Desde su mítica chacra en José Ignacio, Pancho Dotto craneaba los desfiles más convocantes del verano y administraba un sistema de convivencia en el que albergó a leyendas de la pasarela como Dolores Barreiro, Pampitao Valeria Mazza. Tras bajar la persiana de su agencia y vender su predio en 2012, volvió al balneario despojado de la vorágine. A sus 70 años y alejado de los flashes reflexiona sobre el costo del éxito.
Tomar un café con Pancho Dotto en la península es, ante todo, un ejercicio de memoria viva. Para muchos, él es el rostro del capítulo más encandilante de la historia de Punta del Este; ese que se resume en el vértigo de los noventa: desfiles multitudinarios, fiestas exclusivas y la construcción de la belleza como estandarte. Sin embargo, detrás de ese brillo, el empresario recuerda aquellos años como una maquinaria de disfrute pero también de un estrés profundo, cuyas huellas físicas lo acompañan hasta hoy.
El encuentro tiene lugar en el jardín frontal de una cafetería con vista a la Playa Mansa. Dotto llega en su icónico Rolls-Royce y, como si el destino siguiera bajo su mando, encuentra lugar para estacionar frente a la puerta en plena hora pico. Dice que la suerte ha sido una aliada fiel en el apogeo de su carrera, cuando ningún imprevisto lograba empañar aquellos veranos de ensueño.
Su pasión por los autos clásicos sigue intacta. A mitad de una frase, sus ojos se desvían hacia la calle y el discurso se pausa por una fascinación técnica: “mirá, ahí va un Ford Thunderbird”, apunta con precisión. Aunque confiesa haber intentado desprenderse de lo material, su pasión es más fuerte y ha devuelto señas de compradores de algunos de sus vehículos porque le cuesta desarmar su colección. El Rolls-Royce, al igual que él, es un imán. Un grupo de transeúntes se detiene para tomarle una foto al coche de lujoy, al descubrir al empresario, buscan su saludo. Él responde con una sonrisa y luego, con la naturalidad de un anfitrión, interrumpe su relato para convidar con una medialuna al cuidacoches de la cuadra.
Quien fue un símbolo de Punta del Este hace 20 años hoy dice que quiere vivir el presente. Pasa gran parte del año en su departamento en el balneario y disfruta del retiro que le permitió la venta de la mítica chacra marítima que tenía en José Ignacio. Mantiene distancia de los eventos sociales y de las cámaras que ocuparon gran parte de su vida, y elige los paseos por la Mansa y los encuentros con amigos. Es en esta atmósfera relajada donde se dispone a un diálogo de dos horas, en el que recorre desde el brillo y la exigencia de la cúspide de su carrera, hasta la tranquilidad y los problemas de salud de la actualidad. Habla con una memoria minuciosa y sin filtro mientras el sol se esconde detrás de la Isla Gorriti; finalmente, el único espectáculo que hoy le importa.
-Has dado a conocer Punta del Este al mundo a través de eventos y fiestas de vanguardia para la época y la región, ¿sentís que el balneario te debe en ese sentido?
-Me pasó de conocer gente muy importante a nivel mundial. Me presentaban en Cerdeña, yo decía que era Pancho Dotto y la otra persona me preguntaba por Punta del Este. En vez de hablarme de Valeria Mazza o nombrarme modelos, me mencionaban el balneario. En 25 años hice cuatro especiales de Fashion Tv y dos para E! Eso le daba visibilidad a Punta del Este en todo Latinoamérica. Una vez invité a la revista Hola de España, y también a John Casablancas, el fundador de Elite Models.
-Lo más novedoso era el sistema de convivencia de las modelos en la chacra de José Ignacio.
-Eso lo inventé yo. Eran 20 chicas viviendo juntas en (la estancia de José Ignacio) La Fontana. Era una convivencia complicada, se peleaban por una cosa y por otra. Encima muchas eran adolescentes y después llegaban las famosas y ellas querían ser como las consagradas. Había disciplina y las chicas tenían que cumplir ciertas normas. Estaban mi hermana y mi madre que ayudaban a que no pase nada extraño aunque no puedo negar que también tuve suerte.
