LA DESPEDIDA EN SU CIUDAD NATAL

El entierro del “Guapo” Larrañaga y la desolación de una multitud en Paysandú

La muerte de Jorge Larrañaga fue un cimbronazo, y así lo mostraron los rostros quebrados de los suyos y tantos otros que viajaron a Paysandú para despedirse del líder wilsonista.

Ana Ribeiro se abrió paso entre el tumulto de gente que ya se había agolpado en la entrada al cementerio de Paysandú, y le tocó el hombro al intendente Nicolás Olivera para saludarlo. Se dio vuelta, se dieron un abrazo, y él resumió en cinco palabras el sentimiento que late por estas horas en Paysandú y en una gran parte del Partido Nacional: “Se nos fue el caudillo”.

Y con los ojos rojos de quien hace un rato que llora, la historiadora y subsecretaria de Educación y Cultura le contestó con otra frase rápida y certera que buscaba expresar lo mismo, o un poco más: “Nos quedamos huerfanitos”.

La muerte de Jorge Larrañaga fue un cimbronazo, y así lo mostraron los rostros quebrados de los suyos, como el de Olivera y Ribeiro, los intendentes Omar Lafluf y Guillermo Besozzi -que llegó al velorio a caballo-, el senador Carlos Camy, y tantos más. También se vio en el de los que compartieron ruta política con él en distintos momentos, como el ministro de Defensa Javier García, el diputado Jorge Gandini, el intendente Sergio Botana, y tantos otros que viajaron a la tierra del “Guapo” para despedirse de un cuerpo que no había descansado nunca hasta este sábado de tarde, cuando fue obligado por un paro cardiorrespiratorio.

La muerte de Larrañaga fue un terremoto. Los que trabajaron con él codo a codo en su sector y en el ministerio, como el director general de Secretaría, Luis Calabria, y el director de Convivencia, Santiago González -y tantos, tantos más- todavía no se reponían del shock cuando el domingo a la tardecita el féretro llegó a la tierra que vio nacer al líder de Alianza Nacional, o cuando el cajón entró al panteón de la familia Larrañaga Ilarraz al mediodía de ayer.

El momento en que familiares de Larrañaga se aprontaban para los discursos del presidente y del hijo mayor del ministro. Foto: Fernando Ponzetto
El momento en que familiares de Larrañaga se aprontaban para los discursos del presidente y del hijo mayor del ministro. Foto: Fernando Ponzetto

La ayuda de Lacalle.

Estaban todos. Su familia, el presidente, varios de los ministros, amigos íntimos, dirigentes de todos los sectores del partido, jerarcas de la policía, compañeros, periodistas. En cuanto se permitió la entrada al cementerio, el malón se acomodó en el pasto, a los costados del camino interior, y comenzó la espera por la llegada del féretro. El presidente, preocupado también por no descuidar las medidas sanitarias, pidió a los presentes que mantuvieran la distancia, y así se procuró. Y se hizo un silencio profundo.

El cortejo tardó unos minutos en llegar porque, tal como lo pidió la familia, el coche con los restos había partido a paso de peatón desde la casa fúnebre Cochería San José, poco después de las 10, justo cuando el sol empezaba a calentar la fría mañana de la capital departamental. Cuando González, Calabria, y los hijos aparecieron cargando el ataúd y lo guardaron en el coche, hubo quienes conmemoraron el artiguismo que Larrañaga siempre reivindicó entonando algunas estrofas de “A don José”. Descoordinados por la angustia y la falta de memoria, coincidieron con fuerza en el estribillo: “Oriental en la vida, y en la muerte también”.

El vehículo partió, finalmente, luego de que las últimas manos acariciaran y dejaran sus huellas en las ventanas del auto. Tal como estaba previsto, el coche bajó cuatro cuadras por 25 de Mayo y subió después por Zorrilla de San Martín, para hacer una única parada: en la intendencia lo esperaba Olivera y allí, junto con una nueva multitud, colocó la bandera de Paysandú arriba del féretro. Muchos otros aprovecharon para dejar más rosas blancas.

El cortejo fúnebre se detuvo en la intendencia para que el jerarca municipal, el wilsonista Nicolás Olivera, pusiera la bandera del departamento arriba del féretro. Foto: Fernando Ponzetto
El cortejo fúnebre se detuvo en la intendencia para que el intendente pusiera la bandera del departamento arriba del féretro. Foto: Fernando Ponzetto

Los gritos componían siempre un loop insistente y desgarrado: “¡Gracias, Jorge!”, “¡Viva el Guapo!”, “¡Vivan los blancos!”. Y se sumaba el ya clásico “hay orden de no aflojar”, que solía repetir Larrañaga, y que ahora se dirigía a su círculo íntimo.

