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José Luis Espert

Finalmente, la economía arrancó. El PIB crecería este año cerca de 3.5% y podría repetir un número similar el año que viene. El consumo privado de no durables (consumo masivo) que estaba tardando en reaccionar, ya lo está haciendo y crece a una velocidad de 4% anual. El de durables, como motos y autos crece más de 15% anual y la inversión ya supera el 20% anual. Sin dudas, que la economía argentina crece y lo hace ya con casi todos los sectores de actividad en territorio positivo. No hubiera sido posible el triunfo electoral del gobierno de Macri en las PASO sin que la economía hubiera acompañado. Nadie gana elecciones en el medio de la crisis económica que la oposición, contaminada de "relato" kirchnerista, nos quería hacer creer que estábamos. Es más. Cuando se desarrollen las elecciones legislativas de octubre próximo, la economía estará creciendo a una velocidad mayor todavía, así que todo permite augurar un resultado más favorable que en las PASO para la coalición gobernante. Así que si fuera por la economía y las elecciones de octubre, Macri debería dormir tranquilo. El gobierno maneja cifras que le dan un triunfo en octubre por seis puntos en la provincia de Buenos Aires. Los buenos encuestadores suelen relativizar ese resultado, que atribuyen más al clima social pos electoral. Esas encuestadores registraron, sin embargo, un crecimiento de todos los índices relacionados con el gobierno después de las PASO. Crecieron la imagen de Macri, la de María Eugenia Vidal y el optimismo con respecto de la economía. "Subió todo para el gobierno", aseguró uno de ellos. Es probable que ese entusiasmo se modere dentro de casi dos meses, cuando ocurrirán las elecciones legislativas. Para profundizar los problemas de Cristina Kirchner, la Justicia acaba de anunciar que las elecciones de octubre se harán mientras se estén realizando dos espectaculares juicios orales y públicos. El 27 de septiembre comenzará el juicio público a Julio De Vido, el hombre fuerte de la inversión pública durante los 12 años de kirchnerismo, por la tragedia de Once, que dejó 51 muertos. Pocos días después, el 3 de octubre, se iniciará el juicio, también oral y público, contra Amado Boudou por la apropiación de Ciccone, la mayor fábrica de impresión de billetes del país. De Vido fue una vieja creación de Néstor Kirchner, que Cristina heredó y jamás cambió. Boudou fue producto, en cambio, de una inspiración personal de Cristina. Ella cargará con los dos. Uno a pesar de haberlo heredado de su difunto marido, y el otro porque fue una creación (aberrante) totalmente suya. Los desvelos de Macri pasan por la violencia que se está instalando en las calles del país. Parecería que grupos radicalizados de la sociedad han tomado ese camino por las elecciones y más allá de ellas. Los grupos rebeldes cumplen con todos los requisitos de los movimientos antisistema conocidos en el mundo. No aceptan las reglas del juego del sistema democrático ni del sistema económico. Al contrario, las combaten. La violencia no es, por lo tanto, un fenómeno que terminará rápidamente en Argentina. La violencia que se vivió en los alrededores de la Plaza de Mayo hace un par de semanas, no fue el único acto registrado en los últimos tiempos. Antes, fueron quemados autos en una cochera del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires. Destruyeron cajeros automáticos en la ciudad de La Plata. El vidrio de una ventana de la oficina del jefe de Gabinete del gobierno bonaerense, Federico Salvai, quedó destrozado por una lluvia de piedras. En la Capital y en Córdoba hubo también manifestaciones violentas de personas con la cara cubierta. En la Patagonia es, con todo, mucho peor. Río Negro, Neuquén y Chubut sufren de manera casi permanente el asedio de grupos violentos, que destruyen la propiedad pública y privada con bombas molotov. Mientras tanto, el gobierno prepara el Presupuesto para 2018 con una reforma impositiva que no tendrá una baja de la presión impositiva, sino más bien un intento de que esta sea menos distorsiva. Lástima. Si hay algo que necesita Argentina es una baja sustancial de impuestos. La presión impositiva es de países que nos cuadruplican en PIB per capita. Pero claro, sin la decisión de pagar el costo político de bajar el gasto público, con tarifas de los servicios públicos sustancialmente más altas y despidos del personal estatal, no hay baja de impuestos posible. En ese sentido, es importante tener en cuenta el ejemplo de Dinamarca, país muy admirado en Argentina y en Latinoamérica en general. Durante décadas, Dinamarca y el resto de los países del norte de Europa fueron sinónimo de políticas económicas de corte socialdemócrata. Pero empezó a derrumbarse en Suecia, a comienzos de los años 90, abriendo paso a una ronda de reformas que ha terminado por hacer de los países nórdicos uno de los bloques económicos más liberales del mundo. En Dinamarca el mercado laboral es uno de los más flexibles del mundo, hasta el punto de que el despido es totalmente libre, sin que la ley exija indemnización alguna. Además, el subsidio de paro se maneja de forma privada, mediante empresas de seguros que realizan la cobertura pertinente. Solo en casos de extrema necesidad se otorgan ayudas públicas. ¿El resultado? El desempleo solo llega al 4,3%. Una reforma impositiva y laboral, son dos de las tantas reformas estructurales que Argentina necesita para transformar el "veranito" de actividad económica de hoy en un crecimiento más sustentable. JOSÉ LUIS ESPERT
