"Copan y te dejan afuera; hasta el perro se quedan", dice párroco de Casavalle, uno de los destinos de León XIV

El padre Coimbra reivindica el rol de la Iglesia Católica con los pobres y los que más sufren, y destaca la visita del papa al barrio. Dice que se registró un aumento de personas que piden bautizare.

Pablo Coimbra, párroco de Casavalle
Pablo Coimbra, párroco de Casavalle.
Foto: Leonardo Mainé/El País.

Pablo Coimbra es salteño, contador y durante años ocupó cargos de responsabilidad en el BPS. Un día renunció a la función pública y decidió seguir otro camino: se ordenó sacerdote del clero secular. Fue ecónomo (administrador) de la Iglesia Católica en Montevideo y responsable de su comunicación. Hace seis años llegó a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Casavalle, en pleno Borro. Y allí quisiera quedarse.

-¿Qué expectativas tiene ante la visita del papa León XIV a Casavalle y qué es lo que genera esta noticia en la gente que vive del barrio?

-En este último tiempo, cuando empezó a consolidarse la posibilidad de que el papa viniera, fue notable la cantidad de personas que se acercaron para pedir el bautismo, tanto para ellas como para sus hijos. Acá, a un señor, Lolo, que anda con un carro de caballos, le preguntaban qué esperaba del papa y él decía: “Yo no espero que el papa nos solucione nada. Quiero que nos bendiga”. Acá hay una cantinela que suelo escuchar siempre: “Somos un barrio olvidado”. Se sienten así, sienten que no son atendidos, que no son queridos. Y resulta que el papa y la Iglesia ahora han puesto sus ojos en esta gente y quieren venir a encontrarse con ella. Entonces, te sentís importante. No es una estrategia. Los pobres están en el corazón de la Iglesia. Se podrá decir lo que se quiera de la Iglesia y de todos nuestros pecados, que son muchos, pero la doctrina cristiana pone en el centro al pobre que sufre. Y la gente lo siente, se siente querida, hija de Dios.

-Hace años que trabaja aquí. ¿Cuál es, hoy en día, la situación de la zona, particularmente del Borro?

-Lo miro siempre desde el punto de vista de la Iglesia y de la fe, que es lo que me concierne. Creo que en estos seis años ha crecido y se ha fortalecido. Es una comunidad muy linda, muy fuerte, muy presente. La parroquia está muy comprometida con el barrio. Yo siempre digo que no se puede hablar de un Estado ausente, porque esa no es la realidad, pero sí de un Estado ineficiente, porque no llega exactamente al corazón de las necesidades. Las instituciones tienen ciertas dificultades por su forma de funcionar, por su burocracia. En general, esperan que la gente se acerque a hacer reclamos. En cambio, la parroquia tiene una ventaja sustancial.

-¿Cuál?

-Estamos abiertos todo el tiempo. Nos metemos en el barrio. Eso hace que conozcamos mucho más a la gente y que lleguemos a encontrarnos con personas que muchas veces son las más vulnerables, que no son necesariamente las que van a reclamar algo. La labor de la Iglesia ha sido fundamental para mejorarles la vida a muchas personas que están como enterradas aquí.

-¿Cómo se les mejora la vida?

-De muchas formas. En materia de vivienda, tenemos tres programas: “Viviendas Mejores”, que permite ampliar o reparar casas; “Viviendas Dignas”, que sustituye viviendas precarias por construcciones de 50 metros cuadrados; y “Familias de Guadalupe”, que promueve complejos habitacionales pensados para favorecer la convivencia comunitaria. En cinco años, hemos intervenido en más de 90 casas a través del primer programa y construido 22 viviendas mediante el segundo. Estamos levantando la número 23 y esperamos llegar a 25 antes de fin de año. Además, estamos construyendo un complejo de 12 viviendas y proyectamos otro de seis para el año próximo.

-¿Cómo se financian estos planes?

