La inflamación crónica puede desarrollarse de forma silenciosa en el organismo y mantenerse activa durante largos períodos sin síntomas evidentes.
A diferencia de la inflamación aguda, que es una respuesta puntual ante una lesión o infección, este proceso implica una activación persistente del sistema inmunitario que, con el tiempo, puede dañar tejidos y células.
De acuerdo con entidades como la Clínica Mayo y los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), la inflamación crónica se asocia con una mayor probabilidad de enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer y trastornos autoinmunitarios. Distintas organizaciones médicas, entre ellas la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Escuela de Salud Pública de Harvard, señalan que ciertos hábitos cotidianos pueden contribuir a sostener este estado inflamatorio, incluso sin una enfermedad aguda presente.
Conductas que influyen en la inflamación
Diversos estudios y organismos de salud coinciden en que determinadas prácticas diarias tienen un impacto directo en los niveles de inflamación del organismo.
El sedentarismo es uno de los factores más señalados. Permanecer sentado durante largos períodos sin actividad física regular reduce el gasto energético, afecta la circulación y puede favorecer la liberación de sustancias inflamatorias. Según la OMS, la falta de movimiento habitual se asocia con niveles elevados de marcadores inflamatorios y con un mayor riesgo de enfermedades como diabetes tipo 2 y afecciones cardiovasculares.
A esto se suma la mala postura, especialmente vinculada al uso prolongado de dispositivos electrónicos o a posiciones inadecuadas en el trabajo. La Asociación Americana de Fisioterapia advierte que esta situación puede generar tensión constante en músculos y articulaciones, lo que deriva en inflamación leve y dolor persistente en zonas como cuello, espalda y hombros.
El descanso también cumple un rol clave. Dormir menos de seis horas o mantener horarios irregulares puede alterar el sistema inmunitario. Según la National Sleep Foundation y la revista Sleep, la privación de sueño se asocia con un aumento del cortisol y de la proteína C reactiva, ambos vinculados a procesos inflamatorios.
Estrés y alimentación
El estrés crónico es otro de los factores que inciden en este proceso. La exposición prolongada a situaciones de tensión activa de manera sostenida la respuesta de alerta del organismo. La American Psychological Association señala que niveles elevados de cortisol durante largos períodos pueden debilitar el sistema inmunitario y mantener la inflamación, con posibles manifestaciones como cefaleas y alteraciones del sueño o del apetito.
En paralelo, la alimentación tiene un papel determinante. El consumo elevado de azúcar añadido —presente en bebidas azucaradas, postres industriales y alimentos procesados— se asocia con aumentos rápidos de glucosa en sangre, lo que puede favorecer la liberación de compuestos inflamatorios. La Organización Mundial de la Salud y la Harvard Medical School vinculan este patrón con un mayor riesgo de resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 y alteraciones en la microbiota intestinal.
Una dieta basada en ultraprocesados también contribuye a este escenario. Productos con alto contenido de carbohidratos refinados, grasas trans, azúcares añadidos y aditivos suelen aportar poca fibra y antioxidantes. Publicaciones como The Lancet y la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición señalan que este tipo de alimentación puede afectar la salud intestinal, la sensibilidad a la insulina y favorecer la inflamación sistémica.
El consumo frecuente de alcohol completa este conjunto de factores. Su metabolismo en el hígado genera acetaldehído, un compuesto que puede provocar estrés oxidativo y daño celular, además de alterar la microbiota intestinal, según la Fundación para la Investigación y Educación sobre el Alcohol.
Un proceso prevenible
La inflamación crónica, entendida como una activación persistente del sistema inmunitario, ha sido vinculada con enfermedades cardiovasculares, cáncer y trastornos autoinmunitarios, de acuerdo con la Fundación Española del Corazón y la Cleveland Clinic.
Si bien puede desarrollarse sin síntomas claros, distintos organismos coinciden en que su impacto puede reducirse mediante cambios en el estilo de vida. Mantener actividad física regular, sostener una alimentación equilibrada, dormir adecuadamente, gestionar el estrés y asegurar una correcta hidratación son medidas señaladas por la Clínica Mayo y la OMS para disminuir este proceso a largo plazo.
En base a El Tiempo/GDA