-¿Tuviste que echar a alguna?
-No, pero tuve varias reuniones serias. Las juntaba a todas y les daba el sermón de la montaña. Les decía “esto sí”, “esto no”. Había un reglamento establecido con los padres de las chicas. Las modelos no podían salir si no era con gente de la agencia, tenían que entrenar con un personal trainer y no les faltaba nada. De las pequeñas cosas que podían pasar no me enteraba en el momento sino al año siguiente por Estanislao, que era mi hombre de confianza de mantenimiento. Sabía todo lo que no podíamos ver ni mi madre ni mi hermana ni yo. Él decía: “esto no lo hagan que a Pancho no le gusta”. Pero eran travesuras, como escaparse un día.
-Imagino que también había cierto círculo de poder interesado en conocer a las chicas, ¿cómo se manejaba esa situación?
-Algunas personas que yo conocía que tenían prohibida la entrada. Otros se acercaban, pero no accedían. Yo hacía asados a los que venían desde Franco Macri al colorado (Francisco) De Narváez. Pero eran unos caballeros e iban a encontrarse entre ellos. Lo que les interesaba era socializar y hacer negocios. Nunca me tiraron un diezmo, ¡era un tonto! (Risas).
-Se dijo que Carlos Menem hijo quiso irse con una de las chicas y vos lo frenaste.
-Yo tuve problemas con él. No se puede defender, pero lo suyo fue bravo. Fue en El Ángel, una casa que alquilaba antes de irme a La Fontana. Escuché ruido de moto y cuando bajé lo vi a él de casco con una de las chicas. Le pregunté qué estaba haciendo, y él se sacó el casco y me preguntó qué hacía yo. Le dije que la chica era menor de edad y que no iba a ir a ningún lado. Me decía “vos la tenés conmigo”, pero yo ni sabía quién era, si tenía el casco puesto. Después me lo encontré en la casa de Valeria Mazza. Me agarró, fuimos a hablar afuera y me amenazó: “mirá que cuando volvamos a Argentina va a ser otra cosa”. Era complicado, pero nunca me pasó nada. Estaba acostumbrado a que los demás le permitieran todo. Él iba a Punta Piedra y andaba en moto de agua con las modelos de Ricardo Piñeiro. Yo no lo permitía.
-¿Te acordás de alguna otra “travesura” que te haya molestado?
-Nosotros teníamos un canje con una famosa heladería, y me acuerdo que Horacio que era el chofer de la agencia les traía kilos gratis de canuto para las chicas. Yo no tenía problema con que se tomaran un heladito y después hicieran gimnasia. Pero yo notaba que muchas hacían actividad física y sin embargo engordaban. A Carola Del Bianco, por ejemplo, la veía y le decía que estaba más gorda. Era todo porque se tomaban por lo menos un kilo de helado por día.
-¿Qué era lo que más te estresaba de aquella época?
-Algo que siempre me trancaba era la cantidad de trámites que había que hacer para hacer un desfile: el ministerio de no sé qué, el permiso de no sé cuánto. Tenía todo armado y me pedían un papelito, una carpetita, otra, y no terminaba más. Era estresante. Llamaba a los ministros de turismo de la época y siempre fueron muy amables, pero me decían “eso es por otro carril”. Me acuerdo que estaba a punto de largar el desfile con todos los permisos y de repente aparecían los tipos de Agadu y frenaban todo. Yo les pedía arreglar después del desfile y me decían que si no se pagaban siete mil el desfile no se hacía. Entonces yo salía corriendo a La Fontana a buscar y contar los billetes para poder arrancar. Hablamos una vez con Cipriani para producir un gran desfile de nuevo, pero la verdad es que no me veo otra vez corriendo con la carpetita. Te juro por la memoria de mi querida madre que eso y los caprichos de algunas modelos eran lo peor.
-¿Hiciste dinero con toda la industria que creaste en las temporadas de Punta del Este?
