Peñarol volvió a su casa luego del parate por el Mundial 2026 con una victoria 3 a 0 ante Boston River, resultado contundente y necesario para recuperar tranquilidad en las filas aurinegras. La última imagen en el Campeón del Siglo había sido la de un plantel retirándose insultado por sus propios hinchas; esta vez, en cambio, hubo aplausos y aliento para un equipo que encontró en la eficacia la principal diferencia.
Hasta los 30 minutos del primer tiempo el Carbonero no había inquietado el arco de Bruno Antúnez y repetía varias de las dificultades que había mostrado durante el primer semestre: un equipo lento, previsible y con problemas cada vez que el rival encontraba espacios para atacar.
“Goles errados son goles en contra”, dice una vieja frase del fútbol, y volvió a cumplirse. Francisco Bonfiglio desperdició un mano a mano clarísimo ante Washington Aguerre y, pocos minutos después, Eduardo Darias abrió el marcador en una de las escasas situaciones elaboradas por el equipo de Diego Aguirre.
Boston River reclamó una falta de Matías Arezo en la jugada previa al gol, pero Javier Burgos desestimó la infracción y Antonio García, desde el VAR, confirmó la decisión. Sin merecerlo por lo hecho hasta ese momento, Peñarol se fue al descanso en ventaja.
Párrafo aparte para el partido del argentino Leonel Jaime. Con apenas 20 años, en su segundo encuentro con la camiseta aurinegra, ya se ganó un lugar entre los titulares y fue, por amplia diferencia, el mejor futbolista del partido. Desde el comienzo se mostró participativo, pidió siempre la pelota, encaró, rompió líneas y despertó rápidamente la ilusión del hincha, que respondió con aplausos cada vez que intervenía.
El complemento comenzó nuevamente con Boston River generando peligro sobre el arco de Aguerre, pero todo lo que desperdició el Sastre lo aprovechó Peñarol. Y al argentino sensación no le faltó nada en la noche. Cuando el partido todavía permanecía abierto, Jaime ejecutó un tiro libre que terminó con el gol en contra del zaguero Martín González para el 2-0. Ese segundo tanto cambió definitivamente el desarrollo del encuentro.
Boston River sintió el golpe, perdió intensidad y dejó de encontrar los espacios que había explotado durante gran parte del primer tiempo. Peñarol, en cambio, ganó confianza, adelantó sus líneas y manejó el trámite con mucha más serenidad.
En los minutos finales, Diego Aguirre decidió reemplazar a Leonel Jaime y las cuatro tribunas del Campeón del Siglo se pusieron de pie para ovacionar al delantero. Incluso el propio entrenador le pidió que saludara a la gente, un gesto que luego explicó en conferencia de prensa al reconocer que buscó empezar a construir esa conexión entre el futbolista y el hincha. Uno de los que ingresó fue Franco Romero, encargado de cerrar la goleada con el 3-0 definitivo.
El resultado, sin embargo, no refleja con exactitud lo que fue el trámite del partido. Diego Aguirre, consultado sobre las dificultades defensivas, prefirió atribuirlas a las virtudes del rival antes que a falencias propias. Y no le falta razón: Boston River hizo méritos para irse al descanso con otro resultado, pero careció de la contundencia que sí tuvo Peñarol.
Lejos de mostrar todavía su mejor versión, el aurinegro necesitaba ganar para recuperar confianza y volver a reconciliarse con su gente. La victoria le devuelve calma y, además, deja una certeza que ilusiona de cara a lo que viene: Leonel Jaime parece estar un escalón por encima del resto por intensidad, claridad para manejar la pelota y capacidad para resolver en los últimos metros.
Peñarol no tenía un futbolista de estas características, un jugador con potrero, capaz de inventar una acción individual cuando el funcionamiento colectivo no aparece.
El desafío de Diego Aguirre será rodearlo de la mejor manera para potenciarlo. Si mantiene este nivel, el juvenil llegado desde River Plate no solo parece haber asegurado un lugar entre los titulares, sino que también puede transformarse en el futbolista capaz de cambiar el ánimo de un equipo que necesitaba, más que una goleada, volver a creer y a ilusionarse con el título.
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