Una asamblea de profesores por dentro: quejas por ChatGPT, rechazo a la virtualidad y caos en el Dámaso

Un periodista de El País se infiltró en la ATD del liceo Dámaso y cuenta lo que vio y escuchó. El rechazo a clases virtuales, pruebas que “son un fraude”, caos organizativo y superpoblación fueron temas discutidos por los profesores.

Una ATD del liceo Dámaso
En la ATD del liceo Dámaso los profesores se acercan a la mesa para que les firmen una constancia.

Es uno de los liceos más grandes del país. Cerca de 5.000 alumnos pasan cada día por las históricas aulas del Dámaso Antonio Larrañaga, que desde hace siete décadas ocupa una manzana entera en La Blanqueada. Subo la escalinata y atravieso sus imponentes puertas, en Jaime Cibils y Centenario. De afuera el edificio diseñado por el arquitecto José Scheps, Monumento Histórico Nacional, tiene un aire al de la Facultad de Arquitectura. Se lo considera un ejemplo de la arquitectura renovadora del siglo XX en Uruguay. Es martes 2 de junio, pasan unos minutos de las nueve y media de la mañana y no hay estudiantes en la vuelta. Solo una auxiliar de limpieza, en el amplio hall de entrada. Hoy no hay clases.

—Buen día profesor —me dice, amable—. La reunión es acá subiendo la escalera, en la sala de proyecciones.

Yo no soy profesor, claro. Estoy acá para ver cómo es una de Asamblea Técnico Docente (ATD) y la única forma de hacerlo es hacerme pasar por un docente.

Le agradezco y voy al piso superior. Hoy es día de ATD en los 312 liceos de todo el país. En cada centro educativo se reúnen los profesores —están obligados a hacerlo— para discutir un temario planteado por la Dirección General de Educación Secundaria sobre asuntos técnico-pedagógicos y educativos, tal como establece una ley de 1985. Porque una ATD no es una asamblea sindical.

Liceo Dámaso Antonio Larrañaga
Liceo Dámaso Antonio Larrañaga.
Foto: Leonardo Mainé.

Cada liceo eleva su respuesta a una asamblea nacional (ver recuadro más abajo), que después sistematiza las conclusiones y las envía a la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP).

En el piso superior no hay nadie, enfilo a la derecha por el pasillo hasta el fondo pero no encuentro la famosa sala de proyecciones. Mientras, me distraigo mirando los ventanales que dan a un enorme patio interior. Había leído que Scheps diseñó este monstruo con 36 aulas, laboratorios, biblioteca, gimnasio, carpintería y hasta un observatorio astronómico con cúpula, que aún funciona. Cerca de la biblioteca Julio Alpuy pintó al fresco el mural Oficios, restaurado hace unos años tras décadas de deterioro. El Dámaso supo tener un esplendor del que queda bastante poco.

Doy marcha atrás y voy hacia la izquierda. Me topo con un grupo de profesores, los saludo y los sigo. Pasamos por el costado de una clase que tiene puerta con reja: es la única así; se trata del salón de audiovisuales, donde hay una tele que, se ve, temen que sea robada.

Sala de audiovisuales del liceo Dámaso
Sala de audiovisuales del liceo Dámaso.

Llegamos a la sala de proyecciones, que en realidad no tiene pantalla ni proyector, hoy se usa para actos o reuniones grandes.

La sala no está llena todavía: habrá unos 50 docentes, que un rato más tarde serán cerca de 90.

Busco una silla al fondo y me acomodo. El tema es así: hacerme pasar por profesor no implica una tarea de inteligencia, truchar un documento o inventar algo. Nada que ver: es tan simple como ir al liceo y buscar la sala de la ATD. “Nadie te va a preguntar nada”, me había avisado un amigo que es profesor, “todo el mundo va a estar para lo mismo”.

Aunque las ATD son para todos los profesores de liceos públicos, no existen controles respecto a que los que allí participen sean docentes. Y los que van a cada liceo no son necesariamente los docentes de ese centro: cualquier profesor puede ir a cualquier liceo del país. Eso hace que muchos elijan un edificio que les quede cerca de su casa o en un lugar cómodo. Lo importante es asistir a una ATD y llevarse una constancia de que participaron hasta el final, que luego deben presentar en el centro educativo donde trabajan para evitar que les descuenten el día.