-No. Siempre invertía más de lo que recuperaba. Era un barril sin fondo: las chicas comían, viajaban y yo pagaba todo. Alquilábamos un helicóptero para hacer filmaciones porque en aquella época no había drones. Al principio no tenía ningún esponsor y después varios me me mandaban un montón de productos. Me acuerdo que la marca de protector solar me daba muchísimos que yo le regalaba a todo el mundo porque se vencían.
-¿No compraste algún terreno o hiciste algún negocio por fuera de la agencia?
-Vendí el predio que tenía al lado de la Fontana y hace 12 años que vivo de eso. Me preguntan qué hago y lo que hago es administrar ese dinero. Antes tuve otros terrenos que vendí en su momento. Los compré hace muchos años en ocho lucas, los vendí a 200 y hoy están a 500.
-¿Qué extrañás de aquella época de los desfiles?
-(Piensa) Me gustaría volver a juntarme con ellas a comer algo, pero no me daría el cuerpo para hacer lo que hacía antes. Yo me quejo, pero hay una cosa rara entre la alegría y el lamento. Nadie me obligaba. Yo no trabajaba para una agencia, sino que era mía. Empecé de cero y llegó a ser la más importante de Latinoamérica. Tenía varias producciones y campañas simultáneas en Argentina, Chile, Perú, México. Tenía gente en Europa, Estados Unidos y Japón. Fueron 30 años. Los primeros cinco años fueron fuertes y no ganaba plata, pero después me impuse y estuve 25 años monopolizando el mercado. Fue una locura.
-¿Cómo recordás el momento en el que tomaste la decisión de bajar la persiana de la agencia, dejar de venir a Punta del Este con las modelos y vender tu terreno en José Ignacio?
-No daba más. Fue como por un instinto de supervivencia. Terminaba la "maravillosa" temporada de Punta del Este y me tenía que internar en el centro Vida Sana durante 15 días para poder arrancar de nuevo. Yo venía de todo el año de trabajo, hacía un scouting por todo el país y después me iba a La Fontana con las modelos y las famosas. Me costó mi salud y 25 años de vida porque me dediqué solo a trabajar. Parecía que me divertía, pero solamente parecía. Era un maltrato personal de mí hacia mí. Bajé la persiana de la agencia y lamentablemente no tenía ningún familiar para dejársela.
-¿El cuerpo no te volvió a pedir esa adrenalina después?
-Al principio me faltaba. Yo ahora dejé a mi perro en Buenos Aires y hace pocos días dejé de mirar para atrás en el auto pensando que estaba. En ese momento me pasaba lo mismo. No entendía cómo no me explotaba el teléfono. Pero venía a 300 kilómetros por hora, y de repente pude ir a mi ritmo y dedicarme a mi cuidado, a mi silencio sin que nadie me apure.
-¿El trabajo de la agencia dejó alguna secuela concreta en tu salud?
-Queda como un resabio. Soy como un boxeador al que mataron a trompadas un millón de veces. Mentalmente me puedo olvidar pero me quedaron algunos dolores. No sé expresarlo en palabras técnicas, pero siento que me quedó averiado el sistema nervioso después de vivir alterado durante tanto tiempo.
-¿Cómo has visto los cambios en la industria a partir de nuevas corrientes culturales, como la mirada sobre el rol de la mujer, por ejemplo?, ¿creés que se podría hacer en la actualidad un despliegue como el que hacías vos?
-Yo nunca hice “la cola Reef” ni nada de eso. Me llamaban para que participemos de eso en la playa Montoya y yo ni les atendía el teléfono, aunque ahora soy muy amigo de los de Reef. Lo que hacía yo era distinto y se sigue haciendo. Es más, todo ahora está mucho más apuntado a lo sexy que antes. Lo que está mal ahora, estaba mal antes. Y lo que estaba bien antes, también está bien ahora. Hay cosas que están mal y punto.
-¿Has ido como espectador a desfiles de Punta del Este después de tu retiro?
-El otro día estuve en un desfile en la Calle 27 y fue bastante prolijo. Fui por mi amigo Carlos Cámara. Pero hay otros que se hacen en Punta del Este que no tienen producción y desfila cualquiera. Es todo una gran farsa. El año pasado fui a un par y era todo muy casero.
