La campaña de ataques a Crimea del Ejército ucraniano obligará al presidente ruso, Vladímir Putin, a elegir entre seguir priorizando su ofensiva en la región de Donetsk del este de Ucrania y reforzar a sus tropas en la península del mar Negro y los territorios ocupados del sur, que podrían quedar aisladas del resto de la retaguardia por los bombardeos cada vez más frecuentes a su logística.
Es una de las ideas expresadas ayer martes por los participantes en el V Foro Internacional de Expertos de la Plataforma por Crimea, una iniciativa de la Presidencia ucraniana que toma ahora especial relevancia en el contexto de los ataques a puentes, infraestructuras petroleras y eléctricas y defensas aéreas en esta península que Moscú le arrebató a Kiev en 2014.
“Crimea ya está bloqueada. Puede que no por completo, pero desde el punto militar hay un bloqueo”, dijo el analista militar ucraniano Mijailo Samus sobre los efectos que está teniendo en la logística rusa la destrucción de puentes clave que conectaban la península con la Ucrania y Rusia.
Según el analista, esta situación ha abocado a Putin a “un dilema estratégico”. Una de sus opciones es destinar tropas y recursos que ahora emplea para tratar de avanzar en Donetsk a proteger el corredor terrestre que, a través de la Ucrania meridional ocupada, une la península con Rusia.
La segunda opción es que Putin ignore la magnitud de los problemas en el sur, como hizo en un primer momento cuando Kiev se hizo con el control de una parte de Kursk, en territorio ruso, y continúe centrando sus esfuerzos en hacerse con el más del 20% del territorio que aún controla Ucrania en Donetsk.
En el caso de Kursk, Rusia pudo finalmente recuperar el territorio perdido sin dejar de atacar en Donetsk, pero no hay motivos para pensar que la campaña ucraniana contra Crimea acabe desvaneciéndose como ocurrió con la invasión de esa región rusa.
Con cada vez más inversiones europeas en su industria de defensa y mayor capacidad de producción propia de misiles y drones, todo apunta a que los bombardeos a Crimea y a la logística del corredor terrestre entre la península y Rusia no harán más que ganar en intensidad y frecuencia.
Samus está convencido de que las cosas se complicarán para Rusia en Crimea en los próximos meses y anticipa un deterioro de la situación humanitaria en la región.
Victoria en dos años
Igual de seguro sobre el impacto decisivo que la campaña contra Crimea puede tener en el curso de la guerra se mostró el exembajador de Estados Unidos en Ucrania John Herbst, que coincidió en que estas operaciones pueden llevar a la recuperación de Crimea y a la expulsión de las tropas rusas de las regiones sureñas de Zaporiyia y Jersón.
El diplomático previó que la guerra terminará en los próximos dos años con un saldo mucho más favorable a Ucrania del que todo el mundo esperaba antes de que comenzara la campaña en Crimea, gracias a los ataques contra objetivos estratégicos tanto en la península como en otros territorios ocupados y en Rusia.
Herbst, que ahora dirige el Centro Eurasia del Consejo Atlántico, añadió que la idea de que se declare de inmediato un alto el fuego ha dejado de parecerle positiva para Kiev, al considerar que la prolongación en el tiempo de los ataques aéreos a la península y a otras zonas bajo control ruso pueden mejorar de forma sustancial el resultado de la guerra para Ucrania.
En el foro habló también el antiguo número dos de la inteligencia militar ucraniana Iliá Pavlenko. “Hemos pasado de ataques contra objetivos militares importantes por separado a una presión sistemática”, dijo, y recordó que Crimea era hasta no hace mucho un lugar seguro de la retaguardia con un valor único por su cercanía al territorio enemigo.
Pavlenko sostuvo que el Ejército ruso está ahora “en riesgo permanente” en la península, que sufre una escasez pronunciada de combustible que pronto podría afectar a las fuerzas armadas tanto en Crimea como en las zonas ocupadas del sur de Ucrania.
En palabras de Herbst, la campaña de ataques ucranianos está consiguiendo que Crimea deje de ser “el orgullo de Putin” y se convierta en su “principal vulnerabilidad”. Marcel Gascón (EFE) / Kiev