Esta mañana hay profesores que se conocen, algunos son docentes de este liceo, pero claramente la mayoría no lo son. Cerca de mí, por ejemplo, se sienta uno que trabaja en Rivera.

Lo que reina es el anonimato. Muchos miran el celular o el techo, sacan su computadora, leen alguna cosa; toman mate o café. La mañana es larga.

Violencia y redes: lo que se discute en la ATD

Para que una asamblea sea tal debe tener una mesa que la dirija (“alguien que agarre el choclo”, me traducen) y eso es lo primero que decidiremos esta mañana. Una docente toma la palabra y explica, para los que “no saben bien”, que la tarea implica leer el material que envió la asamblea nacional, “firmar” los votos y las constancias de presencia y luego tomar los apuntes de lo que concluye la ATD. Lo habitual es que casi nadie quiera hacerse cargo porque además eso implica una tarea extra: subir las respuestas a la web.

La docente que explicó todo aclara, como para que a nadie se le ocurra proponerla:

—Yo no puedo estar en la mesa, tengo que llevar a mi madre al Casmu. Salgo a las 11 menos cuarto y no sé si vuelvo.

Entonces aparece un alma bondadosa.

—Yo los ayudo si quieren, pero a la una entro a trabajar en otro lugar —dice y se sienta en la mesa adelante.

—Esperemos que a la una ya estemos fuera —le responden, sonrientes.

—¿Alguien más...?

Silencio. Pasan unos segundos, hasta que otro levanta la mano.

Entonces leen un documento que envió la mesa permanente de la ATD nacional, que desde el día anterior ya circulaba en los grupos de WhatsApp. Todos escuchan. Allí se afirma, entre otras cosas, que hay “gran preocupación” por problemas emergentes vinculados al sistema educativo, como “la violencia estructural presente en la sociedad” que se ha “agudizado” desde el inicio del año lectivo “en la convivencia institucional y en la vida cotidiana de los centros educativos, así como también en el uso de redes sociales y tecnologías”. También dicen que es “indispensable atender las condiciones socioeconómicas de las y los estudiantes mediante políticas que garanticen condiciones de vida dignas y el acceso efectivo a derechos fundamentales”.

Pasillo del liceo Dámaso
Pasillo del liceo Dámaso.

Después anotan en un pizarrón los tres grandes temas que se discutirán esta mañana: educación para jóvenes, adultos y extraedad; programas vigentes; modificación del Reglamento de Evaluación del Estudiante (REDE) y del Reglamento de Evaluación del Estudiante de EMS (Reems), que establecen los criterios de evaluación en la Educación Básica Integrada y en la Educación Media Superior.

La idea es discutir en comisiones cada uno de estos tres grandes temas.

—¿Quién desea formar la comisión de educación para jóvenes, adultos y extraedad? —pregunta la docente que en un rato se irá con su madre al Casmu.

—Yo —se apura, mate en mano, un profesor que viste una colorida campera de franela.

Nadie más.

—Yo invito a participar de esa comisión porque ahí podemos incluir el tema de las pruebas de acreditación.

A esta comisión le asignan el salón 23. Unos pocos se paran con cierta timidez y lo siguen. Me paro también, casi que por solidaridad, y voy al 23.

Acredita, "una chantada populista"

Nos sentamos en ronda, cada uno en un banco liceal, de esos de asiento bien duro. Somos 14; casi todas mujeres, hay cuatro hombres.

El profe de campera de franela lleva la batuta. En un nivel casi obsesión, criticará una y otra vez las pruebas Acredita, que permiten a los mayores de 21 años aprobar mediante un solo examen y sin asistir en forma presencial. Se aplica en ciclo básico y desde este año también en bachillerato, en ese caso con una edad mínima de 27.

—Las pruebas Acredita son una chicana, una chantada populista —dice— hecha por el sistema para achicar recursos y no invertir en educación. Yo aprendí que la educación era proceso, vivencia.

—Es un maquillaje —le responde una profesora.

—Un fraude.