-¿Evaluás mudarte definitivamente a Uruguay?
-Sí. Más de una vez dije que me quiero quedar a vivir. Este es uno de los lugares más lindos del planeta. Uno se pone a escuchar lo que dicen en otras mesas y la mayoría es gente que dice que se quiere quedar. Estamos sentados acá y estoy tranquilo de que no me va a pasar nada. En Buenos Aires no podría andar en el auto que ando, no podría tener el reloj puesto, e incluso sin nada de valor me sentiría muy expuesto en la calle y preferiría hablar adentro. A mí me apuntaron un par de veces en la cabeza y me dijeron “Pancho, dame el reloj”. En Punta del Este por ahora no. Dejo la camioneta a lavar y me dan la plata que encuentran abajo del asiento, voy al lavadero de ropa y me dicen que encontraron plata en el bolsillo, me paso perdiendo el teléfono y me lo devuelven. En Argentina no pasa nada de eso. Quiero probar quedarme todo el año acá. Tengo la pileta que me sirve para la espalda, amigos que son del lugar y estos atardeceres que son maravillosos.
-¿Has conocido al presidente Orsi o al expresidente Lacalle Pou?
-Yo escuchaba hablar a Lacalle Pou y me preguntaba por qué no podíamos tener un presidente como él. Habla bárbaro y tiene buena onda. Lo conocí en Carmelo y le pregunté cuánto cobraba para llevarlo como presidente de Argentina. Se rió y me dijo que tenemos un país hermoso. Nos sacamos una foto y nos abrazamos. Me pareció un tipo amoroso. Yo sé que tenemos un país hermoso, ¡pero nos falta un político como él! Ahora en Uruguay asumió otro partido distinto, pero tienen estabilidad y no pasa nada. En Argentina cambia un gobierno y es un caos.
-Hace tiempo se viene hablando de la producción de tu serie, ¿en qué está ese proyecto?
-Hace cinco años que damos vuelta con mi serie. Hay que hacerla cada vez más corta porque la gente ve menos. Está en manos de las plataformas. Se está viendo entre Netflix y Disney. Ya tuve muchísimas reuniones. Hace un año viajó alguien de Disney y me preguntó por qué yo estaba apurado. Le dije mi hermano acababa de morir, una amiga mía también y otro que me hubiese gustado que hable en el documental tenía Alzheimer. Yo no sé cómo voy a estar yo mañana. No quiero que hagan mi documental cuando me muera. Lo quiero hacer yo. Cuando tuve esa reunión el presidente de Disney vivía. Al tiempo murió.
-¿A vos te preocupa la muerte?
-No, pero le tengo miedo a la vejez y a no poder tomar mis propias decisiones. En Uruguay está permitida la eutanasia, pero según me dijeron tiene trámites rigurosos que no podés hacer si estás hecho pomada. Yo quiero que sea algo más sencillo. Muchas veces me he sentido mal y miré por la ventana. Pasé por momentos complicados de no tener más ganas de vivir. Tengo un problema en mis huesos y mis articulaciones y he pasado momentos complicados de dolor. Afortunadamente se resolvieron, pero no sabés lo que es sufrir de dolor, y que te inyecten una y otra vez y después te internen. Llegué a estar 10 días con morfina. Preguntaba “qué hacemos” y no me daban respuesta. De aspecto se me ve bien, pero vengo jodido de los huesos. No hay peor cosa que el dolor.
-La última pregunta, en referencia a un tema de actualidad: trascendió que el magnate Jeffrey Epstein acusado de ser un agresor sexual infantil habría visitado Punta del Este en los 90 y que le habría hecho una transferencia de dinero a Roberto Giordano, ¿te enteraste alguna vez de que estuviera presente en el balneario?
-Nunca lo vi. Me llama la atención lo de Giordano. No creo que haya estado metido en semejante atrocidad. Él nunca tuvo ese perfil, y tenía demasiados líos como para meterse en uno más.
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