-Algunas fundaciones han apoyado los proyectos y, también, particulares. Los chiquilines, cuando tienen una vivienda digna, mejoran su desempeño educativo; mejora el ambiente familiar, hay menos conflictos, más alegría y más ganas de estar en familia.

-¿Hay coordinación con el Estado?

-He tenido un trato cordial con el Centro Comunal. Hemos intentado tener contacto con el Ministerio de Vivienda. Se nos recibió en una ocasión, pero después no hubo más contacto. Hay algo interesante que ocurrió un año y no se volvió a dar: el Plan Juntos consultó a los referentes barriales para que presentaran familias a las que se les pudieran construir viviendas. Me consultaron y presenté tres o cuatro familias. Después, esas familias quedaban sometidas al análisis que hacía el organismo y algunas pudieron tener su casa. Ese tipo de coordinación, que no se volvió a realizar, fue muy positivo.

-Hoy los actores del Estado no se comunican con usted...

-No. Pero yo estoy abierto. En los seis años que llevo acá, nunca me han invitado a realizar una coordinación. A mí, de todas formas, siempre me rechinan un poco las reuniones que no llevan absolutamente a nada. Lo que yo intento es ser ejecutivo.

-A diferencia de lo que ocurre en el conjunto de Uruguay, acá la población es muy joven. ¿Eso implica un desafío mayor para el trabajo social?

-Es verdad. La inmensa mayoría de las instituciones que trabajan acá están destinadas a jóvenes y niños. Tenemos el colegio Santa Bernardita, con una cantidad de becados del barrio. Están Los Pinos, Tacurú y las hermanas de Teresa de Calcuta. Es una población joven por muchas razones. Acá la expectativa de vida es baja. Muchos parecen tener más edad de la que tienen porque la vida acá es muy dura.

Sábado 7

El papa bendecirá las viviendas del Borro

El papa León XIV estará unos 45 minutos en el Borro el sábado 7 de noviembre y bendecirá las viviendas del programa “Familias de Guadalupe”. A las 15.30 comenzará la animación, con música y testimonios, frente a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. El pontífice llegará sobre las 17 y se dirigirá a las viviendas para encontrarse con las familias. Frente a la parroquia habrá un escenario donde se le dará la bienvenida y se presentarán tres testimonios: uno vinculado al recordado padre Cacho (Rubén Alonso), quien trabajó intensamente en la zona; otro de Albana Sanz, una maestra que vive en España, donde ha recibido múltiples galardones, y que de niña se alimentaba de la basura en el Borro; y un tercero del movimiento Tacurú.

Después se proyectará un video sobre el trabajo de la Iglesia en el barrio. León XIV dirigirá un mensaje y se cantará un salmo. También tendrá un encuentro con personas enfermas en el patio de Nuestra Señora de Guadalupe. Luego se retirará en auto para continuar con su agenda. Coimbra espera que la visita contribuya a que la zona sea mirada sin prejuicios y considera “muy probable” que, después, más personas quieran colaborar con la Iglesia.

-¿Cómo afecta el narcotráfico?

-Es un drama tremendo. Es el gran asunto detrás de algunos signos de violencia que se están viviendo: van y vienen, son como olas. Por ejemplo, acá en el Borro existían los famosos copamientos. En esta zona ya no se ven. Sin embargo, se están viendo, y cada vez más, en el Marconi, acá muy cerca.

-¿Por qué allá sigue pasando y acá, en el Borro, ya no tanto?