Una docente admite que no sabe bien de qué se trata. Entonces le explican:

—Son pruebas donde vos, con 21 años de edad, aprobás todo en tres horas.

—Si no, hago como Robert Silva: me recibo de profesor en seis meses.

¿What?

—Acá no vamos a hablar de nadie —pone paños fríos una docente—. Menos nombrar a gente que ni siquiera está.

—Bueno, es uno de los creadores de esta cosa… No solo él.

Una joven profesora de pelo pintado color fucsia busca el reglamento de Acredita en la web y lo lee. Otro de piercing en la nariz y caravana con el símbolo de la paz, escucha pero no opina.

Los profesores mencionan otros planes mejores para los mayores de 18 años, como el Martha Averbug (que nació como una propuesta de las ATD hace varias décadas y es “todo lo que está bien”, dicen) o el Rumbo en UTU: dicen que son alternativas con presencialidad. Y que Acredita los ha puesto “en peligro” porque facilita aprobar sin ir al liceo.

—Pregunto: ¿hay alguien de acuerdo con las Pruebas Acredita?

Varios dicen que no, otros no responden.

La discusión se centra luego en la “virtualidad” de algunos programas orientados a jóvenes y adultos: hay consenso en que es malo tener tanta clase a distancia.

Comentarios random que se escuchan:

—Estar en la clase y levantar la mano es insustituible.

—Hemos construido una cultura de la virtualidad. El estudiante del otro lado está usando la IA para responder... recibís trabajitos monográficos que ni leés, porque no vas a estar leyendo trabajitos monográficos sin laburo.

—Mis experiencias dicen que, si ellos se desconectan del zoom, no vuelven más —dice otro profesor.

—Muchos no saben armar un correo electrónico.

—Bueno, los chiquilines escriben un mail ¡y en el asunto ponen todo lo que me quieren decir!

Grafiti en un baño del liceo Dámaso
Grafiti en un baño del liceo Dámaso.

El salón 23 tiene ventanales amplios, aunque algo sucios. En el pizarrón quedó escrito un ejercicio de inglés. Las paredes están completamente grafiteadas. Se lee “Capra 1891”, “Todas putas”, “Cornuda feliz”, “One Direction”, “Haceme un pete”. En un salón vecino alguien dibujó un gran pene, de punta a punta de una pared. Los alumnos y profesores lo ven cada día, desde el verano pasado. En varias paredes hay grafitis firmados por un grupo que se hace llamar Los Pingüinos.

Siguen las discusiones:

—Algunos caen en paracaídas en diciembre. ¿Qué onda? Volvé en marzo.

—En el liceo hay clases de apoyo y no viene nadie.

—Hoy tenés que hacer una fuerza descomunal para repetir.

De pronto la profesora que toma notas, interrumpe:

—Perdón, ¿alguien tiene un adaptador? Se me apaga la porquería esta —dice y muestra el cable de su computadora.

—Consigo —dice el profe de campera de franela, siempre listo—. Yo consigo.

Entonces empieza una búsqueda por todo el liceo de un adaptador que sirva.

—Disculpas, entiendo las dificultades que tenemos, pero necesito redondear un poco lo que estábamos hablando.

Un rato más tarde vuelve a aparecer el profesor y trae un adaptador: “¡Lo conseguí!”. Lo reciben con aplausos pero enseguida llegan malas noticias: no funciona el enchufe de la pared.

—Bueno, sigo hasta que se me apague la computadora —lamenta la profesora.

Se ponen a leer las conclusiones que propondrán al plenario. Pero a esa altura ya quiero que esto termine: el frío que hay en la sala 23 se torna insoportable. Y eso que, como todos los demás, tengo la campera puesta.

Este edificio fue construido con calefacción central pero claramente ya no funciona. Pienso en los estudiantes y profesores que toman clases en este y otros salones. Un docente me cuenta que la mayoría de los salones no tiene aire acondicionado. “Y sí, te cagás de frío en invierno y te cagás de calor en verano”, relata. Hay profesores que llevan su estufita o caloventilador. Y hay alumnos que se “autogestionan” una calefacción.

