A los 77 años, Urbano Moraes tiene una vida para contar y canciones nuevas para mostrar. El miércoles 7 de octubre volverá al Teatro El Galpón para celebrar sus 60 años en la música con dos presentaciones: la de su libro de memorias, ¿Dónde van las mariposas?, y la de los temas de un disco doble que está terminando. La noche reunirá a músicos con los que comparte escenario, grabaciones y amistad: Gustavo Montemurro, Martín y Nicolás Ibarburu, Pablo Somma y Pelao Meneses.
El encuentro empezará a las 20.00 en el hall del teatro. Allí, junto al editor Ángel Atienza, del sello Perro Andaluz, recibirá al público y responderá preguntas sobre un libro que entrelaza anécdotas, fotografías y recuerdos de distintas épocas. Aparecen los Knacks y El Kinto, los años en España y Argentina y las aventuras compartidas con Eduardo Mateo, Ruben Rada y Horacio “Corto” Buscaglia. Las entradas para el espectáculo están en RedTickets por 950 pesos.
A las 21.00 llegará la música. Moraes había pensado la fecha como una presentación del disco, pero la fabricación del vinilo en España obliga a esperar. Las canciones, en cambio, ya tendrán su estreno. "No es ningún tema de lo que yo vengo haciendo", adelanta. También cambiará su participación instrumental: cree que tocará el bajo en apenas un par de temas. Está entusiasmado y nervioso. Quiere que sea una noche distinta.
En esa misma sala, hace poco más de un año, presentó Musicasión 6: más de 50 artistas y más de tres horas de música que recuperaron el espíritu de aquellos espectáculos de los sesenta. Había pasado años imaginándolo sin animarse a encarar semejante trabajo. Cuando finalmente llamó a los participantes, todos le dijeron que sí. "No hubo una queja: todo el mundo aportando, agradeciendo también estar ahí. Para mí fue muy emocionante", recuerda.
Ahora vuelve con otra celebración y una historia escrita con sus propias palabras. En este diálogo con El País, habla del libro, de su rechazo a la fama y de una búsqueda musical que siente tan abierta como al principio. También de lo que extrañaba cuando vivía lejos y de las noches que le confirmaron por qué quería quedarse en Montevideo.
—Estás a punto de publicar ¿Dónde van las mariposas?, el libro en el que repasás tu vida. ¿Qué te motivó a escribirlo?
—La culpa del libro es de ustedes...
—¿De nosotros?
—Sí, de ustedes los periodistas (se ríe). Lo digo en broma, pero también hay algo de verdad. Me decidí a ponerme a escribir después de leer cosas que no eran ciertas. Me pasó, por ejemplo, con los libros sobre Mateo: cuando vivía con el Corto Buscaglia leíamos cosas y decíamos: “Bo, ¿por qué ponen esto?”. Así que decidí empezar a escribir. Arranqué hace 10 años, me entusiasmé y después lo dejé.Lo retomé hace un año y pico, y laburé mucho con el Pelao Meneses, que me ayudó con la parte estética. Quiero que sea un libro a todo color, que las páginas estén vivas.
—¿Qué te pasó al reencontrarte con aquellas páginas que habías escrito una década atrás?
—¡Vi que le faltaba de todo! Pero al menos había empezado. Mirá que ahora estoy saliendo con este libro y, en realidad, sé que faltan cantidad de cosas. Hablando con la gente me doy cuenta de que tengo muy mala memoria. A veces me dicen: “Bo, ¿te acordás de aquel toque que hicimos juntos?”, y yo no tengo idea. Es horrible, bo. Son cosas de las que estaría bueno acordarse, pero me las pierdo... ¿Qué se le va a hacer? (Sonríe)
—Bueno, pero el libro es una forma de fijar algunos de esos recuerdos para que no se pierdan.
—Sí, escribo de lo que me acuerdo. El libro habla de dónde y cómo nací, de las circunstancias, que fueron bastante bravas, y de las cosas que me influyeron en la vida y en la música. Yo vivía en una casa de músicos porque mis hermanos postizos, digamos, eran músicos. A la vuelta vivía Manolo Guardia y a mitad de cuadra, Federico García Vigil; eran como mis maestros. Yo curtí mucha música antes de tocar. No sé por qué a mi familia nunca se le ocurrió comprarme un instrumento. Así que cuando salí de la escuela, empecé a trabajar en Casa Praos para comprarme un piano. El tema es que no llegué a la guita, así que agarré para el bajo y me compré un Black Diamond, que era lo más barato. ¡Era una tabla!
—Así llegaste a tocar en los Knacks, tu primera banda, inspirada en la música de los Beatles.
—Sí, imitábamos a los Beatles. Ellos me marcaron para empezar a tocar. Nos fue bárbaro: fuimos la primera banda eléctrica que tocó en el Solís e hicimos temporada en Punta del Este. También salíamos al interior. En Fray Bentos y Mercedes nos esperaban con cachilas pintadas y pancartas. Era increíble: estábamos tocando y llorábamos de la emoción por las cosas que nos pasaban. Era todo muy fuerte.
—¿Qué aprendiste de ese éxito tan temprano? Podías pensar: “Quiero esto para toda la vida” o “Esto no es lo mío”…
—No… Nunca tuve éxito, no me interesa el éxito y odio la fama. No quiero ni saber.
—¿Qué es lo que más te interesa?
