Habemus cisma. La historia se repite y, como sucedió en 1988, pese a los llamados de León XIV a recapacitar y volver sobre sus pasos, los ya cismáticos lefebvristas consagraron ayer miércoles a cuatro nuevos obispos sin autorización papal, cayendo en una excomunión automática -latae sententiae- y provocando una nueva fractura en la Iglesia Católica.
A diferencia de lo ocurrido en 1988, gracias a las nuevas tecnologías el grupo tradicionalista logró que la ceremonia de consagración “rebelde” fuera vista por miles de personas en todo el mundo gracias a una retransmisión en directo por streaming en seis idiomas, con comentarios, que fue imponente.
Ante 17.000 personas de 70 países presentes, pudo verse una antigua misa tridentina en latín, con los oficiantes de espaldas, como solían ser antes del Concilio Vaticano II (1962-65), cantos, coros, oropeles y vestimentas de estilo romano, en el marco de una pradera de la localidad suiza de Écône, en medio de bellísimas colinas verdes.
La ceremonia lefebvrista
La ceremonia de consagración, que comenzó a las 9 de la mañana y duró más de cinco horas, comenzó bajo un sol abrasador.
Los principales oficiantes estaban debajo de una carpa blanca donde se veían un baldaquín revestido de bordó, un organista, seminaristas, monaguillos, sacerdotes y monjas.
En medio de una organización impecable -con sillas perfectamente ordenadas, muchas mujeres con mantillas para cubrir el pelo, hombres de traje y corbata y muchos niños-, lo curioso fue que al mediodía se hizo de noche y se desató una violenta tormenta con rayos, truenos y granizo, como si se tratara de un castigo divino.
El diluvio -¿una reacción de Dios?- aunque puso incómodos a los protagonistas porque ya ni siquiera podían oírse los coros en latín debido al ruido de la tempestad, tampoco los inmutó.
Pero pareció un mensaje y en cierta forma arruinó un show del orgullo tradicionalista y cismático -que incluyó la entronización, al final, de los nuevos obispos, la imposición de la mitra dorada y los guantes, ritual que se remonta al siglo XIII-, meticulosamente preparado y anunciado desde febrero pasado.
Cerca del altar se veían los barriles de madera con los vinos de edición limitada preparados para el mega-evento, que fueron bendecidos.
Como ocurrió en 1988 con el arzobispo francés, Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), grupo tradicionalista que nunca digirió las aperturas del Concilio Vaticano II, que abrió la Iglesia católica a la modernidad, tanto los nuevos obispos como quienes los ordenaron de forma ilícita cayeron en una excomunión automática.
Esta vez fueron sancionados los cuatro flamantes obispos -Pascal Schreiber (suizo), Michael Goldade (estadounidense), Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier (franceses)- y, por segunda vez, los obispos que los consagraron, el español Alfonso de Galarreta, y el suizo Bernard Fellay.
De Galarreta y Fellay, en efecto, ya habían sido excomulgados en 1988 cuando fueron ordenados ilícitamente por Lefebvre. En 2009, en un intento de reconciliación, sin embargo, Benedicto XVI los perdonó.
Entre ellos en ese momento también estaba el arzobispo británico Richard Williamson, famoso por ser un negador del Holocausto, algo que le causó grandes problemas al papa alemán.
En un sermón que duró más de media hora, pronunciado en francés, el superior general de la FSSPX, el italiano don Davide Pagliarani, reivindicó su decisión de seguir adelante con una consagración episcopal que volvió a romper la comunión con la Iglesia, pero, según los tradicionalistas, necesaria para atender a los fieles del grupo.
“Dios no nos ha abandonado, ni nos va a abandonar”, dijo Pagliarani, desafiante, al sentenciar, con orgullo, que estaban “listos a pagar cualquier precio por la Iglesia”, y por seguir adelante con su defensa de la tradición y de lo que consideran el verdadero catolicismo, en un “mundo apóstata, que desprecia a Dios”.
Pese al cisma en acto y a la excomunión automática de los nuevos obispos y de quienes los consagraron, en la ceremonia se rezó “por el Santo Padre” y “por la Iglesia católica”.
Tal como explicó al diario La Stampa el sociólogo Massimo Introvigne, más allá de su apego al rito de la antigua misa en latín, la cuestión que más rechazan los lefebvristas es la de la libertad religiosa.
“Sostienen que los Estados tienen que reconocer sólo a la Iglesia católica e impedir el culto público de ‘falsas religiones’ que son una ‘obra del demonio’”, indicó.
“Es una posición que la Iglesia católica ha superado hace décadas, reconociendo la modernidad de los Estados y que la libertad religiosa es un derecho humano fundamental”, sumó. Introvigne destacó asimismo que los lefebvristas consideran que el Concilio Vaticano II traicionó la tradición y que ellos son “los verdaderos católicos”.
A lo largo de los siglos varios grupos cristianos se separaron de Roma por desacuerdos con las normas impuestas desde el Vaticano. Elisabetta Piqué / La Nación (GDA)
El pedido de último minuto del pontífice
En vísperas de este nuevo cisma anunciado, León XIV, primer papa agustino, cuya prioridad es la unidad, les envió una carta a los lefebvristas con un llamado de último minuto para que volvieran sobre sus pasos y evitaran el acto cismático, un nuevo “desgarre” de la Túnica de Cristo. Horas después, don Pagliarani -que al principio pensó que León iba a ser un interlocutor más suave que su predecesor, pero que cuando se dio cuenta que no, no tuvo dudas en seguir adelante con su desafío-, contestó, reivindicando su decisión cismática.
“Me ha conmovido profundamente su solicitud paternal”, escribió el superior de la FSSPX, que lamentó luego no haber sido nunca recibido por él, pese a sus pedidos y al dar vuelta el argumento de la túnica desgarrada de Cristo. “Sólo le pido que considere la autenticidad de esta intención (de consagrar nuevos obispos) antes de tomar una decisión sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Aún no es demasiado tarde”, exhortó.
Pagliarani aludió, así, a la gran pregunta que reina ante la reiteración del acto cismático de los lefebvristas: ¿la excomunión será extendida también a 720 sacerdotes y cerca de 600.000 miembros de esta congregación rebelde?
El grupo es fuerte sobre todo en Francia, Estados Unidos y, también, en la Argentina, donde está ubicado uno de los seis seminarios que tiene en el mundo, Nuestra Señora Corredentora, ubicado en La Reja, Moreno, fundado por el mismo Lefebvre en 1980.
La palabra “cisma” proviene del griego antiguo “schisma”, que significa precisamente “separación”: el mismo tipo de separación que los lefebvristas provocaron ahora por segunda vez en menos de cuarenta años.
En el cristianismo, los cismas se diferencian de las herejías y las apostasías. El cisma es la ruptura de la unidad eclesiástica o de la autoridad, aunque la doctrina pueda seguir siendo sustancialmente la misma. En la herejía hay un rechazo de una doctrina considerada esencial por la Iglesia. El patrón es más o menos siempre el mismo: el cisma se produce cuando “alguien profesa la fe de manera distorsionada y se opone a los pastores legítimos -empezando por el papa, que es el Vicario de Cristo-”, explica monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto y uno de los teólogos más respetados de Italia. “Deciden seguir su propio camino, formulando afirmaciones doctrinales y teológicas falsas a la luz de la fe de la Iglesia y desobedeciendo explícitamente a quien tiene la misión de ser su Cabeza”, es decir, el papa. Una historia, pues, que se repite.