Cuando una persona cuenta que duerme mal, una de las primeras preguntas suele ser cuántas horas descansa por noche. La cantidad de sueño es, sin dudas, un aspecto relevante, pero una investigación publicada en la revista científica Sleep señala que existe otro factor que también merece atención: la regularidad de los horarios de sueño y vigilia.
El trabajo analizó más de 10 millones de horas de información obtenida mediante acelerómetros de muñeca de 60.977 participantes del UK Biobank.
Los investigadores encontraron que quienes tenían patrones de sueño más regulares presentaban entre un 20% y un 48% menos de riesgo de mortalidad por cualquier causa en comparación con quienes tenían los horarios más irregulares.
También se observaron asociaciones con causas específicas de muerte. Una mayor regularidad del sueño estuvo vinculada con entre un 16% y un 39% menos de riesgo de mortalidad por cáncer, mientras que para las causas cardiometabólicas la reducción se ubicó entre el 22% y el 57%, según los distintos niveles de regularidad analizados.
Esto no quiere decir que dormir pocas horas deje de ser perjudicial ni que haya que resignar horas de descanso para mantener un horario fijo. Los investigadores señalan que estudios anteriores ya habían asociado tanto una duración de sueño anormalmente corta como una excesivamente larga con una mayor mortalidad.
El estudio, además, encontró que la combinación entre duración y regularidad alcanzaba su punto más favorable alrededor de las 7,8 horas de sueño. Esa cifra, sin embargo, no debe tomarse como una cantidad universal para todas las personas, ya que las necesidades de descanso varían según la etapa de la vida.
Por qué mantener una rutina puede ser importante
El organismo humano funciona de acuerdo con un ritmo circadiano, un ciclo biológico de aproximadamente 24 horas que interviene en la regulación del sueño y la vigilia, la temperatura corporal, el metabolismo y la secreción de distintas hormonas.
La luz es una de las principales señales del ambiente que ayudan a sincronizar ese reloj interno. Por eso, conservar cierta estabilidad en los horarios para dormir y despertarse favorece que el organismo mantenga patrones circadianos más regulares.
En cambio, modificar constantemente los horarios puede generar un desajuste entre el reloj biológico y las actividades cotidianas. Según los investigadores, las personas con patrones de sueño más irregulares también suelen estar expuestas a cambios en los horarios de luz, alimentación y actividad física, factores que pueden contribuir a alterar los ritmos circadianos.
Qué ocurre cuando los horarios cambian durante el fin de semana
Un ejemplo habitual aparece entre semana y durante los días de descanso. Una persona puede levantarse temprano de lunes a viernes debido a sus obligaciones laborales y, cuando llega el sábado o el domingo, despertarse varias horas más tarde.
Esa diferencia entre los horarios determinados por las obligaciones sociales y los propios ritmos de descanso suele denominarse “jet lag social”. Cuando comienza nuevamente la semana, el organismo debe adaptarse otra vez al horario habitual.
Por eso, la regularidad del sueño no consiste únicamente en intentar acostarse siempre a la misma hora. También implica procurar mantener horarios similares para levantarse, evitando cambios demasiado marcados de un día para otro.
La investigación pone así el foco en un aspecto del descanso que puede pasar inadvertido: no solo importa cuánto se duerme, sino también la regularidad con la que se mantienen los horarios de sueño y vigilia.
En base a La Nación/GDA