Las trompetas que se filtran por la ventana quiebran la calma de un martes en Colegiales. El aire anticipa la primavera en el barrio porteño y desde la parrillada La Esquina del Virrey llega el olor a carne asada. Si no fuera por la música, el anodino portón gris no daría pistas de lo que ocurre adentro. La Delio Valdez está grabando una colaboración de la que todavía no puede dar detalles. Es 8 de setiembre, poco después de las 14.00, y la orquesta hace una pausa para recibir a El País.
A través de la puerta de vidrio se ve a los técnicos mover instrumentos en la sala; en la mesa de control suenan las pistas grabadas. En el living, varios músicos comen algo, se pasan el mate y repasan partituras.
La percusionista Ximena Gallina (en la foto está a la derecha, con la mano levantada) propone subir a un cuartito repleto de instrumentos. Ahí va a ser más fácil conversar, dice aunque las pruebas de los vientos llegan como ecos. Se ceba un mate y empieza a contar cómo se sostiene una vida en la que casi todo se decide entre muchos.
La excusa es el regreso de La Delio Valdez al Teatro de Verano, el sábado 24 de octubre. Las últimas entradas se venden en Tickantel, de 1170 a 1700 pesos. En el estudio se ve el trabajo detrás de esa fiesta: cómo se ponen de acuerdo, cómo ensamblan un sonido común y cómo cada uno de los 15 músicos encuentra espacio para hacerse escuchar.
De la canción que están grabando abajo habrá novedades más adelante. Por ahora, Gallina cuenta qué le gusta de esas invitaciones: “Vienen a buscar el sonido de La Delio. ‘Queremos los vientos de La Delio’”. Lo dice con una sonrisa. Cada colaboración exige encontrar la manera de trabajar juntos, decidir qué grabar primero y darse tiempo. “Somos un montón, a veces para grabar una canción nos lleva días”.
Se entiende al escuchar el cruce de contundencia y delicadeza que distingue a la orquesta. “Inocente” y “De un tiempo a esta parte” tienen esa energía que invita al baile, pero también detalles que dan ganas de volver a escucharlas: una frase de los vientos, una respuesta de la percusión, un coro que entra en el momento justo. Gallina reconoce que a veces, entre tantos, tienen que recordarse que hace falta bajar un cambio. “Che, a esto le hace falta un matiz, una delicadeza”.
Para El desvelo, su último disco de estudio, encontraron un aliado en Popi Spatocco, histórico colaborador de Mercedes Sosa. Lo conocieron mientras grababan con los paraguayos Néstor Ló y Los Caminantes y hubo acuerdo inmediato: necesitaban trabajar con él.
Spatocco insistió en que grabaran todos juntos y asumió la dirección de la orquesta, una función que cambia según el proyecto. “Tuvimos un líder claro, un camino claro”, recuerda Gallina. Entendió “el quilombo que somos”, dice, y también lo que tienen organizado como cooperativa. Se sentó junto a la percusión a tocar con ellos. Terminó siendo “el tío Popi”.
Fue el disco más ensayado de la banda. Spatocco y los autores dedicaron reuniones de hasta dos horas por canción a discutir qué agregar, qué sacar y qué modificar en los arreglos.
Ver a La Delio en escena también es elegir hacia dónde mirar. Hay una voz que reclama atención, un gesto entre los vientos, una respuesta de la percusión. Todos tienen su momento. “Mirás a un lado, después ves al otro y en el mismo tema pasa algo distinto”, dice Gallina. La cercanía con el público se fue construyendo así, de a poco, mientras cada integrante encontraba la forma de mostrar su personalidad en escena.
Y ellos también miran. Después de tocar, comparan lo que alcanzaron a ver desde sus lugares: “¿Viste lo que pasó?”, “¿Viste a tal persona?”. De esas conversaciones salen ideas para las luces, para acercarse más o para armar una puesta de mayor despliegue. “En los vivos siempre pasa algo muy distinto, que es difícil de conseguir en el estudio”, explica. “Tiene que ver con cómo el público construye el show con nosotros”.
