La madrugada en Uruguay todavía dormía cuando los teléfonos empezaron a sonar. A las cuatro, a las cinco, a las seis de la mañana. Llamadas que nunca llegan a esa hora, mensajes de WhatsApp que no paraban: uno detrás de otro. En Montevideo y tantas otras ciudades uruguayas, en casas donde la vida ya volvió a armarse, miles de venezolanos en Uruguay se enteraban de lo mismo: Nicolás Maduro había sido capturado por Estados Unidos. El día esperado había llegado.
Para Beatriz Vásquez, maestra y migrante desde hace ocho años, la noticia llegó a las cuatro. La llamaba una amiga, también venezolana, que vive en el Chuy. Beatriz no entendía mucho por el sueño. “Siempre tengo el celular en silencio, pero ese día lo dejé con sonido”, cuenta.
—Chama, ¿viste las noticias? Lo agarraron. Están bombardeando Venezuela —le dijo la amiga.
Beatriz se sentó en la cama. Empezó a temblar. No sabía si era verdad o mentira, si era real o si era otro anuncio más condenado a desinflarse con el correr de las horas. Venezuela también le había enseñado eso: a desconfiar incluso de lo imposible.
A Pedro, en cambio, la noticia lo sacó de la cama. Eran las cuatro y media cuando el celular vibró sobre la mesa de luz, en Montevideo.
Su hermano, desde Estados Unidos, le escribió:
—Se llevaron a Maduro.
Pedro leyó, cerró el teléfono y volvió a acostarse. No por indiferencia, sino por experiencia. Después de tantos anuncios fallidos, golpes que no fueron y caídas que nunca terminaron de caer, el cuerpo aprendió a no reaccionar antes de tiempo. Recién cerca de las ocho de la mañana, con el día ya en marcha, empezó a revisar noticias. Entonces habló con Clara, su esposa, también venezolana: “Es real, lo agarraron”. Pero no hubo festejo. Hubo espera. Hasta que no se concretó la conferencia de Donald Trump, esta familia eligió esperar con cautela.
Rosa Virginia Grizman también se despertó de madrugada, pero fue su madre la que la sacó del sueño.
—Entraron a Venezuela —le dijo.
Ella respondió lo primero que le salió:
—No, mamá, es mentira, dejame dormir.
Minutos después volvió a despertarla con más información:
—Sacaron a Maduro.
Rosa se levantó de la cama llorando, sin terminar de entender si estaba soñando o no.
Pablo, en cambio, se enteró a las seis de la mañana. Lo llamó un amigo venezolano que vive en Uruguay:
—¡Tumbaron a Maduro! Están bombardeando Caracas.
—¿Cómo así?
Cuando entró a Instagram y empezó a ver los videos, entendió que algo grande había pasado.
Desde Uruguay, Beatriz, Pedro, Rosa y Pablo -como tantos otros- tuvieron acceso inmediato a información que sus propias familias en Venezuela no tenían. Beatriz llamó a amigas del interior de Venezuela: no sabían nada. Pablo se comunicó con sus padres y su hermano, en la frontera con Colombia: tampoco estaban enterados. Rosa supo que sus familiares se habían despertado sin noticias. La censura, las fallas de internet, el miedo a tener información “prohibida” en el teléfono seguían marcando la diferencia entre estar afuera y estar adentro.
Durante las primeras horas la emoción fue una sola: alegría, una vez que supieron que sus parientes allá estaban bien. Beatriz lloró en silencio para no despertar a sus hijos ni a su esposo uruguayo. Sentía una satisfacción desconocida, difícil de explicar. Su madre había muerto en 2018 por falta de oxígeno en un hospital venezolano. “Ese hombre mató a mi mamá”, pensó. Verlo capturado era, de alguna forma, un alivio largamente esperado.
Pero esa alegría duró poco. A medida que avanzaron las horas, llegaron las dudas. Las declaraciones de Trump, la confirmación de que Estados Unidos asumía un rol central, la noticia de que figuras claves del régimen seguían en sus puestos... “No agarraron a Diosdado Cabello, no agarraron a Padrino López”, pensó Beatriz. “Esto huele a entrega”. La pregunta empezó a repetirse: ¿quién gobierna ahora Venezuela?
