Por Pablo Ferri de El País de Madrid
El niño, de seis años, se escondió. Se agarró a algún tipo de sabiduría ancestral, a un jirón de su escenario infantil recién desgarrado, y guardó allí sus pequeños huesos, su miedo y su espanto, un escondrijo fuera del alcance del hombre malo. Fue el único que se salvó. Su hermana, su papá, su mamá, la chica que le cuidaba, incluso el perro, todos murieron. El hombre malo los mató. Si el niño lo entendió entonces, no se sabe. Si se atrevió a mirar cuando todo acabó, tampoco. Hay un dato terrible, criminal, insoportable: el niño convivió más de tres horas con los cadáveres de todos ellos. Todos juntos en aquel infierno hasta que al fin, a medianoche, llegó la policía.
El hombre malo se llama Diego Sebastián. El caso ha acaparado la atención de México entero, principalmente por la saña de este sujeto, que supuestamente estaba asociado con una de las víctimas, el único hombre, el papá del niño. Se llamaba Jonathan Meléndez, tenía 38 años y mucha gente lo conocía como Honas, el teclista de la popular banda Camilo Séptimo. Una vez que lo tuvo maniatado, Diego Sebastián lo mató de un balazo en la cabeza. La mamá del niño, Ana Paola, que estaba embarazada de cuatro meses, sufrió el mismo destino. A su hermana Sofía, de tres años, le pegó un balazo en la cabeza también, aunque no la ató. A su niñera, Aleyda, le dio un plomazo en la espalda, a traición.
El niño escuchó todo aquello, los balazos, los gritos, su mundo entero absolutamente destrozado... Resulta insoportable pensar también en los minutos previos, la inconsciencia anterior al horror. Eran las 17.24 del martes y Diego Sebastián subía a la casa, una torre de departamentos en Atizapán, una de tantas zonas residenciales del área metropolitana de la capital. Hay vídeos del ascensor. El presunto asesino aparece, solitario, en el elevador. Lleva gorro, lentes de sol y carga una mochila. En un momento, mira a la cámara, en una de las esquinas superiores del cajón. “Después de ese vídeo, privó de la vida a la familia, a la empleada doméstica y la mascota”, han explicado fuentes cercanas al caso a EL PAÍS.
Las autoridades le han colgado el apellido “N” a Diego Sebastián, una forma de proteger su identidad, la presunción de inocencia del supuesto autor de la masacre. Pero en un mundo hiperconectado y volcado en las redes sociales, los biombos gubernamentales son poco menos que papel de fumar. El apellido del presunto asesino fluye desbocado en las redes desde este miércoles por la mañana, junto a detalles que poco a poco se filtran de la investigación, aspectos sobre todo morbosos de la masacre, las pisadas de sangre de las víctimas, fotos de sus pies sin vida, planos de policías vestidos de militares en la vivienda...
También hay detalles importantes. Las autoridades han informado este miércoles de la detención de dos personas. Una es Diego Sebastián, capturado en La Marquesa, un hermoso paraje al occidente de la capital, donde ayer mismo, a la hora de los asesinatos, cayó una violenta granizada que dejó los pastizales vestidos de blanco. Al otro lo han llamado Gerardo N y al parecer se trata del chofer del primero. Lo llevó al lugar de los hechos y luego lo sacó de allí. Se ignora ahora mismo si supo de qué iba la visita. Al fin y al cabo, él y Honas eran socios. La misma tranquilidad pudo sentir el chofer que la familia del cantante, que le abrió la puerta y le dejó entrar en la casa. En todo caso, son detalles que se desconocen.
Las autoridades han explicado que el presunto asesino, mexicano, de 51 años, y Honas eran socios. Fuentes cercanas al caso han explicado a EL PAÍS que “una posible causa del homicidio es el robo”. También han dicho que ambos “tenían casas en Valle de Bravo”, un pueblo turístico del Estado de México, y “que las rentaban por Airbnb”. En el Registro Público de Comercio de la Secretaría de Economía no aparece, sin embargo, empresa alguna en que figuren ambos como socios. Preguntadas por su sociedad, las mismas fuentes señalan una empresa llamada Nomad Property Management, un portal tipo Airbnb que ofrece casas muy lujosas. Y no solo en Valle de Bravo, también en Tepoztlán, Acapulco y Cuernavaca.
Antes de que su página de Instagram quedara desactivada, Diego Sebastián presentaba un lema peculiar en su biografía: “La idea es morir joven, lo más tarde posible”. Al lado de esta frase figuraba un enlace a la página web de Nomad. Desde este miércoles por la tarde, internautas de todo tipo rescatan denuncias en redes contra el presunto asesino y su pareja, por fraude en el alquiler de estancias vacacionales. Una de las denuncias es de julio. El denunciante señala que le robaron medio millón de pesos, unos 30.000 dólares. En ningún momento, las denuncias mencionan a Honas, ni por su apodo ni por su nombre.
En su página de LinkedIn, Diego Sebastián decía trabajar para una agencia de publicidad, Shark Btl. Los perfiles de la agencia en redes no aportan dato alguno que permita entender algo más de la masacre. Porque ese es el objetivo, entender por qué. ¿Por qué los asesinatos, por qué la saña? ¿Un robo? Reporteros de nota roja de Ciudad de México han informado este miércoles de que Diego Sebastián exigía a Meléndez 300.000 pesos. En caso de ser cierto, no queda claro si era una exigencia lógica, dentro de la lógica de sus supuestos negocios. La aparente premeditación del asesino, que, de acuerdo al relato de las autoridades, habría llegado a la casa con su arma, complica el caso. ¿Iba con idea ya de matarlos, de matarlos a todos? ¿Por 17.000 dólares? ¿Una niña de tres años?
Los registros de la Secretaría de Economía muestran la prolífica actividad empresarial de Diego Sebastián. En 2001 fundó Comarketing Farmacéutico, una empresa de publicidad dirigida al sector, con dos familiares, aparentemente su padre y un tío; en 2008 fundó otra parecida, Medical Branding, con el padre y otros dos socios; en 2011 creó una empresa para importar y vender cajeros automáticos con otro socio, que ahora dirige una comercializadora de granos; en 2013, él, un DJ y un arquitecto fundaron una empresa de material de oficina, Huerto Capital; en 2018, él y su pareja fundaron la última, Fifty Fifty, dedicada a la venta y renta de proyectores, pantallas gigantes y equipos de audio.
Nada de lo anterior explica la masacre. Nada descifra la decisión de Diego Sebastián, si es que de verdad él fue el asesino. Atrocidades anteriores cercanas en el tiempo, como la masacre de Azcapotzalco, en la capital, en el primer semestre del año, con menores asesinados también, dibujan el perfil de una tragedia mayor. No es Atizapan o Azcapotzalco. Son todos los muertos que se escurren de los dedos de la historia reciente del país. Son las víctimas que no cuentan en la estadística, como el niño de seis años que tuvo que ver, oír y escuchar lo que nunca debió haber atestiguado. Él se salvó. No hay palabras para nombrar su orfandad.