Se crió en El Pinar, inmersa en los bosques y jugando al fútbol en la calle. Sofía Tardáguila (29) idealizó su infancia hasta que descubrió, en un intenso proceso terapéutico -estuvo internada cuatro años por una patología alimentaria-, que tantas horas lejos del hogar habían tenido consecuencias. El teatro atraviesa su vida desde la niñez, pero la comunicación y las redes se convirtieron en otra vía de expresión y en una fuente de ingresos. La actriz, influencer y analista de Gran Hermano (Canal 10) repasa su historia.
Miraba películas y se obsesionaba tanto que repetía los diálogos hasta el hartazgo con el objetivo de aprendérselos de memoria. Así, con apenas tres años, empezó a brotar el Tardáguila el deseo de ser actriz. A los 12 empezó clases de comedia musical y se enamoró del escenario. A temprana edad le tocó elegir entre dos pasiones: el arte o el fútbol. Dejó la pelota y atravesó su primera crisis.
Forjó su personalidad inquieta, curiosa e independiente en los bosques de El Pinar, donde pasaba el día como líder de un grupito de varones. Estar tantas horas lejos del hogar le pasó factura: creció de golpe y le faltó contención.
Su casa familiar era un caos y la bomba detonó en su cuerpo: a los 16 años, padeció una patología alimentaria que la llevó a un largo tratamiento.
“Este tipo de enfermedades tienen que ver mucho con tu núcleo familiar”, reconoce. La convivencia se volvió insostenible y, a los 19, se fue de su casa a vivir a una residencia.
La licenciatura en Comunicación -que hizo becada en la Universidad de Montevideo- y escribir poesía la sacaron del pozo. Encontró en las redes sociales un lienzo donde mostrar todo aquello que le fascinaba.
Hoy su comunidad supera los 276 mil seguidores y fue ese crecimiento el que le abrió las puertas de Canal 10. Primero fue contratada para hacer contenido para Instagram y TikTok durante el regreso de Gran Hermano Argentina, en 2022, y luego llegó como panelista a La previa.
Se copó con el formato, aunque no lo conocía, y empezó a mirarlo con otros ojos y a entenderlo: “Al principio fue un trabajo de acting, hasta que encontré qué panelista era. Me fui sintiendo cómoda y me divierte mucho”, asegura.
Mañana se estrena la primera edición de Gran Hermano Uruguay a las 21:15 y Tardáguila estará como panelista en el programa diario que conducirá Eduardo “Colo” Gianarelli.
“Me entusiasma, me divierte y me intriga mucho saber qué va a pasar. A los 21 que van a entrar o los conocés o estás a un grado de separación. El programa va a durar tres meses, pero el chisme, 20 años”, bromea.
Además, hoy está de reestreno con la reposición de Cenicienta, el musical, por las vacaciones de setiembre. Hay funciones hasta el 26 inclusive en el Teatro Astral y las entradas se pueden comprar a través de RedTickets.
Ser Charlotte, una de las hermanastras de Cenicienta, en este clásico es un sueño hecho realidad.
El estreno televisivo y el teatral son las excusas para profundizar en la historia de Sofía Tardáguila. A continuación, un resumen de la charla de Sábado Show con la actriz, influencer y comunicadora.
—¿Descubriste en terapia que habías idealizado tu infancia?
—Entre los 16 y los 21 tuve una patología alimentaria y estuve internada cuatro años. Se trata como una adicción en terapia grupal y hasta se aprende más de escuchar al otro. Esta enfermedad también se relaciona mucho con el miedo a crecer y esa microsociedad me ayudó a enfrentarme a ese mundo que parece un monstruo. Trabajé un montón de cosas. No te sé decir si lo descubrí en terapia. Guardo un cariño enorme por la infancia porque siento que no podría haber disfrutado más, pero no todo es tan color de rosas.
—¿Por qué decidiste irte tu casa a los 19 años?