Un festejo que se hizo imposible
Había confusión. Pablo lo resume así: “Fue una operación quirúrgica. Entraron, se llevaron a Maduro y se fueron. Pero la dictadura sigue ahí”. Para él, que participó en las protestas de 2014 a 2017, la captura fue un golpe fuerte, pero no el final del problema. “Ahora se van a poner peor”, dice, y menciona los comunicados del gobierno venezolano que habilitan a detener a cualquiera que celebre la intervención estadounidense.
Rosa recibió mensajes desde Caracas que la bajaron de golpe a tierra. Amigos le contaron que los colectivos armados estaban intimidando a periodistas y estudiantes, que los militares revisaban celulares en la calle, que cualquier gesto de celebración podía terminar en una detención.
Pedro coincide. Desde Caracas, los familiares describen un clima de miedo. “Si te ven celebrando que se llevaron a Maduro, te pueden matar”, asegura.
Beatriz, en cambio, va más lejos en su reflexión. Mientras veía las noticias y hablaba con familiares que están fuera de Venezuela, pensó algo que la sorprendió a ella misma: “Latinoamérica está en riesgo”. La idea de que Estados Unidos gobierne de hecho Venezuela la llevó a una conclusión dolorosa: “Ahora me tengo que ir de América Latina”. Se plantea volver a emigrar, empezar de cero otra vez, incluso después de haber construido una vida en Uruguay.
Pero ninguno piensa seriamente en volver de inmediato a Caracas. Rosa admite que, en el primer impulso, imaginó un regreso. “Es el sueño de todos los venezolanos: volver en libertad”. Pero enseguida se impuso la realidad. “Yo no volvería ya. Esperaría años”. Su vida está en Uruguay: trabaja como manicurista, tiene clientas, una rutina, una hija adolescente que creció acá.
Pablo es el que mantiene más viva la idea del retorno, aunque no ahora. Tiene su casa y su familia en Venezuela. “No hay mejor anhelo que estar en mi país”, dice. Pero mientras la estructura del poder siga intacta, no lo considera posible. Beatriz, en cambio, lo descarta por completo. “Yo no la quiero ir a reconstruir”, dice sobre Venezuela. “Estoy cansada. Tengo mucho duelo”. Hace ocho años que pasa las fiestas lejos de una familia que antes reunía a 50 personas.
Los días siguientes transcurrieron entre pantallas encendidas, mensajes cruzados y un cansancio conocido. Dormir menos, levantarse antes para ver noticias, intentar seguir con la vida cotidiana. “Ya gasté muchos años de mi vida preocupándome”, dice Pablo. “Desde acá no puedo hacer nada”.
La captura de Maduro no cerró una etapa. Apenas la movió. Para quienes viven en Uruguay la noticia volvió a demostrar que el exilio no es solo un lugar físico, sino un estado permanente.
Quedarse: “pensamos en nuestro hijo”
Pedro y Clara llegaron en 2017. Como ellos, más de 16.000 venezolanos eligieron Uruguay para rehacer sus vidas según el último censo, aunque puede haber un subregistro. La suya no fue una huida desesperada, evaluaron distintos destinos, pero los descartaron por una razón clave: no querían vivir en la ilegalidad. La noticia de la captura de Maduro no les hizo pensar en irse. Creen que los problemas en Venezuela van a continuar y que al menos en Uruguay pueden ofrecerle a su hijo una educación que allá consideran imposible. Pedro y Clara no usan sus nombres reales. Tienen miedo. No por ellos sino por su hijo, que todavía depende de un pasaporte venezolano para viajar. “No es mentira que persiguen a la gente”, dicen. “No es paranoia”. En Venezuela, un comentario, un like pueden tener consecuencias.
-
Parlamento debatió por Venezuela: la declaración que no salió, el reclamo por el "nivel" y la mención a Mujica
Venezolanos se manifiestan en Plaza de la Bandera tras captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos
Crisis comenzó a afectar a sector más rico de Venezuela: a más de la mitad les resultó difícil pagar alimentos