—Mi preocupación desde que empecé a tocar es tratar de entender la música. Sigo sin poder conectarme realmente con ella. Me encanta, la amo, y por momentos hay unas emociones que me hacen sentir que me estoy acercando a conocerla… Pero, en realidad, todavía no he podido conseguir el cable MIDI ese que se enchufa directo a la música. Ese que lograron Hugo Fattoruso y Rada.
—¿Con qué canciones sentiste que estuviste más cerca de enchufarlo?
—Prácticamente todas mis canciones son pedacitos de vida, de una emoción fuerte que tuve. Yo, en realidad, nunca compuse; no me siento compositor. Tengo canciones, sí, pero las hice porque me pasó algo. El otro día llamé a Agadu para registrar los temas de un disco doble que está por salir y, de paso, pedí la lista de los que tengo registrados. Me dijeron: “Che, ¡tenés como 60!”. Y yo: “¿Te parece mucho? Hace 60 años que toco. ¡Tendría que tener 300!”. Si sacás la cuenta, es un tema por año. Es un desastre, loco (risas). Paso años sin hacer ningún tema, nada. No tengo ese interés de ponerme a componer, como tampoco el de hacer una carrera de músico. Entiendo que está perfecto que otros la tengan. Siento que siempre estoy en pañales: siempre estoy tratando de saber de qué se trata esto.
—Un eterno buscador...
—Sí, porque si es solo componer temas y tocarlos, bueno, te ponés a inventar mil cosas y salís a tocar. Pero para mí hay otra cosa que todavía no tengo muy clara. Entonces voy haciendo lo que la vida me deja.
—¿Y qué te motivó a grabar un disco ahora, y además doble?
—En realidad, no fue que dije: “Voy a grabar este disco”. El primer tema salió porque nos juntamos con Nico Ibarburu, que es como mi hermano, y se nos ocurrió componer algo, por jugar. Fue empezar a tocar y grabar. Salió una música y quedamos como locos. Después aparecieron otras cosas. Por ejemplo, un día Ángel Atienza me ofreció unas horas en el estudio de Riki Musso que estaba por cerrar. Llamé a distintos músicos y salieron cinco músicas de la puta madre, prácticamente en el momento. Cuando estás con los músicos con los que te gusta estar, que hay una comunión ahí, siempre pasa algo. Empecé a ver que tenía una cantidad de música. Este disco lo empecé hace 15 años. Como todo lo mío, atrasado. Hay cosas de entonces y otras que fui grabando hasta hace poco. Son músicas que son parte de la vida. Tengo también un disco a medio hacer, experimental, superlibre, que está buenísimo. Pero bueno, se hace cuando se da.
—¿Cuáles son tus prioridades hoy?
—Seguir buscando, tener la humildad de saber que en una humanidad gigante sos un pichón de nada. No da para que te enloquezcas porque no entendés: lo lógico es no entender. Me interesa entenderme con los amigos, con la familia. La amistad me parece fundamental. Y el tiempo de vida: siempre traté de valorar cada momento que viví. No me gusta estar en los lugares donde no tengo ganas de estar. Si estoy incómodo, me voy. Incluso me he ido de escenarios; es como que no puedo perder tiempo. Y, de repente, el tiempo es nada: a veces ando caminando por Montevideo sin hacer nada, pero descubriendo cosas. Me copo mucho con la arquitectura. O con gente que no conocés: te mirás, te saludás y te das cuenta de que hay un swing. También viví muchos años afuera y extrañé mucho…
—Viviste un tiempo en España y después en Buenos Aires, donde tocaste con Rada a principios de los ochenta. ¿Ahí seguías extrañando Montevideo?
—Sí. El repertorio del Negro en esa época era increíble y él estaba en su mejor momento. Incluso tocamos en Obras y se grabó un disco en vivo. Sin embargo, yo extrañaba Montevideo y me vine. Ya me había pasado en España: llegué a estar en el mejor laburo de Madrid. Era un boliche que se llamaba Whisky Jazz, por donde pasaban todos los capos. Laburaba por temporadas y, cuando paraba, hacía bolos, que era salir a tocar por otros lugares. Era increíble. Antes de eso estuve en Andalucía con Imán Califato Independiente, que era una banda tremenda con la que cerrábamos los conciertos tocando en las plazas de toros. Pero llegó un momento en que dije: “No puedo más, tengo que estar en Montevideo”. Así que vine otra vez a contar las monedas para el ómnibus, a estar en la llaga.
—Pero necesitabas volver...
—Claro. Al día siguiente de haber llegado empecé a tocar en La Candela con Tres bigotes y una mosca, un espectáculo que hacíamos con el Corto Buscaglia, Pippo Spera y Mateo. ¡Estaba divino! Me había olvidado de que se divagaba tanto acá (risas). Había mucha gente, era divino, pero cuando cobrábamos nos íbamos a la esquina a comer una pizza y ya se nos terminaba la guita. Tuve que vender todo lo que había traído de España.
—¿Qué momentos de aquel espectáculo te hacían sentir que estabas de nuevo en tu casa?
—Un montón, pero había uno especial: hacíamos una versión en castellano de “Aos Nossos Filhos”, de Ivan Lins, y el Corto había hecho un poema de introducción. Apenas empezaba a recitarlo, yo empezaba a llorar... Cuando venía el tema, yo era un desastre (risas). Pasé muchas noches sin dormir en la casa del Corto, cantando y tocando; era hermoso. Pero a su vez me había olvidado de lo difícil que era estar acá. Cuando uno está afuera piensa que se queda con todos los recuerdos, pero hay cosas que se te olvidan. Lo cierto es que sos de acá y algo tiene. A mí no me interesa irme a vivir a ningún otro lado. Ni loco.
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