Durante décadas, la actividad física estuvo asociada al juego, la recreación y el disfrute. Sin embargo, especialistas advierten que la creciente influencia de la lógica de la productividad está modificando la relación de las personas con el ejercicio, hasta el punto de convertirlo, en algunos casos, en una nueva fuente de presión y agotamiento.
Según analizan Gonzalo Martín Pérez Arana y Antonio Ribelles García en un artículo publicado por The Conversation, la práctica deportiva se encuentra cada vez más atravesada por conceptos vinculados al rendimiento, la medición constante y la búsqueda de resultados, dejando en un segundo plano el placer de moverse.
Lo que antes era una actividad espontánea y recreativa se ha transformado, muchas veces, en una herramienta para producir bienestar, alcanzar objetivos o acumular métricas. Esta tendencia no solo afecta a los adultos, sino también a los niños, que se enfrentan cada vez más temprano a estructuras deportivas altamente competitivas.
Cuando el juego deja lugar a la exigencia
Uno de los fenómenos que más preocupa a los especialistas es la creciente profesionalización del deporte infantil.
Tradicionalmente, el juego libre permitía que los niños exploraran sus capacidades físicas, desarrollaran habilidades sociales y disfrutaran del movimiento sin objetivos externos. Sin embargo, la presión por alcanzar un alto rendimiento desde edades tempranas ha impulsado una mayor participación en entrenamientos estructurados, competencias y programas de especialización deportiva.
Los autores señalan que esta tendencia puede tener consecuencias tanto físicas como emocionales. Desde el punto de vista corporal, el entrenamiento intenso a edades tempranas aumenta el riesgo de lesiones musculoesqueléticas, entre ellas fracturas por estrés, tendinitis y alteraciones en las placas de crecimiento.
A nivel psicológico, el impacto puede ser aún más profundo. Cuando el deporte se vive como una obligación y no como una experiencia placentera, muchos niños terminan asociando la actividad física con la presión, la exigencia y el fracaso. Como consecuencia, el abandono deportivo durante la adolescencia se vuelve más frecuente.
Los especialistas sostienen que el movimiento forma parte de la naturaleza humana y que mecanismos biológicos como la liberación de dopamina y endorfinas están vinculados al placer que genera la actividad física. Sin embargo, cuando toda la atención se centra en el resultado, la experiencia deja de disfrutarse por sí misma.
El desafío de desconectarse de las métricas
En la vida adulta, la presión suele adoptar otra forma: la cuantificación permanente.
Relojes inteligentes, aplicaciones móviles y plataformas digitales permiten registrar prácticamente cada aspecto del entrenamiento. Distancia recorrida, frecuencia cardíaca, calorías consumidas y tiempo de ejercicio son algunos de los indicadores que muchas personas monitorean a diario.
Los autores advierten que esta práctica, conocida como self-tracking, puede generar una relación problemática con la actividad física cuando las métricas pasan a ocupar el centro de la experiencia.
En esos casos, el valor del ejercicio deja de estar vinculado al bienestar y comienza a depender de los números registrados. Si una actividad no queda reflejada en una aplicación o si no se alcanzan determinados objetivos, puede aparecer una sensación de frustración o insuficiencia.
Esta búsqueda constante de rendimiento también puede favorecer el sobreentrenamiento. Muchas personas ignoran señales de cansancio, dolor o necesidad de recuperación para cumplir metas previamente establecidas, aumentando el riesgo de lesiones y fatiga física.
A esto se suma otro factor: el estrés. Los especialistas sostienen que, para quienes ya enfrentan jornadas laborales exigentes, convertir el entrenamiento en una obligación más puede incrementar la sensación de agotamiento en lugar de aliviarla.
Recuperar el placer de moverse
Frente a este escenario, los autores proponen repensar la relación con el ejercicio y recuperar una mirada más lúdica sobre el movimiento.
En el caso de los niños, plantean la importancia de promover más espacios de juego libre y menos estructuras centradas exclusivamente en la competencia. Consideran que estas experiencias favorecen no solo el desarrollo físico, sino también el aprendizaje emocional, la creatividad y la autonomía.
Para los adultos, la recomendación pasa por reducir ocasionalmente la dependencia de las métricas y volver a prestar atención a las sensaciones corporales. Escuchar la respiración, disfrutar del movimiento, caminar, correr o practicar una actividad por simple gusto pueden ser estrategias para reconectar con el placer que genera el ejercicio.
También sugieren animarse a probar nuevas disciplinas sin la presión de alcanzar un determinado nivel de desempeño. La curiosidad, el aprendizaje y el disfrute pueden convertirse nuevamente en los principales motores de la actividad física.
Según los especialistas, separar el movimiento de la lógica del rendimiento no implica abandonar los objetivos o el esfuerzo, sino cambiar la forma de relacionarse con ellos. Recuperar el placer de moverse puede contribuir no solo a prevenir lesiones y agotamiento, sino también a fortalecer uno de los pilares fundamentales del bienestar físico y emocional.
Después de todo, concluyen, el ejercicio alcanza su mayor valor cuando deja de ser una obligación y vuelve a convertirse en una experiencia que se disfruta por sí misma.
En base a El Tiempo/GDA
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