Los aplausos se apagaban y renovaban en cada esquina, en las que aparecían nuevos rostros deshechos, banderas de la 2004 sostenidas por jóvenes, mujeres que aplaudían con devoción en balcones bajos, y un perro que, desorientado por el nerviosismo inusual de la ciudad, zigzagueaba entre la caravana.

El silencio casi absoluto en el cementerio, zurcido por la solemne disciplina de no hablar más allá del susurro indispensable, se interrumpió con el sonido de los lejanos aplausos de los militantes que hacían la guardia en la entrada y ellos daban, ahora sí, el último adiós a Jorge Larrañaga.

Una vez dentro, en cuanto se detuvo la camioneta Mercedes y abrieron el baúl, Luis Lacalle Pou se acercó y advirtió: “Los gurises adelante y yo voy atrás”.

El cortejo fue a paso de peatón para que el pueblo sanducero, en la calle y con puertas y ventanas abiertas, homenajeara a su caudillo. Foto: Fernando Ponzetto
El cortejo fue a paso de peatón para que el pueblo sanducero, en la calle y con puertas y ventanas abiertas, homenajeara a su caudillo. Foto: Fernando Ponzetto

El arranque.

La despedida había comenzado varias horas antes, cuando el sol recién salía y comenzaba lentamente a entibiar el asfalto de la Ruta 3, a la entrada de la ciudad, en la zona conocida como el Trébol, lugar de encuentro de los primeros jinetes.

Robert Heit y Ruben Sena fueron de los primeros en llegar. Paisanos igual que el Guapo, como ellos mismos se definen, alcanzaron a expresar que conversaban “en pila con él”, y que si tuvieran que quedarse con una cualidad del caudillo de Paysandú, esa sería la humildad. Julio y Emiliano Vigil, parados de tal forma que recibían los primeros rayos del segundo astro rey de Paysandú, definieron al guapo como el “mejor” intendente sanducero y una “excelente persona”.

“Esto fue como un balde de agua fría”, dijo Vigil padre, casi hablando al aire.

Un grupo de ocho blandengues montados encabezaron la marcha de jinetes que escoltaron luego el cortejo fúnebre de Jorge Larrañaga. Foto: Fernando Ponzetto
Un grupo de ocho blandengues montados encabezaron la marcha de jinetes que escoltaron luego el cortejo fúnebre de Jorge Larrañaga. Foto: Fernando Ponzetto

La anécdota de un rival

Juan Carlos Moreno, padre del diputado colorado Juan Moreno, participó de la marcha de los jinetes en lugar de su hijo, que se encuentra aislado a la espera de un hisopado. En una rueda de prensa, antes de marchar, fue consultado sobre qué recuerdos tenía de quien alguna vez fue su competidor en las elecciones departamentales. “Como anécdota, me dijo mi señora un día: ¿por qué no te retirás, así yo puedo votar a Jorge? ¿Te parece esa anécdota?”, recordó Moreno con una sonrisa.

Las palabras del presidente
“El corazón del viejo de ustedes estaba compartido por tres millones y medio. Siéntanse honrados y caminen con la frente en alto”, dijo Lacalle a los hijos de Larrañaga. Foto: Fernando Ponzetto

Luis Lacalle Pou abrazó a los cuatro hijos de Larrañaga y luego se dirigió a ellos en el breve discurso que dio en la ceremonia del entierro. “Esa obsesión que tenía por hacer las cosas cuanto antes, es el mismo tiempo que les sacó a ustedes. Yo no sé si lo van a entender ahora. Cuando sean más grandes y tengan hijos, lo van a entender”, dijo el presidente, y remató: “El corazón del viejo de ustedes estaba compartido por tres millones y medio. Siéntanse honrados y caminen con la frente en alto”.

La mejor década de Paysandú

A Zulma Rostán, una comerciante de Paysandú que tiene su negocio a pocas cuadras de donde nació Larrañaga, se le quiebra la voz al hablar sobre la muerte del dos veces intendente de Paysandú. “Todo el mundo lo quería muchísimo”, dice la mujer cuando logra reponerse. Rostán contó también que conocía a los padres de Larrañaga, y que tenía un trato fluido con las hermanas. De la gestión del caudillo blanco (1990-2000) recuerda la construcción del anfiteatro y la del Bulevar, pero destaca en términos generales esa década como una de las mejores.

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