles todas esas decisiones. Como consecuencia, es habitual encontrar hogares con buenos ingresos e inversiones razonables que quedarían en serios problemas si faltara, aunque sea por un tiempo, quien maneja las finanzas. En esta edición de Finanzas de Bolsillo, vamos a repasar algunos temas fundamentales para abordar temas financieros con la familia de una forma más saludable.
La vulnerabilidad aparece cuando las reglas financieras de la familia existen en la práctica (quién paga qué, dónde se ahorra, quién decide una inversión) pero nunca se dijeron en voz alta, y cuando todo el conocimiento sobre el dinero queda en manos de un solo integrante.
El clásico “yo me ocupo de la plata” suele presentarse como una solución eficiente, y en el día a día probablemente lo sea, aunque desde el punto de vista del riesgo convierte a esa persona en un single point of failure (un punto único de falla, es decir un eslabón que si deja de funcionar arrastra a todo el sistema).
Patrimonio
El punto de partida es un inventario completo, que va bastante más allá de las cuentas bancarias y el broker. En una familia típica el patrimonio suele estar repartido entre alguna propiedad, un vehículo, dólares guardados en casa o en una caja de seguridad, plazos fijos, fondos comunes, quizás una cuenta en el exterior, mientras que del otro lado están las tarjetas, los créditos y la plata que le prestamos a un hermano o a un amigo, que sólo figura en la memoria de quien la prestó.
Pero ese inventario sirve de poco si no se distingue entre la propiedad económica de un bien y el control operativo sobre él. Que la casa sea de los dos no garantiza que ambos sepan cómo está escriturada ni dónde está la escritura, y que existan ahorros no implica que ambos sepan en qué moneda, en qué entidad y bajo qué jurisdicción están depositados. Para medir ese riesgo conviene preguntarse qué ocurriría si uno de los dos saliera mañana de la ecuación financiera, y no sólo por fallecimiento, porque una enfermedad prolongada, un viaje largo, una separación o una incapacidad temporal para tomar decisiones producen el mismo efecto práctico.
En cualquiera de esos casos, aunque el patrimonio siga intacto, la familia puede pasar semanas o meses sin poder disponer de él. Un primer paso práctico es revisar titularidades: si las cuentas bancarias y de inversión están a nombre de uno solo o de ambos, quiénes figuran como beneficiarios en los seguros de vida y si existe algún poder para que el otro pueda actuar en caso de necesidad. Son gestiones que se resuelven en pocos días y que, llegado el caso, ahorran meses de trámites además de momentos incómodos.
Tipos de gastos
El segundo frente es el gasto, donde el error más frecuente es repartir sólo lo visible. Alquiler o expensas, supermercado, colegio y servicios suelen estar bien identificados, mientras que las vacaciones, los arreglos de la casa, los regalos, los impuestos anuales, el recambio de celulares o el service del auto aparecen de manera irregular y terminan financiándose con lo que haya a mano ese mes y muchas veces, con la tarjeta en cuotas.
Por eso conviene ir un paso más allá del presupuesto mensual y construir el costo anual de la familia. Ese número suele ser bastante más alto que el que cada integrante tiene en la cabeza, y conviene recalcularlo al menos dos veces por año.
Con el costo anual a la vista, el paso siguiente es separarlo en tres grupos: el gasto común es el que sostiene la estructura del hogar, el gasto individual es el que cada adulto decide sobre su propio dinero sin rendir cuentas, y el gasto futuro ya comprometido incluye aquello que todavía no se pagó pero va a llegar con bastante certeza, como la cuota de la universidad dentro de unos años, el cambio de auto, una mudanza o esa reforma que se viene postergando.
Una vez hecha esa separación, queda claro qué nivel de vida puede sostener la familia con sus ingresos corrientes y qué parte depende de ingresos no recurrentes (un bono de fin de año, una venta puntual, una herencia), de deuda o directamente de ir consumiendo capital. A partir de ahí, discutir quién gastó más en el mes tiene mucho menos sentido que acordar qué gastos se van a sostener y con qué ingresos.
Hijos y herencias
El tercer frente suma a la generación siguiente. Los padres suelen hablar con sus hijos sobre la importancia de estudiar, trabajar y ahorrar, pero lamentablemente son muy pocos los que les explican cómo funciona el patrimonio de la familia. La cuestión pasa por decidir qué información necesita cada hijo según su edad: a un chico de diez años alcanza con explicarle que los ahorros de la familia están repartidos en distintos lugares y por qué, mientras que a un adolescente ya se le puede mostrar cómo se pagan los gastos del hogar.
A eso se suma algo que tiene un nombre: herencia implícita, es decir todo aquello que los hijos reciben sin que nadie haya conversado sobre lo que significa, desde la educación y los contactos hasta la ayuda para el primer alquiler o el uso de una propiedad familiar.
En los últimos años apareció también una capa digital, porque cuentas de inversión online, billeteras, correos, suscripciones, dominios y archivos en la nube forman parte del patrimonio sin aparecer en ningún registro público, de modo que si nadie sabe que existen, en la práctica se pierden.
Una herramienta que puede ser de utilidad es un mapa patrimonial familiar, un documento sencillo que liste instituciones, activos, deudas, seguros, dónde están los papeles importantes (escrituras, pólizas, testamento si lo hubiera) y cuál es el procedimiento para acceder a cada cosa. Aunque contraseñas y frases semilla no deberían figurar ahí, porque lo que se registra es dónde están guardadas y quién puede llegar a ellas. En el caso de las criptomonedas existen esquemas como las billeteras multisig (que requieren más de una firma para mover fondos) que reparten el acceso sin concentrarlo en una sola persona. Es conveniente revisar ese mapa al menos una vez por año, o cada vez que se abra una cuenta o se compre un activo nuevo.
Comunicación
Además de las malas inversiones, el patrimonio de una familia se deteriora por desconocimiento, gastos duplicados, decisiones incompatibles, falta de liquidez en el momento equivocado o una sucesión mal preparada.
El costo de que esa información esté concentrada en una sola cabeza es todavía mayor, porque ningún resumen bancario va a revelar su existencia.
Una parte fundamental para alcanzar unas finanzas más saludables en casa consiste en poder hablarlo sin misterios. Planificar los gastos con las cifras detalladas nos puede ahorrar dolores de cabeza, gastos innecesarios y hasta posibles discusiones por falta de organización.
Para ninguna de estas conversaciones hace falta un asesor ni un software sofisticado: alcanza con dedicarle algo de tiempo y organización. Para ello es importante definir las prioridades de cada familia y los gastos más urgentes del mes; en conjunto y por cada integrante.
El ejercicio comienza por analizar cuánto tenemos realmente, cuánto debemos, cuánto nos cuesta un año de vida, qué pasaría con las finanzas del hogar si uno de los dos dejara de generar ingresos mañana y si el otro podría administrar todo sin tener que salir a averiguar dónde está cada cosa. Si alguna de esas respuestas tarda en aparecer, ya tenés identificado por dónde empezar a ordenar. Por eso es importante que la organización no recaiga en un solo integrante del núcleo.
La Nación/ GDA
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