La idea de que los niños criados en las décadas de 1960 y 1970 eran emocionalmente más fuertes que los de hoy vuelve a aparecer con frecuencia en redes sociales y debates públicos. Sin embargo, desde la psicología, esta afirmación no tiene sustento científico y simplifica en exceso un fenómeno mucho más complejo.
Los especialistas coinciden en que no es posible afirmar que una generación sea “más resiliente” que otra. La fortaleza emocional no depende de la época, sino de múltiples factores que interactúan en cada individuo.
Una de las investigaciones más influyentes en este campo es el Kauai Longitudinal Study, liderado por la psicóloga Emmy Werner. El trabajo siguió durante más de 30 años a cerca de 700 niños nacidos en Hawái en 1955, analizando cómo evolucionaban en distintos contextos sociales y familiares. Uno de los hallazgos más relevantes fue que, incluso en condiciones adversas, aproximadamente un tercio logró desarrollarse como adultos emocionalmente estables.
Qué hace a una persona resiliente
A partir de estos resultados, se identificaron factores clave que favorecen la resiliencia:
- La presencia de al menos un adulto de apoyo
- Vínculos afectivos estables
- Habilidades sociales desarrolladas desde la infancia
- Estrategias para afrontar dificultades
Estos elementos muestran que la capacidad de adaptarse a la adversidad no es innata ni exclusiva de una generación, sino que se construye en interacción con el entorno. Otros referentes del campo, como Norman Garmezy y Michael Rutter, han reforzado esta idea al definir la resiliencia como un proceso dinámico. Esto significa que puede cambiar a lo largo del tiempo y depende tanto de las experiencias personales como de las condiciones sociales, familiares y culturales.
Comparar generaciones en términos de “fortaleza emocional” puede resultar atractivo, pero no refleja la complejidad del desarrollo humano. Las condiciones de crianza, los desafíos sociales y los recursos disponibles varían en cada época, lo que hace difícil establecer comparaciones directas.
Más que pensar en generaciones “más fuertes” o “más débiles”, los especialistas proponen enfocarse en cómo crear entornos que favorezcan el desarrollo emocional, independientemente del momento histórico. En ese sentido, la evidencia sugiere que la resiliencia no es una herencia generacional, sino una capacidad que puede cultivarse a lo largo de la vida.
Con base en El Universal/GDA