-Es que acá, al menos, las instituciones están mucho más presentes. Frente a la parroquia, está la policlínica, el Centro Comunal, hay escuelas, la UTU y el jardín de infantes. En el Marconi eso no está tan desarrollado. No hace mucho me encontré con dos o tres familias que siguen sufriendo el tema de los copamientos. Te copan a punta de arma y te dejan afuera. Hasta con el perro se quedan. Y si perdiste una chinela en el camino, te vas con una sola puesta. Las familias que denuncian esas situaciones son hostigadas por la delincuencia hasta tal punto que tienen que irse del barrio. Entonces, muchas veces prefieren no hacer la denuncia porque empiezan un calvario interminable. Y hay otro problema: las compraventas en los lugares a los que la gente puede acceder son totalmente ilegales. Como quien compra o vende una camisa, acá se venden ranchos y casas sin ningún tipo de papel ni respaldo jurídico, en zonas generalmente ocupadas. Los mismos delincuentes venden las casas que después van y te copan. En algún aspecto se ha mejorado, pero esto parece imparable. Cada tanto, como decía, vienen olas. Hace cuestión de un mes, hubo un enfrentamiento muy fuerte entre bandas, con tiroteos constantes con metralletas durante toda una semana. Echaron a gente del barrio y quedaron casas vacías. Ahora está tranquilo. En cualquier momento salta.

-¿El consumo de drogas está generalizado entre los jóvenes?

-No solo entre los jóvenes. A veces uno se sorprende, pero hay gente mayor, abuelos y abuelas, que consumen. Es generalizado. Es muy dramático. Por lo menos, hay un haz de esperanza. Como siempre digo, la parroquia tiene la posibilidad de salir al barrio y detectar tesoros en medio del fango. Hay familias que, por gracia de Dios, se conservan, aun estando en un ambiente hostil, lo mires por donde lo mires. Hostil desde el punto de vista de la seguridad, del acceso a la droga y de la delincuencia; hostil también desde el punto de vista religioso. Y, aun así, hay familias que se conservan sanas. Debo decir que la parroquia ha sido para muchos jóvenes y niños un punto de inflexión.

-¿En qué sentido?

-Acá hay 200 niños en catequesis y más de 50 adolescentes menores de 18 años que asisten a la parroquia. Pero no asisten como quien va a un club o como si fuera algo marginal en sus vidas. Es muy relevante, porque son jóvenes y niños que están muy inseguros, pero no solamente por el riesgo de que salgan y les roben. Están inseguros porque están desvalidos, están solos frente al mundo que se les viene encima. Solos. Y encuentran en la parroquia y en las actividades que desarrollamos acá una fortaleza, una contención que les permite proyectarse, algo que es muy difícil para la gente de acá. El futuro siempre es oscuro. Entonces, mirar hacia el futuro es angustiante. Acá la gente vive el presente. Y eso explica muchas de las actitudes que se ven y que a veces se critican.

-¿A qué se refiere?

-Hoy tienen plata, se compran un plasma, championes, hacen un asado. Normalmente, uno diría: “¿Por qué no aguantás hasta fin de mes?””. Es que no se proyectan porque el futuro es oscuro. Es como una defensa para no pensar en algo que solamente te produce angustia y desolación. Cualquiera de nosotros se proyecta en el estudio, en el trabajo, en el ahorro. ¿Y por qué la gente acá no? Porque no tiene futuro. Es el hoy. Hoy tienen 5.000 pesos, los gastan y mañana me vienen a buscar un kilo de polenta. Cada día tiene su problema, cada día es una realidad nueva. “Mañana me preocuparé por mañana”. Los jóvenes que se integran a la parroquia conocen otra forma de vivir y empiezan a tener otra proyección. Acá se les da, primero, contención y seguridad. Se trabaja mucho el tema de la autoestima, porque la comunidad vive como una familia. Se los considera, se sienten importantes, tal vez sin proponérnoslo, porque eso está en el ADN del cristianismo. Entran en un ámbito donde empiezan a sentirse dignos. Y no es solo eso, porque acá nos preocupamos de que los chiquilines sigan estudiando. Hay niños que entran al colegio, después pasan al Jubilar y luego pueden llegar a la universidad.

-¿Es algo que sucede con frecuencia?

-Pasa. Hay una chica que está en la Universidad de Montevideo estudiando Magisterio. Hay dos chicos que están en Talleres Don Bosco haciendo bachillerato tecnológico. Hay 15 niños que están becados acá y más de 20 niños de la parroquia que están en el Jubilar. Pasa.

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