Superpoblación y caos organizativo: reclamos de profesores

Un rato después de las 11 de la mañana vuelve a sesionar el plenario de la ATD en la sala de proyecciones, para leer y votar a mano alzada cada uno de los tres informes. Somos más de 90 personas en un lugar abarrotado donde —acá sí— funciona el aire acondicionado y las paredes lucen bien pintadas, no hay un solo grafiti. Predominan los treintones y cuarentones; otra vez más mujeres que hombres.

La mayoría no abrirá la boca durante las casi cuatro horas que dura la asamblea. Algunos se ponen inquietos cuando la cosa se demora demasiado por discusiones quizá demasiado puntillosas.

Pero es admirable cómo varios se tomen muy en serio la jornada; discuten palabras, enfoques, contenidos. Sobre todo pensando en que esta discusión se replicará más de 300 veces en todo el país (en este mismo liceo, de hecho, habrá otra asamblea en el turno nocturno). Es decir, lo que salga de acá tendrá una influencia mínima en el informe final de la ATD nacional.

Primero se pone a consideración el informe de la comisión en la que participé, centrado en un reclamo de mayor presencialidad de los planes de extraedad como el “libre asistido”. Varios ponen reparos sobre lo que se escribió. Un par de profesores dicen que “no se puede obligar a venir” a los alumnos y una profesora comenta que “es contraproducente negarnos totalmente a los planes que tienen virtualidad, porque la realidad de la vida adulta es muy variable”; “yo trabajo con gente que es militar y hace guardias, no pueden participar si no es virtual; es la única forma de terminar sus estudios”. Otra dice que “no es que solo los acreditás con lo que hacen con ChatGPT, después hay una evaluación presencial”.

El segundo informe, sobre los programas vigentes, concluye que “es fundamental focalizarse en una nueva concepción general de la educación que elimine la planteada en el marco curricular nacional”. Se afirma que, antes de discutir los contenidos de los programas, debe tenerse en cuenta que el sistema “no atiende los problemas reales de las condiciones de los estudiantes como el aumento de la violencia y los temas de salud mental”, que “exceden el rol docente”.

—O sea, al final no discutimos de los programas —dice la profesora que leyó el informe, y provoca risas generales—. Porque ¿cómo leer El Quijote si los chiquilines no saben leer? No tiene sentido.

Pero la gran polémica se genera con el informe sobre la modificación de los reglamentos de evaluación REDE y Reems: los docentes se quejan del exceso de reuniones de profesores y clases de apoyo que en los liceos se “superponen” con las clases ordinarias. En concreto, el informe dice que “la dificultad radica en el desfase del calendario curricular con la desorganización en el inicio del año: las inscripciones tardías ocurren de manera frecuente hasta mayo; en el Dámaso no hay grupos conformados hasta pasados los dos primeros meses de clase”. Mencionan el “caos administrativo, producto entre otras cosas del propio calendario, que persigue un fin acreditador pero que no tiene en cuenta los ritmos de trabajo”.

Liceo Damaso Antonio Larrañaga ocupado por estudiantes
Liceo 3 Damaso Antonio Larrañaga ocupado por parte del gremio estudiantil en 2022
Foto: Francisco Flores.

El tema del arranque tardío se lleva parte del debate.

—No pueden entrar gurises la segunda semana de mayo. A mí este año me entraron dos la semana pasada y no son la excepcionalidad.

—Ta, pero hay que ver caso a caso. A veces son chiquilines que se mudan y no podés negarles el derecho a la educación.

—Todo bien, pero en marzo empezamos con grupo de 15 y en mayo son 37.

—El que ingresa te dice: “Pero yo acabo de entrar”. “Sí querido pero estamos en junio, ¿viste? Tus compañeros tienen training, nosotros no estábamos esperando que vos llegaras” —ironiza una docente y levanta risotadas.

—Eso es por inoperancia de la “reguladora” —le responden, en referencia a la oficina encargada de organizar y distribuir la matrícula de los estudiantes.

—La reguladora te anota en cualquier momento, no hay un tiempo reglamentario. La mamá se olvida y viene en mayo... La realidad es que no hay un compromiso familiar de decir “yo anoto a mi hijo en diciembre o en febrero porque si no se pasa la fecha”, no les importa.