—Me fui en este quilombo adolescente. Me puse de novia a los 18 y la conocí mientras estábamos en tratamiento. Estuve cuatro años y fue tóxico en cuanto a que las dos estábamos enfermas. La idea era ayudar y sanar juntas, pero las adicciones son complicadas: te potenciás para mal o una está bien y la otra no. Este tipo de enfermedades tienen que ver mucho con tu núcleo familiar. Mi casa era un caos y yo el síntoma, la bomba que explotó.
—¿Cómo era la relación con tus padres?
—Me fui porque estaba muy mal. Me mudé con mi novia, no resultó y no podía volver a mi casa porque no era sano para nadie. Mi madre se recontra puso la camiseta, pero es una enfermedad muy difícil de entender. Llega un punto que no sabés qué hacer y me soltó la rienda. Me fui a vivir una semana a lo de mi padre y me dijo: “No vivís acá”. Quedé en pelotas y terminé en una residencia en el Centro.
—¿Cómo sobreviviste?
—Trabajaba como técnica de celulares. Estuve en una especie de cuevita con un tubo de luz dos años y medio. Egresé de la escuela de actuación de El Galpón estando ahí y arranqué a estudiar la licenciatura en Comunicación en la Universidad de Montevideo, porque conseguí una beca y me enamoré de la carrera.
—¿Te salvó del pozo?
—Estaba con el corazón roto por mi separación. Dejé el tratamiento porque después de tantos años hay una comodidad. Cuando te sueltan tus padres, el tratamiento, te das cuenta de que sos vos contra el mundo, y saltás y o te terminás de hundir. Me salvó escribir. El teatro me acompañó siempre, pero empecé a escribir poesía y a compartirlo y se me abrió el mundo de las redes sociales. Me encontré con gente a la que le gustaba lo que hacía y dije: “Esto es un escenario para poner arriba mis distintas facetas”. Entre eso y la carrera de Comunicación, salí de ese pozo.
—En Historias de amputaciones a la hora del té hiciste de Laurita, una chica de 20 años con cáncer terminal. Probaste alrededor de siete voces para ese rol. ¿Cómo fue interpretarla?
—Fue la obra que más he disfrutado hacer. El director, Vladimir Bondiuk, es mi mejor amigo, hicimos la carrera juntos y conectamos mucho desde lo artístico. Me acuerdo de crear con él hasta las dos de la mañana en su casa y tejer este personaje desde el grotesco. Expreso mucho a través de la voz y me encanta jugar con eso. Llegamos a tener siete voces hasta que llegamos a una que nos convenció. Eso empieza a convivir de forma orgánica con lo que creás a nivel físico y después el personaje se transforma al relacionarse con los demás roles, que eran una maravilla, empezando por Myriam Gleijer que interpretaba a la abuela.
—¿Qué tuvo de especial este papel ¿Por qué fue tan importante?
—Era una chica con cáncer terminal, que está por cumplir 20 años, vive con la abuela y su sueño es conocer a su padre. La situación es terrible, pero la obra era atravesada y contada de una forma luminosamente oscura. Te ibas devastado, pero habiéndote reído y con cierta luz. Conecté mucho con la creación y, de alguna manera, lo extrañé, como si hubiera existido. Cuando llego a sentir que el personaje se sale de mi cuerpo y vive, son los trabajos más lindos de hacer.
—¿Qué significó volver a la comedia musical con Cenicienta?
—La comedia musical es mi cuna artística y era un sueño hacer un espectáculo musical desde esa producción y en Montevideo, algo que hace unos años era impensado. Venía de hacer Karaoke Elusia, una obra oscura que aborda el suicidio adolescente, y saltar a algo tan luminoso fue un respiro de diversión y alegría. Esos personajes son joyitas y los más divertidos de ver por dónde encarar y crear, pintorescos arriba del escenario. Me permiten juego y los elijo siempre.
—¿Cómo nacieron los audios de WhatsApp que se volvieron un fenómeno en tus redes?
