Crónica de María Becerra en el Antel Arena: "Quimera", cuatro personajes y un viaje de regreso a sí misma

María Becerra inició en Montevideo el tramo latinoamericano del "Quimera Tour" con un show 360° de dos horas y media, cuatro alter egos, una puesta teatral y un espectáculo que la muestra en su mejor momento.

María Becerra en el Antel Arena.
María Becerra en el Antel Arena.
Foto: Ignacio Sánchez.

Alcanza con cruzar las puertas del Antel Arena para entender que este será un show atípico. No hay un escenario frontal al que dirigir todas las miradas: una larga pasarela ocupa buena parte del campo y encuentra su centro justo debajo de una pantalla de cuatro caras que cuelga del techo. Alrededor de ese punto se desarrollará el espectáculo 360° con el que María Becerra presenta Quimera, su disco más ambicioso, en el que encarna a cuatro personajes antes de volver al centro como ella misma.

La estructura se abre en cuatro direcciones, como una estrella, y hacia cada una de ellas avanzará durante la noche para acercarse a un público que la rodea por completo. En los extremos están repartidos los músicos de su banda. Este viernes, el Antel Arena está repleto y pendiente de su aparición. Hay vinchas encendidas, carteles y personas vestidas como algunos de los personajes que la argentina creó para Quimera, el álbum de 2025 que presentó por primera vez con dos conciertos agotados en el Estadio de River Plate.

Su regreso a Montevideo, después de dos años, tiene además algo de punto de partida: esta noche comienza el tramo latinoamericano de una gira que, entre noviembre y febrero, tendrá nueve fechas en el Movistar Arena de Buenos Aires.

Cuando finalmente se apagan las luces, el rugido es ensordecedor. María Becerra, de 26 años, está a punto de mostrar el espectáculo más ambicioso de su carrera.

Y enseguida queda claro que la idea del 360° excede la forma del escenario.

El Quimera Tour está pensado hasta en sus detalles mínimos. Hay una banda en vivo y 12 bailarines, cambios de vestuario, pirotecnia, juegos de luces, escenografías que aparecen y desaparecen y hasta un escorpión gigante sobre el que María se monta. Las cámaras tampoco se limitan a registrar lo que ocurre: se acercan a un rostro, buscan una mirada, deforman una imagen o construyen una escena en tiempo real sobre las pantallas.

Pero el centro de todo sigue siendo ella.

No solamente por una voz que la encuentra en uno de sus mejores momentos como intérprete, sino porque aquí también actúa. Este no es el mismo tipo de espectáculo con el que pasó por la rambla de Punta Carretas o por el Velódromo Municipal, construido alrededor de canciones agrupadas en bloques. Quimera tiene otra lógica. Por momentos, se parece más a una obra teatral atravesada por un concierto pop de dos horas y media repleto de hits.

Se entiende apenas aparece Shanina, el primero de los alter egos que Becerra creó para el álbum. Después del embarazo ectópico que puso en riesgo su vida, la cantante buscó una manera de reencontrarse con la música sin quedar atada únicamente al dolor. Inventar personajes fue también una forma de volver a jugar: salirse de sí misma para, al final del recorrido, volver a encontrarse.

La voz de Gabriel Rolón funciona como hilo conductor. Habla de la quimera, de esa criatura construida a partir de partes diferentes, de algo que en principio no debería funcionar y que, aun así, consigue encontrar una forma.

Entonces aparece Shanina.

Con una estética inspirada en el animé y el manga, el personaje atraviesa la ilusión de un amor que poco a poco se desborda hasta convertirse en drama. María canta sus tres canciones —"Ramen para dos”, “Infinitos como el mar” y “Hasta que me enamoro”— y las enlaza con otras de su repertorio hermanadas con ese mismo universo emocional. “Cerquita de ti” da paso a “Ojalá”, y allí llega uno de los primeros grandes cantos colectivos de la noche.

María Becerra en el Antel Arena.
María Becerra en el Antel Arena.
Foto: Ignacio Sánchez.

También empieza a revelarse la verdadera dimensión del espectáculo. María puede pasar de la delicadeza a una furia contenida en cuestión de segundos, estirar una melodía, quebrarla o cambiar una intención. Y, sobre todo, actúa: con la mirada, con el cuerpo, con los movimientos y hasta con los silencios. Lo visual deja de ser un complemento para convertirse en una pieza central del relato.