En junio, la orquesta publicó En vivo en Buenos Aires, el registro en audio y video de la presentación de El desvelo en el Movistar Arena, en noviembre de 2025. Las canciones propias conviven con versiones e invitados como Abel Pintos y Soledad. Es un anticipo de la propuesta que llegará al Teatro de Verano.
Lo que más orgullo le da a Gallina del camino recorrido es haber llegado hasta acá sin que el público pierda de vista cómo lo hicieron. “No hay público de La Delio que no sepa que somos una cooperativa, que no sepa que somos una banda independiente, que no sepa que tenemos 17 años”, dice mientras se ceba otro mate. “Cada paso nos cuesta, cada paso es un esfuerzo, pero también es una decisión grupal”. Habla de un crecimiento gradual, de acomodarse para seguir vigentes y de una búsqueda que no se termina: cuánto cambiar sin perder la esencia.
Uruguay fue ganando lugar en esa historia. En Medio y Medio empezaron a recibir pedidos de que tocaran en Montevideo; después llegaron las salas llenas y los
festivales del interior. A Gallina le gusta encontrarse con familias que van a pasar el fin de semana con carpas y reposeras, tocar de día, cambiar de plan. "Es otro plan que la Sala del Museo", dice. También están Chacho Ramos, con quien construyeron una amistad, y las historias de candombe y murga que varios integrantes traen consigo.
Al hablar de esos vínculos aparece Ruben Rada. El año pasado lo invitaron a cantar con ellos en Rosario y aceptó de inmediato. “Teníamos proyectos con él”, desliza. “Son muchas cosas que nos van juntando, nos van uniendo con nuestros amigos y amigas de Uruguay”. Cuando se le sugiere que este público es más tímido, se ríe: “Permitíme dudar”.
El 24 de octubre traerán temas de El desvelo, clásicos propios y parte de Enganchados bailables vol. 1, la sesión que publicaron en diciembre de 2025 y que incluye “El pescador de Barú”, “Atrévete a mirarme de frente” y “Piel morena”. “Volvió Thalía a los cuerpos”, comenta sobre esta última. Habrá invitados cuyos nombres aún reserva y un show pensado para seguir los detalles de principio a fin. Las butacas, aclara, no son una invitación a pasar la noche sentados.
Gallina imagina esa noche como el cumpleaños de un amigo al que ve cada tanto: el encuentro alcanza para recuperar la cercanía. “Nos sentimos como en casa y al mismo tiempo nosotros vamos con mucha ansiedad de encontrarnos”, dice.
Entre los músicos, la complicidad tiene sus matices. Cuando se mencionan las sonrisas cómplices en escena, Gallina se ríe: “También tenemos que disimular mucho cuando las cosas no salen bien”. Y explica: “Nos vamos turnando las energías, los liderazgos, las buenas ondas, las malas ondas”. Ese relevo recuerda al de los cantantes, que se pasan la voz principal según lo que les pide cada canción.
Ella sabe cómo funciona. Hay veces en las que se siente “fuerte, poderosa”, y otras en las que se frustra o le cuesta sostener lo que está viviendo. “Siempre hay un sostén que puede hacer que todo siga caminando”, destaca. “Se puede descansar”.
Viene del teatro y de los centros culturales barriales, y disfruta de jugar con ese personaje que fue encontrando en el escenario. Es ella, potenciada; una manera de protegerse y de entrar al show con la seguridad que necesita. “Me veo y me gusta”, dice. Y todavía le dan ganas de seguir probando, de ver cuánto más puede compartir desde ahí. “Es mi lugar, mi lugar en el mundo. Siento que quiero estar en un escenario siempre”.
-
Urbano Moraes: un libro para celebrar 60 años de música, la búsqueda que define su vida y por qué odia la fama
Diego Capusotto: el legado de sus personajes, su rol en “Tirria” y por qué la televisión ya no es una opción
Cosas para hacer en la semana: Feria del Libro, la última de Tom Cruise y un montón de visitas agentinas