—Quería aprovechar el espacio para mostrar mi lado actoral y salió la interpretación de audios verdaderos de WhatsApp que mandaba la gente. Por la voz, los ruidos, la historia, me imaginaba el universo y me filmaba.
—Terminaste montando una obra en Bella Unión a partir de una serie de audios muy graciosos ¿no?
—Sí. Empezó siendo una pareja envuelta en líos amorosos. Después llegó la opinión de la vecina, la hermana, y me di cuenta de que eran todos de Bella Unión. Para ellos era como la novela de la tarde. Surgieron otros personajes súper descabellados y terminé escribiendo el unipersonal La ciudad del azúcar, sobre la relación de una montevideana que no conocía Bella Unión con esa ciudad y todo el cariño que me daba. En 2022 fui hasta Bella Unión a hacerla y se llenó el cine. Yo era Susana Giménez: me sacaban fotos, me pedían entrevistas.
—¿Cuándo sentiste que las redes habían explotado?
—Primero con estos audios, me mantuve en 40 mil seguidores, y la explosión grande se dio en noviembre pasado. Hice un viaje muy loco con Vlado, mi mejor amigo. Fuimos a Miami a ver a Lady Gaga, a Disney, después me fui a Madrid e Irlanda, donde estaba mi padre viviendo. Después fui a jugar un mundial de fútbol playa a Italia representando a Peñarol, que era un sueño. Fue muy intenso, de mucho estímulo, y le adjudico que al volver cambié la forma de hacer contenido y me catapultó.
—¿En qué sentido cambió?
—Más allá de que llevo años trabajando con Rafa, mi novia, que también es comunicadora, el viaje me acomodó: solté el escritorio, empecé a grabar en la terraza de mi casa y esos videos ensayo se dispararon. Es una combinación de lo que me encanta hacer: todo lo guiono e interpreto.
—Has usado las redes para impulsar colectas y lograste recaudar hasta 30.000 dólares para Fanny. ¿Qué aprendés de esas experiencias?
—Fue una etapa muy fuerte, donde trabajé dos años en contenido orientado a colectas. Mi tesis en Comunicación fue sobre cómo usar las redes sociales para hacer movimientos que trasciendan la virtualidad. Si mi objetivo es que la persona done, primero tengo que darle lo que viene a buscar: mantenerla entretenida. La gente también quiere ser parte de una comunidad y, si lo lográs, la motivás a apropiarse de la colecta y su objetivo es llegar al número. Investigué un año esos factores que hacen que alguien diga: “Voy a donar”.
—¿Cómo llegaste a Canal 10?
—Agustín Gil me seguía en redes y me llamó porque Canal 10 había comprado Gran Hermano Argentina, y era una incertidumbre porque hacía mucho que no se hacía uno. Querían generar conversación en redes y me contrataron para hacer contenido en TikTok e Instagram, y a Emiliano y La Milanesa para Twitter. No sabíamos que iba a explotar. Yo estaba haciendo contenido porque me pagaban, pero muchos otros lo hacían gratis. El 1° de enero quedó un hueco antes de la gala y decidieron hacer un debate. Fue una apuesta del canal y del productor Diego Travieso: “Tenemos a estos influencers que les estamos pagando y están viendo el programa”. Eran cuatro butacas con panelistas, Eliana Dide y Agustín Gil conduciendo, y así arrancó La previa. Se generó algo muy bueno y Diego dijo: “Esto es el principio de algo”. Se empezó a liberar esa programación y así la previa se instaló.
—¿Qué te gustaría hacer y todavía no te animaste?
—Siempre quise actuar y jugar al fútbol. Me encanta el audiovisual y me gustaría tener un papel con desarrollo en una serie o cine. Me intriga saber cómo es ese proceso de trabajo. De niña, cuando miraba las películas, fue ese mi interés. El teatro, que lo amo con pasión, era un trampolín para meterme en ese mundo con el que soñaba y me llevó a ser actriz.
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