Cada acto tiene su propio clima. Rolón vuelve para unir las piezas y, entre personaje y personaje, algún integrante de la banda ocupa durante unos minutos el centro del escenario. Así, la maquinaria cambia de forma sin detenerse.

Después llega Maite.

Es quizá el personaje más profundo de Quimera: una oficinista que carga con una ausencia paterna y con la necesidad de perdonar para poder seguir adelante. Con ella, el espectáculo cambia de clima y María revela su costado más emotivo en “Recuerdo que nunca existió”, “Que tú me quieras” y “Desafiando el destino”.

María Becerra.
María Becerra
Foto: Javier Rogoski @javifotoman.

En esta última ocurre algo que ningún efecto especial necesita ordenar. Casi intuitivamente, las linternas de los celulares empiezan a encenderse en los anillos del Antel Arena. Primero son algunas. Después, cientos. Finalmente, todo el recinto queda iluminado justo cuando María canta: “Si se apagan las estrellas en el cielo, las encenderé”.

Y por unos segundos, eso es exactamente lo que ocurre.

El segmento, sin embargo, no se queda únicamente en la profundidad emocional. También asoma una sensualidad contenida en “Agora” y “Entre nosotros”, que terminará de liberarse cuando JoJo tome la escena.

Pero antes llega Gladys.

Es el personaje en el que la cumbia se convierte en telón de fondo para contar otra historia: la de esa fuerza que aparece cuando no queda más opción que seguir adelante. Rolón la presenta así: “Incluso cuando todo se rompe arriba, abajo ella sigue firme, esperando el próximo amanecer”.

Y entonces aparece el costado más luminoso y festivo de la noche.

Como si fuera un domingo familiar, los bailarines y personas elegidas del público suben a compartir el escenario con ella mientras suenan “Amor de mi vida”, “Mentirosa” —con un cameo de Ariel Pucheta, de Ráfaga, en pantalla—, “Adiós” y “Miénteme”. El baile toma el centro. Arriba terminan armando un trencito; abajo, grupos de amigos hacen lo mismo en el campo.

Incluso hay lugar para cruzar las ficciones. Gladys aparece en la cárcel durante “7 vidas”, la canción principal de En el barro, en un guiño directo al personaje que Becerra interpreta en la serie de Netflix.

La llegada de JoJo vuelve a transformar el escenario. Aparece montada sobre un escorpión gigante que avanza como un carruaje y abre la sección más provocadora y hedonista del espectáculo. Es la libertad llevada al cuerpo y al baile, mientras canciones como “Automático”, “Qué más pues” y “Sexo es la moda” mantienen al Antel Arena de pie.

Recién a las 23.07, casi dos horas después del comienzo del show, María aparece como ella misma y toma la palabra. Hasta entonces apenas había hablado, y siempre al servicio de los personajes. Ahora rompe por fin esa distancia. "¡Por fin les puedo hablar!", exclama. "Gracias por el amor, por el recibimiento, por todos los cartelitos, por cantar todas las canciones. Uruguay es una segunda casa, gracias por este amor y esta calidez".

Vestida de blanco, deja atrás los alter egos. La ficción cede su lugar a su propia historia.

Ese último bloque se concentra especialmente en su relación con su pareja, el cantante J Rei, y deja dos de las grandes postales de la noche. Primero llega “Tatú”, con el Antel Arena apropiándose del estribillo y cantándolo casi por encima de ella. Después, para el final, queda “Mi amor”, la canción que grabaron juntos inspirada en el momento más difícil que atravesaron como pareja y en la forma en que lograron acompañarse.

No habrá bises.

Acostada en una cama ubicada en el centro de ese escenario circular, María canta una de las frases que resumen todo el recorrido: "Tocamos el cielo, caímos al suelo y nos levantamos juntos". Esta vez, a diferencia de los conciertos de River Plate, la voz de J Rei también aparece por los parlantes.

Así termina Quimera. Después de dos horas y media interpretando otras vidas, la artista que inventó cuatro personajes para reencontrarse con la música completa el recorrido despojándose de todos ellos. En un espectáculo construido en círculo, el viaje termina exactamente donde debía: en ella, sonriendo de frente a un Antel Arena repleto.

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