—No puede ser que la reguladora se vaya de licencia en enero, cuando debería ser su trabajo —dice un profesor entrado en años.

—¿Nos vamos a meter en la licencia ajena? —pregunta otro, con sorpresa.

—Aprendamos de las buenas experiencias, como la de Primaria, que al finalizar el curso prepara el siguiente —sigue el profesor entrado en años—. Secundaria debe hacer lo mismo.

Alguien lo corta.

—O terminamos con la payasada de tener APE —por el Acompañamiento Pedagógico Específico— en febrero o terminamos con la payasada de empezar las clases el 1° de marzo. Una de las dos.

Lo vuelven a cortar,

—¿Puedo seguir? —pregunta.

Murmullos.

—Es la tercera vez que me cortás la palabra —le dice a alguien de la mesa.

—¿Yo?

—Sí, me cortaste ya tres veces.

—No te cortaron, es la dinámica —dice otro—. Digo para que te quedes tranquilo. El compañero leyó, hay un informe que hizo una comisión y le vamos agregando cosas.

—Me cortaron tres veces —insiste, enojado y convencido de que lo quieren censurar. Al final plantea cosas a agregar al informe. Le dicen que lo redacte y que se someterá a votación.

Otro profesor habla de la “superpoblación” liceal:

—Nosotros tenemos grupos de 43 personas a la mañana.

—¡Pongan superpoblación por algún lugar en la parte que hablaban del caos!

—Bueno... Son la una. ¿Vamos a votar?

—¡Sí!

—¿Leemos otra vez?

—¡Nooo!

DOCUMENTO

Alarma por consultorías técnicas

La nota enviada por la mesa permanente de la Asamblea Técnico Docente (ATD) nacional a cada una de las asambleas que funcionan en los liceos públicos dice que genera preocupación “la reiteración de consultorías técnicas impulsadas por el Codicen que buscan encontrar diagnósticos y propuestas externas para la educación”, ya que “son las y los docentes, como profesionales de la educación, quienes conocen genuinamente las distintas realidades y necesidades del sistema educativo”.

Terminé votando positivos los tres informes. Pero aclaro que no incidí: todo se aprobó por enorme mayoría, a veces sin un solo voto negativo, aunque siempre algunas abstenciones.

A la una y poco de la tarde se levanta la asamblea bajo aplausos y los profesores se apiñan en torno a la mesa de adelante: quieren llevarse la anhelada constancia con el sello de Secundaria.

Me voy como entré, me llevo una constancia de recuerdo. Tenía preparado un breve discurso si hacía falta: que doy clase de informática en el liceo 1 de Solymar y que no tengo mucha idea de los temas que se hablan. Pero no fue necesario: nadie me dijo nada.

FUNCIONAMIENTO

Para qué sirve una ATD

Las ATD se reúnen al menos dos veces por año en cada liceo. Algo similar sucede en Primaria, UTU y Formación Docente. Tienen un largo historial: como ATD funcionan desde 1985 pero antes, entre 1949 y 1973, había asambleas con otro nombre. “Es una cosa mega original del sistema uruguayo, asambleas a mitad de camino entre algo de corte sindical y algo más de corte técnico, académico”, dice a El País Matías Berger, miembro de la ATD nacional y exintegrante de la mesa permanente. ¿Y qué se hace con los informes de cada liceo? Se envían a la mesa permanente nacional de la ATD, que está integrada por cinco docentes, tres del interior y dos de Montevideo, elegidos por los 190 delegados de la asamblea nacional.

“En la asamblea nacional trabajamos con muchas fuentes. Una de las fuentes son los informes de los liceos”, dice Berger.

La ATD elabora un informe final que, si es aprobado, se incluye en un libro para que Secundaria lo evalúe. “Pero la ATD tiene un carácter asesor, no tenemos poder de decisión”, dice Berger y agrega que las asambleas “suelen tener una postura crítica frente a la línea de las autoridades”. Se piensa que la política educativa “debería ser sobre todo un tema que trate prioritariamente el cuerpo docente”. ¿Las autoridades en general toman las recomendaciones de los docentes? “Poco, poco”, responde Berger. “La mayor parte de las veces esas recomendaciones no son atendidas”.

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