Cada vez más mujeres abandonan el gimnasio no porque no quieran entrenar, sino porque el espacio les resulta incómodo. La sensación de estar siendo observadas, comparadas o fuera de lugar tiene incluso un nombre: gymtimidation, un término que combina “gym” e “intimidation” y que describe la ansiedad que muchas personas sienten al entrar a un ambiente de entrenamiento.
El fenómeno no siempre se relaciona con situaciones explícitas. A veces alcanza con no saber usar una máquina, sentir que todos parecen tener más experiencia o percibir que ciertos espacios —como la sala de pesas— están dominados por códigos masculinos difíciles de atravesar.
En Argentina, el contexto amplifica esa presión. Distintos estudios muestran que una gran parte de las mujeres no se siente conforme con su cuerpo y que muchas experimentan miedo al juicio ajeno al hacer actividad física. En un entorno donde el cuerpo suele vivirse como algo a corregir más que como un espacio de bienestar, el gimnasio puede transformarse en otro foco de autoexigencia.
La entrenadora y health coach Mecha Di Pietro asegura que esa incomodidad termina afectando directamente la constancia. Cuando entrenar genera ansiedad, sostener el hábito se vuelve mucho más difícil. Si una persona sabe que le hace bien moverse, pero la pasa mal cada vez que va al gimnasio, tarde o temprano deja de ir, resume.
Según explica, muchas mujeres sienten vergüenza de preguntar cómo se hace un ejercicio, de ocupar ciertos espacios o incluso de no tener el “cuerpo correcto” para entrenar. Ese malestar suele reforzarse con espejos constantes, comparaciones físicas y una cultura fitness muy centrada en la apariencia.
Frente a ese escenario comenzaron a crecer propuestas pensadas específicamente para mujeres. Más que gimnasios tradicionales, algunos espacios buscan funcionar como lugares de contención y comunidad, donde el entrenamiento no esté asociado al castigo ni a la exigencia estética.
Entre las disciplinas que más sorprenden aparece el boxeo. Aunque históricamente fue asociado a ambientes masculinos, muchas mujeres encuentran allí una forma de conectar con la fuerza física desde otro lugar, más ligado a la confianza y la descarga emocional que a la estética corporal.
La clave, coinciden especialistas y entrenadoras, no pasa solo por hacer actividad física, sino por construir entornos donde entrenar no implique sentirse juzgada. Porque para muchas mujeres, el problema nunca fue el ejercicio: fue el espacio donde intentaban hacerlo.
Con base en La Nación/GDA
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