LA PANDEMIA DEL COVID-19

Viaje al fondo de un laboratorio que testea el nuevo coronavirus

El País recorrió uno de los laboratorios que realiza los test de diagnóstico del nuevo coronavirus, en plena pandemia.

Laboratoristas reciben las muestras para ser analizadas por sospecha de coronavirus. Foto: Leonardo Mainé
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La estadística que tiene en vilo cada nochecita a la población uruguaya, esa que el gobierno da sobre el avance del coronavirus del país, tiene la forma de una línea recta que se proyecta en una pantalla de computadora (cuando el resultado del test es negativo) o una curva que se amplifica (cuando es positivo). Pero antes tiene la apariencia de un espiral, ese del ácido ribonucleico, y, todavía antes, la de un tubo transparente con un poco de mucosa y un nombre pegado en el dorso. Así es el viaje de las muestras que son testeadas por COVID-19.

Un guardia de seguridad da la bienvenida al predio del Laboratorio Tecnológico del Uruguay. Sonríe, pero no se nota. Lleva tapabocas y respeta la regla tácita de los dos metros de distancia con su interlocutor. Es la única voz que se escucha hasta llegar al edificio Los Tilos, donde están las oficinas de ATGen, uno de los cinco laboratorios que realizan test de coronavirus en el país.

En una campana de bioseguridad tipo II, se extrae el material genético del virus (ARN). Foto: Leonardo Mainé
En una campana de bioseguridad tipo II, se extrae el material genético del virus (ARN). Foto: Leonardo Mainé

Las abuelas usan el tilo como relajante. Pero en Los Tilos la vorágine está en su esplendor. Al menos desde el sábado 14 de marzo, el día después de que se detectaran los primeros cuatro enfermos en Uruguay con COVID-19, y que los participantes de un casamiento en Carrasco empezaron a ser testeados.

La pandemia trasformó a este laboratorio, acostumbrado al uso de la biología molecular para detectar VIH o si un bebé será nena o varón, en una escena de la fábrica de Tiempos Modernos. Las máquinas no son a vapor, ni en blanco y negro, pero todo sigue una lógica de trabajo en cadena, con compuertas que, luz verde mediante, dan paso a la siguiente parada.

No entra ningún particular, mucho menos esos curiosos desesperados por un resultado (como si ello ya fuera terapéutico). Lo que llegan son tubitos de ensayo con las secreciones nasales que el enfermero obtuvo del paciente en su casa, un número de cédula, el lugar en que fue tomada la muestra, la fecha y hora. Sucede que, refrigerado, el virus mantiene su actividad por más de 72 horas.

En el mejor de los casos, al tubito lo acompaña un reporte del médico: “El señor A, internado en el Hospital B, tos seca, fiebre y contacto directo con enfermo de COVID-19”.

Solo el martes, día récord de producción, ATGen analizó 168 de estas muestras en un día. “Hubo una extra que fue rechazada porque estaba mal rotulada”, cuenta la bioquímica Sofía Tedesco, directora técnica del laboratorio. Seis casos dieron positivo… para eso falta.

Porque las muestras entran por una ventanilla, previo aviso de un timbre chillón y el personal del laboratorio por otro cubículo. En una alfombra se desinfectan los zapatos, se lavan las manos, visten cofia, mascarilla, guantes de látex, protector del calzado y hasta mameluco.

En un kit de diagnóstico se amplifica el material genético, durante dos horas, y se obtiene el resultado: si hay una curva ascendente es "positivo". Foto: Leonardo Mainé
En un kit de diagnóstico se amplifica el material genético, durante dos horas, y se obtiene el resultado: si hay una curva ascendente es "positivo". Foto: Leonardo Mainé

Con la misma delicadeza con la que las bailarinas de ballet se paran en puntas, los laboratorios maniobran las muestran, previamente refrigeradas, y las subdividen. Es un proceso un poco más tedioso que separar la ropa blanca de la de color, y con el riesgo de ser contagiado si se descuida una medida de bioseguridad. Pero lo más “peligroso” viene en el siguiente paso.

En otra habitación, bajo una campana de flujo laminar que parece a esos extractores de cocina, dos técnicas hacen ciencia para “romper” con las células virales y extraer el material genético (el ácido ribonucleico o ARN). Usan gafas y sobre ellas una máscara estilo soldador. Maniobran una pipeta que toma una parte de la muestra y le incorpora los reactivos; de “esos que por la pandemia escasean en el mercado mundial y que, en parte, retrasan la operativa de los laboratorios”, explica Andrés Abin, director científico de ATGen. “Por suerte”, dice, la ley de oferta y demanda no incrementó su precio, como sí hizo con los insumos de bioseguridad que “se triplicaron”.

Tras la extracción genética, la muestra pierde su capacidad de contagio y su peligrosidad se reduce al mínimo. Pero lo que falta es develar el misterio: ¿es un caso positivo?

En el siguiente cuarto están los kits de diagnóstico, como esos que desarrolló la UdelaR y el Pasteur. Tienen el tamaño de una impresora de oficina en la que adentro van las muestran ordenadas en una bandeja. Entran de a 14, 42 y con la invención de los científicos uruguayos se elevará a 96 a la vez. Y allí “corren” (como le dicen los técnicos) durante dos horas. Hasta que el resultado se traduce en una pantalla como una línea recta o una curva: negativo o positivo.

La técnica, llamada de PCR en tiempo real, busca una región específica del virus que causa el COVID-19 y lo amplifica muchas veces. Así se ve luego en la pantalla.

A Tedesco no le sorprende que haya un positivo. “Todos los días hay al menos uno”, dice la bioquímica que tiene prohibido revelar datos personales, pero que cuenta que “hasta una familia entera dio positivo”.

Una familia entera que fue al casamiento dio positivo por coronavirus. Foto: Leonardo Mainé
Una familia entera que fue al casamiento dio positivo por coronavirus. Foto: Leonardo Mainé

El paseo de cada muestra por este laberinto de biología molecular, demora unas cinco horas. Pero la “demanda” hace que un caso pueda tardar “hasta 48 horas”. Eso sin contar los tiempos que pase para que su prestador le dé la noticia: “El test dio…”.

¿La Corea de Sudamérica?

En menos de siete semanas, Corea del Sur, uno de los países más próximos a China y donde primero llegó el virus, realizó más de 300.000 testeos (equivale a que en una población del tamaño de Uruguay se analice, en el mismo tiempo, más de 20.000 personas). ¿La ventaja? Aislar a los infectados y sus contactos, mientras el resto hace marchar la economía. ATGen ya recibe el apoyo de la Universidad ORT, el INIA y el Instituto Clemente Estable para elevar su capacidad de procesamiento. Y esta semana se sumaron el Pasteur y la UdelaR con su nuevo kit de diagnóstico. En una semana podría “más que duplicarse” el muestreo, dice Andrés Abin, director científico del laboratorio. ¿El Objetivo? Trabajar a toda máquina para seguir el modelo de Corea.

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