La semana pasada en Buenos Aires, Paolo Rocca, el jefe de Techint, el grupo industrial más importante de Argentina y uno de los grandes players internacionales del acero, aseveró que no se podía abrir la economía argentina a la competencia extranjera sin correr riegos de gobernabilidad. Algo así como que querer ir al libre comercio sería destituyente para el presidente Macri. Si la opinión viniera de un desinformado, sería fácil descalificarla, pero viene de un empresario que lidera un grupo que ha sabido amasar fortunas de sus negocios con el Estado y del proteccionismo industrial. Es justo decirlo, Techint supo invertir bien en sus negocios de exportación global (aunque algunos con resultados non sanctos como la frustrada Sidor en Venezuela). Pero Don Paolo sabe en su interior que si no hubiera abusado de los consumidores y del Estado argentino vendiéndole caro lo que fuera del país se podría comprar barato, su destino no hubiera sido el de ser el empresario más poderoso de Argentina. Siempre buscando la protección del Estado, cuando la excusa no es el deterioro de los términos de intercambio, ahora es el progreso tecnológico que deja afuera a los que no están preparados, o el envejecimiento poblacional. Los prebendarios de siempre. Su adhesión al populismo industrial que yo denuncio en mi libro de reciente publicación "La Argentina Devorada" como la causa económica más importante de la decadencia ya casi secular de Argentina, es total. La claridad que muestra en su defensa es diáfana, cristalina. Por eso, es importante refrescar conceptos para una Argentina que era top ten en el ranking mundial del ingreso per capita antes de abrazar el populismo peronista a mediados del siglo pasado y hoy es número 53, o sea que hemos perdido más de 40 puestos en 70 años y casi de manera permanente y sistemática año por año, salvo por algunas pausas esporádicas. La idea del industrialismo "a la argentina" y con el cual Paolo Rocca se ha hecho multimillonario, consiste en cerrar todo lo que se pueda la economía a la competencia importada de bienes finales (pero que se pueda importar con aranceles bajísimos a los insumos para producir, de modo que la protección efectiva para la industria sustitutiva de importaciones sea máxima). Además, el agro tiene que tener una rentabilidad mínima para que haya alimentos baratos que aumenten el salario real y las masas urbanas tengan mayor capacidad de comprar bienes industriales (y para que, de paso, el gobernante de turno tenga votos a raudales). Para esto confiscamos la rentabilidad (no la "renta") agropecuaria gracias a las retenciones a las exportaciones y las prohibiciones para exportar alimentos. Si el agro no puede exportar, o si se ve obligado a exportar a precios menores a los internacionales, el alimento queda acá, no "huye" demandado por los compradores ricos del exterior, y así la mesa de los argentinos queda barata. Esto implica que se graven las exportaciones de energía y otros insumos industriales con más retenciones, para que la industria tenga costos de producción bajos y pueda "agregar valor" con más facilidad que si tuviera que pagar por la energía los precios internacionales. Pero la sustitución de importaciones "a la argentina" también exige que se controle el sector financiero, para que haya tasas de interés que permitan el financiamiento barato de la industria o el financiamiento del consumo de bienes industriales. También controla las tarifas de servicios esenciales, para evitar la reducción del salario. De esta manera, la sustitución de importaciones beneficia sólo a la industria menos competitiva y perjudica al resto, incluidos los sectores productores de exportables como el agro, la energía, el turismo y las industrias más eficientes con competitividad exportadora. Un modelo así sólo se sostiene mientras circunstancias internacionales extraordinarias lo permitan. El agro aguanta mientras un precio excepcional de la soja compense el atraso cambiario. La producción de petróleo y gas aguanta gracias a inversiones anteriores hasta que se desploma la producción. Las exportaciones industriales desaparecen por falta de competitividad y por las represalias de otros países. Los depósitos y el crédito se sostienen hasta que la inflación y el atraso cambiario hacen de la compra de dólares el único refugio contra la expoliación de las tasas de interés negativas. El aumento del gasto público y la presión impositiva se sostienen hasta que empieza la contracción económica y el déficit fiscal se vuelve inmanejable. Hasta ahora, lo que ha hecho Macri con la eliminación del control de cambios, la salida del default, la eliminación de algunas retenciones a las exportaciones y la baja transitoria de otras y la nueva relación con Occidente, es remover los elementos "bizarros" del populismo kirchnerista, pero sigue dentro del populismo decadente argentino. Sigue la economía muy cerrada al comercio, el déficit fiscal es más alto que con Cristina y llega a un record histórico, lo mismo que el gasto público que sigue superando el 40% del PIB, le ha dado plata a los sindicalistas mafiosos, le dio una ley a los piqueteros que ni los Kirchner se animaron a hacer. En fin, por ahora "kirchnerismo de buenos modales". Con eso, es muy probable que la economía tenga un rebote económico con inflación en baja, pero que no alcanza para que Argentina salga de su triangulo decadente de ajustes, rebotes (que duran un tiempo pero no se sostienen) y deterioros. Ojala que Macri cambie, se aleje de las ideas de Paolo Rocca y haga de Argentina un país abierto al comercio, rechazando de plano las recomendaciones de empresarios prebendarios. Sino, nos seguiremos arrastrando en los permanentes ciclos de ilusión y desencanto a los cuales nos tiene acostumbrados nuestro querido país. JOSÉ LUIS ESPERT
En el marco del evento de los 20 años de Economía y Mercado de El País, los economistas José Luis Espert y Paulo Levy analizaron la situación económica en Argentina y Brasil. El lunes pasado se desarrolló el evento por los 20 años del suplemento Economía & Mercado de El País. La conferencia conmemorativa de esas dos décadas permitió juntar para el repaso histórico, sus consecuencias en el presente y el que vendrá, a varios de los columnistas que participan del suplemento cada semana.

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